Una casa para tres

Presentarse a un torneo era, sin lugar a dudas, su actividad favorita de las muchas programadas por la academia.

Aun si se trataba de competencias pequeñas en comparación con los campeonatos en los que Tezuka ya estaba participando, el simple hecho de poder jugar era algo que Ryoma siempre disfrutaba.

La única desventaja era las exigencias de los entrenadores.

Que en cada set quisiesen que él trabajase en algo en particular, fuese algún tiro o su trabajo de pies o su resistencia, hacía que a veces se sintiese en medio de una clase y no de un verdadero partido, pero cada oponente inesperado lograba librarlo de las exigencias y recordarle por qué estaba ahí.

No era porque muchos creyesen que debía tomarse el tenis con más calma si quería seguir jugado por años, ni porque Nanjirou había insistido que todavía había una pieza de experiencia de la que se perdería si se lanzaba de inmediato al mundo profesional, sino por la gran variedad de oponentes con los que podía toparse.

A pesar de que jugar contra los mejores era un reto sin importar cuántas veces se encontrasen con una red de por medio, enfrentarse con alguien nuevo solía convertirse en un desafío que lograba romper la monotonía de las instrucciones de los entrenadores y a veces, incluso, aparecía un verdadero oponente en su camino, al que quizás nunca se habría enfrentado de no ser por ese o aquel torneo.

Ryoma esperaba que esta vez ese fuera el caso y con esa motivación en mente, se preparó para salir de casa.

Ya tenía todas sus raquetas y ropa de sobra para cambiarse incluso entre sets, si era necesario, por lo que podía decir que estaba listo.

—No pierdas, Koshimae —se despidió Tooyama esa mañana desde su asiento frente a la barra de la cocina.

A diferencia de él, Ryuuzaki abandonó su silla con una sonrisa y le ofreció una caja de almuerzo cuidadosamente envuelta en la que, él estaba seguro, encontraría algo que podría comer durante el vuelo sin ninguna dificultad.

—Buena suerte, Ryoma-kun.

Como si estuviese coreando los buenos deseos de ambos, Karupin maulló al tiempo que se acercó a Ryoma, restregándose contra sus piernas.

Con un gesto de cabeza Ryoma agradeció esas palabras y se agachó para acariciar a Karupin antes de partir.

—Volveré en cinco días.

La perspectiva de que no solo Tooyama, sino también Ryuuzaki cuidarían a Karupin durante ese tiempo bastaba para que se sintiese tranquilo al respecto e hizo más fácil de lo usual dejar la casa y dirigirse al aeropuerto, donde Sands, el entrenador que solía acompañarlo a cada torneo fuera de la ciudad, ya lo estaba esperando.

En el vuelo no sufrió ningún contratiempo y luego de comer lo que Ryuuzaki había preparado para él, pudo tomar una siesta que le permitió llegar descansado y listo para jugar.

—¿Cómo te sientes, Ryoma? —preguntó Sands una vez llegaron al complejo deportivo y entraron a la cancha donde tendría su primer partido—. ¿Preparado?

Ryoma se encogió de hombros.

—Como siempre.

—Eres idéntico en tu confianza al Samurai —rió Sands, dándole una palmada en la espalda—. Ve y muéstrales tu juego.

Ser comparado con su padre era irritante, pero Ryoma sabía que a veces era inevitable cuando trataba con personas que conocían a Nanjirou y Sands no era el único en la academia que lo hacía. Para su suerte, la novedad de tener al hijo del Samurai no había durado mucho, por lo que las menciones de Nanjirou eran pocas y solían quedar en el olvido en lugar de convertirse en un intento de conversación, como había ocurrido en los primeros días.

El primer partido no fue interesante, mas el segundo se alargó de manera inesperada y terminó con un tie-break que lo dejó si aliento y tan cansado que esa noche cayó dormido sin comer nada.

La siguiente sorpresa vino en la semifinal, contra un chico menor que él pero tan rápido que Ryoma se sentía dispuesto a compararlo con dos conocidos en Japón, aun cuando su estilo de juego era diferente. La final, en comparación, fue un partido que terminó en un parpadeo y para el que no tuvo que esforzarse.

Sobraba decir que Sands estaba más que satisfecho con el resultado y él mismo no tenía de qué quejarse.

Habían sido cinco días llenos de tenis, había tenido buenos partidos y había ganado, por lo que ahora podía regresar a casa y disfrutar de un merecido descanso.

Al menos eso era lo que Ryoma tenía en mente; aun así, al llegar y no escuchar siquiera un maullido, fue incapaz de ir directamente a su habitación.

¿Dónde estaban todos?

Encontrar a Karupin solo le tomó unos cuantos llamados, mas aunque el gato salió perezoso a recibirlo, nadie más lo hizo. A pesar de eso, el aroma proveniente de la cocina delataba que hasta hace poco alguien había estado allí, por lo que tras recorrer los corredores de la casa, Ryoma se dirigió a la cancha.

Si Tooyama estaba en alguna parte, tenía que ser ahí.

En cuanto salió por la puerta trasera notó que las luces de la cancha estaban prendidas y pronto también escuchó el inconfundible sonido de la bola siendo golpeada rítmicamente en algo que sonaba más como un rally que como una práctica contra la pared.

¿Acaso Tooyama había invitado a alguien de la academia para tener con quien jugar mientras él regresaba?

Para su sorpresa, en cuanto pudo ver la cancha descubrió que no era así.

En lugar alguno de los chicos con los que Tooyama mejor se llevaba en la academia, la persona al otro lado de la red era Ryuuzaki.

Su concentración era obvia y estaba dándole resultados, pues aun cuando su falta de práctica la llevaba a golpear de una manera no exactamente ideal, estaba siguiendo el ritmo impuesto por Tooyama, quien pese a no estar enfrentándola en serio, tampoco estaba dejándole todo fácil a Ryuuzaki.

Si bien ambos estaban obligando al otro a correr de un lado a otro de la cancha, Ryuuzaki lucía más cansada y eso quedó comprobado cuando se tomó un segundo para limpiar el sudor de su frente con su antebrazo. Eso la llevó a reaccionar tarde y aunque se esforzó y podría haber alcanzado a responder gracias a eso, su concentración había sido rota y sin duda debido a ello, finalmente notó a Ryoma.

En el instante en que lo hizo, Ryuuzaki se detuvo con sus ojos completamente abiertos por la sorpresa y dejó pasar la bola a su lado sin siquiera intentar golpearla.

—Oh —murmuró y luego de un par de segundos, en los que los observó a ambos por intervalos como si estuviese indecisa sobre qué hacer, se dirigió hacia Tooyama—: L-lo siento, me distraje... —Ryuuzaki habló rápidamente y señaló de manera sutil en dirección a Ryoma al tiempo que volvió a poner su atención en él con una sonrisa tímida—. Ryoma-kun...

—¡Koshimae! —interrumpió Tooyama y giró en sus talones, olvidando el juego para darle la bienvenida con su usual entusiasmo—. ¿Cuándo llegaste?

Ryoma se encogió de hombros.

—Hace un momento.

Haberlos visto jugar había sido más entretenido que intercambiar saludos y su desgano ante el cambio quizás fue obvio, pues Ryuuzaki abandonó la cancha aun antes que Tooyama y se acercó a Ryoma con una expresión avergonzada.

—Tooyama-kun —explicó sin mirar a Ryoma de frente— se ofreció a ayudarme a practicar un poco...

Ryoma asintió con su cabeza y dejó escapar un pensativo «hmm», sin considerar corregir lo que Ryuuzaki sin duda había malinterpretado y sintiéndose ahora curioso.

¿Acaso habían hecho lo mismo todas las noches en las que él no había estado?

Si era así, quizás Tooyama había estado siendo más indulgente de lo que parecía y a pesar de haberse ofrecido a darle una mano entrenando, no le estaba dando los consejos que Ryuuzaki obviamente necesitaba.

—Deberías mirar mejor la bola —dijo Ryoma con un tono neutro. Aun si estaba cansada, el error que Ryuuzaki había cometido hacía apenas un minuto era uno que ella, después de tantos años, debería ser capaz de evitar.

Ryuuzaki asintió con su cabeza sin lucir avergonzada.

—¿Todavía me falta mucho? —pronunció con un tono interrogante, mirándolo como si esperase que él añadiese justo eso.

—Eso no es cierto —reclamó Tooyama con un mohín, aproximándose a trote, y pasó un brazo por los hombros de Ryoma para confiarle en voz no realmente baja—: Ella ni siquiera necesita mi ayuda.

El rostro de Ryuuzaki se llenó de color en un parpadeo y ella murmuró algo sobre que eso no era cierto, mas el que Tooyama decidiese pronunciar otros cumplidos pareció convencerla de que no había forma de hacer que Tooyama desistiese y terminó aceptándolos y agradeciéndolos con bochorno.

—Ya está todo listo —dijo Ryuuzaki una vez Tooyama hizo una pausa, y señaló hacia la casa con su raqueta—. Si quieren...

Aparentemente ya satisfecho, Tooyama no hizo nada para interrumpir el cambio de tema y recibió gustoso la sugerencia de volver a casa y comer. Ryoma también lo hizo, sintiendo su apetito abrirse al escuchar qué había preparado Ryuuzaki.

Al llegar a la casa, Tooyama corrió a dejar su raqueta a un lado, en la sala, antes de regresar y dirigirse no a la mesa, sino al interior de la cocina, donde Ryuuzaki ya había comenzado a calentar la comida.

—Yo te ayudo —ofreció Tooyama, sacando tres platos pese a que Ryuuzaki no le dio alguna indicación.

Ryoma no recordaba haber visto a Tooyama colaborando tanto en casa, pero Ryuuzaki aceptó su asistencia con una sonrisa tranquila, como si ni siquiera estuviese sorprendida.

—Solo falta la salsa —comentó ella poco después, una vez sirvió la comida, y de nuevo, Tooyama fue directamente a la despensa y sacó una botella pequeña de salsa soya, la cual entregó a Ryuuzaki en cuestión de segundos.

—¡Aquí está!

¿Qué había pasado en cinco días?

Ese interrogante lo dejó con un incómodo vacío que no le permitió hacer más que observar la inusual escena, con Tooyama llevando los platos mientras Ryuuzaki se encargaba de servir las bebidas.

—Ryoma-kun —dijo Ryuuzaki de repente, sonando dudosa—, ¿ya comiste o...?

Caer en cuenta de que se había quedado de lado pese a que todo ya estaba listo era vergonzoso, mas Ryoma fingió indiferencia dirigiéndose despacio a la barra y tomó asiento.

—No —replicó mientras examinaba el plato frente a él—. Y esto se ve bien.

—No solo bien, delicioso —remarcó Tooyama, ya con los palitos en mano para disfrutar el primer bocado.

Aunque Ryoma no pensaba decir en voz alta que Tooyama tenía razón, internamente Ryoma no pudo contradecirlo una vez probó la comida y la extraña sensación que lo había invadido minutos atrás pronto quedó en el olvido, siendo remplazada por el gusto de estar en casa.

Incluso la conversación, siempre avivada por Tooyama, se le antojó agradable, aun si las miradas que Tooyama le estaba lanzando de cuando en cuando prometían una interrupción a la tranquilidad en cualquier momento.

—¿Y no nos vas a contar nada? —cuestionó Tooyama finalmente, una vez gran parte de la comida desapareció de los platos.

Ryoma se encogió de hombros, sintiéndose de suficiente buen humor como para responder a la poco clara pregunta.

—No estuvo mal.

Por unos segundos, Tooyama lo observó expectante y luego suspiró de manera exagerada.

—Siempre es así —se quejó—. Siempre me toca preguntarle a algún entrenador si quiero enterarme de algo tras un torneo.

Y eso era culpa de Tooyama, quien solía actuar como si esperase que él le diese un recuento completo, cosa que Ryoma consideraba un sinsentido.

Ryuuzaki lució pensativa y pasados unos segundos, preguntó:
—¿Cómo te fue?

Si Tooyama llegaba a aprender de ella, quizás la próxima vez él incluso le contestaría con más detalles, decidió Ryoma, prefiriendo el sencillo interrogante de Ryuuzaki que la infinita curiosidad de Tooyama.

—Gané —informó con simpleza.

Ryuuzaki no lució sorprendida, pero su alegría al escucharlo fue sincera, al igual que las palabras de felicitación que le dedicó.

—Lo sabía —afirmó Tooyama con una amplia sonrisa, mas frunció el ceño tras unos segundos—. ¿Y?

—¿Ves? —decidió decirle Ryoma a Ryuuzaki, seguro de que la chica entendería a qué se refería. La risa que Ryuuzaki dejó escapar e intentó disimular inmediatamente después probó que sí lo hizo.

—¡Eso es lo que yo debería decir! —rebatió Tooyama, fulminándolo con la mirada.

—Algunas personas siempre cuentan cada detalle —añadió Ryoma, ignorando a Tooyama a favor de advertirle a Ryuuzaki de lo que podía esperar en un futuro, pues Tooyama parecía incapaz de callarse tras un torneo y quizás por eso era que esperaba lo mismo de los demás.

Aunque Tooyama le reclamó por ese indirecto pero poco sutil comentario, la en apariencia eterna alegría del pelirrojo volvió a hacerse notar en poco tiempo y el resto de la noche transcurrió sin ninguna otra extrañeza.