Esa primera noche, sentado en su cama al lado de la ventana, Morthred leyó el programa de estudios de la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts, entendiendo en qué consistían varias materias y tratando de adivinar en qué consistían otras, aunque los solos nombres le hacían pensar que eran fantásticas.

Leyó de nuevo su carta de aceptación, que con el paso del tiempo terminó en línea, cuando Hogwarts incorporó tecnología muggle y tuvo su red (la subimos en la portada de estas memorias) y estaba en eso cuando Malfoy, líder moral, autoelegido o por ser heredero del prestigio paterno, los llamó al sofá para que se presentaran.

Cada uno habló de sí aunque varios se conocían de tiempo atrás. Morthred, molesto por tener que exponerse, explicó lo mínimo; respondió a preguntas como de dónde venía y cómo vivía. No tenía amigos en Hogwarts porque no salía mucho (fue la gran confesión, pero a nadie pareció importarle) y escuchó noticias frescas y confirmaciones. Sus padres conocían a Lucius Malfoy, aunque no hablaban mucho de él y el papá de Draco nunca había visitado la residencia Dankworth, aunque éste lo conocía de vista.

La conversación se dirigió a uno de los temas principales: los detestables sangre sucia. Eso animó a buena parte del grupo, que cerró más el circulo, sonriendo.

Morthred no tenía herencia muggle conocida en su familia desde hacía cuatro siglos y eso lo hacía excelentemente recibido en Slytherin, aunque su padre fuera Ravenclaw. El tema de la estirpe, aparecido en conversaciones entre sus padres, por lo que él sabía generalmente se enfocaba a la cuestión de quiénes tenían derecho a recibir educación como magos… Decían ellos, el derecho era de los selectos, los verdaderos, los de estirpe y no los mestizos, aprovechados de la generosidad del Ministerio, colados por las rendijas de la ley para tener lo que no merecían. Intrusos. Mas a Morthred eso no le interesaba demasiado... ¡Quién sabe si era por tener un amplio criterio juvenil! Morthred tenía tanta certeza en su mundo que no consideraba que algo como los muggles ameritara su atención. Para él, no existían. Aunque ya en el Colegio, esto es, teniendo mestizos cerca, el problema comenzaba a plantearse e ignoraba si había peligro en ellos. Quizá una cierta duda sería razonable. Optó por repetir lo que decían en casa, versión edulcorada, "nueva generación":

―Los mestizos no deberían estar en Hogwarts. Deberían educarse sólo en escuelas muggles o tener colegios para personas con capacidades especiales, sin recibir las asignaturas completas que imparte Hogwarts,aprendiendo lo necesario para subsistir diariamente.

Todos asintieron.

―¿Y Potter? ―le sonrió Draco maliciosamente.

―¿Potter?

―¿Debería estar en Hogwarts? ¿Crees que sea tan especial como dicen?

Morthred sintió que, debido a la presencia del grupo, digamos su peso, era obligado decir algo con que la mayoría estuviera de acuerdo.

―Potter debería irse a otro país.

No obstante, Potter no le caía mal. ¡Caray, tenía diez minutos de haberlo visto! Pero con el tiempo notó que el chico era más poderoso de lo que aparentaba.

La verdad es que excepto los sobresaltos ocasionales y los de cada curso donde Harry y sus amigos se metían en problemas, la mayoría de los estudiantes seguían con sus vidas. Estudiaban, iban a clase, se reunían en sus salones sin mayor sobresalto y vivían sus historias muy particulares. Morthred también. Adoptó la costumbre de caminar rápido, abrazando sus libros y cuadernos bajo la túnica, mirando al suelo, dejando una estela de vaho en los inviernos, cuatro de los cuales pasaron volando. Al salir de clase iba a la biblioteca, solo entre los estudiantes en parejas o en grupos.

Se hizo tan asiduo que al terminar los deberes, la pasaba leyendo en el amplio recinto. Había libros para grados avanzados, además de muchos que eran especialidades de grandes ramas de la magia que él se esforzaba por entender, como Música para Encantamientos. La profesora Trelawney cuestionó a Dumbledore si esas lecturas fuera del plan de estudios eran correctas o restaban tiempo para lo reglamentario, o si se estaba ante el peligro de deformación escolar o sobresaturación en el alumno, pero al revisar el historial de desempeño del chico, el director no halló problema.

―Me temo que no podemos reglamentar lo que hace un estudiante en su tiempo libre, Sybill.

―Es riesgoso para él -se agitó ella-, claramente veo que el siguiente año estará en peligro de muerte, su Neptuno está mal aspectado, ya de por si su Luna lo marca con tendencia a la Os…

―Si él prefiere no ir a Hogsmeade el domingo por leer, es su derecho.

Morthred descubrió que, si debía odiar a los mestizos, no los odiaba. Le causaban extrañeza. De cualquier modo, la mayoría se alejaba de él por su talante.

Sus buenas notas le dieron relativa fama, al punto que alumnos de otras casas y en ocasiones el mismo Draco le preguntaban sobre alguna lección. Morthred sentía que le quitaban tiempo y eso lo exasperaba. Su expresión los alejó sin necesidad de una palabra. Se limitó a ayudar sólo a los de su Casa.

―No lea tan cerca del libro, señor Dankworth ―le advertía la profesora McGonagall, viéndolo por encima de las gafas.

Estudiaba hasta que sonaba la hora de cerrar, sin darse cuenta del tiempo transcurrido. Una tarde, sin detenerse, Hagrid le dio una palmada en el hombro:

―Debes comer, muchacho, no sólo de encantamientos vive el mago.

Morthred lo miró con enojo. ¿A Hagrid qué le importaba?

La clase que más le gustaba era la del profesor Snape. No obstante que parecía tener simpatía (no, eso era mucho decir) o preferencia por Malfoy, el profesor trataba a todos por igual en términos generales. Es decir, con la punta del mismo zapato. Pero desde la primera vez que vio a Snape entrar a clase, rápido, luego lento de forma ágil y con esa mirada que no se la sostenías al tipo ni tres segundos, en sus movimientos notó la experiencia del que ha vivido y la seguridad del que sabe. Snape no alardeaba, no gastaba energía en movimientos inútiles, hablaba con calma y control; parecía ajeno tanto a su (oscura) fama como a su poder. Su explicación del saber y sus pausas eran lecciones para Morthred. El profesor Snape era... majestuoso. Ese día, Dankworth reafirmó que quería ser como él.

La dedicación tuvo su primera recompensa a mediados del cuarto curso. Snape revisó la pócima elaborada por Morthred. La analizó a contraluz. Luego se sentó, revisando un texto y haciendo seña desdeñosa de que fuera a su lugar:

―Primera vez que no me entrega un desastre completo, señor Dankworth. Su poción es medio desastre.

Entusiasmado sin que se le notara (¡medio desastre! ¡Por las barbas de Merlín, eso era un diploma!), al regresar a su pupitre, una de las estudiantes le sonrió dulcemente.

Morthred se agitó al grado de no saber qué hacer y fue a sentarse antes que se viera el color tomate -cuando los tomates salen rojos- que tomó su cara. ¿Quién era...? ¡Ah, sí, era Granger! La reconocía por su frondosa cabellera. Una vez reconocida, completó que era la insufrible que siempre alzaba la mano para responder, la que contestaba con voz aplicada, auto satisfecha y precisa. No era que Granger pasara desapercibida, cuando menos por antipática ocasional, sino que Dankworth veía su cabellera por la espalda pues él se sentaba hasta atrás, "con los tímidos", opinaba la profesora Burbage. O como decía McGonagall: "El grupito que se refugia en la pared". A Morthred no le gustaba participar en clase. La presión de ganar puntos lo obligaba esporádicamente a levantar la mano, mas tenía la convicción de saber. No necesitaba demostrarlo. Para él, eso de participar era como ser un perico, una especie de títere. Bien por Granger.

Al que no tragaba era a Weasley. Ya para los catorce de edad el círculo de Potter era bien conocido. Potter, bueno. Era Potter. Granger, bueno. Era Granger. El problema de Weasley, bueno. Era Weasley. Lo ponía de malas. Impaciente, más bien. O le daba miedo en cierta medida. Era estar frente a un carácter que Morthred no deseaba tener. La eterna lucha de Weasley con las materias poniéndose en ridículo por falta de aplicación, su cara de asustado, los enormes ojos que hacía, su comer como si a diario llevara medio año famélico, acompañaban a torpezas de las que salía bien librado porque terminaba siendo simpático o porque sacaba una gran dosis de valentía. Aún así, Morthred sentía que el corte de caja no favorecía a Weasley. Le daba temor ser como él, miedo a una oculta debilidad a la que no debería dar concesiones. La debilidad de la indisciplina, del ser un bonachón.

A mediados de cursos, Potter & Co. tenían su época de carreras. Los tres iban de aquí para allá sin mirar a nadie por corredores y salas, sosteniendo conciliábulos, acordando en los horarios entre clase o después de pelear con Malfoy. Hacían quién sabe qué, incluyendo a Hagrid. Aunque si pensaban que nadie lo notaba estaban equivocados. En la escuela todo se sabe. El resumen era que vivían la Época de Salvar al Mundo Mágico de una forma que solamente ellos y Dumbledore conocían, hasta el descubrimiento colectivo de que por méritos habían rescatado al Colegio.

Comenzó a molestarle la manera en que dejaban mal paradas a las otras casas y seamos sinceros, chicas y chicos, por la forma en que vencían a Slytherin. Parece que estamos hechos para el lucimiento del Bien. A punto de ganar, Dumbledore les quitaba el primer puesto para dárselo a Gryffindor en las ocasiones cruciales. Generaba una expectativa sobre el triunfo de Slytherin, pero al final sacaba una sumatoria de consideraciones especiales; resultado: gana Gryffindor. Claro, no siempre ganaban ellos, pero Dankworth observaba al director y notaba su satisfacción. Por supuesto que Dumbledore lo hacía para alegrar a Potter y por supuesto que también se daba cuenta de la desilusión de Slytherin, a quienes había dado pie a cantar victoria. La mala cara de Malfoy y sus fieles sólo era más notoria que la de Dankworth, cruzando miradas como haciéndose la promesa de cobrarse algún día, la discreta sonrisa satisfecha de Dumbledore… Peor todavía, a Morthred empezaba a molestarle, como si fuera personal, la forma repetida en que Potter ponía en duda la autoridad del profesor Snape.

Dankworth iba la biblioteca y a sus clases, cruzándose en ocasiones con los tres (Granger no agarraba condición física, no dejaba de jadear pese a tanta carrera), viéndolos seguir su camino sin atender a nadie, o mirándolos pasar desde una ventana al conversar con otros slytherins.

En su opinión, la sensación de que Potter era el consentido de Dumbledore quitaba mérito a Harry. Enterarse que soltaba la varita en situaciones graves dio a Morthred las bases para su primer trabajo original como estudiante, que escribió en secreto durante medio año, sin hacer referencia al Gryffindor, no por amable, sino porque en su juicio lo importante era lo aprendido. Fuera de eso reparaba poco en Harry, aunque fuera tema constante entre los alumnos. Que si Potter esto o si Potter lo otro, si Potter entró a la competencia del Cáliz de Fuego por trampa o si habla pársel o únicamente sisea escupiendo para llamar la atención de Rowena Malcolm que habla igual o si le baja la novia a Weasley. O sea la novia, la Enciclopedia Melenuda. Rechazó hacerse asiduo de sus novedades. Dankworth pensaba que el único protagonista en su vida escolar, era él mismo.

También pensaba que si los problemas de cada año aumentaban, entonces Harry y sus tres amigos estaban sirviendo de apagafuegos, pero también significaba que el resto del Colegio Hogwarts estaba dormido y un día les caería una buena, la mayor de sus vidas. Siendo así, el alumnado también debería estar con ellos, ya que entonces eran inconscientes de un gravísimo peligro que no sólo consistía en Quién Tú Sabes, sino en lo que traía consigo.

―¿Tienen algún problema, Weasley? ―se le acercó por sentido de responsabilidad, aunque Malfoy pusiera el grito en el cielo.

―Ah, no nada... ―negó Ron, fingiendo mal― cosas de Harry, ya sabes.

A quién se me ocurrió preguntarle, se arrepintió Morthred. Mugre berenjena.

Meses antes de la Copa Mundial de quidditch, Hermione iba con Ron por el patio y lo vieron de lejos, caminando, rápido, con sus libros abrazados.

―Es Dankworth ―susurró Hermione.

―Dankworth cara-de-piedra ―opinó Ron.

―No seas malo, Ron. Es buen chico.

―Dile eso a sus papás ―se encogió de hombros―, dicen que lo mandaron a la escuela porque no lo quieren en su casa. Nunca le llegan lechuzas.

―Bobo. Es muy aplicado.

―¿Cómo sabes?

―Lo veo mucho en la Biblioteca.

―¡Mh…! Encontraste a tu alma gemela...

―Es verdad, Ron. Siempre lo veo con sus libros apretados.

―Cómprale un peluche.

―Va de nuevo a estudiar. De tener el mismo tiempo, yo haría lo mismo que él.

―¿Lo harías? ¡Lo haces!

―...con esa dedicación. Me da curiosidad saber qué estudia, además de las asignaturas regulares.

Ron lanzó un "já".

―Visto así, ¡agradécele al Señor Tenebroso que nos interrumpa las lecciones! ¡Serías verdaderamente insoportable si fueras como él! ¡Sólo a Dankworth se le ocurrirá ir a la Biblioteca durante la Mundial!

Hermione parecía pensar en voz alta.

―No me ve... Bueno, a veces tengo la impresión que él me mira, pero aparta la vista si volteo hacia él. Está en la Biblioteca cuando llego, se queda cuando me voy y lo veo de nuevo al otro día.

―No está diario, dicen que va a casa de Hagrid algunas tardes.

―¿Ah, sí? ¿Y por qué Hagrid nunca nos ha contado?

―Pensará que sería una fea indiscreción... creo que Dankworth lleva unas redomas. Hace dos cursos Longbottom quiso ir con él al bosque, pero Dankworth lo echó a gritos.

Hermione no añadió nada. Pero tomó una decisión: enterarse de qué pasaba.

Los planes de Dankworth eran un poco diferentes esa tarde. Sí fue a la biblioteca, para devolver tres libros que leyó el fin de semana, pero a continuación llamó con la aldaba en el despacho del profesor Snape.

McGonagall abrió la puerta y Morthred vio que Dumbledore estaba más allá, de pie, con el profesor Snape del otro lado de su escritorio. El director analizó al estudiante con expresión (quién sabe cómo se las arreglaba para mostrar lo que sentía, pese a tener siempre la misma cara) de ser importunado. Snape lo miró como si hubiera estado discutiendo con Dumbledore.

Morthred esperó que le preguntaran qué deseaba, pero como el silencio fue elocuente, dijo:

―Quiero hablar con el profesor Snape, si es posible.

Siguió el silencio.

―Esperaré, gracias.

Se alejó (su madre le enseñó a no escuchar conversaciones ajenas) y esperó una hora. Después dos. Se hicieron tres. Tic-tac. En la penumbra, el reloj del pasillo sonó en campanadas graves.

Cinco horas más tarde, fatigado, pero decidido, seguía cuando vio salir a McGonagall y al director.

―Gracias, señor Dankworth ―susurró Dumbledore, sin mirarlo.

―Al contrario, señor director -respondió igual, yendo a la oficina.

Llamó de nuevo. Una frase incomprensible o gruñido le indicó que pasara.

Lo encontró sentado al escritorio, hosco, con un codo en el mueble y la mano tras la nuca, viendo a un lado, seguramente sin ver. Parecía muy ofuscado. ¿Sería mejor otro momento? Pero, ¿cuándo el profesor Snape no estaría de malas? Hoy era tan buena oportunidad como cualquiera del año. De hecho, por su talante se le veía que tuvo un excelente día.

―Profesor Snape ―dijo Morthred, repentinamente aterrorizado―, soy su alumno de Pociones...

―Gran descubrimiento, señor Dankworth ―susurró con voz nasal, aburrida―. ¿Vino a quitarme tiempo con ese logro de su intelecto?

―... y vengo a solicitarle oficialmente, de acuerdo con el Estatuto del año 1666, que me incorpore a la categoría, no de su alumno, sino de su Aprendiz Directo.

Snape, que a todas luces había estado sumido en nada alegres pensamientos ―su expresión era que Dumbledore lo dejó contrariado―, pareció tomar conciencia de que el alcornoque de Dankworth estaba ahí.

Volteó a verlo. Morthred se enfrentó a esos ojos bastante abiertos, ceño fruncido y echando chispas, de ira creciente contra él. En un segundo le gritaría.