- Edward, yo… - Alexander fue callado por los labios del rubio. Edward recorría lentamente la espalda de Alex cubierta por una fina camisa, sus labios se movían rítmicamente contra los del mayor saboreando la suave piel. Las manos del ojiazul bajaban por los costados del torso desnudo del rubio hasta llegar a los pantalones. Edward sintió un tirón que lo atrajo más hacia el cuerpo de Alex lo cuál lo obligó a abrir los ojos.

Repentinamente un sonido llamó su atención, la habitación estaba obscura y Edward yacía recostado sobre su cama; todo había sido un sueño a excepción del sonido que mirando bien provenía de su celular.

- No puede ser… - musitó al mirar el nombre del Coronel Mustang en la pantalla.

- ¿Sabes que hora es? – dijo molesto Edward observando el pequeño reloj en la parte superior de su celular, 2:30 a.m.

- ¿Ya ha llegado tu padre?, no puedo localizarlo en su celular, tengo un asunto importante que hablar con él… - Edward había olvidado por completo que su padre llegaba hoy. Inmediatamente se puso de pié y caminó hasta su puerta abriéndola con rapidez y observando una gran casa en penumbras.

- Aún no, ¿Para que quieres…?-

- Voy para allá – el coronel Mustang colgó. Los dientes de Edward rechinaron y sus manos se cerraron con fuerza, ese sujeto era realmente prepotente y antipático.

2:55, Edward se había vestido para esperar a su padre, quería hablar con el aunque fuera un poco, pero ¿Quién era ese coronel que repentinamente se había acercado tanto a su familia?, ¿Cómo conocía a su padre?. Estaba casi seguro que era debido al trabajo. El apellido Mustang ya lo había escuchado antes y no solo por Emily que se pasa la mitad de la semana en su casa, sino por el mismo coronel; estaba seguro de haberlo visto, pero simplemente no podía recordar del todo. Estar tanto tiempo encerrado en su propia cabeza lo ha alejado del exterior al grado de olvidar detalles cruciales. Se sentía entumido, atrapado dentro de si, pero la pregunta era ¿Por qué?.

A lo lejos se escuchaban las rejas cerrarse, Edward se asomó por un ventanal observando el coche negro del coronel. Al parecer a él también le urgía hablar con su padre; ésta era la oportunidad para preguntar y poder llenar esos huecos en su mente.

Edward abrió la puerta dejando ver a un pulcro y perfectamente uniformado coronel; cerro la puerta y ambos se dirigieron al estudio principal.

- Con el riesgo de sonar estúpido, ¿has venido a hablar con mi padre, cierto? – cuestionó Edward tomando asiento en un sofá de piel color vino ubicado justo en el medio de dos enormes libreros repletos de libros.

- Correcto – se limitó a decir el pelinegro quitando la boina de su cabeza dejando caer unos flequillos sobre su rostro.

- ¿Eres amigo de mi padre? -

- Trabajamos hace unos años en el cuartel general hasta que el fue transferido – hace cuatro años Hohenheim tuvo un trabajo en ciudad central alejándose de casa durante largos periodos de tiempo, algo que Edward si podía recordar.

- Nunca mencionó a ningún coronel Mustang -

- Es curioso que no me recuerdes; yo recuerdo a un chiquillo retraído que siempre al llegar de la escuela se encerraba a leer en la biblioteca por… ¿cinco o seis horas? – Edward bufó ante el comentario de Roy y comenzó a recordar.

Era verdad, cuando Edward tenía catorce años sus padres discutían todo el tiempo, él lo único que hacía era encerrarse en la biblioteca a leer, a esperar que sus riñas terminaran para que él no se diera cuenta que su familia se estaba desmoronando. Pero… ¿Cómo sabía eso el coronel?.

- Solía venir en las noches a discutir unos asuntos con tu padre, supongo que es normal que jamás te hubieras dado cuenta de con quién estaba Hohenheim -

- Ah, cierto. Siempre hablaba con alguien en su estudio… Así que eras tú -

Repentinamente un silencio incomodo se formó. Edward recordaba lo duro que fue aquel tiempo; sus padres planeaban divorciarse y él realmente no entendía o mejor dicho no quería entender el por que, pero la realidad es que su padre siempre le ha dado preferencia al trabajo.

- Alphonse y Emily se han vuelto muy unidos – la voz del coronel se suavizó.

- ¿Qué?, ah… si, es una chica agradable. No tenía idea de que tu eras su hermano – dijo Edward levantándose del sofá para tomar un libro.

- Papá ya tardó demasiado… - mencionó el rubio sacando su celular del bolsillo del pantalón, buscó entre sus contactos y marcó el numero de su padre, sin embargo éste no conectaba.

- ¿A ti no te dijo a que hora llegaría? – inquirió al coronel tomando asiento y abriendo el libro.

- No, solamente quedamos de vernos aquí, como siempre; a mi tampoco me contestó el celular – Roy comenzaba a conjeturar cosas en su mente, se preocupaba por que algo hubiera salido mal al final y Hohenheim estuviera en problemas, sin embargo en ese preciso momento una llave en la puerta llamó la atención de ambos sujetos. Edward se puso de pié para saludar a su padre; al entrar Hohenheim no lucía nada bien.

- Papá, es bueno verte – Edward sonreía manteniendo su distancia, a Hohenheim jamás le habían gustado las expresiones de cariño por lo que Edward siempre se mantenía a lo lejos, buscándolo.

- Edward, te dije que no me esperaras despierto, sube a tu habitación, es muy tarde y mañana tienes escuela – sentenció Hohenheim acomodando una gran maleta junto al sofá y poniendo un maletín negro en el escritorio.

- Pero mañana… -

- Te dije que te fueras, obedéceme por favor – la voz de su padre había sido clara y concisa, Edward ya entendía lo que sucedía, había sido estúpido al pensar que algún día la relación con su padre podría cambiar, que repentinamente el se volvería aquel padre cariñoso que inconscientemente siempre había deseado. El sabía que jamás iba a pasar. Qué estúpido había sido.

Edward soltó una melancólica sonrisa, bajó su rostro un poco dejando que sus flequillos dorados cubrieran su rostro. No lo volvería a intentar. Sus pasos se dirigieron hacia la puerta sin darse cuenta que era observado por unos ojos de tono azul profundo que habían mirado atentamente cada reacción.

- Toma asiento, estoy seguro que esperas escuchar buenas noticias – Hohenheim tomó asiento en el pequeño sofá del otro lado del escritorio.

- Es por eso que estoy aquí -

- Creí que tu padre estaría aquí también -

- Tuvo asuntos pendientes. El batallón que se encuentra en la frontera fue atacado – mencionó Mustang inexpresivo, seguramente Hohenheim ya sabría algo al respecto.

- No… lo sabía – las manos de rubio se detuvieron por un segundo para después recobrar su movimiento y abrir el maletín sacando una serie de documentos que paulatinamente iba entregando al coronel.

- Al parecer la guerra civil en Xing a terminado, ambos bandos han estado de acuerdo en lo mismo. Quieren la porción de territorio de la que fueron despojados. Estos sujetos son personas cerradas, no aceptarán firmar un pedazo de papel que los aleje de lo que creen es suyo por derecho. Sin embargo, logré postergar la fecha de la reunión con el Rey, hasta entonces tenemos un poco de tiempo para establecer un nuevo límite – no era lo que el coronel Mustang esperaba escuchar pero al menos tenían una oportunidad de evitar que lo que más temía sucediera.

- La mitad de los recursos que posee éste país provienen de esa extensión de territorio. No será nada fácil entregarlo así como así. Supongo que a estas alturas no perdemos nada con intentar llegar a un acuerdo. No quiero más muertes -

Finalmente esa noche Edward había logrado conciliar el sueño, tal vez lo que había sucedido la noche anterior había sido lo que estuvo esperando durante mucho tiempo. Bien podría sentirse ofendido, traicionado o abandonado, sin embargo se sentía aliviado, un peso de su cuerpo había sido removido.

Al menos, según el.

Una semana ha pasado precisamente. El ambiente tenso que se vivía unos días a tras se había relajado un poco, al parecer se había llegado a un acuerdo para dividir aquel pedazo de territorio a la mitad, solo faltaba que llegara la fecha de la reunión con el rey de Xing que todos esperaban aceptara el acuerdo.

El coronel Mustang por su parte no baja la guardia, su experiencia e intuición lo obligaban a mantenerse a la defensiva hasta que todo esto terminara de una vez por todas; todos los días movilizaba a su gente para evitar tener sorpresas, la industria armamentista había tenido una gran demanda, todo para que la seguridad nacional no se pusiera en juego.

- Deberías descansar al menos un día. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo diferente a estar en el cuartel? – pregunta la teniente Hawkeye caminando al costado del coronel Mustang.

- Ayer llevé a mi hermana a casa de su amigo – respondió leyendo con rapidez unos documentos.

- No me refiero a eso -

- No entiendo tu pregunta -

En ese momento Riza le arrebató los papeles de la mano y lo llevó hasta su oficina jalándolo del brazo casi como si se tratara de un niño.

- Tanto trabajo no es sano, hoy saldrás conmigo . Cámbiate, nos vemos en la recepción en 15 minutos – finalizó la rubia para salir caminando hacia el vestuario de damas.

Odiaba admitirlo pero realmente hace mucho tiempo no hacía algo diferente a lo usual pero como él lo ve, todo vale la pena. Si ha llegado tan alto en tan poco tiempo es por el arduo trabajo que hace como coronel y por supuesto que no se arrepentía de nada, sin embargo, a veces solo deseaba alejarse de ese mundo lleno de muerte y soledad.

Una vez fuera del cuartel Riza se encargaba de llevar a Roy a un lugar que ella encontraba agradable solo para distraerlo. Ella jamás lo había admitido, pero esa amistad incondicional que le había jurado una vez, poco a poco se había convertido en amor, uno que no tardaría mucho en salir.

En el camino, Roy observaba a través de la ventana pasar los arboles, miraba todo aquello que siempre había estado ahí y que jamás había visto con atención, cuando repentinamente, justo al otro lado de la calle sentado en una banca del parque principal miró a Edward leyendo un libro; últimamente ese chico rubio de ojos dorados se hacia presente a cada momento. No sabía bien que pasaba dentro de si, pero cada vez que lo veía no podía evitar compararlo consigo mismo, era algo extraño. Edward tenía cosas que el podía encontrar en su persona además de ese toque misterioso que tanto le llamaba la atención. Roy a lo largo del tiempo logró desarrollar una habilidad para leer a las personas, sin embargo, Edward le resultaba muy confuso.

Quizá solo eran ideas suyas.

- Hemos llegado – dijo Riza cortando el largo silencio que se había formado en el trayecto. Aparcó en el estacionamiento de un restaurante que desde a fuera se veía muy bien.

Una fuente con un pequeño lago lleno de peces se encontraba a la entrada, la decoración con dragones de madera le daba elegancia y las luces tenues un toque de romanticismo.

Un camarero se acercó a Riza y ésta le indico la mesa que quería para ellos dos. Al parecer había pensado esto con antelación. Roy miraba todo con gran desconcierto, era un lugar muy… diferente a lo que el acostumbra, sin embargo Riza lo llevaba, así que evitaría decir algo que la disgustara, no quería ser descortés.

Ambos cruzaron el restaurante entero hasta llegar a un pasillo con escalones de madera que cruzaban otro pequeño lago y a lo lejos se encontraba una mesa justo en el centro. Roy comenzaba a ver hacia donde iba todo.

- Solía venir a este lugar con mi madre y me padre – comenzaba la rubia abriendo una fina carta dorada.

- La comida se ve deliciosa -

- Lo es -

Riza miraba de vez en vez a Roy a los ojos, como buscando algo en el que le dijera que estaba haciendo lo correcto, sin embargo le era muy difícil encontrar algo en su rostro inexpresivo y serio.

- Deberías pedir el pato, tiene un sabor inigualable – recomendó ella acomodando las manos sobre sus piernas.

- Está bien – Roy levantó el rostro y con una mirada llamó al mesero el cuál tomó la orden y salió rápidamente.

- Es bueno salir sin soldados – dijo Roy subiendo un brazo a la mesa evitando hacer contacto visual con Riza.

- Deberías evitar pensar en todo lo que se refiere a la milicia -

- No puedo evitarlo, mi vida está ahí -

Nuevamente el silencio se hizo presente, ambos miraban todo y a la vez nada. Había un cierto nivel de incomodidad que jamás se había hecho presente, no al menos en todo el tiempo que la llevaba de conocer.

Los platillos llegaron con rapidez, todo lucía y olía delicioso, Roy no pudo evitar saborear lo que observaba cuál niño ocasionando que Riza soltara una carcajada.

- Adelante, comienza – decía Riza mirando divertida a Roy. Esto se miraba más como la época de antaño cuando ambos bromeaban y no había grandes responsabilidades. Era lo que ambos extrañaban.

El sabor del pato era indescriptible, cada vez que colocaba el tenedor en su boca sentía ese sabor recorrer cada papila gustativa, Riza tenía un excelente paladar.

- Roy… hay algo que quisiera decirte – dijo Riza tomando una mano de Roy que reposaba a un costado del plato. Roy tragó en seco y clavó la mirada en el rostro de la rubia. Sabía que había algo diferente ésta vez.

- Después de todo lo que hemos vivido juntos, no tengo miedo de mostrarte como soy y tampoco de ocultarte lo que siento – su voz se mantenía firme pero tranquila, como generalmente lo hace cuando hablan fuera del trabajo.

- Roy, estoy… - titubeó un instante pero rápidamente recobró la compostura – enamorada de ti -

Riza le estaba confesando su amor. La chica que jamás pensó que desearía tener una relación con alguien como él acababa de romper con todos esos pensamientos. Él también después de convivir mucho tiempo con ella había desarrollado cierto aprecio superior al cariño de una amistad fraternal. Tal vez era hora de aceptarlo y vivir un poco…

- Riza, lo siento… - las palabras salieron sin pensar, los ojos de Riza se entrecerraron como si algo se hubiera roto, él mismo no entendía lo que sucedía.

- No creo que… - iba a continuar pero la mano de Riza calló sus palabras.

- No tienes que darme una respuesta ahora, solo quería que lo supieras – la rubia agachó la cabeza sonriendo para si misma, lo había hecho y no había vuelta a tras.

La cena continuó callada e incomoda. Ambos terminaban sus respectivos platillos y se dedicaban una que otra mirada, pero ninguna palabra más se cruzó.

Al salir del lugar, ella quería irse sola, no soportaría viajar junto a él después de todo lo que había sucedido, sin embargo él se ofreció a llevarla y no tomaría un no como respuesta.

Una vez que ya habían llegado, él la dejó hasta la puerta, ella le dedicó una sonrisa más y le dio un beso en la mejilla agradeciéndole la agradable tarde. Estaba un poco dolida, pero no dejaría que se notara.

Él solo la miraba, se sentía un cobarde, no terminaba de entender que había sucedido…

La puerta se cerró.

El subió al auto y comenzó a manejar hacia su casa sin dejar de pensar en que se había comportado como un patán.

La luz del semáforo se puso en rojo, él se detuvo y paso sus manos por su cabeza en forma de desesperación soltando un golpe al volante, ¿Qué carajo estaba pasando?.

Giró su rostro y miró por la ventanilla del auto la banca en la que Edward estaba sentado horas a tras y para su sorpresa él seguía ahí, acostado sobre la banca, en plena hora de la noche.

Su ceño se frunció y giró con rapidez el auto para estacionarse. Bajó del auto y justo cuando estaba asegurándolo observó a un par de sujetos acercarse al rubio.

Inmediatamente su cuerpo se tensó, algo iba a salir mal.

Un golpe en el estomago lo obligó a despertarse, el libro que descansaba en su pecho calló al suelo, inmediatamente abrió los ojos y trató de respirar, sin embargo ésta simple acción le produjo un dolor intenso. Se puso de pié un poco mareado observando frente a él a dos sujetos con capuchas.

- Si nos das todo tal vez no te mueras, idiota – uno de ellos sacó una navaja y lo acorraló contra la pared justo detrás de la banca.

Edward comenzó a respirar profundo, primero tenía que calmar el dolor antes de intentar algo.

El segundo sujeto se acercó más a él tomándolo por un brazo e intentando sujetarlo por el cuello, sin embargo Edward en un rápido movimiento lo derribó dándole una patada baja.

El otro sujeto inmediatamente corrió hacia él soltando un golpe con la navaja…

Un ronco gemido se escucho, Edward lo detuvo con la mano de la cuál comenzó a brotar sangre.

En ese momento apareció otro sujeto de mayor estatura lanzando al suelo de un solo golpe al tipo de la navaja, Edward casi no pudo mirar como caía debido a la rapidez del golpe y de todo lo que pasaba.

- ¿Estas bien? – cuestionó el pelinegro observando la mano de Edward; este asintió y retrocedió un poco.

Ambos sujetos se pusieron de pie con un poco de dificultad y comenzaron a correr.

Edward se quitó la chamarra y cubrió su mano con la misma para evitar el sangrado, levantó la cabeza y se encontró con los ojos azules del Coronel.

Nuevamente aparecía de la nada.

Ésta vez para salvarlo.