Los vampiros nunca te lastimarán
Así era, no como Tom había dicho que sería, pero la vida le iba fácil la mayor parte del tiempo; sin amor, ni gloria, ni un héroe en su cielo. Ginevra no podía quitarle los ojos de encima.
Advertencias: Cierto contenido homosexual (así como hetero), temas oscuros, parejas indefinidas y demás linduras. Meimi no se responsabiliza por las consecuencias de la lectura prolongada.
Disclaimer: "¿Adivinan? Los personajes no me pertenecen,a excepción de los vampiros. La historia se hace sin fines de lucro, sólo para entretenimiento y desgaste moral del público (y la autora)".
Aclaración que debí de haber hecho desde el principio y que no volverá a aparecer: El título de la historia viene de la canción homónima de My Chemical Romance. Las frases de canciones que se citan a lo largo de toda la historia son sólo muestra de lo traumada que estoy. No se alarmen.
"Realización"
"Éste soy yo. Para siempre"
Nemo— Nightwish
Lo primero que hizo Ginevra en cuanto pusieron pie en la isla que les había visto nacer a ambos fue gritar. Por ninguna razón en particular y por todas a la vez, pero gritó; asustando a un grupo niños que acampaban despreocupados muy cerca de donde ellos se habían aparecido, atrayendo la atención del adolescente que cuidaba de dicho grupo y asustando también (aunque él lo negara rotundamente en futuros interrogatorios) al rubio junto a ella.
Cuando hubo probado efectivamente su capacidad pulmonar, se tiró al suelo agotada. Como si aparecerse de un continente a otro, perseguir un hato de vampiros locos, soportar a Draco Malfoy veinticuatro horas por once días (cuatro que les tomó llegar desde la casa de seguridad donde se aparecieron a Santa Carla, tres en el pueblo y los cuatro que necesitaron para regresar a la casa) y el estrés que traía encima ella ya solita no fueran suficientes, ahora le tocaba soportar la caballerosidad del adolescente antes mencionado; quien al oírla gritar creyó que Malfoy trataba de hacerle algo.
— ¡Tú¡Déjala!—gritó el chico, parándose entre ella y Malfoy. Vaya que era un chico alto, pensó, al ver como le sacaba al menos una cabeza al rubio.
Ginevra vio con cierta diversión cómo el rubio daba un paso hacia atrás, inconscientemente, antes de cruzarse de brazos y arquear una ceja en su mejor postura de indignación. Supuso que le tocaba a ella solucionar todo el embrollo (antes de que el mago perdiese la paciencia y acabara por cometer más asesinatos de los necesarios) y se levantó del piso, caminando hacia el chico.
— Realmente esto no es necesario—le dijo. Él volteó brevemente.
— ¿Estás bien¿No te hizo nada?—preguntó, jalándola para colocarla tras él cuando ella se dirigió hacia su compañero— ¿Qué rayos haces?
— Sí, no y no te importa. Estoy bien, gracias, puedes regresar a lo que sea que estuvieras haciendo… Mira, no estoy de humor… ¿Te importaría regresar a tu mundo perfecto?—El chico parpadeó varias veces, antes de encogerse de hombros.
— ¿Segura que estás bien¿No hay nada que pueda hacer por ti?
— Irte, niño, gracias—sin esperar a que el aturdido adolescente respondiera, jaló a Malfoy por la manga y lo arrastró por el bosque. Benditos los hechizos de orientación.
Sorprendentemente, el rubio no le dirigió la palabra en todo lo que duro el regreso a la base de los Mortífagos; aunque Ginevra podía oírle murmurar cosas no muy halagadoras sobre su sanidad mental.
El Lord les recibió tan cálidamente como podía esperarse, es decir, como un témpano de hielo. Pero lo habían hecho bien y serían recompensados, así funcionaban las cosas ahí. Tras reportar que el vampiro mayor solicitaba una audiencia con el Lord y que éste aceptase, deseoso de cerrar el trato, se retiraron sin dirigirse palabra alguna.
El equipo se había disuelto, al fin.
Draco se apareció en la Mansión Malfoy sintiendo que le habían quitado un peso de encima. Su orgullo le picaba por sentirse indignado respecto al incidente del bosque, pero estaba tan cansado mentalmente que decidió sólo no hacer nada.
Nada. Absolutamente nada.
— ¡Draco, querido! Al fin has vuelto—Pansy, ataviada en una elegante túnica rosa pálido, se acercaba con una sonrisa débil.
Se rió, esa mujer era todo lo que necesitaba en la vida.
— Eso parece—contestó, cansado.
— ¿Cómo te fue?—preguntó ella, luciendo un poco ansiosa de pronto.
— Todo a la perfección, no te preocupes, pero estoy muy cansado… ¿Podemos posponer esta plática?
— Por supuesto, Draco, ve a dormir… luces terrible…—Pansy se veía cansada también.
— Sí—murmuró él— ¿Estás bien tú?
La manera en que la mujer evitó mirarlo a los ojos cuando asintió lo puso en alerta. Normalmente mentía mejor. Frunciendo el ceño, caminó alrededor de ella hasta dar con lo que parecía estar fuera de lugar en la apariencia de su esposa.
— Un hechizo de glamour… Pansy…—levantó la varita— Finite incantatem—el maravilloso encantamiento cayó; dejando ver las ojeras, la irritación y el rastro de lágrimas en su rostro.
Había perdido peso, también.
— Lo siento tanto, Draco, iba a decírtelo cuando…—comenzó ella, pero no acabó, la voz inusualmente temblorosa. Pansy era una mujer fuerte, digna, a la altura del apellido que ostentaba.
— ¿Decirme qué, Pansy?—preguntó, sintiendo los comienzos de una jaqueca.
— Perdí al bebé. Será difícil que me vuelva a embarazar, el medimago no dio muchas esperanzas—dijo de golpe, levantando la mirada para alinearla con la suya. No había expresión alguna en el rostro de ella.
Ni en el de él.
— De acuerdo, ve a acostarte o a comer algo. Estás en los huesos. Yo voy a dormir, te veo mañana—Se giró y caminó con rumbo a su habitación en el ala oeste, no se sentía con ganas de ocupar la recámara principal.
Su heredero estaba muerto antes de haber nacido.
Ginny sonrió de placer puro mientras se dejaba caer en el confortable sofá azul oscuro que dominaba la sala de su pequeño departamento. Vivir en un barrio muggle valía la pena sólo por la paz de ese sofá.
Se hizo ovillo sobre el asiento, sintiendo que de un momento a otro empezaría a ronronear.
— Oh vamos—habló una voz masculina junto a ella— ya deja el sillón, me voy a poner celoso…
Sin abandonar su sonrisa estúpida, se incorporó abriendo los brazos para que Tom se acomodara en ellos. El chico estaba helado, pero así era siempre; efectos secundarios de darle cuerpo al recuerdo de un mago oscuro en formación a los diecisiete años.
— ¿Cómo te fue?—preguntó entre la línea de mordiscos que depositaba en su cuello.
— Bien, Voldemort obtuvo lo que quería—contestó ella, arqueándose para facilitarle la tarea.
Tom sonrió ampliamente. Siempre tan encantador.
— Me contó, así que los vampiros¿Ah?—suprimió un escalofrío cuando las gélidas manos se colaron bajo su blusa. El frío era algo que ahora asociaba naturalmente con el placer.
— Eso parece—murmuró— ¿Por qué tan interesado?
— Mmmm…. me gusta oírte usar oraciones complejas antes de que sólo emitas sonidos incoherentes—contestó, sonriendo perversamente.
La pelirroja se sonrojó. Todo valía la pena por esos momentos.
Y mientras Tom recorría el cuerpo femenino con sus manos, no pudo evitar pensar que el suyo era un potencial desperdiciado.
Pero no por mucho tiempo.
Lucien observó fascinado a la criatura que todos los magos temían; Lord Voldemort, el mago más oscuro en esos días. Un increíble hombre serpiente, con ojos como carbones encendidos y hablar sibilante.
Se lamió los labios, el monstruo en él gritaba por encajar los colmillos en ese cuello verdoso y succionar toda la sangre más poderosa de la especie.
— Tus objetivos son ambiciosos, Lord Voldemort¿Qué te hace creer que hacer explotar la guerra significaría victoria para ti?—preguntó, pasando la lengua por sus colmillos y haciéndola sangrar un poco. Era hora de jugar al vampiro supremo.
— La guerra explotó hace tiempo—contestó él, mirando atentamente su lengua— yo sólo quiero que termine favorablemente. Fue divertido jugar con los niños buenos al principio, pero esto ya se tornó tedioso…
— ¿Y crees que traernos a nosotros para iniciar una carnicería es la mejor opción?—Lucien rió al notar cómo el hombre-serpiente contenía su enojo a duras penas— ¿Quién te asegura que cuando acabemos con tus enemigos no vamos a continuar con tus aliados?—El pelinegro ladeó la cabeza— Si mal no recuerdo, una de las máximas de los magos solía ser "Nunca confíes en un vampiro. Aman engañar, son predadores por naturaleza"
— Estamos hablando de un nuevo orden mundial, no de la cena para fin de mes—contestó Voldemort fríamente— Yo les proporcionaría suficiente espacio para cazar humanos normales, justo como ustedes los prefieren y les libraría de la amenaza que significa el control de los magos. ¿Acaso nunca has querido ver un amanecer?—preguntó, burlesco.
Lucien le aplaudió mentalmente el humor. La verdad era que el discurso había dado directo en su amor a la caza; y convencería a todos los demás por seguro, al ser mucho más susceptibles a la necesidad de sangre que él mismo.
Y ese Lord Voldemort sabía que había dado en el clavo, podía oler la autosatisfacción en el recinto. Quizá el mago fuese lo suficientemente talentoso como para ocultarle sus pensamientos, pero él era un depredador por naturaleza y conocía a sus presas potenciales a la perfección.
— Nos estás prometiendo un enorme pastel, Lord Voldemort.
El mago sonrió de medio lado, casi se pudiera decir que estaba divertido— Con todo y cereza—añadió.
Lucien asintió— De acuerdo, entonces¿Quién podría rehusarse?
— Nadie—contestó Voldemort. Lucien asintió vagamente mientras volteaba a ver la luna por una ventana. Tendría que convocar a toda la cofradía desde América.
Y no dudaba que muchos de los suyos dejaran de existir en esa carnicería.
— Lord Voldemort—dijo él solemnemente— has cerrado un trato.
— Tenemos una situación—Informó Hermione Granger, balanceando nerviosamente su peso de un pie a otro.
— ¿Una situación?—preguntó Lewis Phelan, jefe de aurores— ¿Podría ser más específica, señorita Granger?
— Sí, podría—Phelan anotó mentalmente el deshacerse de la cafeína del despacho— Hemos estado monitoreando la actividad de los mortífagos últimamente y, consultando con nuestras fuentes, encontramos algo alarmante
Hermione Granger era la única bruja capaz de manejar el departamento de inteligencia sin caer en la paranoia. Y si decía que había algo alarmante, entonces más le valía ir pensando en su jubilación.
— Bien—continuó ella— el asunto es que no hay actividad mortífaga—dijo de golpe.
— ¿Y eso debería preocuparnos?—preguntó él. Ya estaba demasiado viejo para eso.
— Mucho, planean algo. Grande. Enorme. Monstruoso—La verdad era que la bruja se veía algo pálida.
— Bueno, señorita Granger—se masajeó las sienes— en los catorce años que ha trabajado usted aquí, los adjetivos calificativos por sí solos nunca han sido su tarjeta de presentación…
Y como si eso la hubiera sacado del extraño trance en que se encontraba, Granger pegó un saltito y se dispuso a desparramar pergaminos sobre su escritorio.
— Los dementores han desaparecido—señaló un mapa— la última vez que miramos estaban por aquí… y por acá—marcaba cruces con un lápiz muggle— ahora no están.
— ¿No están?
— Ajá, desaparecieron. Se esfumaron. Suponemos que Voldemort—Phelan se estremeció— los convocó a su base para efectuar alguna maniobra desconocida…
— ¿Cuántos?—preguntó, temiendo que un ejército de dementores anduviera paseando por las calles.
— Al menos cincuenta, podrían ser más. No sabemos con certeza—Negó con la cabeza, poniendo otro pergamino encima— Los ataques a muggles han cesado por completo, los asesinatos a magos también y la Marca Oscura no ha sido divisada en un mes.
— ¿Resultado?
— Paranoia. Histeria colectiva en el departamento de inteligencia—respiró hondo— no tenemos pruebas concretas para decirle que Voldemort—Phelan volvió a temblar— haya puesto una bomba en el Big Ben. Pero juntó a los dementores, ha mantenido a los mortífagos tranquilos y para colmo desde hace seis meses; a razón de uno por semana, han atracado barcos llenos de "carga mercantil" dirigidos a la familia Malfoy
Phelan frunció el ceño.
— ¿Alguna manera de averiguar qué están trayendo?
— Ninguna, a menos de que estemos dispuestos a violar la ley—suspiró— pero lo que sea, no puede ser nada bueno. Y con la cumbre mundial de ministros encima, todo puede pasar….
— Entonces no podemos hacer nada más que estar alerta…
Hermione asintió— Alerta permanente—murmuró ausente.
Phelan no tenía idea que la bruja hubiese conocido a Ojoloco Moody.
Ginevra contuvo un jadeo de sorpresa. Sabía que los seguidores de su señor eran numerosos, pero verlos ahí reunidos a todos sin dejar uno solo fuera, era simplemente impresionante. Ocupaban casi todos los jardines de la Mansión Malfoy y si eso no era mucho entonces nada lo sería.
Se acomodó la capucha sobre la máscara blanca y se puso en línea, esperando que el Lord se dirigiera a todos para comenzar el ataque. Esa noche era la definitiva, no había hablado con el Lord pero sabía que esa noche harían el ataque más grande todos.
La clausura de la Cumbre Mundial de Ministros de Magia se llevaba a cabo en el Ministerio de Magia londinense y sabía, de buena fuente, que el circo se había alargado hasta esos momentos.
Veinte ministros de magia, al menos, era un botín demasiado alto como para dejarlo pasar.
— Me alegra que al fin hayan llegado todos—retumbó la voz del Lord, sin necesidad de un hechizo que la amplificara.
Los mortífagos, ya en formación, se cuadraron tras la obligada reverencia. Su señor se erguía en medio de toda la multitud, vestido de negro y con la varita en la diestra. Malfoy se encontraba a su izquierda, sólo por ser el anfitrión.
— Esta noche—comenzó el Lord, barriéndolos a todos con la mirada— terminaremos lo que empezó hace más de treinta años…—Los mortífagos comenzaron a murmurar entre ellos— Esta noche atacaremos el Ministerio y no quedará ni uno de los estúpidos ministros vivo… —Ginevra contuvo la respiración al notar la docena de vampiros que salían de la casa Malfoy en ese momento, como si hubieran sido coordinados para darle un toque teatral a todo el asunto. Eran pocos (ella esperaba ver cuando menos el doble de los que había en La Hija del Vampiro), pero le parecía que debía haber algún plan tras ellos.
—… Y ésto lo lograremos—continuó hablando el Lord— con la ayuda del clan de vampiros aquí presente—Voldemort señaló a Lucien, que de alguna manera era el único cuya cara sobresalía— nuestros más recientes aliados. Haciendo un gesto a los jefes de cada escuadrón, el Lord dio por terminada la sesión.
Los presentes comenzaron a desaparecerse en paquetes, organizados para una verdadera batalla. Ginevra supuso que encontrarían gran protección en el Ministerio. Poco a poco el lugar se fue vaciando, hasta que sólo quedaron un puñado de mortífagos y ella; los que no tenían escuadrón por ser de mayor jerarquía.
— Ginevra—habló el Señor Oscuro, Ginevra hizo una pequeña reverencia antes de aproximarse a la figura de su amo.
— Mi señor—respondió dócilmente.
— Quiero que acompañes a Lucien al ministerio, las barreras estarán derribadas para cuando lleguen allá—El vampiro se adelantó hasta colocarse junto a ella.
Ginevra asintió— Como desee, mi Lord…
El Lord se dio la vuelta y caminó hacia dentro de la Mansión Malfoy, dejando a Ginevra parada junto a Lucien.
— ¿Te gusta volar, Ginevra?—preguntó el vampiro, ladeando la cabeza.
La pelirroja arqueó en la cabeza— Últimamente, no mucho… ¿Por qué?
Chasqueó la lengua— Es una lástima—En menos de un parpadeo se encontró entre los brazos del vampiro—porque vamos a volar—le informó él— sujétate
Antes de que la pelirroja alcanzase a protestar, se sintió rodeada por la capa del vampiro y como si una fuerza invisible los empujase, salieron despedidos del suelo. El viento estaba frío; no podía ver nada más que el hombro de Lucien y un poco por encima que le informaba de otra pareja que volaba igual que ellos. Una cabellera negra y otra rubia se mezclaban bajo la capucha de un abrigo peludo que de seguro había sido la piel de algún animal en el pasado.
— Cierra los ojos—le dijo Lucien— la vista nunca es agradable, sobre todo cuando hay nubes
La pelirroja obedeció, arrebujándose en la capucha del vampiro y pensando que quizás así el frío cedería un poco. Pero no.
Cuando aterrizaron en el techo de algún edificio (no tenía la más remota idea de cuál) ya no sentía los dedos de los pies y le dolían las manos. Se separó tambaleante del pedazo de hielo que era el cuerpo del vampiro y miró abajo, hacia la calle.
La reconoció inmediatamente como la calle en donde se encontraba la entrada muggle al Ministerio de Magia, aquella cabina telefónica destartalada. Sólo que la cabina ya no estaba destartalada; de hecho, simplemente ya no estaba. En su lugar había un enorme hoyo en el suelo por el cual se podía vislumbrar el pandemonium que era el Ministerio en esos momentos, como si alguien hubiese arrojado una de esas granadas de mano que tanto adoraban los muggles de verde para abrir el pavimento y declarar el inicio del Apocalipsis.
Lucien, a su lado, silbó.
— Les gustan las cosas a lo grande¿No?—sonrió, trepándose a la verja que había en la orilla del tejado.
— Ya sabes—contestó Ginevra— si vas a conquistar al mundo, hay que hacerlo con estilo
Lucien rió— Supongo que tienes razón—dijo, antes de dar media vuelta y dejarse caer al vacío.
A su favor, Ginevra podía decir que no se sobresaltó. Bueno, no mucho. Con un pequeño y discreto sonido de "Plop" desapareció, para reaparecer junto al hoyo en el pavimento. Exactamente junto a Lucien, quien miraba el boquete con expresa fascinación.
— Bueno¿Te vas a quedar mirando toda la noche?—preguntó ella, un poco exasperada.
— Estamos esperando a alguien, Ginevra, la pareja que venía tras nosotros. Él no vuela tan rápido como yo—contestó Lucien, sin dejar de darle vueltas al hoyo.
Cierto era que la mujer no le veía lo fascinante. Sí, era un enorme agujero en donde solía haber estado el pavimento de una calle y quizá pedazo de la banqueta. Sí, asomándose un poco podías ver lo que sería el inicio del hechizo de clima artificial (es decir, un cielo) del Ministerio y más abajo la batalla entre Mortífagos y no-Mortífagos. Pero, bueno¿Qué más se podía esperar de la batalla final en la guerra más grande del último siglo?
Estaba a punto de protestar cuando escuchó el ruido de pasos acercándose a ellos. Giró inmediatamente, la mano derecha sobre la varita, para encontrarse con que Claire corría hacia Lucien.
— ¡Al fin!—exclamó la rubia, al pararse— Jamás volveré a hacer esto si puedo evitarlo… ¿Qué miras, Lucien?—se percató del agujero, asombrada— Wow… ¿Cómo se hace algo así?...
— Magia—contestó Ginevra sin pensarlo— o explosivos… —se encogió de hombros.
Claire asintió lentamente con la cabeza, como si lo meditara.
— ¿Y puedo saber dónde dejaste a mi ángel?—preguntó Lucien, mirándola de arriba abajo con el ceño fruncido.
— Turisteando—respondió alegremente la rubia—Ya lo conoces, no puede resistirse a una cara bonita… y justo donde aterrizamos—la rubia hizo el gesto más curioso; arrugó la nariz con desagrado, pero al mismo tiempo sonrió de medio lado y enseñando los colmillos. Ginevra le retiró la mirada. Era demasiado extraño para su gusto— estaba el chico más suculento que he visto en años…
Lucien arqueó una ceja.
— Vinimos a hacer algo, Claire—le regañó suavemente.
— Ya lo sé¿Pero te parece que estoy como para negarle algo a ese querubín?—se rió— Me hubiera gustado conocerle cuando mortal, pero siempre has sido un egoísta que no comparte nada…
Lucien se encogió de hombros, sonriendo— No fue como si lo planeara mucho y lo sabes…
Ginevra bostezó sonoramente. Su idea de la noche más decisiva del año no incluía, para nada, los argumentos maritales perversos de un par de vampiros.
Dichos vampiros voltearon a verla. Ella se talló un ojo con el dorso de la mano.
— ¿Seguimos esperando?—preguntó, mirando fijamente a Lucien que por alguna extraña razón había comenzado a sonreír como si le estuviesen dando un pase ilimitado al banco de sangre londinense.
Se pateó mentalmente por la mala broma y ladeó la cabeza, esperando respuesta.
— Ya no—contestó otra voz, masculina, justo junto a su oído. Pegó un salto como impulsada por un resorte (odiaba no notar cuando alguien se le acercaba) y se giró furibunda, dispuesta a tener un par de palabras con el idiota que se había atrevido a…
— Mierda—fue todo lo que dijo, mientras el resto de los insultos se quedaban atorados en su garganta. Porque el nudo que de pronto se le formo ahí no podía estar hecho de otra cosa que no fueran insultos.
Porque el que se había parado tras de ella no podía ser una réplica exacta de Harry Potter, como si el tiempo se hubiera congelado y los diecisiete años estuvieran de regreso para perseguirla por el resto de sus días y hasta que se pudriera en el infierno…
… Y no podía estarle pasando. Y como no podía estarle pasando, entonces era un delirio de su imaginación. Y como tal, lo iba a ignorar. Ya se pasaría.
— ¿Y quién es ella?—preguntó la alucinación de su conciencia, abandonando el maldito punto junto a su oído para colocarse a un lado de Lucien; quien también debía estar teniendo alucinaciones porque sonrió satisfecho al verle acercarse y lo abrazó por la cintura.
— Cielo, esta es Ginevra, nuestra Mortífaga guía—volteó a verla y le sonrió fugazmente— Ginevra, éste es Ángel; mi cielo.
Ginevra se echó a reír, porque había demasiada azúcar en los sobrenombres sin mencionar lo surrealista de que su alucinación y el vampiro en jefe del Lord se estuvieran abrazando. Porque, en serio, Lucien no estaba ronroneando mientras …¿Ángel?... Acomodaba la cabeza en el hueco de su hombro.
Era ella la que se estaba volviendo loca, y si se estaba volviendo loca entonces tenía derecho a reír maniáticamente. ¿No?
— ¿Ginevra?—la llamó Claire, dubitativamente, mientras se acercaba a ella y le ponía una mano en la frente— pues fiebre no tiene. ¿Crees que haya pescado algún virus?—le preguntó, presumiblemente, a Lucien.
— ¿Siempre es tan extraña?—preguntó Ángel, con una voz que (si hacía memoria) era prácticamente igual a la de Harry la última vez que lo había visto.
Antes de que desapareciera. Antes de que ella encontrara su camino. Antes de todo.
Lucien sólo frunció el ceño. Y Ginevra no pudo contenerse más.
— Tú no existes—le declaró a la alucinación.
— Por supuesto que existo—le contestó, como si dudara de su cordura— Soy tan o más real que tú…
Ella negó con la cabeza, mientras se acercaba con la mano extendida para tocar a la alucinación. Seguramente, cuando lo hiciera ésta se disiparía.
Pero no. Aquella piel era mucho más tersa de lo que había sido la de Harry, pero también era más fría. Y la mirada color esmeralda brillaba de manera extraña; antinatural. Como la de todos los vampiros, iridiscente belleza mezclada con un toque de bestialidad lo suficientemente imponente como para hacerla retroceder.
— No tienes derecho—escupió, mirando con odio a aquella figura que se burlaba de su memoria.
— Tu chica comienza a asustarme, Lucien—le dijo la alucinación al vampiro.
El pelinegro, en respuesta, se deshizo del abrazo de la otra criatura para acomodarse frente a Ginevra y agacharse un poco; hasta quedar a la altura de sus ojos.
— ¿De qué no tiene derecho, Ginevra?
— De verse como Harry—contestó ella, mirándole con los ojos llenos de agua que no iba a dejar derramarse— Ni de hablar como él…
Lucien suspiró— ¿Tú conocías a Harry?—preguntó tranquilamente.
— Por supuesto. Antes—le dijo, mirando de reojo a la alucinación. Criatura. Cosa.
— Harry murió hace mucho tiempo…—comenzó él, pero Ginevra lo interrumpió.
— Eso supusimos todos… encontramos su varita y no se llevó ninguna de sus cosas… —hizo una pausa, perdida en sus pensamientos.
— Harry murió. Yo lo maté—le dijo, mirándola a los ojos— Y le di a beber la eternidad de mi sangre, Ginevra, Harry es mi Ángel.
Ginevra echó a reír. Jamás se había sentido tan cerca de un brote psicótico.
— Hijo de perra—masculló, mientras el agua que no iba a dejar derramar se escurría entre los espasmos de su risa. Ángel la miraba impasible, como si toda la historia le fuese ajena a aquellas orbes verdes con matices de esmeralda.
