02
Narices Rojas
Mycroft levantó se levantó a las seis y media como cada mañana, aunque esta vez le costó algo más. No había dormido en toda la noche porque se le había taponado la nariz, además tenía un dolor en el pecho.
Gripe.
O puede que hubiera cogido algo de frío al quedarse dormido en la bañera en su baño de la tarde. Igualmente, tuvo que despertarse, salir de la cama y encaminarse al baño. Tras su ritual, se vistió, fue hacia la cocina y se hizo su desayuno.
Su padre le había hecho jurar que le pagaría el piso en el que vivía siempre y cuando su única meta fuera estudiar para ser un hombre de provecho. Y Mycroft, como era obvio, lo cumpliría a rajatabla. Así que, tras tomar un té y unas magdalenas, se puso su bufanda, cogió su mochila y se dirigió a la biblioteca pública a repasar unos cuantos temas.
Al salir de casa sonrió. La moto del chico que había visto el día anterior se encontraba allí, frente a su ventana. Observó al otro lado de la calzada y lo vio allí sentado, en lo que parecía una academia donde se preparaban oposiciones.
Dada la vestimenta y actitud del chico sería algunas oposiciones relacionadas con los cuerpos de seguridad nacional.
Mycroft suspiró y se ajustó la bufanda, giró hacia la derecha para ir a la biblioteca. Allí estuvo varias horas hasta que su resfriado comenzó a empeorar. Tenía bastante frío, estaba pálido y tenía la nariz tan taponada que apenas podía respirar bien. Pidió prestados cuatro libros y se dirigió a su casa. Cuando iba llegando comenzó a encontrarse peor.
Se sentó en un banco que estaba a varios metros de su casa, pensando que el mareo que tenía y el malestar acabarían por hacerle caer al suelo. Cerró los ojos lentamente y se abrazó a su mochila. Reposaría unos minutos, andaría los escasos metros que le quedaban hasta casa y llamaría a su madre para que le explicara algún remedio casero para la fiebre.
—¿Te encuentras bien? —oyó que le preguntaban.
Mycroft asintió y abrió los ojos, cuando vio que era el chaval del día anterior quien le había hablado se puso rojo como un tomate.
—Eh… Sí —murmuró —. Yo solo…No me encuentro bien —dijo intentando demostrar firmeza en la voz.
—Tienes la nariz muy roja —comentó el muchacho.
—Como medio Londres —respondió Mycroft a la defensiva.
El chico esbozó una sonrisa perfecta y completamente blanca. Mycroft se quedó observándole anonadado, tanto, que no se apartó cuando el muchacho sacó una de sus manos de los guantes y la puso sobre la frente de Mycroft.
—Parece que tienes fiebre alta. Muy alta —dijo con un deje de preocupación en su voz —. Deberías de hacerte una infusión de tomillo o sauce. O ponerte paños de agua fría en la frente…
Mycroft asintió vagamente y se puso de pie.
—Gracias —murmuró —. Creo que lo haré en cuanto entre… —dijo cerrando los ojos.
El chico se puso cerca de él y lo acompaño hasta la misma puerta por si acaso se caía poder cogerle.
—Me llamo Greg Lestrade y, ¿y tú? —preguntó el chico.
Mycroft tosió ligeramente para aclarar su voz.
—Me llamo Mycroft Holmes, ¿qué haces en esa academia? —preguntó
—Estudio para ser policía, ¿y tú? Tu mochila tiene pinta de pesar…
—Quiero hacer las oposiciones para poder entrar en el gobierno británico.
Greg asintió y le ayudó a abrir la puerta de casa. Se pasó una mano por la barbilla y se aclaró la voz.
—Suelo salir sobre esta hora, si mañana te encuentras mejor podríamos ir a tomar un café —le dijo.
Mycroft le miró sorprendido.
—¿Por qué me propones eso? —preguntó.
—Yo también soy nuevo en Londres, podíamos hacernos amigos —explicó Greg.
—Ah… Estaría… Bien. Sí —dijo Mycroft algo confundido.
Greg ensanchó su sonrisa y le dio unos golpecitos en el hombro a Mycroft.
—Hasta mañana entonces —le dijo.
Mycroft le observó marcharse, montarse en su moto y salir apresuradamente del lugar. Cuando el aspirante a político se metió en la cama con un paño de agua fría en la frente, pensó que aquella especie de encuentro o cita que tendrían había tenido que ser una alucinación.
Aquel chico tan perfecto no podía haberle pedido salir.
