Christelle salió de la capilla, meditativa. Acababa de alzar una oración hacia sus padres, contándoles su éxito. Pero aunque estuvo sola, juraría que alguien la había observado.

-¿Christelle?, ¿estás ahí?

La joven salió de su ensimismamiento a tiempo para ver a Opal, todavía con su atuendo de campesina.

-¡Chriselle, estuviste grandiosa! ¿Por qué no nos mostraste tu talento antes?

-Bueno, yo…

-Dime, ¿es en serio que sólo lo aprendiste por tu madre, o tienes algún secreto? Puedes confiar en mí y lo sabes…

Christelle sonreía ante la actitud de su amiga.

-Pues, como sabrás, mis padres murieron cuando era muy pequeña. Sin embargo, nunca temí eso porque mi madre me dijo que, en las noches de luna llena, le rogaría al cielo verme. Te parecerá ridículo, mas poco antes de llegar aquí, una voz me indicó qué camino seguir para llegar a este teatro, también qué decir para llegar a tu madre y convencerla de aceptarme aquí…

-¿Entonces crees que tu madre es esa voz?

-No pero, ¿y si ella envió a alguien a ayudarme?, ¿una especie de… ángel?

-¿Un ángel del drama?

El tono de Opal era risueño; sin embargo, Christelle la ignoró. Miraba a su alrededor, como si el aludido ángel apareciera en cualquier momento.

-Christelle, no puedes hablar en serio. Es decir, yo siempre he creído en ti, mas esto me parece… demasiado. Eres muy talentosa, es todo.

-Opal, llevaba años sin actuar de esa forma, ¿quién más podría ser, si no un ángel?

La joven le dirigió una mirada preocupada. No era digno de Christelle comportarse así.

-Vayamos a nuestra alcoba, debes descansar un poco…

-¡Ah, ahí estás!

Ambas se sobresaltaron: Era Madame Rire.

- Te busqué por todas partes. –la mujer la tomó de la mano.- Vamos, tus admiradores te esperan.

Después de ser felicitada por incontables personas y recibir cantidad de regalos, Madame Rire consiguió ponerla a salvo en su camerino.

-Por poco te engulle la marea humana. –dijo mientras le tendía una silla.- Quédate aquí por un momento.

Christelle se sentó, aliviada, y miró su reflejo en el espejo: Parecía otra persona.

-¡Oh, lo olvidaba! –Madame Rire puso algo en el tocador.- Encontré esto para ti.

Christelle observó el objeto: Era una rosa roja con un listón negro atado en su tallo.

-¿De quién…?

Madame Rire ya se había ido.

Isidro y el Vizconde se abrían paso por el grupo de admiradores a duras penas, saludando y gradeciendo la atención de todos mientras pasaban. En el camino, se encontraron con Monsieur Chevalier.

-¿Piensa felicitar a la señorita D'Arc? –inquirió Isidro.- Si quiere puedo presentársela…

-Se lo agradezco mucho, señor, pero pienso hablar con ella a solas. Eso, claro, si no tiene inconveniente…

Sin mediar otra palabra, Monsieur Chevalier entró al camerino.

-Parece que ambos ya han sido presentados. –dedujo el dueño del teatro.

-Oh, tal vez no esté tan alejado de la verdad. –respondió el Vizconde.

Christelle contemplaba dubitativa la rosa. ¿Dónde había visto una idéntica?

El sonido de una campanilla interrumpió sus pensamientos.

-"¿Quién me llama por mi nombre?", me preguntó la niña dormida.

-Quien anhela ser dueño de tu voz. –respondió ella en automático. Se volvió.- ¡Monsieur Chevalier!

-Madame. –reclamó él, risueño. Se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.- Te extrañé tanto…

Christelle se soltó, incorporándose.

-Monsieur, le ruego se comporte.

-¿De qué hablas? –la tomó por los hombros.- ¿De qué otra forma podría comportarme delante de ti? ¿O ya se te subió lo de la actriz principal a la cabeza? Me dijiste que eso jamás te pasaría, ¿recuerdas?

Christelle volvió a zafarse.

-Espero me perdone, tal vez se confunde con otra persona.

-¿Confundirme? Por favor, ¿acaso no pensaste en mí?

-¡Aléjese!

Monsieur Chevalier retrocedió. Estaba confundido.

-¿En serio no me reconoces?

-Claro que lo reconozco, es nuestro nuevo patrón, pero eso no le da derecho a tratarme así. Ahora le suplico se retire.

-Line, no me hagas esto…

-No me llame así y retírese.

-Lo haré hasta que me escuches…

-¡Lárguese!

La mirada del hombre se ensombreció.

-Tu nombre es Céline D'Arc, pero preferías Line porque te recordaba el sonido de las campanas. Te casaste y quisiste tener una familia, pero la guerra nos impidió eso, ¿recuerdas? Porque no queríamos que criaras sola a un futuro hijo. Le llamarías Morceau, como a su padre, o Maline, porque sería tu propio sonido de campanas*.

Christelle palideció.

-¿Cómo sabe todo eso?

-Yo soy Morceau.

La joven palideció.

-Line, soy tu esposo…

-Mientes, él murió en la guerra…

-No, sobreviví, Line. Desperté semanas después del accidente en casa del Vizconde. Creyeron que era su hijo, pero él murió en una explosión. Aún así me cuidó hasta restablecerme, y desde entonces te he buscado… La casa estaba sola, nadie sabía a dónde habías ido… Hasta ahora. –sin contenerse por más tiempo, la abrazó.- Hubiera querido llegar antes…

Christelle se separó del abrazo y lo contempló unos instantes: La mirada oscura, su cabellera reposando sobre sus hombros, la expresión entre madura y pícara…

-Eres Morceau. –comprendió, boquiabierta.- Oh, Dios mío, ¿cómo pude estar tan ciega?

-Está bien, amor. –le tranquilizó él, abrazándola de nuevo.- Lo importante es que estamos juntos. –olió el aroma de su cabello.- Jamás volveré a perderte. Te lo prometo.

Christelle seguía asustada. ¿Cómo pudo olvidar a su esposo?, ¿cómo olvidar su voz, su rostro, el calor de sus manos?

-Vamos, te llevaré a casa…

-¿A casa?

-Por supuesto, tengo rentada una pequeña propiedad en esta ciudad…

Christelle volvió a la realidad. Se sonrojó.

-¿Y no te parece imprudente? Después de todo, nadie sabe que estamos… estuvimos, casados.

Morceau arqueó la ceja.

-¿Desde cuándo piensas en las habladurías de los demás?

-Morceau, ahora eres alguien importante, podrías manchar tu reputación.

-Entonces le diremos al mundo entero que he vuelto a la vida. –su esposo sonreía.- No volveré a pensar sólo en mi honor, Line. Regresaré por ti tan pronto llame al chofer. Alístate.

-Morceau…

Pero él ya había cerrado la puerta.

Christelle volvió a mirarse en el espejo. Sí, su esposo tenía razón. Debería estar feliz por estar juntos otra vez sin importar el resto. Seguía siendo extraño que no lo recordaba, pero todo marcharía bien ahora.

Un bufido se escuchó tras ella.

-¿Piensa regresar con ese sinvergüenza, cuando la abandonó para matar inocentes?

Christelle se volteó, asustada: Frente a ella un hombre alto, de ropaje negro, estaba reclinado en un espejo de cuerpo entero, su mirada oculta tras un antifaz oscuro.

-¿Quién es usted?

El desconocido se acercó a ella, parecía examinarla.

-¿No me recuerda? –ante la consternación de la joven, sonrió.- No esperaba que me olvidara del todo, pero será mejor así… Aunque tampoco debí aparecer frente a usted; aún no termino con el procedimiento…

-¿De qué habla? ¿Qué quiere de mí?

Él meditó por unos instantes su respuesta.

-Me arrepentiré de esto luego, pero no quiero que me descubran por sus gritos.

-No le entiendo…

El hombre se volvió al espejo y le dio la vuelta. Del otro lado, donde debería estar el marco, se hallaba una especie de vacío negro.

Christelle retrocedió.

-¡¿Qué eres?

Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa amarga.

-Podría decirse que soy su ángel guardián. Venga, antes que empiece a recordarme del todo.

Dicho esto le tendió la mano.

Christelle titubeó. Aquello era demasiado confuso. ¿Quién o qué era ese hombre?, ¿era de fiar?, ¿por qué su "ángel guardián"?

-Eres la voz. –descubrió.- La voz que me mandó aquí.

Alguien tocó la puerta.

-Vamos. –la apremió el hombre.

-Pero, Morceau…

-Oh, por favor. Yo esperé tres años, él puede esperar unos minutos.

Christelle miró la puerta unos instantes, luego al desconocido.

Aún titubeante, tomó su mano.