Fue la primera fisura en las columnas en las que había construido mi niñez. Las que cada individuo debe destruir antes de poder convertirse en él mismo. Tales fisuras y rasgones crecen juntos, de nuevo se curan y se olvidan, pero en los recovecos más secretos, ellos continúan viviendo y sangrando.

#3: Estigma.

No puso ningún tipo de resistencia, ¿habría que oponerse a la ley cuando en verdad era culpable? Sería incluso algo hipócrita decir que no era su culpa. Lo era y no planeaba cambiar eso, es más, ni siquiera se sentía arrepentido de ello. ¿Por qué? Sería lo más estúpido de todo.

Incluso parecía algo orgulloso de ello, con una sonrisa altanera y con movimientos que dictaban: «Se cómo subir a una patrulla, gracias»

El oficial solo hacia su trabajo.

« ¿Nombre?» preguntó el hombre luego de teclear algo en la pesada máquina de escribir.

«K…» respondió.

Cerró y abrió los puños en un intento de mantener las ansias al margen, de controlar un poco el estrés. Se tronó los dedos y continuo viendo al oficial mientras tomaba sus datos.

Tenía mucho miedo, solo lo único que era capaz de hacer era correr en línea recta y no mirar atrás porque entonces la obscuridad podría hacerse mella de él absorberlo y dejarlo sin ninguna energía para poder defenderse.

«21 años.» contesto, sintió los labios resecos y se pasó la lengua por ellos en un intento de quitar la sensación.

Se sentía perdido. Metido en un callejón, en un laberinto, donde encontrar la salida era una tarea que no podía llevar acabo porque aún era muy débil y pequeño para poder subsistir por sí mismo.

« ¿Padres?»

Miro a un lado, junto donde la pared señalaba un par de posters acerca de la seguridad pública y lo importante de denunciar los crímenes.

Aún era muy pequeño, la vida no hacía más que quitarle todo tipo de esperanza, todo tipo de alegría.

Entonces… ¿Por qué debería esa persona seguir sonriendo?

«No tengo eso.»

Aun tenia severas marcas en el cuerpo, cicatrices que jamás iban a sanar, costras que aunque estuvieran debajo de la ropa y ocultas de los ojos de la gente no dejaban de arder y sentirse como un anuncio gigante de las carreteras que nadie puede ignorar.

Las noches en las que él era el único consuelo de alguien tan débil e indefenso como ella, en ese entonces no comprendía nada y solo deseaba que ella dejara de llorar, que dejara de tirarse en la cama a sufrir porque las heridas dolían y porque su cuerpo no iba a aguantar más tiempo.

Lloraba porque sabía no estaría nunca más.

Mientras que, del otro lado de la única habitación a la que podían llamar casa, ese hombre tomaba libremente gota a gota el alcohol de cada botella que hubiera a su alrededor, gritando y blasfemando.

Respingo y miro a otro lado mientras el oficial bebía agua antes de volver a la entrevista.

«¿Por qué eras así conmigo?»

Uno de los guardias llamo a su superior y este se levantó de su asiento pidiéndole que no se moviera y no provocara problemas, luego le dio la vuelta y converso con su subordinado, moviendo las manos y señalándole que era lo que tenía que hacer.

Una niña y un hombre entraron a la delegación, la niña llevaba la correa de su mascota pegada al cuerpo, estaba llorando y tenía manchado el vestido de helado. Según por palabras del hombre la niña se había perdido persiguiendo a un cachorro. Su cachorro.

El policía a cargo le dijo que sentara a la niña y tratarían de averiguar saber dónde estaba la madre, de seguro tan desesperada como la niña por encontrarla.

Pero la infante lloraba porque el pequeño perro que había recibido en su cumpleaños había sido atropellado mientras corría persiguiendo una mariposa y ella lo había visto todo. Una desgracia para alguien tan joven.

Él también tenía una mascota, recordó.

Una cosita curiosa de color blanco como la nieve, que siempre corría a sus brazos cuando le llamaba, tan tierno y tan adorable que hacía que tanto ella como él tuvieran una razón para sonreír durante las duras mañanas al despertar llenos de sangre y moretones.

Sonrió al recordar aquel día en que ambos bañaron al animal, era un día tan brillante que aprovecharon el jabón de las sabanas para la mascota, rieron tanto, se divirtieron tanto. No recordaba haberse reído tanto en su vida, tanto que el estómago le había dolido tanto por el esfuerzo. Habían terminado mojados y de pies a cabeza, recostados en el pasto y mirando al cielo dejando que el sol hiciera lo suyo.

Había sido el mejor día de su vida…

pero también el peor.

Ante una pesada jaula de miseria, él había intentado proteger lo único que podría decir que le pertenecía y que amaba, abrazarlo con fuerza y desear que nada le pasara, tratar de recibir todo el peso del castigo mientras todo aquello estuviera bien. Lo malo, es que ella también intentaba protegerlo a él de la misma manera, dejando que a su espalda las saetas le perforaran la piel, siempre y cuando su pequeño hermano menor tuviera las menos heridas posibles.

Al final, aquel hombre termino por matarla.

Al final, él termino matando a aquel hombre.

Al final, él no tenía nada más que proteger, nada más que amar.

Al final, él no tenía nada.

Pero no se arrepentía, no sentía culpa, es más, hace mucho que había dejado de sentir nada por algo.

Aunque continuamente pensaba en aquella criatura de pelaje blanco manchado de espeja tinta roja.

"Es tan obscuro y solo hay diferentes ballenas que hablan distintos lenguajes."

El oficial volvió a su asiento haciendo un ruido chirriante con su silla, llamo su atención y él giro el rostro para verlo, luego dijo:

«Por favor, deme una llamada telefónica.»

3.- Another Guest.

A la pensión llegaba gente de todo tipo, después de todo el pueblo era conocido como un lugar tranquilo, digno de unas buenas y merecidas vacaciones de la vida real. Tenía buenas críticas a pesar de no ser exactamente un lugar altamente turístico.

Pero de alguna manera le sorprendió ver al nuevo huésped con las mejillas rojas, el cabello desordenado, lleno de ramitas de árboles, hojas secas y florecillas se de repente se desprendían de alguna planta, el saco de viaje un poco torcido y jadeando, casi doblándose en dos para tratar de respirar.

—Hace tanto que no hago ejercicio. — se disculpó el hombre entre jadeos y sonrisas.

—No se preocupe, ¿Por qué no toma asiento para recuperar el aliento?

El hombre sacudió la muñeca, como si no le diera importancia.

—No se preocupe, estoy bien. —luego rio. —Mi perro es muy activo y yo todo lo contrario a estas fechas. —confeso.

La dueña de la pensión no pudo hacer nada más que reír con el huésped y negar con la cabeza, luego simplemente fue hasta el dispensador y sirvió un vaso con agua para ofrecérselo. El hombre se lo agradeció y lo bebió con tanto afán que la mujer sirvió un par más para que pudiera volver en sí y afirmar que él era el de la reservación de hace más de un mes.

El perro, un caniche bastante adulto, ladró en señal de que deseaba seguir jugando.

—Ahora no, Makkachin, debo desempacar. —la mascota pareció comprenderlo porque inmediatamente se hecho a sus pies y suspiro. O al menos a ambos les pareció eso.

—Las mascotas son unos acompañantes tan hermosos. —comento la mujer. —Mi hijo también tenía un caniche cuando era niño, pero luego de un viaje de estudios el perro murió de tristeza, no se acostumbró al mes de ausencia. —suspiro con pesadumbre.

—Es una pena. Debió ser muy duro para su hijo. —comento el hombre.

—Lo fue, lo fue. —tecleo algo en el computador y luego de sacar la ficha de que el huésped estaba presente en la pensión, le entrego una llave plateada con un llavero morado y el número de la habitación inscrito. —Espero que disfrute de su estancia aquí. —sonrió.

El hombre sonrió de vuelta.

—Muchas gracias.

Se dio media vuelta pero la mujer le detuvo un poco más.

—Los desayunos son a las ocho de la mañana, las comidas a las dos de la tarde y la cena a las ocho, los menús están pegados todos los días en la pizarra de allá. —señalo justo donde estaba la recepción, la pared del fondo. —Por supuesto las comidas ya están incluidas en la cuota.

—Oh, perfecto, entonces…—el huésped reviso su reloj y luego la pizarra. —Tomaré un baño y veré el menú.

La mujer asintió.

Lo primero que Viktor hizo al entrar en su habitación fue dejar la maleta en el pasillo y buscar la cama para después dejarse caer en ella sin ningún reparo, cerró los ojos y antes de quedarse dormido profundamente pudo escuchar a su perro ladrar en forma de reclamo por dejarlo fuera.

-Another City.-

Yuuri no regreso lo suficientemente a tiempo para cenar, se había quedado en el parque fotografiando cosas que fueran de lo más comunes, como una tienda de ropa en oferta, un par de niños en los columpios del parque, un helado derritiéndose en el suelo, el fondo de la fuente lleno de monedas y cosas por el estilo, de alguna manera había logrado hacer de lo cotidiano algo bastante interesante, no solo era una tienda en oferta, era un montón de gente tratando de satisfacer sus necesidades mediante el bajo costo de las cosas.

No solo era un helado derritiéndose, era posiblemente la tristeza momentánea de una infancia, lágrimas y llanto que luego gracias a una sustitución se volvería en felicidad de nuevo, dejando en el olvido la anterior desgracia.

Hubo un momento en el que sintió que las cosas no eran exactamente como se veían en realidad, escondían un pedacito más dentro de sí que no era capaz de ser visible para todos. Una filosofía propia escondida entre las chispas del helado.

Por supuesto mientras regresaba a casa volvía a pensar que esas fotografías que en su momento le parecieron interesantes y con un mensaje detrás, no eran más que cosas banales y sin chiste. ¿Quién en su sano juicio se pondría a pensar en el enigma detrás de un cono de helado aplastado? Nadie.

Suspiro con resignación y simplemente se dedicó a no pensar más en aquella fotografía para la galería, solo le estaba consumiendo las neuronas y la verdad no quería que eso siguiera pasando porque terminaría por tener insomnio y pesadillas.

Al llegar su hermana le dijo que si deseaba comer fuera a la barra, su madre le había guardado algo.

—Ya llegue. —anuncio solo de tomar asiento.

—Bienvenido. —su madre le sonrió y puso frente a él un plato de la especialidad del día. —¿Cómo te fue?

Miro algo decepcionado y luego empezó a comer.

—No tan mal. —respondió.

—¿Ya tienes la foto de la galería?

—Estoy en eso.

—Tómatelo con calma. ¿Si?

Mastico y alzo la mirada, luego sonrió en respuesta.

—Claro.

—Por cierto, ya ha llegado el nuevo huésped. —anuncio la mujer cambiando el tema. Subió una caja a la alacena y se limpió las manos en el mandil.

—¿Ah, sí? ¿Qué tal? —pregunto, aunque más por curiosidad, solo para que no se hiciera silencio.

—Luce amable y agradable, trajo consigo a su mascota, es un caniche. Al parecer le hizo hacer una buena carrera, el pobre venia echando los pulmones por la garganta. —la mujer rio.

—¿En serio? —se llevó el vaso con agua y tomo lentamente.

—Aunque no bajo a cenar, debió llegar muy cansado del viaje. ¿Por qué no vas a subirle algo?

—Lo siento, no puedo, tengo que llamar a unos compañeros para ver que vamos a hacer con los arreglos de la feria. —se incorporó y dio media vuelta en dirección a su habitación.

Al llegar, lo sorprendió un ladrido emocionado y un instante después estaba en el piso siendo babeado por un perro.