Primero que nada: ¡Quien avisa no es traidor! Yo dije que era un asco actualizando long-fics, así que no me arrepiento de nada ni me disculpo por nada.
Bueno, pasado eso, al menos logre terminar este capítulo (se me alargan cada vez más) y espero les guste. Sobretodo a las dos personas que me comentan: Boogie y LuFFy, gracias por pasarse.
En fin, aquí el otro capítulo.
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Capítulo III
El primer día.
Nuevamente tuvo que lavarse con agua fría, la arrendataria le había dicho que ese mismo día iría el plomero, pero sospechaba que le iba a tomar tiempo arreglar las cañerías, por lo que tal vez tuviese que aguantar varios días sin gas. Se sirvió algo de jugo y un pan como desayuno y luego se dejó caer sobre el sofá en la sala de estar, pensando si ir o no ir a la escuela. Ya estaba inscrita, pero probablemente aún no figurara en la lista. En cualquier caso había llegado solo con dos meses de atraso al año escolar, no tendría problemas si iba a la clase. El día anterior, durante la entrevista, el director le había dicho que comenzaría el siguiente lunes pero que podía asistir desde antes a las clases si así lo deseaba. Al final se decidió a ir, pese a que tenía tan solo unos cuantos lapices y dos cuadernos, ya que tenía deseos de reencontrarse con Erza y con Levy, y ya que la primera parecía esperar que efectivamente no tardara en ir. Armó un bolso y salió del departamento rumbo al instituto.
A esas horas de la mañana no había casi nadie en las calles y están se veían desiertas, lo que acrecentaba el aspecto destartalado que tenía ese lado de la ciudad. En realidad casi toda la ciudad tenía ese aspecto debido a que su economía estaba en decadencia, solo la avenida principal llena de locales mantenía un aspecto más decente. Lamentablemente el instituto estaba algo alejado de esa calle por lo que su aspecto no era el mejor, y recién ahora, pasada la emoción y el nerviosismo de su primera visita, Lucy reparaba en ello. En que la reja de entrada estaba oxidada y que el edificio tenía las paredes pintadas de blanco dándole un aspecto lúgubre. Atravesó la reja y avanzó por el camino de tierra que la separaba de la entrada, mirando a los chicos que había a su alrededor, los que no parecían tener intención de acercarse al edificio, supuso que esa situación cambiaría cuando sonará el timbre.
Entró al lugar y observó los casilleros, probablemente aún no tuviera uno propio, aunque daba igual, no tenía nada realmente importante que guardar. Recordando el día anterior se dirigió hacia la sala de Levy, donde le tocaban las clases. Avanzó por el pasillo, en el cual había unos cuantos estudiantes, hasta la escalera para poder subir al segundo piso, que era donde estaba la sala de su curso. Entró a esta con algo de vergüenza, para ser recibida por el grito de Levy.
—¡Lucy!
Su vergüenza aumento al notar como llamaba la atención, por lo que se apresuró en reunirse con su compañera.
—Hola Levy —saludó.
—Que gusto verte Lucy, no pensé que vinieras.
—Me iba a aburrir en casa, ¿no crees?
Ambas sonrieron.
—Bueno, será mejor que te sientes.
—Estoy de acuerdo. —La rubia contemplo la sala buscando un lugar.
—¡Siéntate a mi lado! –exclamó McGarden con una sonrisa en el rostro mientras señalaba el puesto al lado del de ella—, así podemos conversar.
—¿No está ocupado? —preguntó Lucy.
—En realidad sí —respondió Levy—, es de Juvia, pero no creo que venga. –La chica se dirigió hacia dos chicos que estaban cerca de la ventana—. ¿Vendrá Juvia, Gray?
Los ojos de Lucy también se dirigieron a ese lugar, encontrándose con los dos chicos que la acompañaron en el auto la vez que llegó a la ciudad, con los que no había vuelto a hablar desde entonces.
—Cómo voy a saberlo. —Fue la respuesta de Gray.
Su compañera frunció el ceño, pero no dijo nada y simplemente volvió a sentarse en su pupitre, pues se había levantado al momento de llamar la atención de sus compañeros. Lucy la siguió sentándose en el puesto conjunto, y sus ojos se centraron un poco en los dos chicos; Gray estaba recostado en la silla y el de cabellos rosados estaba leyendo algo, aunque a juzgar por su expresión probablemente no lo entendiera del todo.
—¿Pasa algo, Lucy?
—No, está todo bien.
Volteó el rostro hacia Levy, esta le sonrío mientras le tendía un cuaderno.
—He pensado que podría prestarte mis apuntes —explicó ante la mirada que Lucy le dirigió al objeto—, así ves en que estamos.
—¡Eso me ayudaría mucho Levy!
—Lo supuse, Lu-chan. —dijo su compañera con una sonrisa en su cara, y ella no pudo evitar alegrarse por el apodo.
—Pues acertaste, Levy-chan. —Siguió con su juego y ambas rieron.
Luego de eso Levy abrió su bolso buscando algo, tiempo que ella aprovechó para contemplar la sala, notando que no había mucha gente. Su vista pasó de sus compañeros al banco en el que estaba sentada, el cual tenía bastantes rayones. Algunos eran solo lineas, otros simplemente formulas o recordatorios, pero había uno en particular que le llamó la atención.
«Perdedora».
Enarcó las cejas, preguntándose quién escribió eso y por qué lo hizo.
—¿Pasa algo, Lu-chan?
Iba a responderle a Levy, pero en esos momentos entró una mujer vieja a la sala seguida por varios alumnos.
—Bien, voy a pasar lista —dijo con un tono severo—, más les vale quedarse callados.
La vieja mujer abrió uno de los libros que llevaba en la mano y comenzó a mencionar los nombres en voz alta. La gran mayoría de los alumnos ni se molestaba en responder, sencillamente alzaban las manos para indicar que estabann ahí.
—Lockser, Juvia.
—Ausente.
El que respondió fue Gray, y lo hizo sin mucho interés. La anciana no le prestó mayor atención, simplemente anotó en el libro y continuó con su tarea.
—McGarden, Levy.
La chica alzó el brazo, casi poniéndose de pie para hacerse notar entre las cabezas de sus compañeros debido a su baja estatura. La maestra anotó en el papel y continuó en lo suyo, hasta terminar la lista.
—¿Hay alguien a quien no haya nombrado? —preguntó la mujer.
—La chica rubia de atrás.
En esos momentos Lucy no puede evitar sobresaltarse, por dos cosas: la primera, llamó demasiado la atención; la segunda, acababa de reconocer esa voz.
Miró hacia los primeros asientos, encontrándose con la mirada de la chica de lentes. La profesora pasó la vista de Evergreen hacia ella y un sudor frío cayó por su espalda.
—¿Cómo te llamas chica?
—Lucy, soy nueva, por eso no estoy en la lista.
—Ya. —La profesora la contemplo con un gesto desdeñoso—. Dime tu nombre completo de todas formas, así te agrego a la lista para dejar constancia de que viniste.
—Claro. —No recordaba haber estado tan nerviosa antes—. Lucy —pronunció, tartamudeando levemente—. Lucy Heartfilia.
Tenía la vista clavada en el banco y aún así sintió como varias miradas se clavaban en ella.
—¿Heartfilia? —repitió la maestra—. ¿Quién es tu padre?
—Oh, no. —Casi grito esas palabras. Alzó la mirada, notando que la profesora tenía una ceja alzada, por lo que se apresuró en aclararse—. Es solo coincidencia —musitó.
—Ya veo. —La mujer volvió a lo suyo.
Ella, por su parte, regresó la mirada a Evergreen, pero esta ya no tenía la vista puesta en ella, miraba al frente como si nada. Suspiró y volteó hacia Levy, quien la estaba mirando con una sonrisa.
—Heartfilia —repitió, alegre—. Vaya cosa más curiosa —comentó.
—Cierto —respondió con una sonrisa algo nerviosa.
Volvió la vista a su puesto, y por alguna razón las palabras allí talladas hicieron mella en ella. «Perdedora». Frunció el ceño, notando como esa simple palabra se colaba en su interior, como burlándose de ella.
—Levy-chan —llamó.
—¿Qué sucede?
—Esto. —Y sus dedos se posaron sobre la palabra, señalándola.
—Ah, eso. —La pequeña chica se acercó levemente a ella—. Fue Juvia —aclaró—. Lo hizo hace mucho tiempo, cuando eramos niñas y esta sala era de uso común.
—¿Uso común? —preguntó.
—Es que hace unos dos años ampliaron el instituto, o más bien terminaron de construir un edificio aledaño para los cursos menores —explicó Levy—. Antes de eso estábamos cortos de espacio y muchas salan era compartidas por varios cursos. Por eso la sala pone once A cuando ese curso ya no existe, o más bien si, lo que pasa es que ya no es el A.
—No entiendo.
—Somos nosotros, pero antes los cursos estaban divididos en A, B y C, ya que las salas grandes eran pocas, por lo que era preferible tener muchos cursos pequeños que eran repartidos por el instituto. Ahora ya no es necesario, por lo que solo hay un onceavo grado.
—Entiendo —dijo, comprendiendo un poco mejor como se organizaba ese lugar—. Y esto lo escribió Juvia cuando aún no pasaba eso.
—Exacto, por eso aunque no fuéramos del onceavo grado en ese entonces ocupábamos esta sala para varios ramos electivos, ya que a las horas que la requeríamos usualmente estaba vacía. Juvia siempre se sentaba ahí. Incluso ahora que hemos vuelto se aseguro ese puesto.
—¿Por qué? —cuestionó.
—Por lo que está escrito, se sienta ahí como recordatorio.
—¿De qué?
—Es que... —Levy se mordió el labio, como si se arrepintiera de haber hablado tanto, pero para su suerte, o esa impresión le dio a Lucy dado el cambio en su expresión, fue interrumpida por la profesora.
—¡McGarden y la señorita nueva! —exclamó la mujer—. Si fueran tan amables de guardar silencio.
—Lo sentimos profesora —respondieron ambas, dando por finalizada la conversación.
—Como iba diciendo —dijo la maestra—, el equilibrio químico es muy difícil de lograr de forma practica, pero aún así se estudia bastante en forma teórica, por lo que le dedicaremos toda una unidad para estudiarlo. Ahora anoten lo que voy a copiar en la pizarra, luego lo explicare.
Dicho eso la maestra se dio la vuelta y comenzó a anotar algo, todos se dispusieron a seguir sus ordenes. Sin embargo, tras estar un rato en silencio anotando Lucy se sintió incomoda, con esa sensación de que estás siendo observado. Alzó la vista, recorriendo el salón con la mirada, pero todos estaban copiando. Quiso volver a su cuaderno, pero la sensación no tardo en volver. Contemplo nuevamente el lugar: Levy, Evergreen, Natsu, Gray, todos tenían la mirada en su cuaderno. Pasó a examinar a aquellos que no conocía: un chico de cabello negro, uno de cabello azul, otro chico de cabello negro, una chica de cabellos verde a su lado, un tipo de cabello blanco. Ese último no estaba ocupado mirando su cuaderno, pero miraba hacia el frente, muy concentrado en algo, a saber en qué. Volvió a pasear la vista hasta que se encontró con la mirada de la profesora, por lo que enterró nuevamente la mirada en su cuaderno a fin de pasar desapercibida.
Levy no le volvió a hablar en el resto de la clase, como si tuviera miedo de que volviera a preguntar sobre el tema del que estaban hablando.
Acabada esa clase venía un pequeño interludio de quince minutos, en los cuales su amiga parecía de mejor humor, por lo que iniciaron nuevamente una conversación, solo que de temas más triviales.
—¿Hermano de Mira? —preguntó Lucy, sorprendida.
—Así es.
—¿De verdad?
La rubia volvió a centrar su mirada en el tipo grande de pelo blanco, y le pareció imposible que alguien de aspecto tan osco pudiera ser hermano de la dulce y delicada Mirajane.
—Si hablas con Elfman no dudas que son hermanos —comentó Levy.
—¿No?
—Se parecen, de alguna manera pero se parecen.
No iba a desmentir a Levy ya que ella los conocía mejor.
—Parece muy amigo de Gray y Natsu —dijo, observando junto a los dos mencionados.
—Lo son, más o menos —dijo Levy—, pero últimamente Elfman anda con la cabeza en las nubes y Gray la tiene puesta en otras cosas, y como Natsu no ha madurado mucho no se llevan tan bien como antes.
—Ya veo.
—Es medio culpa de Evergreen.
Lucy enarcó las cejas.
—¿Por qué?
—Porque ella y Elfman se gustan —dijo McGarden, sonriendo con picardía—, y por eso él anda con la mente en cualquier parte.
—¡¿Ellos?! –exclamó sorprendida.
—Raro, verdad. —Levy amplió la sonrisa—, y tan diferentes que se ven.
Lucy solo pudo asentir mientras comprendía hacia donde miraba el chico en clases.
—Luego de que pase esta clase tenemos un descanso más largo —dijo su compañera—, pensábamos con Erza ir a descansar al patio de atrás y de paso mostrarte el colegio.
—Suena bien —accedió.
Se sonrieron mientras el profesor de su nueva clase entraba a la sala.
Terminada la clase subieron al tercer piso para ir a buscar a la pelirroja, ya que ahí se encontraba la sala de los cursos mayores. Avanzaron por los pasillos ante la atenta mirada de los otros alumnos, cosa que la incómodo un poco, porque no eran precisamente miradas amables. Siguieron caminando hasta llegar a otra sala que ponía «6-C».
—Lo que te decía —dijo Levy señalando el pequeño cartel—, somos uno de los pocos cursos que está en una sala de acuerdo a su nombre.
—Ya veo.
Entraron y la rubia no tardo en buscar una cabeza pelirroja.
—¡Levy! ¡Lucy!
Dirigió su mirada al lugar de donde venía el llamado, encontrándose con Erza.
—¡Erza! —correspondió Levy.
La mayor se les acercó, sonriendo al verlas.
—Vinieron a buscarme.
—Ya ves —dijo Levy con una sonrisa—, salimos antes.
Erza y Levy iniciaron una conversación en tanto la primera guardaba sus cosas, Lucy aprovechó el momento, dado que no tenía nada que hacer, para explorar el lugar con la mirada. Había un chico de cabellos verdes, una chica de cabellos castaños desparramada en la silla, un grupo de chicos conversando al fondo de la sala y otro grupo cerca de la mesa del profesor. También estaba Mirajane en uno de los puestos cerca de la ventana, pero no parecía tomarlas en cuenta, miraba hacia el patio y cada tanto devolvía la vista hacia el chico de largo cabello verde, parecía entre preocupada y expectante.
Antes de que pudiera seguir pensando en eso la voz de Erza la distrajo.
—Vamos Lucy.
—Claro —respondió.
Salieron las tres juntas del salón y caminaron por un pasillo que daba hacia la parte de atrás del colegio, dirigiéndose claramente hacia el patio trasero por donde se habían escapado la última vez. Por el camino le pareció ver el cuarto de los trofeos, pero antes de que pudiera preguntar sus compañeras la apremiaron hacia la escalera. Olvido el asunto chocó contra un chico que iba de subida, culpa de la prisa con la que había avanzado.
—Fijate por donde vas rubiecita —dijo el desconocido con un tono arrogante.
Lucy frunció el ceño, pensando responder, pero fue Erza la que habló.
—Cuida tus modales —exigió.
El chico le contestó con una sonrisa en la cara.
—¿O qué? —preguntó con burla—, ¿vas a golpearme, Scarlet?
—Podría y lo sabes.
La sonrisa se le borró al chico.
—No deberían haberte soltado.
—A ti tampoco, cerdo. —La que habló esta vez fue Levy, sus ojos destilaban ira—. Vayámonos Erza, no vale la pena.
Continuaron su camino, aunque Lucy no pudo evitar voltear la mirada unos segundos para ver al chico marcharse escalera arriba.
Finalmente llegaron al lugar de destino, sinceramente Heartfilia no sabía el por qué habían ido precisamente a ese lugar. Tenía el mismo pasto seco, el mismo árbol muerto y el mismo olor a mierda proveniente de aquella casucha del fondo. Aunque la mierda olía mejor si tenía que ser honesta, aquello olía más bien a algo podrido, como un perro muerto. Y su teoría del perro muerto volvía a surgir.
—¿Por qué huele así? —Quiso saber en cuanto las otras dos se tiraron en el pasto.
—¿Qué cosa? —preguntó Levy.
—La casucha, por qué huele de esa forma.
—Ah, eso —dijo Erza mirando hacia el viejo edificio—. Es porque ahí hay un gato muerto.
—¿Un gato?
—Gata, mas bien —contestó la de cabellos azules con calma—, ella y los cinco gatitos que había tenido.
—Pero —sinceramente no sabía muy bien que pensar de esa respuesta—, ¿por qué? Quiero decir —volvió la vista hacia la casucha—, ¿por qué hay una gata muerta?
Erza se alzó de hombros.
—Unos chicos de mi curso la mataron —dijo con sorprendente calma—. Acababa de parir y pensaron que sería divertido matar a sus gatitos a pisotones mientras la gata trataba de protegerlos. —Lucy trago saliva, impactada—. Luego mataron a la gata cuando los lastimo mucho, de todas formas ya habían matado a las cinco crías. Me parece que le rompieron la columna de una patada. La gata era del conserje, se molesto mucho y trato de agredir a uno de los perpetradores, como supondrás lo echaron. Y como se fue nadie se ha molestado en sacarla y sigue ahí. Debe ya haber empezado a pudrirse porque empieza a oler horrible.
Abrió la boca, pero la cerró casi enseguida sin saber qué decir ante esa declaración. Solo atino a quedarse de pie totalmente asombrada.
—No pienses mucho en ello Lucy, no vale la pena. —Le dijo Levy al ver que no reaccionaba.
—Pero, ¿por qué...?
Erza se alzó de hombros una vez más.
—Porque los seres humanos dan asco y los que lo hicieron son unos verdaderos hijos de puta. La gente es mala porque quiere, Lucy —Erza la miró–, no necesitan mayores motivos.
Volvió a abrir la boca, pero Levy se le adelantó.
—Si preguntas quien fue —le dijo con el ceño fruncido—, fue el grupo de ese chico contra el que chocaste antes. Aunque a nadie le sorprende, ellos son capaces de cosas peores.
—Anda, no pienses tanto en ello. —La pelirroja le sonrió–. Ya están muertos, no tiene sentido que lo hagas.
Pero Lucy no pudo sacárselo de la cabeza en todo el día, apenas presto atención a las clases que siguieron y a las cosas que le decía Levy. Por eso, una vez acabado el día se despidió de sus dos amigas con un solo pensamiento en la cabeza, el mismo pensamiento por el cual se negó a que la siguieran a casa.
Cuando el instituto ya estuvo más o menos vacío se dirigió al patio trasero, pasó por el cuarto de trofeos pero no le dio mayor importancia, también pasó cerca de la biblioteca, desde donde se veía el edificio conjunto donde estudiaban los cursos menores. Se notaba bastante que era un edificio nuevo, lo cual lo contrastaba bastante con aquel en el que se encontraba.
Una vez llegó a su lugar de destino se acercó a la viejo casucha, arrugó la nariz a causa del olor y abrió la puerta. Efectivamente el cadáver de la pobre gata ya había entrado en estado de descomposición. Aguantando el asco que sentía cogió una pala que había en el lugar y salió para hacer un agujero en la tierra. Una vez lo tuvo listo y pese a lo repugnante que parecía tomó cada uno de los gatos y los dejó en el agujero, para luego cubrirlos con tierra mientras notaba un escozor en los ojos. Aguanto las lagrimas que le producía la idea del sufrimiento que le habían causado un montón de idiotas a esa pobre gata solo porque sí.
Con un nudo en el estomago se alejó del lugar y se dirigió a los baños para poder lavarse los baños, una vez salió se encontró cara a cara con la última persona que deseaba ver en ese lugar. El maldito mocoso con el que había chocado en la escalera.
—Vaya, que sorpresa.
Lucy frunció el ceño, recordando que también era uno de los mocosos que habían matado al pobre animal.
—¿Qué quieres?
—Nada, solo disfrutaba del espectáculo de San Heartfilia mostrando piedad por un animal muerto.
Lo dicho, un asqueroso mocoso idiota, ojala se muriera de forma tan dolorosa como esa pobre gata.
—Si quieres te entierro también a ti.
—¿Es eso una amenaza, señorita Heartfilia?
—Deja de decirme así.
—¿Por qué? —Le respondió este con una mueca burlesca, y ella no pudo evitar pensar que comenzaba a odiar a ese idiota—. Es tu apellido, ¿o no?
—También tengo nombre.
—¿Ese también es una coincidencia? —cuestionó el chico—. Porque oí por ahí que eso es lo que andas diciendo.
—No te entiendo.
—¿No? —No pudo evitar asustarse ante el rumbo que tomaba la conversación, pero él no podía saber que era hija de Jude Heartfilia, casi nadie lo sabía, después de todo su padre no hacía mayor alarde de su pequeña hija—. Curioso, bastante curioso, dado que mi padre conoce al tuyo y estoy seguro de no estar confundiendo a su hija.
A Lucy se le paró el corazón.
—No dirás nada rubia. —El chico sonrió—. Qué diría tu padre si supiera que su hija se escapó para limpiar el mal olor del patio trasero del instituto.
—¿Mal olor? —le espeto con ira—, ¿qué mal olor? ¡Ah, claro! —dijo con ironía—. Aquel que había por el gato muerto. ¡Gatos que tu mataste!
El tipo se alzó de hombros.
—Eran solo gatos, qué importa.
Si Mirajane no hubiera aparecido en ese momento le hubiera partido la nariz, y la verdad lamentaba la interrupción.
—¿Qué pasa? —preguntó la chica al llegar.
—Mira-san.
La albina la miró.
—¿Qué haces aquí todavía, Lucy?
—Nada importante —fulminó con la mirada al chico—, solo quería resolver algo.
—Lo que pasa es que a Heartfilia le daba asco el olor del patio trasero, así que se deshizo del gato.
Si no estuviera Mira-san ahí.
—Ya veo. —La mirada que Mirajane le dirigió era increíblemente fría para el carácter usual de la chica—. ¿Y tú por qué no te has largado todavía? —cuestionó con un tono acorde a su mirada.
—Eso podría preguntarlo yo —respondió el chico—. ¿Qué hacías? ¿Le lamías las bolas a Laxus?
—Yo que tu cuidaría lo que digo, podrían ser tus últimas palabras. —La chica volteó la vista nuevamente hacia ella—. Mejor nos vamos, Lucy, lo que sea que este imbécil tenga que arreglar es su asunto y su problema, ojala lo atropelle un camión de pasada.
El chico sonrió con sorna mientras Mirajane le tomaba de la mano y prácticamente la arrastraba hacia la salida.
—No es bueno que te quedes hasta estas horas, Lucy. —Le dijo una vez se hubieron alejado.
—Ya lo sé, pero es que tenía que...
—No necesito que me digas que hacías, solo que sigas mi consejo. —Mirajane la miró a la cara—. Podrías meterte en problemas, es mejor que vuelvas pronto.
—Ya lo sé, gracias Mira-san.
—No te preocupes, y no necesitas agregar el san a mi nombre, con que me digas Mira basta.
—Lo sé, pero no sé —rió un poco por lo tonto que sonó aquello—, me salió. –De hecho recién era consciente de que lo había hecho—. ¿Tú que hacías aquí? —preguntó.
—Nada importante —respondió la chica y continuó su camino hacia la salida. Una vez ahí se despidieron y cada una fue por su lado.
Lucy caminó con una extraña sensación en el pecho durante todo el trayecto que le tardo llegar a su departamento, no creía que fuera nada importante, pero la forma en la que todo mundo había tratado la muerte de una gata y sus crías se le hacía preocupante. En cuanto llegó a su destino se puso el pijama y se tiró en la cama, había sido un día largo y estaba cansada.
La despertó el insistente toque de la puerta a la mañana siguiente. Se levantó lanzando maldiciones y abrió para encontrarse con la arrendataria y un hombre joven de cabello claro y bastante atractivo.
—Te buscan. —Fue la respuesta de la vieja señora a la pregunta no dicha.
—¿Me buscan? —repitió, confundida.
—Lamento la interrupción, señorita Heartfilia —dijo el hombre—, deje que me presente. Mi nombre es Hibiki Lates y soy oficial de policía.
—¿Oficial de policía?
—¿Le importaría que le haga algunas preguntas?
—¿Qué...? —No terminaba de asimilar todo aquello—. ¿De qué? ¿Por qué?
—Imagine que no estaría enterada. —Le respondió el hombre con una sonrisa, pero con un brillo de desconfianza en los ojos—. Hubo un asesinato.
Lucy abrió su boca asombrada, sin saber que decir.
—Uno de los alumnos del instituto al que asiste fue asesinado en la noche, el cuidador encontró su cuerpo y no dudo en informar. —Hibiki avanzó por la puerta, entrando hacia su sala de estar—. Entonces, ¿le importaría responder unas preguntas?
Ante eso ella solo pudo pensar que definitivamente algo iba mal, bastante mal.
Por cierto, sepan que escribir la parte de los gatitos me dolió en el alma, sobre todo porque yo tengo gatos y no puedo tolerar ni imaginar algo así, de verdad fue como una patada en el estomago escribirlo. Me gustaría al menos poder decir que solo es ficción, pero sé que cosas así pasan en la vida real y hace que me de aún más rabia. En fin, dejo de cacarear sobre lo mucho que odio a la gente.
Espero les haya gustado.
Nos leemos. Bye bye.
