Capítulo 3 Irresistible.
La vergüenza, el deshonor… En realidad no había sido para tanto. Mi instinto me había obligado a realizar un acto que en mi vida habría imaginado. Mi primera experiencia sexual, quería culparle pero en realidad le había impedido apartarse de mi lado y por supuesto que el fuego de mi entrepierna me había dado la satisfacción más gratificante que alguna vez experimenté. Podría decir que quería matarlo por hacerme esas cosas pero no era así, sólo por el hecho de que lo necesitaba urgentemente y estaba calmado ahora que todo había pasado. Fue extraño todo lo acontecido, mi celo no había sido el mismo, puesto que yo tenía el control normalmente, no obstante en este mundo, todo era distinto, la magia corría como un compás extraño que no encontraba armonía en mi ser como todas las veces. La trasformación se había salido a mi control con el deseo sexual que mi sensei Morinaga idiota, había saciado con esa mirada que me incomodaba.
Levantarse hasta el sanitario no me costó, estaba más que relajado, todo mi cuerpo transpiraba ese aroma de descanso que me hizo sentir extrañamente "feliz" si es que se podía usar esa palabra.
Necesitaba una urgente ducha, eso hasta que me topé con su mirar desde la cocina y sentí escurrir su esperma entre mis piernas. Justo ahí recordé lo que era el infierno. ¡Un gusano inconsciente que me había dejado marcado!
Pero luego de gritar improperios me hizo recordar que había mordido su cuello. En breves instantes lo que significaba vino a mi cabeza, el ritual de apareamiento, ese que los demás querían tanto con la familia Tatsumi, el cual se llevaba a cabo mordiendo la glándula de aroma en el otro y pasando la capacidad de controlar a voluntad el poder. Por supuesto que nuestros genes se multiplicaban al unirse a los de la pareja y la magia de inmediato crecía en el individuo que se volvía parte de la familia. Debía aparecer un tatuaje en el brazo, la marca de los Tatsumi que era inconfundible.
Sin embargo al abrir la puerta no había ninguna marca en Morinaga, el idiota sólo imaginaba cosas. Todo porque es un simple humano y no posee las características que los de nuestra especie de licántropos. Un problema menos que no tenía que solucionar, ¿qué rayos dirían mis padres si descubrieran que había marcado a un chico? Mucho más a uno que no tenía nada que ver con los linajes que tanto esperaban ver en la familia.
Lo examiné detenidamente, su cuerpo poseía mi aroma sin duda, yo lo había marcado y por supuesto que el imbécil me había marcado con su débil aroma que poco importaba. Además en su cuello las cicatrices de mis dientes que habían perforado su carne.
Me arrepentía de las ímpetus que poseía mi cuerpo en ese trance tan intenso. Lo peor de todo era que las noches de luna llena se extendían una semana completa, ¿sería posible que todos los días me pusiera tan intenso al respecto?
El tarado no entendía nada de lo que sabía sobre linajes y cosas de ese estilo, mejor era no decirle o podría hacer esa mirada extraña preguntando cosas que no le correspondían, ya que mi cuerpo no pertenecía a nadie, no tenía el derecho a hacerme permanecer con él. Recordé a mis padres que hablaban de una pareja y los deseos de "estar siempre juntos". Si Morinaga no tenía nada extraño entonces no había un compromiso que perseguir, sólo seguiríamos estudiando, sería libre un día para seguir un camino sin que nadie pudiera decirme lo qué hacer.
Miré al tipo en la mesa, mis ojos y los sentidos extra que poseía, estaban tan activos por las fases de la luna, aun siendo de día podía percibir la magia que me rodeaba de forma penetrante y era falible hacerme un lobo a voluntad si lo deseaba. Buscaba en él los rastros de esa magia tan familiar como en la manada y de pronto una sonrisa suya que me hizo sentir un cambio en mis latidos y traté de ocultar mi turbación como si él pudiera leerme, cosa absurda que no era de ninguna forma posible.
Las cosas raras de ese hombre me hacían sentir tan extraño cada vez, al inicio era mi sensei que admiraba y ese día específicamente lucía tan raro, como si desease algo de mí, como esas mujeres que llegaban a casa para intentar impresionarme con sus aromas. Pero el de Morinaga era tan pacífico y especial, no tenía que cubrirlo con esa cosa monstruosa que llamó perfume.
Al salir rumbo a la universidad, no había otra forma de nombrar a Morinaga sensei más que como "idiota", no podía admirarle si él era tan bobo sonriendo por todos lados y de pronto su aroma a deseo que cubrió el ambiente. Él no poseía una glándula de aroma pero entre los poros de su piel sudaba lo en una cantidad leve me decía de sus deseos sucios conmigo. No era tiempo de pensar en cosas de ese tipo, mucho más con la luna llena impidiendo que mis facultades mentales estuvieran en un juicio estable. A pesar de que ahora no estaba como un loco ansioso de sexo, tenía que reconocer que el sexo aliviaba completamente ese calor que la noche pasada me había traído ansiedad y delirio. Nuevamente los aromas débiles de los humanos en celo no eran algo que me molestara, ya que seguía calmado a pesar de la luna plateada en el cielo estrellado.
Al terminar todo, volví al laboratorio para ayudarle. Estudiar con él la cosa más gratificante, un tipo inteligente que no dejaba de asombrarme. Volvía esa chispa particular que tanto me era grata de su persona, el hombre tan maduro y listo que podía enseñarme y que yo era capaz de ayudar también.
Nada era propio cuando estuvo a mi alcancé y la luna hizo lo suyo para que yo me volviera un loco ansioso de deseos carnales. Tenía unas ganas locas de morderlo por todas partes, de probar su sangre y de saciar la pulsante erección que aparecía forzada por la luna que cada segundo brillaba de forma más intensa en el cielo. Simplemente perdí el control al quitar sus pantalones y ver aquella erección en sus piernas. Me odiaba por recordarlo pero quería ese pedazo de carne abriendo mis entrañas y dando placer hasta causar relajación.
Él lo sabía, no tuve que pedir ninguna cosa cuando nos frotó mientras mi boca le besaba, sin desearlo ya estaba cubierto de pelo, con mis orejas y cola fuera de mi control como todo. Su lengua enredada en la mía deliciosa entraba en mi boca, incluso yo me aventuré a entrar en la suya luchando por la dominación que él ganaba puesto que besaba delicioso, había un precario sabor a chocolate con café que me hizo sentir tan rico al correrme en su mano.
Caía muy bajo, debía pensar como un hombre libre, no dejarme llevar por los instintos, porque la oportunidad de ser libre de ellos estaba en este mundo nuevo. Mucho menos quería que un adulto me dijera qué hacer o lo qué sentir, aunque fuera ese hombre tan agradable e inteligente.
En realidad no entendía un poco todo eso que hacíamos juntos, el origen de que estuviera tan deseoso por mí. Lo había dicho en la cama "amor" "te amo" unas palabras que odiaba por escucharlas de mis padres egoístas. Y lo alejé de inmediato:
— No te atrevas a tocarme o te morderé.
Puse una barrera entre nosotros para que no pensara que yo le pertenecía de ninguna forma. Aunque sabía de facto que había exagerado con mi tajante rechazo, al oler lo salado y húmedo de sus lágrimas, ¿por qué hería de esa forma cruel a quién me daba seguridad en este mundo desconocido?
Nada pudo explicar la causa de mi sensación de vacío en el pecho, sólo la enorme madre plateada que me permitía sentirme tan ansioso y relajado a la vez. Un cúmulo de magia que contuve hasta llegar a casa, justo ahí que no iba a impedir que mis feromonas de deseo se quedaran, me hacía daño contenerlas, como si fueran a estallar de mí. Las dejé salir sin decir nada, él caería en mis brazos para darme la justificación perfecta para dejarme llevar en su cama con sus manos expertas.
No obstante escapó de mis intenciones, las dudas no existían en mi cabeza con esa urgencia que me llevó a la habitación tomando su almohada, ahí, el aroma de su piel estaba concentrado y me llevó a un intenso orgasmo y luego otro. Finalmente, mientras me sentaba en el suelo, sucio con mi esperma me levanté a asearme, ya que un Tatsumi jamás suplicaría por algo tan desagradable como penetración o sexo.
Irresistible él o la luna, aunque me controlé completamente luego de volver a masturbarme en la ducha. Odiaba mi cuerpo en cualquier mundo, como mi mentor Isogai decía, aprender a lidiar con los propios problemas era importante en la vida de un licántropo y mi fortaleza radicaba en la entereza.
De cierta forma lo detestaba, ese malnacido tenía algo que me ayudaba con el control y no iba a suplicar que me lo diera, menos porque era desagradable el dejarle tocarme. Sus dedos maravillosos recorriendo mi interior hasta frotar esa zona que me había hecho estallar en sensaciones, más aun, el miembro suyo dentro de mí, empujando con fuerza. Únicamente me largué a dormir para que esa desagradable luna dejara de forzarme pensamientos no deseados.
Sin poder dormir, percibí su fragancia a chocolates dulces y jodidamente tenía esa erección que descaradamente alivié ahí en la habitación, más me excitaba a retrasar mi orgasmo el percibir desde su cama el chocolate intensificándose como si pudiera lamerlo de su piel. Me hizo desear morder su glándula de aroma que no poseía y me corrí quedando dormido.
Muy temprano para pensar en nada, me pregunté si no se me iba a caer el pene o acabaría seco de tanto tener orgasmos diariamente. La familia era sexuada, todos en mi mundo eran animales cuando su celo llegaba, sin embargo duraba un día completo o poco más o menos. Ahora tenía a la luna llenando mi cuerpo de magia y deseo incontrolables durante una larga semana. Iba a terminar odiando mi cuerpo y me reí de pensar en ello, ya que no era malo el tocarse. Lo que era malo, sin duda era tener a ese tipo que podía ayudarme, ahí simplemente como espectador. Pero yo no era cualquiera, conocía ese punto débil que iba a explotar, molestarlo hasta volverlo loco y que hiciera todo sin que tuviera que pedirlo.
Mi pecho palpitaba una y otra vez con mis ideas malévolas para molestarle. Nada como ver sus ojos sorprendidos, por las energías que podía trasmitirle.
Dispuesto a eso desayuné y esperé a que saliera de la ducha, ya que tardaba mucho para arreglarse. Me senté a leer cuando le vi salir del baño con una vestimenta que me recordaba los eventos formales en casa, un traje tan elegante que lo hacía verse odiosamente "bien". No tenía que decirlo puesto que el infeliz me acorraló ahí cuando me levanté para escapar y su rostro a centímetros del mío me desesperó. Mi nombre en sus labios me hipnotizaba, por ello no dejé de verlo a los ojos hasta que reaccioné y respondí palabras que realmente no sentía:
— Pervertido, aléjate de mí. Y no me digas mi nombre, nunca te he dado permiso.
Además de que quería ser besado, recordé que no era tiempo de hacer cosas de ese tipo, mis instintos me dominaban por esa odiosa luna en el cielo.
Debí golpearlo en el mentón, a pesar de ello no podía hacer una cosa de ese tipo con la seducción, con mi corazón calentando mi piel, ¡odiaba el celo!
Evadí el verlo pero a cada oportunidad, su perfil perfecto me envolvió para dar miradas furtivas. ¿Era posible que yo mirara a un tipo? Nada me haría cambiar, ni la luna me regiría a realizar sus designios, se debatían en mi cabeza los pensamientos de que se sentía muy bien aquello y de que estaba muchas veces mal, el dejarme llevar por los instintos.
Al finalizar el día nuevamente ignoré a la luna, ese día podría contra ella y todavía era de tarde, pues el cielo iluminado nos dejaba algunas horas para llegar a casa. Con unas ropas de esas elegantes fuimos al restaurante, mis padres preferían dejarme en mi habitación a que yo les hiciera pasar la vergüenza de salir con ropas inapropiadas, pero ahí estaba ese chico que me obligaba a portar la misma cosa. Todo debido a conocer ese mundo y sus secretos culinarios, se decía que los excesos en los licántropos saciaban el celo, y por supuesto yo confiaba que comer hasta reventar me ayudaría con la necesidad de ser follado por mi sensei.
A pesar de mis ideas firmes, estaban sus palabras que bobas me hacían sentir una cosa preciada, ¿le gustaba mi trasformación? Todos decían que era repulsivo ver a uno de los nuestros en esa fase intermedia. Aunque también podíamos ser completamente un lobo a cuatro patas sin poder hablar ni nada.
Muy curioso y extraño ese sensei, tanto por aprender de alguien tan pacífico y sumiso, más que nada era la verdad en sus palabras al decir las cosas, no había ningún cambio en su ritmo cardiaco ni nada por el estilo. Todo gracias a mis sentidos que la magia de la luna agudizaba, para tornarme en lo que debía ser normal para mí clan. Lo malo de tener ese poder radicaba en que al poco rato, a pesar de devorar los alimentos como un par de salvajes, una urgente necesidad de sexo se centró entre mis piernas. Mi cuerpo se agitó de inmediato y mis orejas y pelo deseaban salir urgentemente. La única salida que conseguí fue escapar a los sanitarios un momento a poner agua fría en mi rostro y destrozar una de las puertas de madera con mis garras de lobo con tal de evitarme la trasformación ahí frente a ese grupo de humanos. Morinaga tenía razón cuando comentaba que todos ellos eran prejuiciosos, podía notarlo en sus aromas al estar cerca de nosotros. Algo en él y en mi les molestaba.
Fue difícil el tranquilizarme hasta que lo logré luego de usar mi fuerza sobrehumana y salí del sanitario apresurado. Su casa era el lugar indicado para relajarnos. Deseaba más que otra cosa su enorme… Sacudí mi cabeza y me di un golpe para sacar esos pensamientos absurdos de mis deseos concupiscentes.
En un callejón oscuro mientras nuestros pasos nos seguían en ese sonido hueco y no pude más, puesto que lo arrastré hasta empezar a besarnos. La tremenda urgencia me trastornaba, ya estaba vuelto un lobo a medias, mis orejas, mi cola en un tono plateado como la luna. Hambriento de él, lo arrinconé a la pared con fiereza, adoraba ver sus ojos de deseo al intentar dominarlo, pero me sorprendió su mirada de angustia que me apartó.
— Nadie debe verte así o te alejarán de mí. — Murmuró con preocupación y fue cuando lo cargué en mi hombro y salté con Morinaga sensei por los tejados hasta el de su edificio. Se quitó la chaqueta y me cubrió con ella el rostro para bajar a casa.
Cada piso que bajamos me olvidé de mis prejuicios, lo requería, todo el paquete completo de placer y caricias hasta hartarme y satisfacer esa necesidad tan grande que exigía mi piel. Jadeando contuve mi cuerpo de lobo, había sudor en mi frente en cuanto él abrió la puerta de su casa y entramos de inmediato. Una vez la puerta hizo el clic más clásico, dejé de reprimirme, mis cabellos alborotados se erizaron y había un par de colmillos, junto con mis orejas y cola que seguían ahí desde minutos atrás en el callejón.
— ¡Mío! — un sonido que casi parecía una orden, un gruñido que lo debía atemorizar y que al contrario lo invitaba a arrinconarme ahora él a mí.
Su suave boca pasaba por mi cuello y mis garras fueron a rasgar sus hombros con todo y la tela de sus ropas. Él no parecía sufrir, al contrario, un extraño trance que le limitaba el juicio al igual que a mi persona. Podía oler su sexo excitado y húmedo. Mis feromonas cubrían demandantes aquella casa que se había vuelto el lugar preferido de mis deseos más oscuros. No podía negarlo más cuando su cuerpo se empalmaba al mío seductor y restregaba su dureza bajo los pantalones. Simplemente él parecía gruñir entre cada beso y jadeo. Era tan fuerte el dominio de mi magia, de los fuertes deseos hormonales que hasta ese simple humano podía hacerse un salvaje lobo sin serlo.
En medio de los besos, sus manos ya frotaban mi entrepierna húmeda, no únicamente eso, ya nos tenía juntos ahí duros jugando con su pulgar sobre la punta de ambos.
No lo dije, sabía lo que necesitaba, era ser tomado de esa forma atrevida, quería el placer duro de su miembro entrando y saliendo. ¡Cómo rayos se supone que podría decirlo o siquiera requerir un servicio de ese tipo! Jamás lo diría, estaba seguro que Morinaga me haría aquellas cosas sin dudar. Mucho más por el aroma de su piel, era tan empalagoso y deliciosamente amargo como el chocolate con café, ese mismo que ahora quemaba mi garganta al percibirlo, ya que mis sentidos eran más agudos, aun el aroma de un humano en celo como él, me originaba deseos que nublaban las ideas de no hacer ciertas cosas.
De pie ahí frente a él se inclinó hasta quedar en cuclillas tomando mi pene en su garganta descaradamente. Engullía una y otra vez, brotaba un mar de placeres acalorados. Deseaba gritar y pedir más placer, más de esa lengua suave frotando, a pesar de eso de mis labios se escuchaba:
— No… ahhhh no… — Empujé más mi cuerpo a su boca y no hizo más que permitirme entrar a su garganta. Su boca experta, maravillosamente me comía completo.
No había solamente de mi parte ese dulce delirio, escuchaba los ruidos de su hombría en su mano, le percibía y escuchaba sus jadeos roncos contenidos con mi virilidad en su boca.
Los segundos que transcurrían parecían ser demasiado a prisa, hasta que el bombeo de mi corazón me indico con esa tibia sensación lenta de todo, que estaba liberando mi esperma en lo profundo de su garganta. Mis garras en la pared que se enterraron completamente y luego una respiración profunda suya con aquella sustancia blanca que escurría en su barbilla lentamente.
Había mirado todo, estaba más que ansioso y listo para continuar la faena. No obstante él se levantó ahí con su propio esperma en la mano que le había frotado, lo colocó un poco tocando mis labios y no me moví, mucho menos cuando empezó a besarme mientras ambos probamos su sabor mezclado al mío que yacía en toda su boca. En esos momentos era que apreciaba ser esa criatura odiosa, pues los sabores intensos cautivaban mi cuerpo que le deseaba.
Un beso caliente que me devolvió a los brincos de mi pene que se frotaba en su abdomen levemente descubierto. Además estaba la suya que igualmente se movía cerca de la mía.
— Pequeño sempai… Anda… dime una cosa…
— Qué quieres… — Murmuré uniendo sus labios a los míos. No iba a tocarle aunque lo deseaba.
— Dilo… ¿por qué haces estas cosas conmigo?
— Porque mi cuerpo las necesita… — Respondí honestamente.
— ¿Pero me quieres? ¿Acaso te gusto un poco? Dime y te haré estas cosas hasta la eternidad.
— ¡Puedes olvidarte de eso! Es un momento privado que no necesita explicaciones.
Agachó su mirada y ahora no había deseo en su aroma, era más amargo que de costumbre, trágico, doloroso en su pecho que latía de una forma que yo conocía. Era la tristeza. Sus manos acariciaron mi rostro y caminó a la sala abrochando sus pantalones. Yo estaba ahí recargado contra la pared, pensativo y enfadado.
Sin pensar me metí al sanitario, cerré la puerta y seguía caliente, además de molesto. ¿Qué rayos quería ese hombre de mí?
Enojado y excitado, mis manos bajaron entre mis piernas con la camisa elegante que él me había regalado y el saco aun puesto. Era incómodo pero de todas formas no me importó a la hora de masturbarme. Mi aroma debería liberarse en toda la casa, tendría que hacerlo sufrir para que sintiera la misma ansiedad excitante y lo obligara a tomarme justo ahí. Mi cuello, mis poros y entre mis piernas salía ese aroma fuerte a celo que ahora era un arma. Abrí la puerta del baño para dejarlo salir y empecé a hacer jadeos. Era ese orgullo que había herido en mí, nadie podía rechazarme. En mi mundo odiaba a todo aquél que tratara de socavar mi propia fuerza y voluntad, ya que estaba acostumbrado a ser tratado como un príncipe, el heredero Tatsumi y un prisionero de esa jaula de oro.
Mi mano pasando suavemente por el glande me producía calosfríos, era algo no tan grato como su lengua y evoqué entonces el momento en que lo había montado, tan profundo dentro de mí que presionaba una zona deliciosa en mi cuerpo. Mi trasero tenía un lugar que él había tocado y el placer se había cernido sobre mi como agua rodeando todo. Ese hecho me dio ganas de tocarme como él había hecho conmigo pero al intentar meter un dedo fue doloroso e incómodo. Por esa razón sólo me toqué al frente como sabía. Agitaba mi mano a prisa y me distraía su rostro lastimero apareciendo como para recordarme que yo lo había herido nuevamente. A pesar de ello, mi urgencia fue aliviada con estimulación. Lo que mis sentimientos bloqueaban yo lo ignoraba con las ímpetus salvajes que el celo forzaba.
Varios minutos habían pasado cuando salí aseado y no le dirigí la mirada mientras tomaba una taza de café, no pregunté si dormiría en la habitación, sólo estaba ahí sentado con un libro en la mano pero sin dejar de quitar los ojos de mí. Entré a dormir y me acomodé llenando antes la habitación con mi aroma para hacerme irresistible para él. Jamás entendí porque mamá solía hacer esas cosas con papá como llenar de su aroma las ropas y todo eso. Sin embargo ahora todo era tan claro que no daba dudas, yo era su dueño y él debía obedecerme.
Mientras me dormía, había ruidos de cosas que se movían por la casa. Supuse que refería a sus manías para asear todo, pero al levantarme no estaba en su cama, no había nada de su fragancia, sólo la mía que seguía impregnado todo. Me levanté molesto y al llegar a la sala él estaba sentado. Supuse por un segundo que había dormido ahí sentado, hasta que alzó la vista con sus ojos cansados y con ojeras.
— Buenos días Tatsumi san. — Expresó en ese tono tan frío que me heló la sangre, a causa de que solía siempre llenarme de tibieza el cuerpo, con su voz tan cálida y cariñosa. Su aroma leve de humano que debía siempre estar presente para hacerme sentir feliz y tranquilo, ahora decía esa frase con mi apellido.
— Deja de actuar así, no te entiendo, un día dices apodos, otro mi nombre sin que yo te permita decirlo y al siguiente me dices mi apellido. ¿No eres un adulto? ¡Actúas peor que mis padres!
Pero claro que estaba molesto, mi sensei era un imbécil sin lugar a dudas, no entendía cómo podía admirarle siendo tan idiota. Pero mientras reflexionaba sobre aquello, se acercó hasta a mí y con un tierno beso en mi frente me hizo mirarle de cerca.
— No te enfades pequeño sempai. ¿Así te puedo decir?
Luego de un suspiro pensé que era lo mejor que podía hacer:
— Qué más da…
El cansado Morinaga sensei caminó un par de pasos hasta medio pasillo.
— Pequeño sempai, voy a darte la biblioteca como habitación, ayer no podía dormir y acomodé las cosas. Los libros y todo los he dejado en los libreros. Supongo que no te molesta, pero saqué el escritorio y los muebles porque es pequeño ahí. Hoy encargué una cama y tendrás tu propia habitación. Voy a avisar a la escuela que no iré, pero tú debes asistir. Siendo becario no puedes faltar a las clases.
Tenía razón, mi vida dependía de aquella beca, era mi independencia económica y la salida de mi mundo a prosperar en este. Así que me duché y tomé el desayuno que había dejado en la mesa, mientras que él se fue a dormir a su habitación en silencio.
Demasiado silencioso el irme a la universidad sin él, mi profesor y guía de ese mundo nuevo. Aunque era un hombre adulto ahora, tenía que aceptarlo y crecer, ya era un mes exactamente de vivir ahí y semanas conociendo la forma de organización que no se basaba en clanes, ni mucho menos existía la magia. Sólo venía en mi raza de licántropos.
El día aburrido, curioso que ese día a pesar de la luna, no estaba alterado; tal vez los días anteriores habían sacado a flote todo ese deseo contenido y al liberarlo había logrado superar mi celo. Cuando mis clases acabaron era temprano, cerca de las dos de la tarde para ir a casa y pasé por su laboratorio cerrado pensando que había extrañado su compañía, más aún el hecho de que antes de irme, él seguía con ese aroma a desdicha y su mirada no podía salir de mi cabeza.
Al llegar a casa Morinaga estaba en la cocina, desde ahí escuché su voz apurada:
— Estoy terminando la cena, por favor revisa tu habitación y acomoda lo que no te guste. Si el color no te va, lo cambiaré el fin de semana.
Había muchos cambios que por pensar en tonterías y la escuela, había olvidado que tendría una habitación, ¿sería que tanto me detestaba? Seguramente él podía percibir mis intenciones, esos deseos que mi cuerpo pedía y los rechazaba por sus raras preguntas que trataban de comprometerme a algo que no deseaba. Pero era mucho mejor tener mi propio espacio, mucho más ese librero para leer hasta quedarme dormido y olvidarme de lo que él dijera.
Me subí a la cama nueva, un colchón suave y firme con unas sábanas en un tono azul pastel, el mismo por todo el lugar en combinación y las frazadas azul marino.
— ¿Por qué rayos azul? — Dije para mí mismo y entonces sus cabellos azulados vinieron a mi cabeza. Qué ridículo fue aquello.
Me levanté pues el olor de la comida llegaba y aunque era temprano, de pronto había cerrado las persianas y estaba un poco oscuro con una iluminación de unas velas en la mesa. El portaba un mandil que decía "I love sempai".
No le tomé importancia a sus acciones raras, mucho menos cuando sirvió la cena y me invitó un poco de vino en una copa. La comida más rica, quizá tanto como la del restaurante de la noche pasada que me hizo pedir más y él comía a la par, era extraño verle comer tanto. Quizá se adaptaba a vivir conmigo y utilizaba mis costumbres.
Evité a toda costa su sonrisa y su mirada buscando aprobación, todo el tiempo me preguntaba porque deseaba afanosamente ser aceptado, si lo mejor era humillar a otros con lo propio y no que ellos me reconocieran.
Al terminar la cena, inmediatamente pidió un momento y se levantó tomando algo de la cocina, era una guitarra y una rosa roja que de pronto me acercó:
— Para ti pequeño sempai, no sé si son tus favoritas.
No la recibí, simplemente la puso a su lado y continuó sujetando su guitarra.
— Disculpa pero espero que no sea lo que creo… hay algo que debo decirte sobre el por qué escapé de casa.
Pero mis palabras no fueron escuchadas, con su guitarra estaba cantando una canción y lo interrumpí:
— ¡Basta! ¡Qué sucede contigo Morinaga! Me largué de casa porque me querían obligar a casarme.
Sólo entonces se detuvo y sus ojos esmeralda me miraron nuevamente de aquella forma. Una sensación de enfado subió desde mi estómago y salí de allí. Corrí hasta la puerta y caminé por las calles. No podía pensar en nada más que caminar hasta saciar el enfado en mi cabeza. Lo malo cuando no conoces el sitio donde habitas es perderte por ahí, haber caminado demasiado y con la luz del sol metiéndose, la magia que habita en la luna comenzaba a causar esa sensación de calor por todo mi cuerpo. Afortunadamente no era tan desesperada esa necesidad como los días anteriores y sólo sentía calor por mi cuerpo.
No sabía por dónde, demasiadas calles esquinas y todo eso. Debía meterse la luz del sol completamente para poder subir a algún tejado y ver desde ahí si lograba reconocer las calles. Tampoco sería tan fácil, Morinaga tenía razón en que nadie debería saber mi secreto.
El sol se había metido y a pesar de que caminé en dirección opuesta para volver, al parecer estaba más perdido que antes. Las calles se hacían solas y el calor me hacía sudar, contenía mi aroma para que nadie me notara, ya que era mejor pasar desapercibido. Aunque necesitaba aliviarme, cada segundo del frío clima no me hacía nada, al contrario, no podía refrescarme. Me aterraba tener que liberarme en alguna esquina o transformarme y que me persiguieran las autoridades. Morinaga se había encargado de mostrarme que perseguían lo distinto y una vez que un tigre escapó, lo habían cercado de forma muy violenta al pobre y devuelto a una jaula.
Siendo así que necesitaba agua, o algo para enfriarme más. Me detuve ahí en una calle y toqué mi frente. La maldita luna me iluminaba el rostro y mi cuerpo húmedo de sudor de pronto recordó aquella vez que montado sobre él, le arrancaba los jadeos placenteros, su aroma y la forma en la que su piel se erizaba por mí. Gracias a eso me resultó irresistible liberar mi fragancia a deseo. El viento debía llevárselo y nadie molestarme. Sin embargo un grupo de tipos me cercaron. Pude oler sus intenciones, estaba cerca de volverme una bestia y atacarlos hasta que una voz en un tono de mando se escuchó:
— ¡Largo de aquí, he llamado a la policía! — Era Morinaga apareciendo oportunamente y aquellos hombres se largaron sin decir más.
— ¿Cómo fue que me hallaste?
— Conozco la ciudad y además reconocería ese aroma a canela por cualquier sitio. Sólo lo seguí hasta aquí. ¿Me perdonas? Te prometo no volver a molestarte.
Suspiré con tranquilidad, mi pulso se agitaba ahora y por alguna razón que no eran mis nervios, ni el deseo. Entre sus brazos me rodeó y dio un pequeño beso en la frente.
— Ya, ya, por favor suéltame y volvamos a casa, no importa más. Sólo necesito ir a casa.
Y sí que lo necesitaba, seguía ardiendo necesitado de sus caricias, algo que me guardé para mí sin decirlo. El idiota de mi sensei también se lo guardaba, parecía que sólo olerme le causaba esa misma urgencia por atenderse. Al cerrar la puerta entró con sus zapatos sin quitarlos en la entrada y desde su habitación dijo:
— Descansa sempai, si quieres cenar, puedes tomar lo que quieras de la cocina.
Entré a la ducha, nuevamente me relajó el tocarme un par de veces, aunque el vello de mi cuerpo no desapareció y secarme tardó más de lo normal.
La actividad que me había dejado un tanto más tranquilo, no obstante, me causó mucha hambre. En la cocina tomé varias cosas y me senté en la sala viendo la rosa roja en un florero, tal vez había sido muy grosero con alguien tan amable que no tiene la necesidad de ayudar a un tipo como yo. Me causó un poco de una cosa rara en el pecho, algo que ignoré metiendo todo a mi nueva habitación pequeña pero suficiente para tener un lugar para vivir.
Mi rostro con pelos era incómodo, mis manos y todo me molestaban, ¿Por qué razón había nacido para ser una criatura así? Suspiré al salir del sanitario y me lo topé de frente, algo que le causó una reacción poco esperada, puesto que yo estaba estático él simplemente me besó suavemente entrando al sanitario luego de ese pequeño beso. Sin hacer más me dejó pasmado y corrí a mi habitación enfadado por su distancia.
Desperté ese día para poder dormir más tarde, era un sábado para relajarse y al abrir mis ojos no era más medio lobo, el techo en ese tono azul pastel me hizo volver a la realidad. Fue curioso su actuar cuando salí al verlo en la cocina, volvía a ser el sensei serio y más callado que de costumbre, procuraba la distancia entre nosotros. Como un par de tipos solteros hicimos el aseo de la ropa y las compras para la semana. Él sabía exactamente lo que yo gustaba comer y compró lo necesario para realizarlo. Sus bromas me hacían reír de verdad, miramos una película y antes del atardecer estábamos ahí en casa pues él entendía que la luna seguía siendo un problema.
Demasiada distancia, molesta y fastidiosa distancia que de vez en cuando se rompía con un abrazo suyo. No era igual, puesto que se apartaba para no seguir en eso que yo deseaba.
Mis días lunares se fueron, para mi alivio la luna había dejado de ser un inconveniente en mi vida diaria. Ahora el problema se centraba en él, sus ojos que reflejaban algo raro, había muchos momentos en que deseaba ser arrebatado hasta perderme en los gemidos de mi garganta. Pero debía ser porque la luna se ocultaba día con día. El trascurrir del tiempo hacía que cada vez hubiera más distancia, se acabaron los besos robados y al poco rato sólo era hablar del laboratorio. Nada era igual, las semanas se hacían tan lentas aunque bastante entretenidas con los datos, los resultados y estudiar que era mi afán más grande. ¿Por qué sentía ese vacío que reflejaban sus ojos? Más que otra cosa… había algo raro en él, su aroma se hacía intenso, en drama, intenso en deseos e intenso en decirme sus emociones, esas que me ponían distancia. Casi era como estar al lado de uno de los de mi raza. Podría ser que me acostumbraba a su aroma y por ende a percibirlo más fuerte. El chocolate con café que cada día tenía más café amargo y perceptivo hasta mi boca.
Aquella tarde, un suspiro cortó mi sensación de vacío al bobear demasiado y olvidar lo que anotaba en la bitácora del experimento:
— Es todo por hoy pequeño sempai, creo que también estoy agotado, han sido muchos días de trabajar en esto.
Como si nada se dio la vuelta, era días de que evadía mis ojos, de que se portaba extraño y de que yo trataba de usar mi aroma en él como para hacerme notar. Él simplemente abría las ventilas o escapaba descaradamente a cada una de mis aproximaciones. Entonces dejó su bata y salió al sanitario, no obstante la colgó mal y cayó al suelo, de pronto una pequeña libreta salió del bolsillo y ahí estaba, era un dibujo mío con pelos por el rostro y una sonrisa. Me veía extrañamente bien, no era un inconveniente verme como un lobo, todo lo contrario, mi esencia de licántropo era parte de mí.
No sé qué sentí, ese vacío, ganas de llorar, enfado y además de todo eso una cálida emoción en mi pecho nuevamente, como al percibir sus manos en mi rostro, igual que con sus labios en los míos de forma tierna. Me odié por esa sensación y guardé la libreta fingiendo que nada pasaba, pero no podía dejar de mirarle. ¿Cómo podía verme de esa forma? Yo jamás mostraba una sonrisa a nadie, mucho menos a él. Pero no podía dejar de salir de mi cabeza, lo miraba a discreción y pensé que tal vez mi sonrisa aparecía realmente. De pronto su aroma me dijo la misma cosa que yo preguntaba, era como escucharle decir… "eres tan atractivo". Lo entendía perfectamente, porque me rodeaba suavemente sin imponer, sólo dominaba mi ser enteramente lejos de mis caprichos. Se detuvo cerca de nuestro apartamento:
— Hoy vamos a beber para relajarnos. Te advierto que tiene demasiado que no bebo nada, así que caeré dormido muy pronto. Pero tú tampoco bebes, así que lo haremos moderadamente.
— Pero el otro día cenamos con una copa de vino.
— No es igual, hoy serán cervezas y botanas. Es una forma de sentarnos a hablar de cosas sinsentido, eso solía hacer cuando tenía tu edad, iba seguido al bar de mi amigo Hiroto. Hace demasiado tiempo que no voy, tal vez porque salía acompañado y eso dejo de ser bueno para mí.
— ¿Acompañado? — Me pregunté por qué razón sería malo salir acompañado de un bar, y de pronto sonrió tristemente:
— Te lo contaré mientras bebemos pero sólo si tú también me cuentas sobre ti. He escuchado muchas cosas de los licántropos y de la empresa Tatsumi. Pero jamás me has hablado de ti.
Sin notarlo asentí, puesto que deseaba conocerle un poco más y el origen de ese aroma a tristeza suyo. No podía evadir que a sus ojos yo me veía tan distinto de lo que en realidad era.
Entonces compró bastante de todo y lo subimos juntos hasta el departamento. Sentados en el suelo la primera cerveza era extraña, burbujeaba en mi boca con su sabor dulzón y amargo a la vez. La espuma y todo pasaban por mi garganta relajándome un poco. Una bebida deliciosa que me extrañaba no hubiera probado antes en mi mundo o el suyo.
El crujir de las botanas en mi boca y en la suya de pronto fue interrumpido por su voz tan suave como acariciando mi oreja:
— Pequeño sempai… ¿Entonces tu familia quería obligarte a casarte?
Suspiré recordando a mis padres y su molesta insistencia en el linaje. Deseaban nietos a como diera lugar, no importaba si yo era el que los tenía. La sensación burbujeante de mi tercera lata me hizo decirlo sin preocupación:
— Los malnacidos querían volverme un omega.
— ¿Omega?
— En mi cultura se dice que unos pocos hombres y mujeres poseen cualidades extrañas. En general los hombres son los que fecundan y las mujeres las que engendran. Pero existen casos particulares, uno de cada mil individuos nace con la facultad de ser el que fecunda sin importar su género, se caracterizan por ser dominantes como los machos. A esos se les denomina "alfas". Y también existen los omega, capaces de engendrar vida en sus cuerpos sin importar su género.
Bebiendo otra lata, sus ojos asombrados miraron al vacío. Entonces aclaró la garganta y preguntó:
— ¿Entonces a tus padres no les importaba si tu tenías los hijos? Más aún… ¿No les molestaba que fueras homosexual?
No comprendí el término, ¿homosexual? La definición etimológica que decía "mismo sexo" no me hacía entender a lo que refería pero continué con lo que me atenía:
— Así es… usarían la alquimia para darme un útero y la forma para que yo pudiera ser usado como un objeto por algún maldito bastardo. Mis padres son odiosos, los detesto… Si no hubiera sido por mi guardián Isogai, estaría atrapado en una vida forzada a como ellos querían que la viviera. Yo sólo quería crecer intelectualmente, hacerme fuerte y obtener mis propios medios para ser independiente. Pero ellos querían preservar el linaje, decían que una familia y un bebé me harían ser feliz. Jamás fueron una familia para mi… ¿Dónde estaban cuando tenía miedo a la oscuridad? Siempre en fiestas y todo eso, tan juntos y sonriendo. Me sentía tan solo… Y ellos con la frase: "Cuando seas mayor y tengas una pareja nos entenderás"
Sus brazos que me rodearon en realidad no me enfadaron y suspiró:
— Ahora lo entiendo. Lamento tanto que sean así… yo hubiera deseado unos padres más despreocupados, aunque excéntricos.
— No sabes lo que dices… jamás estaban en casa, siempre de viaje.
Nuevamente un suspiro suyo, con ese aroma fuerte y masculino que me rodeo. Había más chocolate en el ambiente, no estaba la sensación amarga del café y simplemente estaba un sabor dulce en mi paladar al percibirlo. Sentado a mi lado me soltó y recargó su cabeza en el asiento de nuestro sofá, ya que estábamos en el suelo de la sala. Una música suave se escuchaba desde un aparato que él había puesto como amenizando lo que acontecía:
— Te entiendo sabes… Mis padres se parecían a los tuyos en sus ganas de hacerme preservar el linaje. Para los humanos no existen los omega, ni los alfa, así que si no salía con chicas, jamás podría tener una familia y el apellido Morinaga no pasaría más que con mi hermano mayor. Para ellos siempre fue muy importante el "qué dirán", así que me rechazaron, me trataron como un paria cuando supieron que me gustaban los hombres. Masaki… él fue el primero por el que sentí atracción…
Su historia era demasiado triste, lo escuché contar demasiadas cosas que tal vez no debí saber. Y cuando finalmente había terminado de hablarme de lo vacía que era su vida, había unas lágrimas en su rostro que me dolieron. No supe si era el alcohol pero su mirada en verde me tenía embobado. Deseaba realmente besarle, se quedó quieto ahí mirando tan cerca de mí que su aliento se sentía chocar en mi rostro y no hacía nada. Pero mi ansiedad era enorme, demasiado grande acumulada en mi diafragma como un hueco que me obligó a besar sus labios una y otra vez en correspondencia de los suyos. De pronto sus manos fuertes acariciaban mis hombros bajando hasta mi cintura.
Sin saber por qué, nos separó. Seguía con ese maldito gesto de drama que odiaba:
— ¡Qué demonios te sucede!
— Ya lo sabes… deberías entenderlo… me siento vacío si hacemos esto sin que me ames un poco.
Arrojé la lata que tenía en mi mano directo a la pared y respondí con mucho enfado:
— ¡Me cansas! ¡Me fastidia que tengas que medir cada cosa! ¿Piensas que soy como esas personas que has conocido? Odio que seas así, necesitas escuchar algo que no entiendo… y no me iré como los demás, deberías saber que pienso quedarme aquí, no sé cuánto, no sé bien… A pesar de eso… puedo verme así como en tu dibujo, no lo entendí hasta que lo miré. Hago esa expresión cuando tú estás, porque me siento muy bien cuando estoy contigo.
Sus mejillas coloradas por el alcohol eran jodidamente atrayentes, de pronto su aroma era intenso y me sentí húmedo entre las piernas, completamente erecto sin escuchar nada más que su respiración. Sus ojos se hicieron acechantes y me alejé un poco hasta que una orden suya me paralizó:
— No escapes Sou… no vas a irte luego de que dices eso de que husmeas mis cosas.
— Yo… yo… tu libreta cayó…
Pero más tardé en empezar a justificarme que lo que él tardó en tumbarme al suelo. Una de sus manos en mi cabeza que tocó la alfombra y sus labios nuevamente sobre los míos con su saliva entrando en mi boca. La respiración agitada, sus manos entrando bajo mis pantalones y sacando mi erección aprisa. Sólo se escuchaba nuestros labios sonando, la saliva y los suspiros entre cada beso.
— Te deseo tanto… Sou…
Mi corazón casi se detenía ante las sugerencias de su piel y de sus palabras que parecían ásperas rozando mi cuerpo intensamente. Casi le imaginaba con una glándula de aroma en su cuello, lo lamía justo ahí para ponerme más caliente. Entonces detuvo los murmullos en mi oreja y se separó con aquella mirada traviesa:
— ¿Puedo? Quiero hacerlo ahora que la luna no te obliga. Que sea un acto voluntario y que tú decidas.
— ¡No me preguntes eso! ¡Sólo hazlo!
Pero quería gritarlo, decirle que mi cuerpo le había necesitado semanas atrás y que ahora lo deseaba a pesar de que no había una luna llena para forzarme ese ardor.
Ésta vez no se detuvo, ahí estaba sin soltarme, agitaba con vigor mi erección a lo largo y frotaba con un dedo la punta. Me besaba sin darme descanso hasta que sentí que iba a correrme y se detuvo para bajar a besar mi cuello:
— Adoro tu aroma Sou, casi siento que quiero morderte justo aquí. Succionó con sus labios en mi cuello, donde estaba mi glándula y me daba mucho placer el sentir eso. Mi cuerpo se preparaba a lo que seguía y simplemente agitaba para detenerse cada vez que yo iba a eyacular.
— ¡Qué rayos haces!
— Dime… anda dime qué quieres. — Murmuró en besos sin soltarme, me tenía en una especie de trance erótico mientras lamía mi cuello y succionaba.
Pero nadie iba a obligarme a decir nada, mi orgullo sobresalía y apreté los dientes mientras su mano jugaba con mi hombría a punto del orgasmo. En qué momento se alzó, no me percaté hasta que sonreía y bajaba mis pantalones:
— Adoro tus orejas, eres adorable cuando te trasformas.
¿Quién podría amarme de aquella forma? No había una razón saludable en su cabeza al tener un afecto tan intenso por un ser de otra especie, aun yo detestaba mi propio ser y el de mis progenitores.
Él simplemente me demostró cuanto me deseaba al succionar mi hombría y permitirme un orgasmo tan gratificante que me quedé quieto mientras ya estaba poniendo sus dedos en mi interior. Lo que venía era la parte que había requerido en mi ciclo de luna y que sólo una vez me había dado la satisfacción de obtener. Aunque ahora no me importó eso, estaba tan inmerso en el placer que frotaba esa zona, que exigía más y más.
Lo dije como demandas urgentes de mi fragancia y la suya que se revolcaba en mi piel casi para unirse en una nueva. Cuando sus dedos estaban pulsando en un lugar que me hacía gemir alocadamente, los sacó y gruñí con enfado esperando que volviera a eso. En vez de proseguir, sus ojos me hipnotizaron y mis piernas abiertas le recibieron lentamente, pero apoyé las plantas en el suelo y empujé mi cadera forzadamente hasta tenerle dentro. Volvió a acomodar su cabeza en mi cuello, inmóvil mientras que yo empujaba más para que se moviera.
— Tranquilo… si me muevo te dolerá… — resopló con esa voz que decía que él también estaba muy excitado.
— Hazlo… ya… ¡Ahora!
Mis órdenes eran firmes y no tardó en sacar y meter con fuerza. Dolía, era verdad pero me prendía. Me olvidé de todo y cerré mis ojos entre las estocadas. Mordí su cuello y me corrí. Sabía delicioso y podía sentir una punzada en mi cuello que deseaba ser mordido. Pero no cesaba, sus estocadas eran profundas y uniformes devolviendo mi erección a los pocos movimientos suyos. Una y otra vez, ahora no me importaba decirlo suplicar si era necesario, con sus jadeos sensuales que se escuchaban en mi oreja con cada empuje de sus caderas. Ese hombre me atrapaba totalmente.
— ¡Más! — Dije casi inconsciente cuando su mano empezó a agitar mi hombría mientras no dejaba de moverse.
El sabor de su sangre, el bombeo de su pene en mi interior, sus lamidas y su voz sensual me desesperaban cada segundo. No podía más, una tercera vez estaba en el borde cuando sentí ese cosquilleo en mi glándula de aroma casi como si me mordiera y el orgasmo fue intenso, su pene adquiría la forma perfecta para presionar ahí dentro. Me corrí fuerte, mis brazos le rodeaban perdiendo fuerza y quedando completamente dormido.
Abrí los ojos muy temprano por la mañana desnudo y en mi cama. Mi cuerpo estaba relajado y la luna creciente del cielo me decía que tal vez había ido muy lejos sin que tuviera un pretexto para hacerlo. Aunque suspiré y me olvidé de esas tonterías, en realidad lo había estado necesitando tiempo atrás y no me arrepentía. Simplemente no sé qué cara haría al verlo a los ojos luego de haberlo mordido nuevamente. No había sangre en la comisura de mi boca y su fragancia estaba por mi piel.
Mis pies en el suelo y de pronto escurrió esa sustancia entre mis piernas:
— ¡Maldita sea Morinaga! ¡Te corriste dentro de mí!
Mi grito sonoro mientras llegué al baño para darme una ducha. Al salir, el desayuno en la cocina y él no estaba ahí para desayunar conmigo. Podía escucharle en su habitación y no pregunté, seguro estaba apenado por hacerme esas cosas. Al poco rato salió cuando yo había entrado a mi habitación:
— Sempai… saldré y regreso más tarde.
Afortunadamente era el fin de semana, pero lo más raro era que se portaba tan extraño, más distante de lo que había sido… Por alguna razón supuse que luego de "aquello", todo volvería a ser como al inicio.
La noche llegó y finalmente apareció, tenía ese aroma del tipo que había venido a visitar la casa aquella vez. Me daba asco, me molestaba que alguien lo hubiera tocado. Lo había mordido y él sólo podía tener mi fragancia en su piel. No es que oliera a sexo, sólo lo había abrazado quizá, ¿por qué rayos me importaba eso?
— ¡Dónde carajos fuiste! — ¿Realmente lo había dicho? Y si… lo cuestioné sin pensarlo.
— Estuve con mi amigo Hiroto, no te enfades pequeño sempai, tenía muchas dudas que él me hizo entender eran mi imaginación.
— ¿Cómo cuáles?
— No es nada, creo que es tarde y mañana tenemos que ir a la escuela.
Entonces sus labios besaron delicadamente los míos y se separó mirando sus manos. Su comportamiento era extraño.
A pesar de esas tonterías, de pronto las cosas se volvieron relajantes, ahora nos besábamos bastante, él que tenía esas urgencias raras y cuando menos lo esperaba, se alejaba para ir a su habitación. ¿Ahora qué quería de mí?
Todo se volvió diferente, ahora que él me tocaba de esa forma cuando me miraba. Sus manos en mi rostro y los besos me hacían sentir extrañamente completo e incompleto cuando se alejaba de mí sin volver a permitir que ocurriera un encuentro como el de la última vez. Ni que yo fuera a suplicar o desearlo. Pero sus suspiros y los míos decían de algo que sin duda podía ser tan gratificante como su compañía.
Esa semana el trabajo aumentó, puesto que el profesor en jefe nos pidió los resultados de una de las investigaciones para dar nuevos fondos. Además del nuevo proyecto y podía ver la luna llena venir para preocuparme, aunque la magia en mí se hacía constante y podía controlarla mejor que al inicio. Sin duda al final del ciclo me contendría fácilmente y me centré en que tenía que ayudarle.
Faltaba poco para que la luna llena viniera, lo noté extraño; agitado y sudaba, sus ojos parecían tomar un color raro casi como amarillo y tal vez imaginaba cosas ahora que volvía a tomar distancia. ¿A qué rayos jugaba conmigo? Sólo era un idiota indeciso. Apenas se hacía de noche cuando volvió del sanitario con un dolor en el vientre, se notaba pues presionaba ahí. Me sonaba familiar, aunque no era un lobo como yo, sin duda estaba enfermo y además no había luna llena todavía. ¿Qué pensaba? Mi sensei no iba a volverse un lobo como yo.
— Me siento enfermo, volveré a casa. ¿Puedes guardar todo y cerrar por mí? Iré al médico y nos vemos en casa.
Entendí que era prioritario que se curara y simplemente se fue casi corriendo. Me quedé un poco para revisar nuestros resultados, cada día entendía más de los experimentos. No era un experto como él pero podía ayudarle y practicar.
Al entrar estaba su aroma por la casa, pero llevaba una extraña angustia en él. Abrí su habitación y estaba tapado de lado, dándome la espalda con una frazada casi hasta la cabeza, por lo decidí cerrar e ir a comer lo que dejó en la cocina. La comida comprada no era igual a la que preparaba él, menos con los síntomas antes del celo que agudizaban mis instintos y mi olfato. Me metí a la ducha fría relajándome y preparado para evitar que me pusiera como un animal cuando la luna se volviera completamente redonda.
La mañana siguiente no salió de su habitación, no había nada para comer y su puerta estaba cerrada.
— ¿Morinaga estás bien?
— No iré a trabajar, ya he llamado y avisé que no puedo. — Dijo desde su habitación sin abrirme.
Por amabilidad traje el desayuno comprando un par de cosas en la tienda cercana al departamento. Al llegar grité:
— El desayuno está servido en la mesa.
Pero su respuesta me preocupó un poco:
— Por ahora no tengo hambre, más tarde saldré a comer.
Estaba cada segundo más enfadado, patee la puerta y me marché a la escuela diciendo:
— ¡Cómo tú quieras!
Sin embargo, cada momento en la escuela no podía dejar de pensar en él. Quizá alguna cosa rara le ocurría, una enfermedad y absurdamente yo era el que debía preocuparse con la luna llena que brillaba en el cielo ese día. A pesar de eso, la angustia había hecho que me olvidara del celo y aunque estaba un poco acalorado, no me sofocaba. Lo recordé más tarde cuando terminé la escuela y casi me río de pensar que al fin había hallado el control.
Eran las cinco y todavía había mucha luz en el cielo. Quería volver a casa pero tenía un trabajo en equipo que debíamos organizar en la biblioteca. Todo estaría bien si regresaba cuando el sol se pusiera, lo sabía, se intensificaban los aromas, pero todos ellos no eran nada comparado con el que mi piel poseía ese día. Uno mezclado entre chocolate amargo y canela, que aunque no era fanático de los dulces me gustaba sentirlo así en mi piel. Por esa estúpida razón es que no podía dejar de pensar en él.
Un pensamiento recurrente no me dejaba en paz, él que sus ojos mientras me había tomado tenían un brillo amarillento, y que al morderlo en el cuello había casi probado algo más que sangre. Aunque no podía ser cierto, menos pensarlo tantos días después, ¿por qué razón ahora llegaba a mi cabeza eso? Él tenía dolor en el vientre, justo en la boca del estómago pues se apretaba con los brazos cruzados el día anterior. Entonces recordé a mi mentor Isogai, solía decirme que no debía resistir la trasformación o sería doloroso, ya que lo era para algunos lobos que se contenían y jamás padecí algún dolor, mi cuerpo simplemente se tornaba distinto sin poder detenerme.
Las pistas se clarificaban cada segundo más, estaba el hecho de que se escondía. ¿No se suponía que esas cosas debería decirlas? ¿Acaso yo se las ocultaría?
— Tatsumi san… por favor.
Mis compañeros llamaban mi atención y enfadado espeté:
— Debo irme, es una emergencia. Asígnenme la parte más difícil y la haré por mi cuenta.
No aguardé a que respondieran. Simplemente salí de ahí corriendo. El calor de mi piel era más intenso ahora que la luna casi brillaba completamente pues los últimos rayos del sol se abrían en rojos por el cielo. Sudaba profuso y no me importaban en realidad mis propios instintos, sabía que algo le ocurría y tal vez tendría que ver con la mordida que le había dado.
Esa mala sensación se apresuraba por mi garganta con sequedad y nauseas. Caminé y casi corrí, resoplaba agitado cuando abrí tembloroso la puerta y una vez ahí, me sentí libre para liberar mis feromonas. Era eso o volverme un animal peludo.
En el momento en que mis feromonas salieron me sorprendieron los jadeos en la habitación de Morinaga. Por supuesto que mis sentidos eran más agudos, pero la respiración normal de un humano no era de aquella forma.
— ¿Morinaga? … sensei… ¿Estás ahí?
— Ve a cenar… he dejado la comida en la mesa.
Una voz profunda se escuchaba venir de su habitación. Demasiado extraño, me aterró un poco, era intimidante a mis sentidos. Los jadeos y las pisadas que sobre la madera del lugar decían lo que yo más temía. Me olvidé de mi incomodidad con el celo, más que nada estaba preparado para atacar y nervioso mi cuerpo. Incluso los vellos de mi piel salieron.
— Morinaga… sal de ahí…
Mi voz salía muy breve pero firme y no escuché respuesta, simplemente sus pasos se aproximaron hasta la puerta sin abrirla y me percaté que las luces de su habitación estaban apagadas.
— Estoy enfermo, te contagiaré. Mañana me sentiré mejor.
Aquella voz se hacía más normal pero de todas formas tenía que verlo con mis propios ojos, todo tenía que estar en orden. Me había cansado ese estúpido juego, no iba a esperar a convencerlo.
De un golpe, usando la fuerza de mi cuerpo, rompí aquella puerta y de inmediato se deslizaron esos pasos hacia atrás en la oscuridad de su habitación. Las tenues luces de la calle entraban por la ventana. Al fondo unos ojos amarillos brillaban, pero al prender la luz Morinaga estaba sentado en la orilla de su cama. Tocaba su cabeza y respiraba agitado. Se inclinaba al frente sobre sus rodillas. Nuevamente aquella voz que se modulaba extrañamente saliendo:
— Ya me has visto… sal de mi habitación…
Se doblaba como si contuviera un dolor en su abdomen. Era demasiado obvio, yo era un lobo desde siempre, lo entendí.
— ¡Por qué rayos no me lo has dicho antes! — De inmediato me acerqué y jalé su brazo donde estaba el tatuaje.
La marca Tatsumi en su brazo que se veía tan clara.
— ¡Suéltame ahora! — Dio un tirón a mi mano y su voz, su cuerpo cambiaba. Pude notar la luz de la luna por la ventana pues a mí me daba fuerza y poder. A él parecía darle más dolor.
— Respira profundo, no lo contengas, te dolerá si lo haces, sólo debes…
Me aproximé más hasta él, yo tenía la medicina para aliviarlo, era la misma cosa que necesitaba mi cuerpo, tocarlo, relajarnos. Irresistible para mí era su aroma tan fuerte, manaba de él cada segundo más y más. Pero en el momento en que lo toqué del hombro, me apartó y cayó al suelo temblando:
— No sabes lo que dices… no puedo… no debo… siento que me devora por dentro…
Al caer, el vello en su cuerpo crecía, temblaba y gemía de una forma tenebrosa, extraña como un grito contenido. Me agaché y lo sacudí:
— No hagas dramas, sólo déjalo salir, no sigas luchando. ¡Reacciona idiota!
Su cuerpo se hizo un poco más grande, había pelo oscuro por todas partes y no respondió. Una garra me empujó y se levantó con la mirada un tanto perdida.
— ¡Qué demonios te sucede! — Grité al levantarme del golpe que había recibido en la pared hasta donde fui lanzado.
Pero al levantarme Morinaga salió por la ventana, gruñía como un animal, no parecía cuerdo. Mi cuerpo se controló, había regresado a ser un humano pues me angustiaba mucho a dónde se había dirigido. Salí a las calles, debía buscar su aroma, lo conocía perfectamente y por esa razón debería ser fácil. A pesar de eso no entendía, no había una comprensión total de la situación, mi cuerpo desataba deseos, ansiedad, las fragancias se hacían intensas, comida, humanos y hasta animales. Era la luna, me descontrolaba, debía centrarme mientras caminaba. Aunque esta vez me fijé perfectamente el camino para no perderme, si yo me perdía có mo demonios iba a poder volver sin él a casa. Me aterraba cada segundo más el recordar lo que me había sido dicho sobre los humanos y su forma de tratar a los seres distintos. Entonces patrullas, y personas que corrían a una dirección. Detuve a uno de ellos:
— ¡Qué pasa!
— Un monstruo ha atacado a unas personas cerca del parque. La policía lo tiene cercado.
Sin duda era Morinaga y me importaba poco lo que hiciera a los humanos, me preocupaba que lo apresaran o lo lastimaran. Tenía que apresurarme pero al llegar al lugar, un enorme parque cercado se abría y yo no tenía la habilidad para hallarlo. Me brinqué sigiloso la barda y del otro lado pinté en el suelo un agujero de convocación a mi mundo. Si alguien podría ayudarme a controlar a Morinaga era Isogai….
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Agradezco a Gaby como siempre por sus consejos y la ilustración tan hermosa que me ha regalado. Es como mirar lo que la fantasía nos trae desde mi imaginación a la suya.
Les deseo el mejor de los años mis queridas tiranas y a todas ustedes que leen y andan en mi grupo Tiranas y ángeles, les mando un enorme abrazo.
