Capitulo 2

Bella se paró sobre el parapeto que daba a los vastos campos y al bosque distante que pertenecían a su padre.

No, ya no.

Él estaba en camino. Bella podía sentirlo, percibirlo en el viento que hacía danzar las copas de los árboles en la lejanía. El caballero normando venía a tomar posesión de su hogar y no había nada que ella pudiera hacer. En realidad, nada que nadie pudiera hacer. Ni siquiera su padre. ¿Tan salvaje era el norman do, que Lord Charlie Swan se había rendido ante él? La idea aùn la aturdía. Su padre nunca había perdido una batalla.

Lord Charlie era un guerrero conocido por todos los sajo nes desde que era comandante del rey Dimitri. Había lucha do contra Marco, padre de Aro de Wessex, que planeó una fracasada rebelión contra el rey luego de que Dimitri ascen diera a un obispo normando a arzobispo de Canterbury. Los Marco fueron desterrados, pero regresaron un año después y se ganaron la aceptación del pueblo. El rey Dimitri les de volvió el favor y, por haber peleado contra los Marco, envió a Charlie a vivir entre los turcos durante un año. La intención era castigarlo, pero el padre de Bella inició una relación amistosa con los turcos seljúcidas cuando luchó con ellos con tra sus enemigos bizantinos. Regresó con tesoros de sedas de damasco y una nueva doncella llamada Alice para servir a su esposa. Bella tenía diez años por ese entonces.

Lord Charlie era un gran guerrero y viviría para pelear otras batallas, de eso Bella estaba segura. La sangre sajona le corría profundamente por las venas... al igual que a ella. Pe ro su lucha por Forks había terminado. Había perdido y ahora tenía que irse.

Bella miró sus tierras.

—Yo, en cambio, nunca me iré —declaró desafiante, fijan do la vista en el lejano bosque como si el normando pudiera escucharla—. Nunca me rendiré ante ti. —Se abrazó y levan tó el mentón enfrentando al frío que le respondió. Su túnica de lana se sentía delgada contra el viento.

No sabía nada de él, excepto las habladurías que había es cuchado de sus doncellas. Su amigo de la infancia, el duque Jacob de Normandía lo llamaba "Edward el Apasionado" por su fervor por la vida. Se decía que nunca había perdido una ba talla porque su apetito de victoria era más poderoso que el de cualquier oponente al que se había enfrentado.

Bella se preguntaba qué le haría la traición a un hombre así. Según decían Angela y Alice, la prometida de LordEdward ha bía sido sorprendida en los brazos de uno de sus guardias. Las doncellas de Bella se preocupaban por los rumores: decían que su nuevo señor normando se había vuelto frío. Bella ha bría sentido pena por él, si no lo hubiera odiado tanto.

Él trae el frío.

El roce de una mano en el hombro rompió el hilo de sus pensamientos y Bella giró para sonreírle a su padre.

Lord Charlie dio un paso hacia adelante y miró a la distan cia rodeando a su hija con un brazo.

—No puedo protegerte de esto, Isabella.

—Lo sé —ella contestó tranquila y apoyó la mejilla contra su ancho hombro. Aun a la edad de cuarenta y dos años su padre era un hombre imponente, un guerrero, salvaje a su modo. Pero, pensó Bella con dolor, no lo suficientemente salvaje.

—¿Él es horrible, padre? ¿Tiene el cabello enredado y largo y colmillos afilados?

l,ord Charlie rió suavemente y apretó el brazo alrededor de ella.

— No, hija, no tiene colmillos. Es bastante apuesto para ser un normando. — Hizo una pausa, recordando al hombre con el que se había enfrentado en la batalla. - Es extraño -la palabra rodó de la lengua de su padre; estaba cargada de curio sidad y de algo que Bella aún no llegaba a comprender.

—¿Qué sucede, padre? —levantó la cabeza esperando que le informara que su prometido tenía una cola bifurcada.

—El normando... es un bribón extraño. Luego de ser cap turado, me llevaron a un pequeño claro en el bosque con el res to de mis hombres. Él se acercó, había otro hombre con él. Me dijeron que era su hermano, un caballero poderoso que derro tó a muchos de mis hombres con su espada. Hablaron un rato y Lord Edward rió. Por un momento, mi mente no pudo comprender que ése fuera el mismo hombre que me había vencido.

—Por qué no? —preguntó Bella, cautivada por el soni do hipnótico de la voz de su padre.

—Parecía... —Lord Charlie sacudió la cabeza, le costaba encontrar las palabras precisas para describir al guerrero — inocente, casi como un niño, como si no supiera qué era el odio, o la rabia. No había nada frío o calculador en su sonri sa. Y luego esa inocencia se esfumó cuando sus ojos se encontraron con los míos y supe que en realidad sí era él contra quien había luchado en el campo de batalla. Me pareció extra ño que alguien pudiera verse de esa manera y luchar con tan poca piedad. —Su padre inclinó la cabeza hacia el costado y la miró. — Tiene un rostro engañoso, Isabella. Deja que la pre caución te guíe con este hombre.

—Lo haré, padre — prometió, irguiéndose para mirar de nuevo sobre el parapeto.

Lord Charlie estudió a su hija con ojos llenos de remordi mientos.

—Si pudiera de alguna manera evitar que este matrimonio tenga lugar... —su voz se perdía mientras fijaba su vista en las puertas de madera que llevaban al castillo-. El rey Dimitri ya está aquí para asegurarse de que el normando te despose y el duque Jacob llegará esta noche.

Bella irguió los hombros haciendo que su padre deseara abrazarla una vez más. Ella era su hija, orgullosa y fuerte ante cualquier peligro, pero su intento de parecer valiente frente a él le rompió el corazón.

—Haré lo que sea necesario para permanecer en mi hogar, pa dre. Nunca me quitará Forks. Mamá todavía vive aquí, en el jardín de las hierbas, en las caballerizas. Todavía puedo sentir su presencia cosiendo e hilando en la estancia. Crecí con mucha de la gente de aquí. ¿Recuerdas cuando tenía siete años y la cocine ra me dejó ayudarla a preparar la cena? Usé algunas de las hier bas de mamá para el guiso y casi enveneno a todo el castillo.

—Sí, tu guiso de cicuta. ¿Cómo olvidarlo? - El padre rió.

—¿Y el viejo Gavin, el herrero, que me enseñó a hacer mi primera herradura?

Su padre asintió:

—Intentaste ponérsela a mi corcel y la bestia dio una pata da. No te tocó, pero caíste de espaldas y te golpeaste la cabeza con una pala.

—El pobre Gavin lloró una semana. -Bella sonrió re cordando su vida en Forks.

Otra brisa helada agitó sus largos mechones bermejos y ella levantó un delgado dedo para quitarse de los ojos el pelo.

—Sobrevivirè a este Nombre del mismo modo que sobre vivo a los duros inviernos de este lugar.

—Ven adentro, Bella. —Su padre le tomó la mano para consolarla. Pero ella sacudió la cabeza.

—No, quiero verlo cuando llegue —le aseguró, marcando cada palabra—. Quiero que sienta mi presencia aquí. Le envia ré mi odio con el viento. —Fijó los ojos en las copas distantes de los árboles. Su padre sabía que era inútil discutir con ella. Era obstinada, y si pretendía que el normando sintiera su odio, de seguro lo sentiría.

Sir James observó al padre de Bella desaparecer por el co rredor antes de salir al parapeto. El joven caballero inglés ha bía llegado con el rey Dimitri unos días antes. Cuando vio a la bella Bella Swan, supo que lamentaría por siempre no haberse unido a la batalla con Lord Charlie y no haber ga nado la mano de esa criatura fogosa, y su castillo.

Se movió en silencio estudiándola desde atrás antes de anunciar su presencia. El cabello ondulado caía pesado sobre la espalda. Sus piernas eran largas y bien formadas enfunda das en calzas negras de lana y botas de montar de cuero que le llegaban a las pantorrillas. No se había vestido especialmen te para recibir a su prometido, al contrario: se había esforzado por ocultar su belleza. James sonrió con lascivia detrás de ella. La vestimenta que había elegido Bella fracasaba miserable mente en su cometido.

Bella se dio vuelta, aunque James no había hecho ni un ruido. Y al verlo, puso los ojos en blanco dejando que su des precio por el caballero inglés surgiera libremente. No le gus taba ese hombre que parecía estar siempre moviéndose de manera furtiva en las sombras observándola con sus peque ños ojos oscuros. Era alto y delgado y colocaba relleno en sus calzas en un intento por que su virilidad pareciera indecente mente grande.

—Váyase —le ordenó con aburrimiento.

James dio otro paso hacia adelante.

—¿Acaso está tan deseosa de ver a su guerrero normando que lo espera de pie helándose en el frío?

Bella no le contestó, porque aunque él hacía un esfuerzo por parecer preocupado por su bienestar, ella escuchó el leve tono sarcástico de su voz que había llegado a conocer tan bien en los últimos días.

—Él no la quiere, sabe —James se paró junto a ella. Apoyó la espalda contra la baranda del parapeto, y absorbió toda la belleza de Bella con sus pequeños ojos negros.

—Eso no me importa —respondió ella bruscamente, sin mirarlo.

El caballero arqueó una ceja.

—¿De veras? -preguntó risueño, curvando la comisura del labio superior escondido bajo un fino bigote—. ¿No la ofende que se obligue a este hombre a desposarla? Lord Edward ha aclarado perfectamente que no desea ser su esposo. De hecho, el rey tuvo que convocar al duque de Normandía para que vinie ra aquí en un esfuerzo por evitar una batalla —James estudió los suaves, blancos contornos del rostro de Bella mientras ha blaba y sonrió levemente ante el casi imperceptible surco en tre sus delicadas cejas—. Preferiría luchar contra los sajones que casarse con usted, mi señora, ¿y pretende decirme que eso no la ofende?

—Ésa fue mi respuesta. —La expresión de Bella no ha bía cambiado, ni tampoco el tono helado de su voz. ¿Por qué tendría que importarle si el salvaje quería casarse con ella o no? Pero aunque intentara negarlo, en realidad se preguntaba por què el lord normando pretería luchar antes que ser su esposo. ¿Odiaba tanto a los sajones? ¿Acaso su rechazo tenía que ver con la infidelidad de su prometida?

—Sus manos delatan disgusto, mi señora. —James ronroneó, acercando su rostro al de ella-. ¿Le da asco la idea de compar tir el lecho con el normando?

Incapaz de seguir soportando el sonido de su voz, Bella dio media vuelta para colocarse frente a él.

— No, es usted quien me da asco, Sir James.

Los ojos del caballero inglés ardieron por un momento an tes de tomarla de los hombros.

—No diría eso si sintiera mi virilidad penetrándola profun damente -intentó besarla, pero Bella echó la cabeza hacia atrás y luchó con furia hasta librarse de sus brazos. Alzó la ma no y le pegó en el rostro con toda su fuerza.

—Informaré a mi padre y al rey de inmediato sobre su comportamiento y me aseguraré de que sea castigado —le es cupió.

Ignorando el ardor que le había producido la bofetada, James le hizo una seña de que hiciera lo que quisiera.

—Le diré que me rogó que la sacara de aquí, o que usó sus encantos para hechizarme y convencerme de que me acostara con usted. No habrá matrimonio si el rey piensa que estuvimos juntos. Usted perdería su preciosa tierra —James le sonrió, pero sus ojos ardían—. Nunca vuelva a golpearme, porque si lo hace, tomaré lo que quiero y la de jaré para que la encuentren los otros caballeros —comenzó a caminar de regreso al castillo, pero se detuvo y se dio vuelta para mirarla una vez más—. Tal vez lo haga de to dos modos.

Bella lo observó alejarse. Un escalofrío le recorrió la espalda. Volvió la vista hacia el bosque, una vez que se asegu ró de que el odiado caballero se hubiera ido. Dios. Rezó en silencio para que el salvaje normando no fuera como Sir James.

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