Disclaimer: nada mío y esto es totalmente de Sweet Ashie.
PARA SWEET ASHIE PORQUE ES AMOR. Y EN MAYÚSCULAS PORQUE ESTOY GRITANDO.
Nota: el poema que sale es Stop All The Clocks, de Auden.
4. Desgracia
Hay un poema que dice algo sobre parar todos los relojes y poner crespones en los cuellos de las palomas, y desmantelar el sol. Habla sobre esa clase de tristeza que es corrosiva, blanco intenso, como un agujero en el estómago. Como tóxica en Lorcan. No tóxica como cuando se le enciende la cara y es todo su alegría destructiva, de la de romper barreras, ni tóxica como cuando se revuelve por dentro y le sale todo en la explosión definitiva, mezclado y sin sentido y atronador. Su tristeza lo deja líquido. Coge la mano de Lysander y Hugo no se para a mirar -nunca con ellos, nunca- pero lo ve caer poco a poco, como si fuera un cubito de hielo que se deja llorar. Lysander sí que puede detener el momento y apretarle un poco, y es como si eso llevara muchas cosas detrás y fueran suficiente para que Lorcan se desmonte pieza por pieza, tan lejos que Hugo sabe más que nunca que lo suyo -lo de los dos, sus pecas en los hombros y sus nombres estratosféricos y sus silencios compartidos- es algo que no va a llegar a tocar jamás.
...
Si Lorcan se tumbara en el suelo se confundiría con el color de las hojas. Crema pálido para naranja marchito, y un poco del azul más oscuro de las tormentas de verano. Podría hacerlo y Hugo podría acercarse y sólo sentarse para no desentonar, pero la verdad es que no se puede encajar donde ya no queda espacio.
...
Debajo de la mesa de piedra todo cruje. Cuando lo mira con los ojos entrecerrados y se siente un intruso. Todo el otoño cruje con ellos en espiral.
No le pregunta nada. Se sienta a su lado y Lorcan calla y fuma en su trocito de mundo. Puede que hasta le cruja el pecho. Sube y baja pero hay algo ahí dentro, algo que parece que le pesa como si estuviera empapado, o como si se lo hubieran estrujado demasiadas veces. La voz le suena muy grave, envuelta en humo, desde el fondo de alguno de esos sitios a los que él sólo llega a rozar con las puntas de los dedos.
-Una vez me dijo que sólo vivimos para dejar huella.
Fuma despacio, tortuoso. Es Lorcan en camiseta de manga corta, todo cenizas. Ofreciéndole el cigarrillo. Le roza los labios con los dedos al hacerlo. Le trastabilla una sonrisa en la comisura de la boca cuando Hugo se atraganta. Sus sonrisas son como accidentes. Le salen disparadas o a cámara lenta, y se le tuercen un poco por las esquinas. Hugo nunca supo fumar, pero Lorcan bufa y lo llama nenaza como si quisiera decir un millón de cosas buenas y se crea una burbuja entre todo eso que los rodea y que se desmorona hacia dentro en escala de grises.
...
-Lo siento. Mucho. Siento lo de tu padre.
Estar tan cerca de Lorcan es turbio. Como si hubiera algo más que humo de cigarrillo entre ellos, como si fuera niebla o fuera lluvia o un acantilado. Turbio y distorsionado, como su voz. Tiene una voz turbulenta, llena de baches.
-No lo hagas.
Una calada, dos tres cuatro, y la mirada perdida. Debajo de la mesa de piedra todo cruje, igual que su voz llena de baches.
-No es culpa tuya.
Se deja caer. Se le cierran los ojos y si Hugo no supiera que es imposible, diría que va a llorar. Lorcan no llora. Lorcan aprieta los puños y resbala, y si fuera más alto sus botas negras asomarían por el otro extremo de la mesa. Pero es que a veces es diminuto y podría caber en cualquier parte.
-Yo lo siento, Lorcan.
Suspira, se incorpora, lo atraviesa de parte a parte con los ojos. Azules y enormes, debajo de una maraña indomable de pelo y pecas. Siempre lo deja un poco así, como abierto y latiendo, palpitando bajo sus manos. Ardiendo cuando le besa sólo porque lo decía su padre, porque hay que dejar huella, porque las huellas son lo único que se recuerda después. Las marcas. Marcas de dientes y marcas que se esconden mejor. Siempre lo deja todo lleno de marcas.
-No lo sientas, Hugo -Habla en su boca. Aún le queda un poco de humo y huele a tabaco. Se separa y le es fácil-. Yo no lo hago.
...
A Hugo se le hace pequeño el mundo. Lorcan se duerme en su hombro y todo deja de crujir.
Entre tantas personas de negro, el cielo parece fuera de lugar.
No se ve el cielo desde debajo de la mesa.
