Capítulo 3.- Lejanía y…

Shiho y Makoto permanecían en silencio, sentados en sendas sillas dispuestas en la habitación del hospital, acompañando a Shinichi. El joven detective todavía no había salido de su inconsciencia dos días después de haber recibido el fatídico disparo que le impactó de lleno en el hombro izquierdo. La herida no era grave y los médicos no temían por su vida, ya que esta no había alcanzado ningún órgano vital, ni siquiera hueso. Pero la inmensa pérdida de sangre que había sufrido, hasta que los enfermeros de la ambulancia que había acudido a socorrerle por petición de Kogoro consiguieron estabilizar su herida, le había debilitado de forma alarmante. Tras varias transfusiones realizadas nada más ingresar en el hospital, finalmente el joven había conseguido salir de peligro, aunque su cuerpo necesitaba reposar a su propio ritmo para poderse reponer.

Todos los amigos y familiares de Shinichi, excepto Ran, se habían turnado desde entonces para acompañarle en su convalecencia y controlar cualquier cambio que pudiese producirse en su estado para alertar inmediatamente a los médicos y enfermeras encargados de su caso. Kogoro, destrozado, se empeñaba en no separarse de él ni un minuto, pero finalmente había sido convencido por su esposa, Eri, para que al menos consintiera en comer algo rápido en el bar del hospital. El hombre no paraba de lamentarse y culparse por lo sucedido, sin permitir ser consolado por ninguno de los demás.

Los padres de Shinichi, Yusaku y Yukiko Kudo, habían llegado de Estados Unidos ese mismo día y, después de comprobar que la vida de su hijo no corría peligro alguno, accedieron también en acompañar a los Mouri al bar para tomar algo calentito que les despejase del largo y tedioso viaje en avión y les levantase un poco el ánimo. Todavía no habían pasado por su casa, ni siquiera para dejar las maletas. Su hijo era su única prioridad en aquel momento.

Heiji, Kazuha y Sonoko se habían marchado a sus respectivas casas para descansar, pues habían cubierto el turno de vigilia de la tarde y noche anteriores.

Pero todos ellos se hacían cruces al pensar en que Ran había sido tan fría y despiadada como para no estar junto a Shinichi ni siquiera en sus peores momentos. No habían podido localizarla hasta el momento, pero a esas horas seguro que debía conocer lo sucedido a través de las noticias de todas las cadenas de televisión del país, que se habían hecho eco de la tragedia inmediatamente. Sonoko y Kazuha, conociendo la próxima paternidad en común de ambos, no se veían capaces de disculpar a su amiga. Si no quería hacerlo por él, Ran debería ayudarle al menos por su hijo.

Estos pensamientos pasaban por la mente de Makoto, quien se sentía inmensamente agradecido por el gesto de amistad que Shinichi había tenido con él al invitarle a instalarse en su casa, invitación que los propios padres del joven le habían corroborado. Pero los pensamientos de Shiho, aunque también relacionados con Ran y Shinichi, iban por derroteros muy distintos. Que ella estaba perdidamente enamorada del moreno detective era de dominio público, aunque, consciente de que él siempre había amado a Ran, tan sólo le confesó sus sentimientos para explicarle el motivo por el que debía alejarse de su lado, incapaz de soportar el dolor de saber que nunca sería correspondida. Pero, al enterarse por la televisión de que él estaba herido y decidir volver para prestarle todo su apoyo como buena amiga suya que seguía siendo, se había encontrado con que la situación a la que esperaba enfrentarse era muy distinta. En vez de ver a Ran pegada a su amado a todas horas, angustiada por su estado de salud, se había topado con que la joven ni siquiera había dado señales de vida, desentendiéndose totalmente del chico. Algo había sucedido entre ellos; algún suceso muy importante los había separado, quizá para siempre. ¿En qué situación quedaba ella misma, entonces? No deseaba hacerse ilusiones, pero no podía evitar pensar en que quizá ahora Shinichi pudiese mirarla con otros ojos.

Algo sacó a los dos de su propio ensimismamiento. Al principio no se habían dado cuenta, pero al escuchar cierto ruido proveniente de la cama de su amigo y mirarle para ver qué pasaba, pudieron observar que Shinichi estaba abriendo los ojos lentamente, mientras levantaba su mano derecha para llevarla a la herida, que estaba completamente cubierta por un hábil vendaje ocultando su hombro maltrecho y parte de su torso desnudo. Ambos se levantaron de sus asientos como si hubiesen sido pinchados por afiladas agujas y corrieron junto a él, emocionados.

- ¿Ran? – fue la primera palabra que pronunció él, confundiendo a Shiho con la aludida, aún embotados sus sentidos. La miró con esperanza.

- No, Shin. Soy Shiho. – le ofreció una tierna sonrisa, acariciándole el rostro suavemente, aunque se estaba muriendo por dentro. La respuesta a sus anteriores preguntas le había sido ofrecida de la forma más cruel posible: él siempre amaría a Ran, pasase lo que pasase. Era ella la dueña de todos sus pensamientos y emociones.

- Shiho… - volvió a mirarla, reconociéndola al fin. Quedó pensativo por unos segundos hasta que asintió, decidido. – Shiho, me alegro muchísimo de verte. Te echaba de menos. – le sonrió también.

- Y yo a ti, imán de peligros – las lágrimas estaban a punto de escaparse de sus cristalinos ojos.

- Makoto, tú también estás aquí… - miró a su amigo con gratitud.

- ¿Y dónde esperabas que estuviese? ¡Todos hemos estado pendientes de ti durante estos dos días! ¡Hemos vivido sólo para ti, como mereces! – le ofreció una sonrisa alegre y sincera.

- Menos ella…

Los dos le miraron sin encontrar modo de evitarle el dolor que estaba sintiendo.

- Menos ella. – se atrevió a afirmar Makoto finalmente – Sus padres han tratado de localizarla, pero no responde al teléfono. Tampoco nos ha abierto la puerta de su casa. Debe de estar de viaje, Shin.

- Me importa bien poco dónde esté ni qué esté haciendo. – respondió él, tozudo.

- Ya… - sus amigos le miraron con tristeza.

De pronto un gran alboroto se produjo en la habitación, acababa de entrar Kogoro, seguido de cerca por su esposa y por el matrimonio Kudo.

- ¡Muchacho! ¡Mi muchacho! – gritó Kogoro, corriendo hacia la cama de Shinichi y abrazándole con efusión.

- ¡Auch! – se lamentó el herido cuando el hombre presionó los vendajes sin darse cuenta, llevado por la emoción. – Me alegro de verle, Kogoro.

- ¡Apártate del niño, que lo vas a lastimar! – fue la rápida intervención de Eri, quien franqueó el paso a los padres de Shinichi para que pudieran besarle y abrazarle también.

- ¡Mi pequeño! – gritaba Yukiko entre sollozos, abrazándole y besándole por todo el rostro. -

- ¡Mamá! ¡Por favor! ¡Hace mucho que dejé de ser un niño! – se enfadó él, tratando de olvidar definitivamente sus dos "etapas infantiles".

- Vamos, Shinichi, sé un poco comprensivo con tu madre por esta vez – le pidió su padre, besándolo también, aunque de forma mucho más comedida – Hemos sufrido mucho durante tu inconsciencia, temerosos de que tu estado pudiese agravarse por complicaciones imprevistas. Permítenos que disfrutemos de ti, hijo. – el aludido sonrió, dulcificando su mirada. - ¿Cómo te sientes?

- Me siento muy cansado, como si hubiese dormido durante muchos días seguidos pero en ningún momento hubiese podido descansar. Y el hombro de duele horrores.– Todos le miraron, comprensivos.

- Shinichi, por favor, te lo ruego, perdóname – fue Kogoro quien se dirigió a él con estas palabras, una vez todos los presentes le hubieron abrazado y besado hasta la saciedad – Esa bala era para mí. No debiste interponerte en su trayectoria, y yo no debí permitirlo. Pero me pillaste desprevenido y no fui capaz de reaccionar a tiempo. Lo siento en el alma, muchacho.

- Olvídelo. Hice lo que debía hacer y nada más. Usted habría hecho lo mismo por mí, estoy seguro. Además, en nuestro trabajo, simplemente esas son cosas que pasan. – objetó él, convencido.

- Te debo mi vida, hijo. Eso jamás lo olvidaré, ni me quedan años suficientes de vida para podértelo pagar. – volvió a la carga el otro, compungido.

- Si no lo olvida inmediatamente va a conseguir que me enfade. Usted no me debe absolutamente nada. Y el tema se ha terminado. – Todos los demás asintieron, de acuerdo con él, ahora que el peligro había pasado por completo. – Bueno, sí. Me debe una cosa: una cena en su casa para mostrarme la sorpresa que me prometió.

- ¡Por supuesto! ¡Cuando tú quieras! Aunque la sorpresa te la puedo mostrar aquí mismo – se abrazó a Eri con amor – Ella y yo hemos vuelto a casarnos. – Los dos le sonrieron con felicidad.

- ¡Lo sabía! – fue su rápida respuesta, sacando la lengua al maduro detective.

- ¿Serás…? – trató de hacerse el ofendido, pero a las claras que no lo consiguió. Todos rieron estruendosamente, divertidos.

- ¿Qué es todo este alboroto? – la voz del doctor, que acababa de entrar en la habitación alarmado por el jolgorio que se escuchaba a varios pasillos de distancia, los puso firmes - ¿Por qué ninguno de ustedes me ha avisado de que el paciente ha recobrado la consciencia?

- Vamos, doctor, no les regañe. – le pidió Shinichi con voz todavía débil y cara de niño bueno.

- Con usted voy a tener yo unas palabras, señor Kudo. Ahora mismo le vamos a hacer varias pruebas para comprobar su estado de salud. Aunque ya no reviste gravedad, la herida que usted ha sufrido no debe tomarse a broma. Ruego a todos que despejen el cuarto y aguarden en la sala de espera. Y por favor, esto es un hospital, no un bar de carretera. Les ruego que se comporten adecuadamente.

- Lo sentimos mucho, doctor – fue Yusaku quien tomó las riendas de la situación – Le prometemos que no vamos a causar más problemas.

Instó a los demás a que saliesen, siguiéndolos después tras sonreír a su hijo para darle ánimos.

Al quedarse solo, Shinichi cambió su jovial sonrisa por un semblante de profunda tristeza, espejo del inmenso dolor que sufría su corazón. Ella no había venido, incluso cuando él podía haber estado al borde de la muerte. ¿Tanto le odiaba? "Parece ser que sí", pensó. "Vas a tener que hacerte a la idea de que jamás volverá a tu lado, y cuanto antes lo hagas, mejor".

&&&&&&&

Tres días después del despertar de Shinichi, en la mansión de verano de los Furutan.

Ran paseaba por el jardín de la mansión que los padres de Kia poseían a las afueras de Tokio. Cuando hace dos días y precipitadamente, Kia le propuso que se alejasen por un tiempo del mundanal ruido y ajetreo de la capital, ella aceptó con la idea de poder decirle con tranquilidad y sin interrupciones que su relación había terminado. Tomó esa decisión en el momento en que ambos hablaron por teléfono por última vez, se repetía constantemente, y debido a su embarazo, del cual su supuesto novio no tenía constancia alguna, pero en realidad esa decisión siempre había estado tomada: si no era con Shinichi, ella no se casaría jamás. Había estado tratando de engañarse a sí misma llevada en un primer momento por la culpa de haber hecho el amor con Conan y pensando que estaba empezando a volverse loca, y luego por la rabia y el despecho por el dolor que Shinichi le había causado, ocultándole su identidad durante siete largos años en los que ella tan sólo pudo sufrir y esperar. Pero el hecho de estar esperando un hijo suyo le había abierto los ojos como nada ni nadie de su entorno más inmediato había conseguido hasta el momento. Definitivamente, aquella locura debía terminar.

Acarició los suaves pétalos de una rosa roja especialmente bella, pasando la mano delicadamente después por varios macizos de tupidas margaritas y azucenas que, con dulzura, se dejaban arropar. De forma inesperada notó un fuerte pálpito en el corazón, como si alguien en peligro la llamase desesperadamente. Tuvo que sentarse en un banco de piedra cercano a ella para no desmayarse por la hiperventilación que su cuerpo estaba alcanzando y trató de acompasar su respiración hasta que nuevamente pudo adueñarse de su propio cuerpo. Varias veces le había sucedido ya desde que Kia y ella habían llegado a la gran mansión y no podía evitar plantearse si había hecho bien en alejarse de todo y de todos en la ciudad, sin avisar siquiera de a dónde se dirigía. Y más cuando había comenzado a temer a Kia por el modo como la había tratado desde que regresó de su viaje. Tan sólo la había agredido una sola vez, disculpándose después y alegando que no se había dado cuenta de lo que hacía, pero desde que ambos se habían quedado definitivamente solos en la mansión, no paraba de acecharla, de controlar cada movimiento que ella hacía, cada paso que daba… Analizaba cada frase suya con lupa, buscando en ella dobles sentidos que tan sólo existían en su mente enferma… Definitivamente, la joven estaba convencida de que él se había vuelto totalmente paranoico. Lo que no sabía es porqué.

Flash back (cinco días antes).

Kia estaba viendo las noticias de la tarde en la televisión del piso de Ran, distraídamente, mientras esta preparaba la comida en la cocina. Tenía la tele puesta más por la compañía que le daba para pasar el rato que porque le interesasen realmente los últimos acontecimientos del país. Incluso se estaba adormeciendo. De pronto, algo consiguió despejarle rápidamente y poner todos sus sentidos alerta: una foto de Shinichi Kudo copaba toda la imagen de la pantalla, con una frase bajo ella, que rezaba así: "Atentado contra el infalible detective Shinichi Kudo". Inmediatamente cogió el mando de la tele y subió el volumen lo suficiente como para poder enterarse de la noticia sin que el sonido llegase a donde estaba Ran. "Ayer, a última hora de la tarde, Shinichi Kudo, famoso detective por la cantidad de intrincados casos policiales resueltos con éxito y la desmantelación de la mafiosa banda "Los hombres de Negro" que tenía aterrorizado a todo el país, fue tiroteado en casa de una de las víctimas del nuevo caso que estaba investigando junto a Kogoro Mouri, no menos famoso por los mismos motivos que el herido. Al parecer, fue la hermana de la propia víctima quien, en un arrebato de locura, disparó contra Kogoro, bala que fue interceptada por el valiente y arrojado Shinichi al interponerse en su trayectoria para recibir de lleno el impacto. Fuentes policiales informan de que la presunta asesina ha sido detenida y permanece en las dependencias del Departamento a la espera de juicio, mientras nuestro héroe se debate entre la vida y la muerte en una lucha sin cuartel por su propia vida. Su familia, destrozada, hasta el momento no ha querido hacer declaraciones. Se baraja la posibilidad de que la joven que le disparó sea también la presunta asesina de su propia hermana, quien…". Sin pensarlo más, Kia apagó la tele, temeroso de que Ran pudiese escuchar también la noticia y se volviese loca por ir al lado de Shinichi en el hospital, y más si era cierto el dato que apuntaba a que el detective había salvado la vida del padre de ella. Él sabía perfectamente que ella seguía amando a su más que amigo de la infancia, por eso no comprendía cómo la chica había aceptado casarse con él, aunque no estaba dispuesto a arriesgarse a perderla. Ella debía entender que, una vez alguien ha dado su palabra de honor a un Furutan, esta no se puede retirar jamás. Se casaría con él, fuese como fuese y costase lo que costase. Su cabeza comenzó a trazar un plan para que cuando Ran recibiese la noticia de la gravedad de Shinichi, ya fuera demasiado tarde. Y ojalá entonces ya hubiera muerto, pensó.

Se hallaba perdido en sus pensamientos cuando Ran entró en la salita con una bandeja repleta de platos que humeaban un aroma irresistible. Los depositó en la mesa y le miró con amabilidad.

- Bueno, aquí está la comida. – Se sentó junto a él, dispuesta a distribuir los platos sobre la mesa - ¿Por qué has apagado la tele? Yo quiero ver las noticias.

Cogió el mando y se dispuso a volverla a encender, pero Kia reaccionó felinamente y la tomó de la muñeca con rapidez, apretándosela con tanta fuerza que el dolor que ella sintió hizo que dejase caer el mando, a la vez que profería un grito sofocado.

- ¡Kia! ¡Por favor, suéltame! ¡Me haces daño! – se quejó ella, con lágrimas de dolor en los ojos.

- Oh, perdona – la soltó rápidamente al darse cuenta de que la había atemorizado, cosa que no le convenía que ella sintiese hasta tenerla bien atada después de la boda – Lo siento, amor, es que me duele muchísimo la cabeza y tan sólo de pensar en el ruido que produce la tele, me he puesto nervioso. No me he dado cuenta de lo que hacía – mintió con cara afligida.

- No… no pasa nada. Si lo deseas, puedes acostarte un rato en la cama de la habitación de invitados hasta que te sientas mejor – le ofreció.

"Habitación de invitados", pensó él con una furia que disimuló a la perfección. "Cuando seas mi mujer no creas que te vas a escapar de mí. Serás mía una y otra vez, hasta que te haga olvidar a ese maldito detective y tan sólo tengas ojos para mí. Harás lo que yo diga. Siempre."

- Estaba pensando que quizá me vendría bien relajarme unos días del ajetreo que he tenido últimamente con tanto viaje de trabajo. – él se mostró meloso, embaucador – Me gustaría que me acompañases a pasar unas cortas vacaciones en el chalet de mis padres. Allí podremos disfrutar de toda la paz y tranquilidad que deseemos. ¿Qué te parece, mi vida?

Ran quedó pensativa. Había decidido romper con él aquél mismo día para centrarse en su embarazo con tranquilidad y sin nervios (estar con Kia siempre le ponía nerviosa desde que ella había decidido darle el sí). Pero tal y cómo lo veía en aquel momento, sería mejor esperar a que se sintiese más relajado y receptivo para que encajara mejor la dura noticia y no le diese más problemas. Ese día había descubierto una violencia en él que no hacía más que confirmar lo acertado de su decisión de abandonarle, pues no había creído ni una sola palabra de sus excusas y disculpas. No era tan tonta como para no darse cuenta de que algo malo en él estaba pasando, y que a ella la implicaba de lleno.

- Quizá tengas razón.- pensó que sería bueno darle cuerda por el momento - Pero tan sólo unos días, Kia. No me encuentro demasiado bien y no tengo ganas de alejarme de aquí durante mucho tiempo.

- Pues venir conmigo te hará bien. No avises a nadie de tu partida. Tú y yo solos, sin nada ni nadie que nos moleste…

- Está bien, – suspiró – vamos a al chalet de tus padres.

- ¡Maravilloso! ¡Voy a prepararlo todo para que podamos salir esta misma tarde!

Ella lo miró, preocupada, comenzando a sentir un dolor de cabeza muy real.

Fin del Flash back.

- ¿Qué estás haciendo aquí sola? – La cortante voz de Kia la sobresaltó, devolviéndola al presente con brusquedad.

- Ah, estoy pensando, nada más. – trató de sonreírle pero él notó perfectamente su esfuerzo por hacerlo.

- Desde que volví a Tokio me estás evitando. Reconozco que nunca te has mostrado demasiado amorosa conmigo, pero últimamente cada vez que me acerco a ti pones distancia entre nosotros como si yo fuera la peste – su voz se había tornado agresiva – Y ahora te encuentro aquí, sola, seguro que pensando en él.

- ¿En él? ¿Quién? – por un momento se sintió descolocada, no entendiendo a dónde quería llegar, pero pronto comprendió. Kia sospechaba que ella continuaba amando a Shinichi. Si tan sólo presintiera que estaba embarazada de él…

- No te hagas la tonta. Sé perfectamente que me comparas constantemente con ese Kudo.

Acercó su cara fieramente a la de ella, fijando su mirada a escasos centímetros de la suya. Ran no supo cuándo, pero de nuevo la tenía atrapada con su mano derecha, apretando dolorosamente uno de sus brazos, esta vez con clara intención de intimidarla. Fue entonces cuando ella se dio cuenta que había sido un inmenso error ir a aquel sitio a solas con él, pues ella misma se había puesto en sus manos, sin nadie a quien pedir ayuda, completamente sola y desamparada. Una única idea se fijó en su mente: debía salir de allí sin tardanza para poder proteger a su bebé de aquel loco que parecía haber perdido el juicio.

- Hace tiempo que ya no pienso en Kudo, amor mío. – Le acarició el rostro, besándole con pasión para tratar de ser convincente – Perdona si he estado tensa, pero últimamente me llevo todavía peor con mi padre y eso me pone muy nerviosa. Él no me entiende. Cada vez que hablamos no dejamos de discutir. Es un auténtico infierno.

- ¿Me estás diciendo la verdad? – había relajado su presa sobre ella, pero todavía la mantenía firmemente sujeta del brazo.

- Por supuesto, cariño. No me había dado cuenta de que estaba pagando contigo mi mal humor.

- Si es cierto lo que dices, hagamos el amor. Ahora mismo. Aquí. – la miró con un deseo incontenible, bañado de suspicacia.

- Nada me gustaría más, cariñito. Pero sabes qué pienso sobre el tema. No deseo hacerlo hasta que estemos casados.

- ¡Al infierno con lo que tú pienses! ¡Estoy harto de tus excusas! ¡Vas a ser mía, aquí y ahora! – estaba perdiendo la paciencia a ojos vista, llevado por el miedo de perderla y el rencor hacia Shinichi, que le corroía las entrañas.

- Tengo una idea – Ran trató de encontrar una forma de poder escapar definitivamente de aquella trampa mortal y de la vida del hombre que ahora le estaba mostrando su cara real: de desequilibrado – Vamos a ver a mi padre y a mi madre, les contamos que nos queremos tanto que no podemos esperar ni un día más para casarnos, y hacemos una ceremonia rápida y discreta esta misma tarde o mañana por la mañana. Y en cuanto estemos casados, seré tuya para siempre. En todos los sentidos. – Volvió a besarle ardorosamente, pensando en Shinichi para no tener que vomitar.

- ¡Esa es una magnífica idea! ¡Regresemos a Tokio ahora mismo! – se entusiasmó.

- ¡Eso! ¡Ahora mismo! ¡Amor mío, no preparemos ni siquiera las maletas! ¡Hagamos una locura y vayámonos sin más! ¡Lo único que importa es nuestro amor, y eso lo llevamos puesto! – le animó ella, dándose cuenta de que, llevado por su incontenible deseo de posesión, él había bajado la guardia, dejando a un lado su anterior recelo.

Los dos caminaron hacia la mansión, abrazados, y después de que Kia cogiera las llaves de su más que carísimo coche como único equipaje, regresaron a la ciudad sin perder más tiempo. Ran tenía perfectamente claro lo que iba a hacer una vez estuvieran de vuelta. Tan sólo rogó por encontrar a su padre en casa.

&&&&&&&

Al atardecer de aquel mismo día, cinco hombres conversaban animadamente en amistosa reunión en casa de uno de ellos.

- Hace tan sólo un día que te han dado el alta, Shinichi, y porque tú te pusiste tan pesado con el doctor que prácticamente lo acorralaste para que te la diera. – Heiji miraba a su amigo con desaprobación – No deberías haber salido hoy de casa, ni siquiera para venir aquí.

- Estoy completamente de acuerdo con él – se sumó Makoto al complot contra el joven detective – Podíamos haber ido todos a tu casa a cenar. De ese modo no habrías tenido porqué moverte.

- Vale ya, chicos – Shinichi los miró con cansancio – Estoy herido pero todavía no me he quedado inútil. No tengo costumbre de reposar en casa sin hacer nada, las cuatro paredes amenazaban con asfixiarme. Además, tan sólo vamos a cenar y charlar un rato entre amigos, no pienso ponerme a levantar pesas ni nada parecido. Y serán ellas quienes frieguen los platos, no lo olvidéis. – Les sonrió con picardía.

- Tus amigos tienen razón, hijo. No deberías tomar tu convalecencia tan a la ligera – le sermoneó su padre con severidad.

- No era necesario organizar la cena hoy, podríamos haber quedado cualquier otra noche – añadió Kogoro, tratando de ayudar.

- Por favor, no lo toméis a mal, pero no necesito que os paséis el día pendientes de mí. – les rebatió, comenzando a exasperarse.

- Ya, ya… Prefieres que ella pase el día pendiente de ti a que lo hagamos nosotros… - Makoto le guiñó el ojo.

- No digas tonterías – Shinichi no pudo evitar sonrojarse – Miyano es una buena amiga y se preocupa por mi bienestar. Además, desde luego, ella es más mi tipo que tú – contraatacó.

Kogoro no puedo evitar mirarle con tristeza, pensando en su propia hija, de la que estaba comenzando a temer lo peor.

- Sí, pero bien que te pavoneas ante ella sin camisa - volvió a picarle Heiji, encantado con las reacciones de su amigo.

- ¿Serás imbécil? ¡A mí tampoco me gusta andar por ahí medio desnudo, pero no hay camisa que me entre por el brazo inmovilizado! ¡Además! ¡Toda la ropa me molesta al rozar con las vendas!

- Me encanta cuando entras al trapo – le sonrió Heiji con burla. – Te pones tan nervioso cuando de mujeres se trata…

- Definitivamente, no tienes remedio – le dio por perdido Shinichi, mirándole con enfado.

Sus cuatro acompañantes rieron por lo cómico que estaba el joven ofendiéndose con las pullas de sus amigos, mientras él los observaba con resignación.

En la cocina, Kazuha y Shiho se afanaban en cocinar una suculenta y sabrosa cena para impresionar a los chicos, mientras Eri y Yukiko conversaban animadamente con Sonoko sobre las últimas tendencias en moda. Estas tres no tenían ni idea del arte culinario ni habían querido aprender nunca, alegando que ese era un trabajo inadecuado para mentes libres como las suyas.

- ¿Qué piensas hacer? – le preguntó Kazuha a Shiho, aprovechando que Sonoko tenía entretenidas a las demás.

- ¿Con qué? – fingió no enterarse esta del sentido de la pregunta que le había formulado su amiga.

- Sabes que Shinichi continúa amando a Ran – le soltó a bocajarro.

- Lo sé, pero quisiera saber dónde está ella en este momento, cuando él tanto la necesita a su lado.

- Esté donde esté, ese hecho no cambia las cosas, Shiho. Y lo sabes.

- Eso también lo sé, no soy tonta. Además, no he venido para quitarle nada a Ran. Ella solita se está apañando a la perfección para perderlo. – Se defendió la rubia, harta de escuchar aquello que no quería oír.

- ¿Qué pasa con Ran? – preguntó Eri rápidamente, al oír el nombre de su hija por casualidad.

- Estamos preocupadas por ella, Eri. Quisiéramos saber si está bien. – se apresuró a responder Kazuha con amabilidad.

- Sí, Kogoro y yo también estamos muy preocupados. Hemos decidido poner sobre aviso a la policía si no tenemos noticias suyas mañana mismo. Sabemos que es muy independiente y que últimamente no se entiende demasiado bien con su padre, pero jamás había desaparecido de esta manera.

- Seguro que Ran estará bien – trató de reconfortarla Sonoko, pero ella también estaba desesperada por saber qué había sucedido con su mejor amiga.

- Vamos, Eri, no te preocupes. Ya sabes cómo son los jovencitos de hoy en día. Sin ir más lejos, mira cómo me trata Shinichi, como si le molestase que yo ejerciera mi papel de madre, el único real que puedo interpretar en esta vida y en el que me muero por triunfar. – se enfurruño Yukiko.

Fueron interrumpidas por el sonido del timbre, que zanjó la conversación. Fue Eri quien se dirigió a la puerta para ver quién quería hablar probablemente con Kogoro, ya que prácticamente nadie sabía que ella había vuelto a vivir con él. Al abrirla quedó paralizada. Ante ella tenía la imagen de su hija, acompañada por la de un apuesto joven que la flanqueaba como un guardaespaldas.

- Mamá… - tan sólo acertó a decir la joven, totalmente sorprendida.

- ¡Ran! ¡Hija! ¡Tu padre y yo estábamos tan preocupados! – la abrazó con fuerza, emocionada.

- ¿Qué es lo que haces en casa de papá? – ella la miró, más sorprendida todavía.

- Pasa, hija. Pasad los dos. Tenemos muchas cosas de qué hablar. Pero quizá no hayáis llegado en el mejor momento para hacerlo.

Los condujo hacia el comedor, donde los acomodó, comenzando después a gritar en busca de su marido como una posesa.

- ¡Kogoro! ¡Kogoro! ¡Ven! ¡Corre!

Todos los hombres salieron del cuarto donde se hallaban reunidos, temerosos de que algún accidente doméstico hubiese sucedido en la cocina. Shinichi les siguió despacio, apoyado en la muleta que le habían facilitado en el hospital para que no cargase demasiado su cuerpo sobre la parte herida. También las demás mujeres corrieron para enterarse de lo que estaba sucediendo.

- ¿Qué pasa, Eri? ¿Por qué gritas de esa forma tan histérica? ¿Os habéis quemado en la cocina? ¿Está herida alguna de vosotras? – el detective la observó con preocupación, pero pronto se dio cuenta de que alguien inesperado le observaba, sentado en uno de los sofás.

- ¡Ran! – la congoja no le permitía poder expresarse. Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. - ¡Estábamos empezando a creer que algo grave te había sucedido! ¡Te hemos llamado una y otra vez, pero no dabas señales de vida!

- ¿Qué estáis celebrando, papá? ¿Por qué mamá está aquí? ¿Y por qué están aquí todos los demás? – quiso saber, extrañada, mientras lo abrazaba ella también, olvidando por un momento el motivo de su visita.

- Hija, ¿realmente no sabes nada? Shinichi…

Pero no pudo terminar su explicación porque Kia se puso en pie de repente, interponiéndose entre ambos. Kogoro lo apartó sin miramiento y ya estaban a punto de llegar a las manos cuando Ran se dio cuenta de que alguien más acababa de entrar en el cuarto y la observaba en silencio desde el hueco de la puerta. Al darse cuenta de que era Shinichi quien la miraba con indiferencia, su corazón dio un vuelco, pero lo que ya no fue capaz de soportar fue verle con el pecho vendado al igual que su hombro izquierdo, con el brazo del mismo lado en cabestrillo, apoyando su brazo derecho sobre una muleta.

- Shinichi – dijo quedamente, con angustia y desesperación. Inmediatamente después cayó al suelo desmayada sin que a ninguno de los presentes le diera tiempo de evitar su duro encontronazo con las frías baldosas de la estancia.

Comentarios de la autora:

- Misuky-chan: Gracias por un review que me da tantos ánimos. Creo que habrás quedado contenta con este cap., ya que no he matado a Shin (¿cómo iba a hacer eso?, jeje). Abrazos, cielo.

- ShinRan: Que no, que no mato a Shinichi, con lo que lo quiero... Un abrazo muy fuerte, corazón.

- kaitou-girl: Te prometo que incluiré pronto a Kaito Kuroba y Aoko Nakamori. No tendrán un papel muy extenso, pero no me olvido de ellos. Muchas gracias por todo, amor, y un abrazo.

Ahora, recuerdos y abrazos a los que sí he podido responder vuestros reviews: sasucote, Sayuri Nara, Melina Kudo Ozora y kiiza.

No sabéis cuánta ilusión me hace recibir todos vuestros reviews. Espero que os guste este cap. y que sigáis dejándome más, jejejeeeee.

Como os dije, no me voy a extender con una trama demasiado larga, aunque todavía quedan muchas cosas por contar y nada ha terminado aún. No quiero adelantaros nada porque destrozaría la intriga, pero tengo tantas cosas que decir... (^_^)

Os adoro.

Rose.