Capítulo 3.
Martha volvió a subir por segunda vez al piso superior, ésta vez en busca de su móvil. Estaba demasiado nerviosa. El apartamento que había visto el día anterior era el ideal. El que buscaba. Cerca de su escuela y no demasiado lejos de la casa de su hijo. Bastante luminoso y tranquilo y con algo que consideraba esencial: sin escaleras que separasen un piso de otro. A su edad y por mucho que Richard le dijese que lo tomase como un gimnasio particular, subir y bajar escaleras para ir hasta su habitación era molesto.
- Hola madre – saludó contento el escritor caminando hacia la cocina.
- ¡Querido! Hoy por fin tienes mejor aspecto. ¿Has dormido bien hoy?
- Madre… Hoy he dormido – aseguró con una de sus mejores sonrisas.
- Cariño, no sabes cómo me alegra oír eso. ¿Katherine? No la he visto estudiando ésta mañana.
- Hoy se marchó temprano. Tenía que ir al juzgado y antes tenía que pasar por su banco.
- ¿Todo bien con ella? – preguntó la actriz refiriéndose a la conversación sobre la desaparición de él.
- Es perfecta madre. Si algo fuese mal con Kate, sería por mi culpa.
Martha se acercó a su hijo apoyándose en su brazo y se inclinó de puntillas para darle un beso en la mejilla.
- Por lo que te conozco, no harás nada para que algo vaya mal entre vosotros querido. La has encontrado cariño. Y no creo que quieras hacer nada para perderla.
- Me conoces – contestó él sonriendo mientras preparaba café - ¿A dónde vas? ¿Más apartamentos para ver?
- Creo que yo también he tenido suerte y lo he encontrado…
- ¿Al hombre de tu vida? - preguntó riendo.
- Eso ya sabes que es imposible. Creo que he encontrado el apartamento que imaginaba.
- ¿Tan pronto? – preguntó sorprendido dándose cuenta que eso significaba no tenerla por allí más.
- No sé si tomarme eso a bien o a mal…
Castle se apartó de la cocina y se acercó a su madre para abrazarla.
- Sabes de sobra que esta es tu casa.
- No me hagas la pelota… Tú también sabes de sobra que vendré a cuidar de mis nietos siempre que lo necesitéis.
- Alexis ya está un poco mayorcita para que la cuides – dijo intentando disimular para que su madre no sospechase que ese nieto podía estar ya en camino.
- Sabes a lo que me refiero. Y estaré encantada de hacerlo.
- Bien, me alegra escucharlo, pero creo que es un poco pronto para eso.
- Cariño, los hijos no se planean. Mírate a ti. O a Alexis…
- Acabamos de casarnos. Kate está luchando por ese ascenso…
Martha levantó la mano para silenciarle.
- ¡Ah, ah, ah! No he dicho nada. Volveré para cenar.
Castle negó con la cabeza sonriendo mientras veía a su madre alejarse y salir de la casa. De pronto sintió unas irresistibles ganas de ponerse a escribir. Sin perder un solo segundo, tomó su taza de café y se dirigió a su despacho.
Kate revisó de nuevo el texto y se lo entregó a la aburrida administrativa que estaba frente a ella.
- Destacado con recuadro – dijo en tono lineal – el texto son dieciséis palabras - ¿Para qué demonios me envían una mujer? ¿Qué se han creído que es esto? ¿Un picnic? – leyó sin ningún tipo de entonación - ¿Es correcto?
- Sí – contestó Kate.
- No ha puesto teléfono ni email.
- No es necesario – contestó la inspectora.
- Sólo se lo recordaba.
Kate asintió.
- ¿En qué sección quiere publicarlo?
- Contactos – dijo algo incomoda.
- ¿Va a repetirlo?
- Tres días.
La empleada tecleó en su ordenador.
- Son cuarenta y ocho dólares… Si añade una palabra más, superará los cincuenta y obtendrá un 10% de descuento – dijo sin levantar la mirada del ordenador.
- No gracias – contestó rápidamente – está bien así.
- Como quiera. ¿Con tarjeta?
- No. En efectivo – aseguró mientras contaba los billetes que iba a entregar.
Kate salió de las oficinas del New York Ledger. Miró a su alrededor esperando no encontrar ninguna cara conocida y anduvo lo más deprisa que pudo hasta su coche. Se sentó y segundos después, tras incorporarse al tráfico, recordó aquella noche.
Castle acababa de mandar a la porra la gira tras la publicación de su libro y había fijado septiembre como el mes en el que se celebraría su boda. Kate no sabía si llamar primero a Lanie o a su padre. Se decidió por lo primero, a sabiendas que Lanie comenzaría de inmediato una rigurosa dieta para estar perfecta en septiembre.
- ¿Septiembre? – gritó histérica la forense - ¿Crees que me dará tiempo a quitarme estos kilos de más? Espera… ¿No tenía Castle una gira?
- Lanie, no seas tonta, estás perfecta. Castle ha postpuesto la gira.
- Eso de perfecta lo dirás por ti. No entiendo cómo puedes comer lo que comes y que todo me engorde a mí.
- Yo entreno Lanie.
- Yo también hago mis ejercicios – dijo risueña – nocturnos…
- No tienes remedio…
- A propósito de ejercicios nocturnos… ¿Qué haces en comisaría? ¿No deberías estar cenando y haciendo arrumacos a tu futuro marido para celebrar que por fin hay una fecha? Yo me lo comería a besos después de posponer su gira…
- Tengo papeleo.
- ¡Oh vamos chica! Eso puede esperar. Un día es un día.
Kate se mantuvo en silencio por un instante.
- ¿Sabes Lanie? Creo que tienes razón. Saldré a comprar una botella de vino y…
- ¡Para! Tampoco hace falta que me cuentes los detalles… Hoy no tengo plan y no me hace falta que me des envidia…
- ¡Lanie!
- Anda no pierdas tiempo y sal ya…
Salió de comisaría y tras pensarlo un momento, decidió ir caminando hasta el apartamento de su prometido. Así pasaría por la tienda de licores y podría recrearse y escoger un buen vino sin prisas, sin estar pendiente del coche que seguramente tendría que dejar mal aparcado fuera.
Una hora después, la inspectora, bolsa en mano, se acercaba al edificio del escritor. A lo lejos distinguió una figura que le resultó de lo más familiar y se detuvo en seco para observarla. No le cabía ninguna duda que era su futuro suegro. Castle y él compartían gestos y movimientos al andar. Era curioso que manteniéndose alejados el uno del otro, ese tipo de comportamientos se repitiesen, como si fuesen heredados en la interminable cadena del ADN.
Decidió acercarse lentamente. Ese hombre le debía muchas explicaciones. Él se mantenía quieto, mirando alternativamente hacia el portal y hacia arriba, al piso de Castle. Finalmente y tras unos instantes en los que parecía dudar si entrar o no, el agente comenzó a caminar en dirección contraria al edificio. Kate aceleró entonces el paso y cuando estuvo a varios metros le habló:
- ¿Anderson Cross? Aunque no creo que ese sea tu nombre…
El agente se paró en seco, girándose al reconocer la voz de su futura nuera.
- Tienes muchas cosas que explicarme.
- No lo creo inspectora – dijo acercándose a ella.
- Nos has utilizado. Has puesto a Castle en peligro.
- Nunca dejaría que os pasase nada.
- Si llega a pasarle algo, no tendrías lugar en el mundo para esconderte de mí…
El anciano lanzó una risa silenciosa.
- ¿Eso crees?
- Puedes estar seguro.
- Te admiro inspectora. Creo que por fin mi hijo ha elegido correctamente, eres fuerte, tenaz, valiente…
- No estoy buscando tu aprobación.
- No te la estoy dando. Tan sólo me ayudas a descansar un poco más por las noches.
Kate le miró entrecerrando los ojos.
- Tengo enemigos que podrían utilizarles para hacerme daño.
- ¿Intentas venderme la historia de un padre obligado a alejarse de su familia por seguridad?
- No estoy buscando tu aprobación.
- No la tienes.
El agente sonrió divertido frunciendo los labios y ladeando la cabeza en una señal de asentimiento.
- ¿Sabes? Voy a darte una oportunidad. Voy a dejar que Castle siga creyendo que has hecho todo esto porque querías verle y no voy a detenerte hoy. Pero la próxima vez que te vea, dormirás en comisaría.
- Querida… La próxima vez que me veas, será porque has buscado mi ayuda…
- No lo creo.
- Yo sí – aseguró tajante - Tan sólo tienes que poner un anuncio durante tres días en la sección de contactos del New York Ledger con una frase cualquiera de "Casino Royale" y acudiré en tu ayuda…
El brusco frenazo de un coche unos metros detrás de ambos, hizo que la joven volviese instintivamente su cabeza. Al verificar con la mirada que no había pasado nada y girar de nuevo la cara buscando a su interlocutor, tan sólo encontró aire…
