—¿Ya has puesto a todo el local de cabeza?

—¿Qué te apetece cenar? Me han hablado muy bien de los rigatonis rellenos.

—No sé que son los rigatonis —le mira aún un poco... bueno, con ojitos tristes sin poder evitarlo.

—Lo averiguaremos ahora que vuelvan a ponerlo todo en su sitio —sonríe.

—Si es que pueden. Habitualmente es imposible, por más increíble que suene.

El moreno se ríe, mas Germania suspira un poco.

—¿Cómo ves la ciudad?

—¡Me gusta mucho! Aun no hemos visto casi nada y ya estoy de nuevo enamorado de ella.

—Un desastre, llena de gente, puedes ir a toda velocidad en la moto esa, darme un infarto cada dos pasos y están tus construcciones aún —reflexiona —. Sólo le faltan las dichosas termas y es prácticamente lo mismo de antes.

Roma se ríe más con toda esa descripción.

—Ah, y falta decir que hace calor como si estuviéramos en un volcán. En realidad no me extraña que te enamores —puntualiza.

—¿Por qué lo dices? Ya sabes que a mí me enamoran las cosas frías y silenciosas —estira una mano hacia él.

—Claro que no te enamora ninguna cosa fría y silen... —se calla al darse cuenta que habla de él... Y se sonroja un poco mirando la mano de reojo antes de vacilar un poquito y darle la suya —. Oh.

Vueeeeeeelve a reírse y el sajón le acaricia un poquito la palma y le mira a los ojos y la risa estúpida e incansable del romano le relaja un poco. Siempre le ha gustado que se ría.

Entonces cuando vienen a ver qué quieren de comer y Roma vueeelve a pasarse media hora hablando con el camarero como si le conociera de toda la vida preguntándole por toooodos los platos de la carta.

Germania le escucha toooodo el rato haciendo los ojos en blanco por intervalos. Eventualmente interrumpe pidiendo un plato de espagueti a la boloñesa. Seguro nadie le hace caso y menos aún con su acento.

Roma y el camarero griiiitan y llaman a alguien de los que habían estado hablando antes, pronto todo el restaurante está metido en la conversación que de alguna forma misteriosa acaba derivando en el futbol.

Germania trata de seguirles... Pero es que hablan muy rápido y a muchos gritos y es peor que cuando van todos los latinos a casa. Les mira a todos boquiabierto después de un ratito, empezando a marearse. La magia para conseguir que a la próxima vez que vaya le sirvan "lo de siempre" y en "su mesa".

Se imagina un momento a sí mismo haciendo lo mismo que el romano. Riendo y hablando hasta por los codos de cualquier cosa a gritos, casi tiene un escalofrío y sacude la cabeza saliendo del ensimismamiento cuando al fin les traen la comida. Con tanto rollo y tanto ruido ya hasta se le olvidó que se le había espantado el hambre.

De hecho, nadie sabe qué es lo que han pedido ni lo sabrán nunca, pero seguro es lo mejor que había en la cocina. Germania parpadea... Porque esto no parece espagueti a la boloñesa. Aunque huele bien... Jodidamente bien. Se pregunta si Roma va a segur parloteando con todo el mundo hasta que salgan de ahí, le pone una mano en el brazo para llamar su atención.

Al notarlo, parece que no le hace caso, pero Roma deja de reírse tan histéricamente y no responde más con asentimientos para cortar la conversación suavemente y volverse al sajón.

—Tienes que aprender italiano, amore. Piero me estaba contando la historia más graciosa del mundo, se ve que es una mujer que tiene un perro que se llama Mistetas y…

—Esto no es lo que pedí —señala el plato el cuadrado germano, sonrojándose porque no crean que no le gusta que le llame amore...

—¿Eh? Ah, non? —descolocado mirando los platos.

—Pues yo había pedido ese plato que prepara Veneciano que le llama Spagueti Boloñesa —se lo ha aprendido bien, no crean que no.

—Bueno, no pasa nada, seguro está buenísimo igual.

El rubio huele un poco. Sí que huele bien. Asiente y le hunde el tenedor, mirándole de reojo.

—Hace tiempo que no te veía así.

—¿Así cómo?

—Hablando con todos así... Bueno, en casa también lo haces, pero creo que menos gente te sigue.

Sic... ahí sois todos un poco más serios y secos pero no pasa nada —sonríe.

Le mira y cierra los ojos en el primer bocado porque venga... Pueden ser toooodo lo ruidosos y molestos que quieras, Germania, pero sí que saben hacer de comer.

—No te viene mal venir de vez en cuando... —se relame.

—Insisto en que deberías aprender italiano.

—Lo entiendo bastante bien. Si no hablaran como si alguien los estuviera persiguiendo... Entendería casi todo.

—No para que lo entiendas, para hablarlo tú mismo.

—Veneciano y Romer me entienden bien —razona después de comerse un trozo enorme.

—Cuando hablas en alemán.

Ja. ¿Para qué querría hablar italiano? —levanta las cejas. El romano sonríe enigmáticamente.

—¿Sabes lo que hablábamos antes?

Was? ¿Antes de venir a comer? —desvía la mirada avergonzado por el lloriqueo.

Roma asiente, a lo que el sajón gruñe un poco y le da un trago lo suficientemente largo a la cerveza como para terminársela.

—He estado estudiando y leyendo, ¿sabes?

Germania se limpia la boca con el dorso de la mano y le mira.

Ja, con libros y esas cosas que haces todo el día.

Sic, hay un montón muy interesantes.

A decir verdad... No le encantan. Es más fácil ver la televisión, porque lo que hay en los libros parece muy complicado... Pero Roma sí que los lee. Asiente el cual si fuera muy entendido en el asunto.

—Lo sé.

—¿No hay ninguno que te llame la atención?

Deutschland tiene unos de guerra —asiente. Y la verdad, es que le gustan los que tienen fotos.

—Ah, sé cuáles son esos, los de las guerras que hicieron los chicos.

Asiente porque además le ha gustado mucho verlos con Alemania y con Prusia... Incluso Austria ha entrado a la conversación. Y le han sacado algunos trajes y ha sido una cosa muy interactiva y poco relacionada con el libro.

—Son los de historia —asiente—. ¿Te imaginas que los hubiera sobre nosotros también?

Germania parpadea.

—No se podría porque nosotros no teníamos esas... —se lo piensa un poquito —, fotografías.

—Podría ser con dibujos... de hecho lo importante es lo que explican, ¿sabes?

—Pero nadie sabría explicarlo porque hoy no hay nadie que haya estado entonces y lo explique.

—Pero aun así hay gente a quienes les interesa, ¿no? Si no, no habrían protegido mis edificios y guardado las pocas cosas que encontraron de ti en los museos.

—A nuestros hijos, probablemente —asiente pensando otra vez un poquito en lo muy, muy interesado que estaba Alemania en Roma y esas cosas.

—No creo que sólo a nuestros hijos... es decir, tú mismo has dicho lo de trascender, si no hubiera interesado a muchas personas habría sido imposible.

Se revuelve un poquito porque no sabe realmente si hay mucha gente interesada en él... Aunque sí había visto lanzas suyas... Y algunas de sus cosas en museos, pero él no tenía un coliseo.

—Trascender. Supongo que... Bueno, alguien debió interesarse, ja. Tuyos hay muchos libros, los he visto en casa de Deutschland.

—Pero no se puede contar las historias de Roma y sus guerras sin hablar de los pueblos germánicos.

Nein, eso es verdad... Aunque no se acuerden. Finalmente nadie te dio tanta pelea como yo.

—Quizás alguien piense que tú hacías las cosas bien pero no conozca bastante de la historia.

—¿Sabes de alguien así? —levanta una ceja —, como me digas que es Deutschland...

Non... pero tal vez podríamos encontrar a alguien, ¿no crees? Si lo hubiera... eso sería como haber trascendido aun sin tener grandes edificios.

El rubio se lo piensa, frunciendo un poquito el ceño.

Ja. Pero...

—¿Ajá?

—¿Y si no hay nadie? —desvía un poco la mirada —. Si ni mis hijos están interesados...

—Insisto en los museos, no habrían guardado nada. Y ya te lo he dicho, si están interesados en mi, tienen que estarlo en ti.

—¿Y de donde sacamos a ese alguien a quien le interesa hablar con nosotros?

—Pues... se me ocurre a donde ir. Pero será mañana. ¿Quieres venir conmigo? ¿Te haría ilusión?

—¿Aquí? ¿Crees que alguien AQUÍ esté interesado? —se imaginaba alguien en su casa.

—Bueno, aquí están seguro los que se interesan por mí y creo que una cosa puede llevar a la otra. Además, si a mí me gustas, es lógico creer a mi gente les gustarás también. Quizás hasta más que en ningún otro lugar.

—Q-Quizás... No... Yo... —carraspeito, sonrojado —, bueno, no perdemos nada con averiguarlo.

—¡Bien! ¡Esa es la actitud! —sonríe y piensa en si contarle el resto del plan... la voz de Helena en su cabeza le recuerda que mejor ir lentamente.

Quizás mejor después de que viera la universidad... Si le metía la idea de tener un trabajo tal vez sería más fácil convencerlo de quedarse a vivir.

—Aún así, tengo que pensar qué hacer.

—¿Qué tal si vamos a tomar un helado y a ver el foro para si te inspiras?

—Veneciano dijo que los helados aquí son muy buenos —le brillan un poquito los ojos, aunque no quiera aceptarloooooo.

Roma sonríe ampliamente y se vuelve para pedir la cuenta.

Le mira hacer pensando que quizás... Bueno, sería interesante encontrar a alguien así, y si hay libros de Roma quizás de verdad alguien haya escrito algo de él. Al final él le había MATADO. Algo tendrían que haber puesto al respecto en algún sitio. La comida, la bebida y un poco las risas y actitud del romano hacen que se sienta un poquito mejor...

Después de haber bromeado con todo el mundo y haberse despedido con abrazos y besos salen por fin a la calle y Roma le toma de la mano.

—Le pregunté a alguien.

—¿Él qué? —le mira de reojo mientras andan por la calle.

—De los helados —muy orgulloso.

—¡Ah! ¿Y qué te han dicho? —sonríe pensando que parte de la discusión que ha tenido antes de irse del bar ha sido precisamente sobre cuál es la mejor heladería de la ciudad.

—¿La verdad? No sé si... No se sí hay muchos lugares, o si no hay... O si todos son buenos o si saben a caca...

—¡A mí me parece que cualquier heladería de Roma es la mejor heladería del mundo!

—Es que me dijo muchas cosas a la vez... —el agobio. El latino se ríe y le apoya la cabeza en el hombro —. Siempre he tenido problemas iguales en este sitio. Era un desastre llegar a tu casa.

—Adoro este sitio. Nada más tienes que conocerlo mejor.

—Es de verdad ruidoso... Y todos gritan y es desordenado...

Roma le da un beso en la mejilla, a lo que el germano le mira de reojo y se sonroja un poco.

—Es igualita a ti. No ha cambiado en nada.

—Y por eso te gustaaaa —risita idiota.

—¡No me gusta! —protesta con el ceño fruncidito... Ya claro, Germania...

Riiiiisas. El sajón le mira de reojo con su cara de huelepedo... Y se le escapa una sonrisita leve sin poder evitarlo.

—Lo que pasa con este sitio... No es que me guste.

—¿Ajaaaa?

—El problema es que... —mira a su alrededor, y sí... Roma tiene ese aire familiar. Eso mismo que odiaba y admiraba antes... Menos imperial, ahora más... Nueva, con cosas distintas, pero sí se parece a algo que conoce —, me recuerda a antes. Más que mi casa.

Deja de reírse idiotamente y le abraza.

—Lo cual es algo que nunca, nunca, creí que pasaría —se deja abrazar.

—Me alegro de que te sientas bien aquí —susurra.

—Eso es mucho decir... Pero creo que al menos aquí podría llegar a algún sitio si tuviera que hacerlo... En casa... Es que no hay NADA que reconozca.

—Por ejemplo, estoy seguro que el foro ya tendría que estar por aquí —mira alrededor.

—No me acuerdo del foro.

—¡Qué no te vas a acordar! ¡Mira! —tira de él y corre hasta las ruinas. Se queda paralizado con la boca abierta al verlas.

—Pues no me acuerdo que hubiera un... Oh...

Le aprieta la mano, sin habla. Germania levanta las cejas y abre un poco la boca... Porque el Coliseo... Parecía el coliseo. Esto era un poco más...

—A-Aquí había... había... —es que el que no estuviera el circo ya le shockeo pero ver el foro en este estado...

Germania le pone la otra mano en el hombro y aprieta un poco. Roma parpadea y da un pasito adelante.

—Mira cuanta gente hay viéndolo, de todos modos —nota.

—Ahí... estaba el sastre. Cinco generaciones... eran mis amigos... ahí había una casa de Meretrices. Conocía a todas las chicas y siempre me sonreían... ahí estaba la tienda de pescado y la de frutas. Ahí podías conseguirte calzado y ahí había una herrería y ahí estaba... —va señalando de un lado a otro con los ojos empapados en lágrimas.

Germania traga saliva y nota que a pesar de que es verdad que Roma tiene ALGO que ver y abrazar... ha perdido igual que él todas las cosas, y a casi todas las personas que le ligaban a sus tiempos.

—Y... ¡GAIUS! —chilla de repente.

Was?!

—¡Gaius! Le enterramos por aquí —sale corriendo de nuevo tirando de él.

—Sus restos los incineramos. Hicimos un templo... y —se queda paralizado, callándose a media frase, levantando mucho las cejas. Germania le sigue pues claro... Levantando las cejas.

—¿Cual templó de qué? —nota el paralizamiento —. Was? ¿Qué pasa? ¿No está?

—Sí está —susurra. Germania se alegra, sinceramente... Mirando hacia donde él ve —. Hay... flores.

—¡¿Flores!? —levanta las cejas al notarlo —. No puede ser que traigan flores para él —flipa con la idea y tira de él un poco para que se acerquen.

—Es aquí, justo aquí.

—¿Me estás... diciendo que la gente hoy por hoy... trae flores para él?

—¡¿Pues no lo ves?!

—¡Es que no puedo creerlo! —confiesa —. ¡Es absurdo! Es como si al menos en alguna proporción... Nunca te hubieras ido.

El moreno sonríe un poquito, sonrojándose DE VERDAD. Germania le mira a los ojos y nota el sonrojo, levantando un poco las cejas.

—¿Cómo lo haces?

—Gaius Iulius Caesar —proyecta la voz, que no grita, pero suena bastante alto—. Fuiste un gran hombre y no bromeaba cuando dije que Romae siempre te llevaría en su corazón. Romanos... estoy orgulloso de vosotros.

(En algún lado de España, Romanito siente una perturbación en el universo... Y sonríe.)

Germania le mira hacer... Y mira a los romanos a su alrededor. Seguro llama la atención de más de alguno. Y seguro también hasta las piedras de la ciudad vibran un poco. Seguro. Creo que hasta a Germania se le pone la piel de gallina.

Roma le sonríe a la tumba con calidez y luego se vuelve a Germania sonriéndole también. Germania le mira fijamente... Y suspira levantando las dos manos.

—Me rindo.

—¿Eh? —parpadea.

—De verdad... Intenté acabar contigo. Veo que es un esfuerzo completamente inútil —se encoge un poco de hombros y se le acerca.

—No es lo mismo acabar conmigo que con mi memoria y legado.

—Aprendí eso hace mucho... Pero esto —extiende los brazos —, es... Impresionante.

—Bésame —le pide firmemente. El rubio parpadea sin esperarse eso. Traga saliva... Y se le vuelve a poner la piel de gallina —. Bésame aquí, frente a su tumba para que sepa que he vuelto a casa y me sonría desde el hades.

Aprieta los ojos con eso, y aún así, da un paso hacia él, le pone una mano a cada lado de la cabeza. Abre los ojos y le mira fijamente. Roma le sostiene la mirada.

—Nunca te fuiste —asegura acercándose a él y besándole con quizás incluso más fuerza de la necesaria.

Roma se lo devuelve cerrando los ojos y ahora sí que debe temblar las piedras... nadie nunca sabrá si fue por el metro. Y casi que sólo falta que caiga un rayo. Y por alguna razón Germania se siente en parte perdonado por la ciudad de Roma. Se los quité... Y lo traje de vuelta.

De hecho, Roma es un "¡HA! IN YOUR FACE!" a Julio Cesar. Al imperio y a la ciudad entera de... "Ahora nadie me dice a quien puedo o no puedo amar". Y creo que alguien les silba.

Y a Germania le da igual en realidad. Le abraza contra sí porque... A pesar de todas las cosas que no le gustan ahora, ESTO en concreto con Roma hoy por hoy es más simple y menos angustiante. Y así sigue Roma comiéndoselo en plan adolescente rebelde. Maravilloso.

Es Germania el que se separa un poquito después de un rato, aunque aún le tiene prensado de la ropa. Sonrojadito, con los ojos cerrados. Roma sonríe, satisfecho. El sajón se relame sin poder evitarlo, el corazón lo tiene aceleraaaado.

—Ehm...

—¿Ajá?

—Yo...

Cariñito en la cara.

—Te... —le mira.

Se le encoge un poquito el corazón con la expectativa.

—… Eché mucho de menos —susurra cerrando los ojos... quizás no es lo que esperabas, Roma, pero es otra cosa también... importante. Roma aprieta un poco los ojos, sonríe y lo abraza —. El mundo no era tan bueno sin ti como pensé que sería —agrega con sinceridad —. Desaparecí.

—Te quiero mucho.

—He llegado a la conclusión de que yo a ti también —murmura con su voz grave y su aparente frialdad.

—¿Has llegado a la conclusión racionalmente, hombre de hielo? —se separa un poco y le mira a los ojos con una ceja levantada. Germania suelta el aire por la nariz medio en risa y junta sus frentes hasta tocarse.

—Hombre de hielo. Me gusta ese apodo —responde con una mueca de sonrisa de lado. Roma se ríe suavemente también y le da un besito rápido en los labios con los ojos cerrados —. Quizá no sólo racionalmente...

—Ah, non?

—A veces se siente un poco aquí —le pone una mano en la parte alta del abdomen.

—¿Un poco?

Hace los ojos en blanco.

—Vale, a veces se siente aquí... Y aquí —le sube la mano al pecho —, y aquí —se la pone un poco en el cuello y se sonroja desviando la mirada —, y a veces... es tan fuerte que... es lo único que se siente.

—¿Aquí? —pregunta poniéndole la mano en el cuello, extrañado.

Ja... Aquí... Y aquí y aquí y aquí y... —le señala la cabeza y los brazos y en si quiere decir que le siente en todos lados. Esas veces que te lo llevas de calle como si fueras una ola, Roma.

—¿Sabes dónde lo siento yo? —mano directa a las regiones vitales sajonas y se ríe un poco maligno. El germano da un salto y se sonroja, tomándole de la muñeca.

—¡Eso es otra cosa! —protesta. Roma se ríe, soltándole y Germania se pone la mano en las regiones vitales como protección —. Eres un pervertido.

—Ya sé que es otra cosa —le guiña un ojo.

Y ha de admitir... Que sólo con el toqueteo tiene las regiones vitales un poco felices... Lo cual es bastante para lo que había estado pasando últimamente. Se sonroja más al notarlo conscientemente.

—Eres... Yo... —carraspea y se organiza un poco.

—Y aun así me gusta que me lo digas.

—¿Que te diga que eres un pervertido?

Non, que sientes que me quieres —sonrisa. Germania se rasca la mejilla y revuelve un poquito.

—Tú has dicho que también lo haces.

—Es verdad.

—Ahora no me molesta oírlo —confiesa. Y aunque sé que suena mal, lo que quiere decir es que ahora no cree que sea mentira.

—Ahora yo puedo decirlo si quiero, cuando quiero y a quien quiero... sin miedo de morirme.

—Cobardica —sonríe de lado.

Quid?

—Te daba miedo morirte.

—¿Y a ti no?

—Me daba mucho más miedo ser parte de tu imperio —le toma de la mano caminando un poco por ahí.

—Cobardica.

Germania le mira de reojo, y le da hombro con hombro, no muy fuerte.

—¿Qué vamos a hacer mañana además de buscar lo que me has dicho?

—¡Verlo toooooodo!

—Y reconquistar tu ciudad. Verdammt. ¿Sabes que Deutschland me explicó que hay una ciudad adentro de la ciudad? Preussen dijo que soldados de Schweiz la cuidan vestidos de payaso.

—¡Lo he leído también!

—Es lo último que faltaba —niega con la cabeza —. Aunque veo que al menos alguno de mis hijos no se dejó idiotizar y trajo soldados.

—En realidad no es una ciudad, es un país y sus soldados la protejan.

—Es... Lo mismo.

—¡No lo es! —risas.

—Bueno, como sea. Hay soldados que te arrancarán la cabeza —otro golpecito con el hombro.

—También quiero ver eso.

—Bah, ya verás que sí lo hacen —se detiene en la calle y suspira mirando a su alrededor —. ¿Has notado que aquí... tampoco hay caballos?

—Ni siquiera había tantos más que los que tiraban de carros antes... y ahora hay coches.

El sajón suelta el aire un poco decepcionado porque es una de las cosas que echa más de menos.

—¿Y sabes que tampoco creo que funcione ya? Los baños públicos esos tan horribles que te gustaban tanto —sonríe un poco porque ODIABA esos baños que eran muy vergonzosos.

—¡Qué dices! ¡Si había uno arriba del todo del hotel! ¡Lo hemos visto!

El rubio se detiene en seco, porque se le había olvidado ese asunto.

Verdammt. ¡Odio esta ciudad! ¡La odio! —protesta.

—¡A mí me encanta! ¡Vamos por el helado y volvamos al hotel para ir!

Germania refunfuña por habérselo recordado...

—Quizás sea mejor ir a dormir... —finge un bostezo.

—¡Ah, no seas aguafiestas! —protesta aunque suspira, porque no creas que no ha notado últimamente que cuesta bastante ponerte a tono y le duele en el ego un poco.

Germania ase humedece un poco los labios, soltándole la mano y tomándole de la cintura. Se sonroja un poco.

—Ehm... Podría ser que... En vez de ir a los baños esos donde está la gente...

Roma le mira de reojo andando hacia una heladería que ha visto.

—Si quieres... Claro que sí, seguro quieres. Sólo digo que, ehm...

—¿Seguro quiero?

—¿No quieres? —levanta las cejas.

—Tal vez no... —se encoge de hombros, sonriendo de lado.

—Oh... —se sonroja —. Bueno ya... e-en la... Tarde.

—¿Ajá? —levanta una ceja. El rubio carraspea.

—¡Pero tú siempre quieres!

—Ah, sic?

Germania le mira de reojo.

—P-Pues... —esa cara parecida a la que hace Alemania cuando nota que lo que está diciendo no está siendo del todo bien recibido.

Quid? —entra a la heladería sujetándole la puerta.

—Pienso que sí. Porque tú siempre quieres, con quien sea.

El romano le vuelve a mirar de reojo y pide un helado de pistacho.

—Mmm... Pues ahora no me apetece —ajá. Germania parpadea un poco y le mira de reojo.

—¿Por qué? —murmura.

—¿Quién sabe? —sugerente lametazo al helado. Parpadeo... Parpadeo.

—Pero... —le mira a la boca —, yo creo que...

—¿Ajá?

—No es lógico —se gira al hombre que le pregunta de mala gana porque es la segunda vez que lo hace, cual helado quiere. Intenta pedir uno de chocolate.

—¿Por qué no?

—Porque hacen rato estabas tocándome así... —susurra cuando el hombre se gira al fin a servir lo que quiere. Mira de nuevo al romano a los labios sin poder evitarlo.

Y Roma se relame leeeenta y obscenamente, haciendo que el sajón ponga cara de bobo. Sonríe con la cara que pone y Germania sacude la cabeza con los gritos del hombre que le da su helado.

Roma se va hacia fuera dejando que se ocupe de pagar esta vez y el germano se hace unas BOOOLAS entre pagar, que le cuesta aún un poco, y que sea en italiano. Pelea un poco incluso con el chico que cobra y seguro, pero SEGURO le birlan unos Euritos. Cuando sale, Roma tiene su teléfono en la otra mano... está intentando llamar a Helena para contarle lo que han visto.

Huy... seguro Helena le contesta, seguro, SEGURO ya averiguó esas cosas y más si se trata de hablar con Roma. Así que si consiguió hablarle, es muy probable que ya estén a medio chismarajo.

No creo que lo haya conseguido, sinceramente. Ya me habían ilusionado a Helena. No por nada, es que no entiende del todo el teléfono. Cosa que tampoco nos extraña. Lo siento, Helena, lo logrará tarde o temprano. Helena dice que no importa, que pronto vivirán juntos y eso la llena de alegría.

Germania se le acerca con el ceño fruncido y lameteándose la mano porque con el calor y la discusión se le ha derretido un poco el helado.

—... romanos idiotas... —viene refunfuñando un poco Germania.

—¿Eh? —guarda el teléfono.

—Nada, nada, El Niño de la caja... ¡Oh! ¡El coso ese! —se acuerda de que él tiene uno también y no tiene idea de dónde.

—¿Qué te ha hecho?

—Gritar. Y sólo porque traía el helado, que si no... Le habría levantado del cuello.

—Es habría sido digno de verse.

El germano se busca un poco el teléfono en los bolsillos y se tranquiliza al ver que sí lo trae en uno. Seguro apagado.

—Puedo volver y levantarle si quieres —lame su helado y recuerda lo que estaba viendo antes.

—Pero mejor deja tranquilos a mis ciudadanos —que peligro eres hijo mío. Los ciudadanos son de tu nieto.

Romano se toca el sombrero de gánster y agradece a Agua con una inclinación de cabeza el recordatorio.

(Agua se ríe nerviosamente y se sonroja de muerte.)

(Romanito sonríe un poco de lado con su sonrisa de malo y se tapa los ojos con el sombrero (y se sonroja también pero no le digan a nadie), cruzándose de brazos y subiendo los pies a la mesa.)

—Bah, que ellos me dejen tranquilo a mí.

—Pobre victima —se acerca a sentarse en un banco.

—No, no es de víctima... Sólo es que no me molesten y no los levantaré yo del cuello—establece agachándose un poco al frente a ver si ve de nuevo otra lamidita.

Mira la calle y luego a Germania, dando unas palmaditas para que se siente a su lado. El de ojos azules se sienta, sí que se sienta donde le pide. Roma sonríe y vuelve a mirar a la ciudad, las luces y la gente pasando de un lado a otro.

—Es... —carraspea y se sonroja un poquito cruzando la pierna y lameteando su helado —. Es raro, ¿no? Antes ser importantes y tener muchas cosas que hacer y hoy sólo estar aquí comiendo helados... Y que todo siga.

—Podría pasarme horas aquí sentado nada más... viéndola —no, no podrías. Cinco minutos como máximo.

—Es lo que nos queda —le mira de reojo esperando la lamida.

—Es bonito —lo lame sin pensar. Germania sonríe un poco.

—Lo es —así de rápido te idiotizas, Germania, ¿en serio? El moreno le sonríe.

—Mañana vamos a ir a un sitio importante para mí.

—¿Cual?

—La universidad. Tienes que... tendrás que hacer algunas cosas.

—¿Qué cosas? —pregunta con la lengua medio dormida por el helado.

—Vestir con camisa y recogerte el pelo.

—¿Recogerme el pelo? ¿Por qué?

—Das una imagen más... seria.

Germania levanta las cejas.

—¿Y con el pelo así no? Es... Bueno, no sé, no me gusta, pero supongo que puedo trenzarlo. ¿Por qué quieres que dé una imagen seria?

—Creo que mejor una cola. Una cola es más sobria. Quizás podrías ponerte mis gafas también.

—Sobria —parpadea otra vez pensando que... bueno, si alguien tenía que hacer algo para verse serio era Roma en realidad —. ¿Y tú qué vas a hacer para verte serio?

—Hablar —sonríe.

—Pues con ponerme así y cruzarme de brazos frunciendo el ceño creo que parezco todo lo serio que se puede. ¿Por qué quieres hacer eso en la Uniesacosa?

—Universidad.

—Lo que sea.

—Bueno, no sé como salgan las cosas pero... creo que sería bueno. Por si acaso.

—¿Hay algo que debería saber y no me estás diciendo? —pregunta Germania en un ataque de suspicacia.

—¿Cómo qué?

—No sé. Nadie me ha pedido nunca que me amarre el pelo, fuera de para pelear con bestias grandes.

—Quiero causar buena impresión y tú tienes algunas características personales que juegan en contra, pero también algunas que juegan a favor y si las potenciamos...

—¿Hay algo que tengo que no causa buena impresión?

—Sí.

—Oh... —se pasa una mano por el pelo y se hace otra vez la trencita, frunciendo un poco el ceño —. Pues tú te ríes todo el tiempo.

Sic... en realidad no sé si esto te gustaría.

—¿A quién vamos a ver en la Universidad? —sí, lo ha dicho bien esta vez —, ¿qué es importante? ¿Al jefe de Romano? ¿Al César?

Roma niega.

—Entonces no puede ser tan grave, ¿o sí? —ya hasta se puso nerviosito.

Non, en realidad. Veremos cómo va. Lo que ocurre es que puede que en la universidad encontremos esas personas de las que te he hablado antes, los que están interesados y quisieran hacernos trascender.

—Y... ¿Hay que convencerles de que de verdad somos nosotros?

Non. Non, los chicos dicen que es mejor que no lo sepa nadie, así que hay que convencerles de que realmente sabemos mucho más que nadie de nosotros mismos.

—Convencerles. Era más fácil convencer a la gente antes —claro, Germania... A golpes todo se puede —... ¿Y si no lo logramos?

—Bueno... no pasa nada.

El sajón se revuelve un poco.

—Me pondré tus gafas —apunta con bastante seguridad, mirándole. Roma sonríe —. Sí quiero que quieran.

—Si salen mal podemos ir al club de hípica. Seguro que ahí los impresionas. De hecho, podemos ir aunque salga bien.

—¿Hípica?

—Te gustará, confía en mí —le guiña un ojo y se acaba su helado—. Mañana será un día importante... ¡y aun quiero ese baño!

Germania se sonroja un poquito y piensa.

—Un baño. Vamos a... Vamos a la casa y nos damos uno en el baño pequeño donde no entra nadie —propone y el romano se ríe —, y mientras me dices qué otra cosa causa mala impresión.

—¿En el baño pequeñoooo? —protesta, levantándose igual.

—Es que en el otro es como tus termas, y... ¡siempre era muy vergonzoso y TODOS se enteraban!

—¡Precisamente! El otro es como las termas.

—Pero es que... Aunque bueno, has dicho que no tenías ganas —se acuerda caminando hacia donde el instinto le dice que han dejado la moto.

Levanta las cejas y sonríe de lado al notar que lo toma realmente en serio. Es Germania, cielo... Cuadradito.

—Es verdad. Y hay que hablar sobre cómo haremos eso de causar buena impresión.

—Pues si vamos sólo a bañarnos podemos ir al del techo, y me explicas. Aunque yo insisto que tú causas más mala impresión que yo con tus toqueteos y risitas.

—No pensaba toquetear a nadie a no ser que fuera imprescindible.

—Ah, es decir... Aún es posible que si lo hagas. Rom... Eso va a hacer que se interesen en TI, no que yo trascienda —protesta.

Non, non, no quiero que se interesen en mí, quiero que se interesen en Germaniae y Romae porque no sabrán que tú y yo somos ellos.

—Ah... Ah. Bueno, hará... Nein. Además Nein, no quiero que te acuestes con nadie —protesta —. Quizás yo debería de hablar.

Non —taxativo.

—¿Por qué? —Frunce un poco el ceño y le mira.

—Porque ni siquiera sabes del todo en qué consiste una universidad.

—Bah. Pues deberías explicarme.

—Ya lo veras —sonríe llegando a la moto.

—Ahhh... La cosa esta —sufre un poco al recordarla, apretando los ojos.

—¡Vengaaa, es divertido! —se vuelve a poner el casco.

—Divertido... Es un decir —se sube igual y abre los brazos para que se le siente enfrente y poder abrazarle —. Sería mejor sin casco.

—Quizás podemos ir sin —mira alrededor y se lo quita con un movimiento de pelo.

El sajón sonríe un poco y se sonroja medio tontamente... Volviendo a poner cara de bobo y al verlo, Roma remueve un poco más la cabeza y se pasa una mano por el pelo. Germania se humedece los labios y se sonroja un poco, aún con la misma carita de idiota.

—V-Ven... Es... Ehm...

El moreno le pasa el caso y se sienta frente a él, repegándosele y debe sentir como el sajón suelta el aire pesadamente en su cuello con el roce, así que echa la cabeza atrás y sonríe.

Germania toma los dos cascos con una mano y le abraza de la cintura con la otra. Y le mira de reojo, nerviosito con la cercanía y la cara. Roma prende el motor y da gas expresamente para hacerla vibrar. Hasta da un saltito el rubio.

—No corras como loco —susurra un poquito separando levemente la cadera del romano.

—Mmmm... —se ríe un poco. Germania le mira idiotizado.

—Ehm... Has... Avanza —pide apretando un poco las piernas.

Roma lo hace lentamente.

Germania le respira un poco en el oído, pesadamente... Y se le empieza a acelerar el corazón conforme las vibraciones y la cercanía empiezan a hacer estragos… Y encima Roma se restriega. Evidentemente nada de eso ayuda. Germania empieza a sudar, incómodo, casi sin notar si Roma conduce mal o no.

Y debe hacerlo mal porque está más pendiente de él que de conducir, aunque no sea rápido. Pero el maldito Roma tiene suerte... Y claro, tiene a Roma de su lado. Casi que hasta los árboles se le quitan de enfrente si es necesario para no estrellarse. Y las calles se adoquinan a su paso si es necesario.

Y el pelito le vuela a Germania, por cierto. No tanto más adelante le hunde un poco la nariz en el pelo.

Hay que confesar que se pierde un poco. NO lo va a admitir NUNCA pero al final consiguen llegar al hotel. Exactamente. Burlémonos de él igual.

Y Germania creo que ya está bastante incómodo. Cuando detiene la moto le intenta dar un besito. Pero le ha diiiicho que no quiere, así que se sonroja un poco, carraspea y trata de dejar de clavarle la lanza en la baja espalda.

No creas que Roma no la nota. Seguro la nota... Pero bueno, Germania se hace ilusiones de que no... Y sonrojadito se baja de la vespa.

—Parece que la moto te inspira bastante después de todo, amore.

—Que me inspira de... Ah, calla —protesta con las orejitas rojas, cubriéndose un poco con los cascos —, es tu culpa. Bueno, nein. Es decir... No sé de qué hablas.

—A mí me parece que sí lo sabes —la aparca en su sitio.

—Da lo mismo, en realidad —murmura.

—Ah, ¿sí?

Ja. Ehm... Vamos, anda... ¿Hay que darle de comer a esta cosa o alguien se encarga?

—Hay que darle, pero no ahora.

Germania se encoge de hombros, mirando al romano un poco como depredador... En la medida de lo posible y con las orejitas rojas.

—Vamos a lo que venimos. Yo... tengo antes que pasar al baño.

Roma sonríe de lado, notando su carita y niega con el dedo.

—No te voy a dejar ir a clamarte —sonrisa maligna. El rubio abre un poco los labios y sacude la cabeza, frunciendo el ceño.

—¡Quiero mear!

Non.

Non? Tú que vas a saber si yo quiero mear o no —no le mira, claro... Y en realidad sí quiere mear, pero NO es a eso a lo que quiere ir al baño. Quiere al menos echarse agua helada y tranquilizarse un poco.

Non, que me da igual si te estás meando. Si es eso te aguantas.

El germano frunce el ceño porque no tiene mucha lógica en realidad. ¿Qué le importaba?

—Ahora tampoco puedo mear... Voy a acabar meándome en los baños y será asqueroso.

—No me importa.

Cara de perpetuo desagrado sajón.

—Eres incomprensible —establece, empezando a caminar ya hacia el ascensor.

—¿Qué es lo que no entiendes? —le sigue tranquilamente.

—Pues que te da a ti que yo mee o no.

—Me da lo que me da —se encoge de hombros mirando los botones pensando en cual pulsar.

Germania le empuja un poco hombro con hombro, mirándole de reojo en fulminación, pero Roma sólo se ríe un poquito. Gruñe un poco y vuelve a arrearle, sólo que ahora le aplasta contra la pared. El latino parpadea y levanta las cejas. Y no es PRECISAMENTE sexual... Hasta que él se da cuenta que está cercaaaaa.

—E-Ehm... Se-Seguro que...

Y las manos de Roma se colocan estratégicamente en su cintura para que no sea tan fácil apartarse. Levanta las cejas con ese movimiento y mira las manos de reojo, dejando de hablar. El romano le acaricia la espalda, bajando las manos y buscando metérselas en los pantalones por detrás.

—Dale al botón del piso.

—Dale... que... ¿Qué? —pregunta tardando un poco en entender.

Baja las manos hasta magrearle las nalgas. El sajón da un pasito a él... Y ahora estás entre la espada y... Bueno entre tu propia espada y la... Bueno, te has metido en un pequeño berenjenal. Y aprieta las nalgas, eso sí.

—¿Q-Qué haces?

Roma se acerca a besarle el cuello además porque le guuuustan sus nalgas prietas. Germania gruñe un poco, cierra los ojos e inclina la cabeza para que le bese mejor, pero… ¿pero le ha dado al botón?

Es que... Perdón. Pero... ¿Botón? ¿Qué botón? Quizás si tienen suerte extienda la mano y le dé un golpe a donde ve luces a lo mucho... Si con trabajos sabe que eso está relacionado con que la caja esta que parece el refrigerador de Alemania se mueva.

Entonces le darán de un codazo por error porque Roma tiene suerte... y para cuando lleguen arriba es muy posible que Germania ya tenga los pantalones por las rodillas. Y para variar no se haya enterado y FLIPE al notarlo. Seguro será al tratar de andar… Si es que no se cae encima del romano.

Y... ¿Sabes qué otra cosa va a pasar? Un rato más tarde, todas las chicas de recepción habrán desaparecido. Todas estarán en el cuarto de atrás, viendo el circuito cerrado.

La cosa es que sí, Germania se tropieza con sus pantalones y FLIPA al ver que han conseguido llegar a las malditas termas... Y que Roma le ha desabrochado los pantalones... Y él estaba en el cielo tocando el arpa y volviendo a poner la lanza en posición de ataque.

En cuanto nota las termas, Roma le suelta un poco malignamente, empezando a desnudarse.

—Pero... P-Pero... —balbucea, agachándose a levantar los pantalones para poder caminar mejor. Por un momento nota que esto no parece ser como debía... Así tan inocente como en teoría debía ir un baño.

Cuando Roma está desnudo, que cuando quiere es a una velocidad especialmente INMEDIATA, se mete al agua chapoteando y nadando feliz. Germania parpadea... Y mira a su alrededor a ver si hay más gente.

—Pero es que... ¿No había que usar como ropa interior? —se pregunta.

—Veeeeeen —le hace un gesto para que se meta chapoteando.

—E-Ehm... —se cubre las partes sonrojadito... Vacila un poco... Y es que no va a quitarse el calzón con lo feliz que está. Se mete la mano es intenta aplastarse un poco.

—¡Eh! ¿Qué haces tocándote ahí, pervertido?

—¡Nomeestoytocandonada! —protesta y creo que se quita sólo los zapatos y el pantalón tratando de darle la espalda... Se saca la camiseta y luego se echa de cabeza en calcetines y calzones.

—He visto como te toqueteabas —risas mirándole saltar.

—No me toqueteo nada —asegura cuando saca la cabeza del agua medio despeinado. Obvio... Se pega a la pared al otro lado de la piscina de dónde está Roma.

Y ahí va Roma el cocodrilo. Y él a huir un poco, cruzando las piernas y haciéndose un poco bolita, sintiendo que hay cosas que no cambian.

Lo persiiiiigue con esa sonrisa de depredador.

—Pero, pero, pero... Dijiste... ¡que no querías!

—Y no quiero.

Sonrojito y se hunde casi del todo.

—Gluglú Glu... —dice algo debajo del agua.

—Pero tu siiiii.

—¡No es cierto! —salta saliendo un poquito porque es justo lo que acaba de decir, que él tampoco.

—A veeer... —adivina lo que va a buscar la mano.

Pues alguien le echa tres litros de agua a la cara con sólo un movimiento de la mano y el otro se muere de risa (y casi se ahoga con la tos.)

—¡No es cierto, no quiero! Quiero hablar y creo que perfectamente podemos hablar con toda el agua entre nosotros —se aleja.

—Yo quiero hablar... pero cerquita.

—Tú quieres molestarme.

—También.

—¿Podrías enfocarte en decirme lo que me ibas a decir? —pregunta haciéndose bolita otra vez, de verdad tratando de entender por qué no quiere. Germania no seas inocente.

—¿Lo que te iba a decir de qué? —vuelve a acercarse.

—De amarrarme el pelo y lo que tiene de malo —se pega a la pared aunque esta vez no huye. Ya le ha dicho que no quiere otra vez, sólo es cuestión de aguantar y calmarse.

—No tiene nada de malo, te he dicho que lo hagas —besito en el pecho o en el hombro, donde se deje.

—Lo que tiene de malo el no amarrármelo... —escalofrío. Toma aire, cierra los ojos y decide dejarle hacer. Ohm. Autocontrol.

—Que pareces un dios nórdico hijo del metal. Un Javi de esos que le gustan a tu hijo.

—Soy un dios nórdico hijo de Odín. Y no sé quién es Javee.

—Pues los que escuchan esa música de tambores, ¿es que no escuchas cuando te cuentan? —vuelve ir a comerle el cuello.

—Yo hago música con... tambores —susurra cerrando los ojos y soltando el aire.

—Pero de la que hacen ahora —susurra sin separarse.

—La que escucha Preussen —inclina la cabeza para que llegue mejor... Y de verdad, Germania... No me queda nada claro esto de que tú no estuvieras convencido de venir aquí.

Poco a poco Roma va haciendo que suelte su bolita y se relaje o al menos lo intentan con ahínco, para cuando venga a notarlo, sus calzoncillos ya floten en el agua del otro lado.

—Justamente. Creo que los chicos de ahora podrían estar intentando disfrazarse de ti e imitarte cuando hacen eso... en una forma un poco alejada de la realidad. Como cuando se disfrazan de mí con esos cascos que no son del todo como los que llevaba.

—D-Disfrazarse de mí no sería una mala... Idea —parpadea... Y flipa con sus calzoncillos cuando los nota.

Y ahí va la mano cuando le está prestando atención a los calzoncillos en un movimiento tan sutil y natural que apenas le parecerá raro hasta que llegue realmente a su consiente. Y Roma podrá notar que Germania está prácticamente a punto.

¿Ves, Romita? Lo que hace un poco de aire fresco y aventura. Y no creas que no sonríe satisfecho al notarlo, dejándole tranquilo el asunto y yendo a prepararle.

—Pero... No sé que tiene ella hacer musicAHHH! ¡¿Qué haces?!

ESE dedito debe darte una idea aproximada de la respuesta. Intenta detenerle la muñeca y el romano le captura la boca, besándole… Y ahí ya le perdimos.

Bueno... Después de un rato, que puede ser toda la noche y mejor a la mañana siguiente... No lo sé. No, tampoco eso, eso... aunque va a ser largo porque a Roma le guuuuuusta en los baños y están en ROMA y está súper contento y emocionado y además a Germania vuelve a funcionarleeee. No es que no le funcionara... Estaba un poco inapetente. Pero entendemos el punto.

Lo que sí es que Germania termina el proceso con una sonrisa decente y apropiadamente relajado. Roma se deja flotar un poquito por ahí... Y Germania tararea suavemente una cancioncilla de guerra con los ojos cerrados.

—¿Vamos a dormir? —pregunta porque NOSEPUEDEESTARQUIETO.

—¿En... general? —pregunta Germania con suavidad... y luego le mira de reojo con cierta miradita...

—Ahora...

—Mmmm... —sonríe de lado... —... Quizás —se hunde en el agua después de que Roma le dé un besito —. Si ya no aguantas una vez más... Dormiremos —murmura cuando saca otra vez la cabeza.

Roma levanta una ceja. Hola, soy Germania... Ese que podía hacerlo cuatro veces seguidas contigo. He estado de vacaciones pero acabo de recordar que hacia esas cosas.

—¿Ahora quieres más?

Germania se encoge de hombros y desvía la mirada.

—Ya estamos aquí... Y...

—Aquí, además.

Nein, Nein. En Rom. Vamos al cuarto —vacila un poco. El latino se ríe y él se sonroja —. No te rías.

—¿Por qué no te adelantas a ver si ya funciona la luz en el cuarto? Ahora bajo.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada. Recoger la ropa. Ahora bajo —le sonríe.

—Bueno... Pero no te tardes.

El moreno le guiña un ojo. Germania sonríe un poquito de lado y sale de la piscina de un salto, sacudiéndose, a lo que Roma le mete un bueeeen repaso, haciendo que el sajón se sonroje un poquito, poniéndose la camiseta y mirándole de reojo.

Roma le siiiiilba.

—¡Eh! —protesta sonrojadito, poniéndose los calzoncillos y Roma se ríe —. A ver, sal tú.

Non, non... ve. Yo ahora bajo.

Ja. ¿Ves? No quieres que yo te silbe —le acusa, señalándole y frunciendo el ceño —. Cobardica.

Roma se ríe ooootra vez.

—Puede llevarte mi ropa si quieres.

—¿Y dejar que todo este sitio te vea desnudo? —levanta las cejas. El chico en el agua se encoge de hombros.

—A mí no me importa.

—A mí sí me importa —los celoooos —, pensarán que soy idiota. Mejor vístete y baja y no molestes a todos.

—Vale, vale. Nada más déjame solo un poco.

Germania vacila un poco... Y asiente ya con todas sus cosas. Roma asiente también, esperando a que se marche y este lo hace.

Roma se queda en la piscina y suspira un momento cuando Germania se ha ido. Mete la cabeza en el agua y se echa el pelo para atrás con las manos antes de ir a salir y a vestirse. Se pone los calzoncillos, la camisa sin cerrarla y los zapatos. Recoge el resto y busca para subirse a la azotea del edificio.

Da unas vueltas buscando la puerta y para su suerte, porque es Roma, está abierta, así que sale y se dirige al borde para ver la vista de la ciudad.

La ciudad te saluda, Roma. El romano sonríe viendo todas las luces, pensando que es muy diferente a como era antes... mucho más grande y brillante. Por unos segundos tiene miedo. ¿Y si realmente nunca significan nada de nuevo? ¿Y si tampoco aquí consigue sentirse en casa?... Tal vez ahora envejecería como un mortal y en un medio siglo moriría de nuevo.

Se agarra con fuerza de la baranda, no queriendo pensar en eso. Siempre había sido bueno en la conquista y su propia ciudad no sería diferente. Iba a hacerla suya de nuevo aunque costara todo ese medio siglo. Cierra los ojos y aspira profundamente por la nariz, moviendo los dedos en la barandilla. Sintiendo el aire y el tacto para acompasarse a ella, hacerla vibrar con los latidos de su corazón.

Romano, en casa, siente que el corazón le vibra de manera distinta a la habitual. Y por alguna razón que ni él mismo conoce, sonríe.

Al final, Roma sonríe también aun mirándolo todo y asiente satisfecho, volviendo al cuarto. Puedes volver cuando quieras, Roma... La ciudad te reconoce. Nada más necesitaba hacer eso... solo.

Germania... Se pelea con la puerta y luego con la luz que no sirve. Consigue abrir el balcón y la ventana para ver algo.

Cuando Roma golpea la puerta... de un cuarto que no es, porque se ha vuelto a hacer un lío con los números, abre una señora toda recatada y pudorosa... Con un suéter rosa y cara de puritana.

Cuando el latino estaba ya empezando a sonreír y con una mano en la goma de los calzoncillos dispuesto a bajárselos, la mujer levanta las cejas y abre la boca. Él las levanta también al ver que no es Germania.

—¿Ha pedido al servicio de habitaciones por compañía masculina? —le suelta. Sonríe más y se lo repite en francés con un TREMENDO acento italiano indisimulable.

Non! ¡Desvergonzado! —sonrojo furioso. Roma se ríe.

—Es broma, es broma... sólo creo que me equivocado de cuarto. ¿Cómo te llamas?

—Marion.

—Hola Marion, yo soy Rom... Romulus —le tiende la mano. Ella le mira la mano como su fuera un bicho asqueroso.

—R-Romulus... —se sonroja un poco, eso sí.

—¿Como el de Remo?

—Ese era mi hermano gemelo.

La señora parpadea extrañada, pensando que le toma el pelo.

—Ehm... Hay algo que... Es decir, necesita algo, monsieur? Además de ropa...

—¿Me ayudarías con el numero de las habitaciones?

—¿Qué pasa con el número? ¿No lo ves bien? —sale un poco y los mira.

—No los entiendo del todo... el caso es que no estoy seguro de cuál es la mía.

Entrecierra los ojos, un poco desconfiada.

—¿Qué número tiene?

—Justo de eso no estoy seguro.

—Oh, y... ¿Al menos el cuarto está a su nombre? Podemos hablar y preguntar.

—¡Ah! Sic, sic —asiente y sonríe pasándose una mano por el pelo.

Ella vacila sin querer dejarle pasar a la habitación. Roma se queda a la espera, mirándola.

—A ver... Ven —murmura al final volviendo a sonrojarse un poquito y dejándole entrar.

—Muchas gracias —entra tras ella—. ¿Tienes compañía, Marion?

—Ni se te ocurra hacer nada sospechoso. Mis amigas están en sus cuartos y me oirían gritar.

—Oh, amigas. ¿Habéis venido a ver la ciudad juntas? Sois francesas, ¿verdad?

Oui... Somos retiradas.

—Me encanta esta ciudad, pero apenas la conozco ahora. ¿Qué es lo que habéis visto? ¿Cuándo habéis llegado?

—Llegamos ayer... No hemos visto muchas cosas aún, hoy hemos caminado sólo un poco.

—Yo he llegado hoy y he ido al coliseo y al circo y al foro —se sienta en su cama—. ¿Sabes que aun le llevan flores a Gaius Iulius? ¡Han pasado más de mil años! —se deja caer hacia atrás e n la cama y se ríe tan contento. Ella parpadea… y parpadea…

—Eh... Esa es mi cama, Rómulo.

El moreno se incorpora un poco y la mira sonriendo, apoyado en sus codos. La señora se nos SONROJA.

—V-Voy a hablar a recepción... —se abrocha el último botón del suéter.

—¿Qué crees que digan tus amigas de ello?

—¿D-De qué? —vacila tomando el teléfono.

—De que esté aquí en tu cama —guiño. Ella se sonroja mucho, da un paso atrás y se cae sentada en el sillón del teléfono —. Tranquila, tranquila —se ríe levantando las manos con inocencia—. En realidad estoy aquí con alguien, de verdad nada más me he perdido buscando mi cuarto.

—Pues yo sólo te estoy ayudando. ¡No estoy pensando en nada más! —toma el teléfono y marca cero que es la recepción. Él se pone de pie y se acerca sonriendo —. Tengo aquí a Monsieur... ¿Cómo se apellida?

—Vergas.

—¿V-Vergas?

Roma se encoge de hombros, sonriendo. Evidentemente el sonrojo es mayor... La recepcionista enseguida sabe de quién habla y frunce el ceño.

—Y no recuerda su número de cuarto...

—Así que usted le ha invitado a su cuarto, ¿no? Jum! Qué fresca es la gente —replica la recepcionista.

—¿Es Francesca? ¡Salúdala de mi parte! —pide Roma.

—¿Fresca? ¿Disculpe? ¡No es que me haya invitado, es que no sabe donde esta! Y... —mira a Roma —. Usted es un fresco —le susurra.

—¿Yo? ¿Por? —tan inocente.

—¡Ella le conoce y me ha llamado fresca!

—Pues que sepa que acaba de hacer algunas cosas muy cercanas con OTRO HOMBRE en la piscina. Lo hemos visto en las cámaras —suelta la recepcionista.

—¿Por qué te ha llamado fresca? Francesca, no hagas enfadar a Marion —se ríe, acercándose para decirlo al teléfono.

Quooooi?! ¡¿Con otro hombre?!

—Sí. Su acompañante, es un hombre rubio de ojos azules alto y musculoso que parece el actor de Thor.

—¿Eh? —pregunta Roma sin entender.

—¡Ah! ¡Además es un homosexual! —se lleva la mano al pecho y casi se persigna.

—Ah, eso no. En realidad me da igual, me gustan los chicos y las chicas.

—Ave María purísima…

—Oh, Marion... eres de esas —se acojona un poco pensando en ese asunto de quien crucificó al salvador. Ejem.

—¿De "esas"? ¡Tú eres de esos!

—De verdad, nada más quiero saber cuál es mi habitación —levanta las manos inocente.

Marion se toma la cadenita que trae al cuello con una pequeña cruz colgando y vuelve a ponerle atención a Francesca.

—Claro, ahora ya no parece tan divertido haberle invitado a su cuarto, ¿no? —pregunta la recepcionista, que de hecho, no es Francesca.

—Es un terrible malentendido. Mi intención era únicamente ayudarle, no insinúe... cosas.

—Bueno... —no muy segura —. ¿Y qué es lo que quiere?

—Saber su número de habitación.

Lo busca en el ordenador y se lo dice mientras Marion mira a Roma con desaprobación. Roma que se rasca un poco el pecho que aun lleva descubierto con la camisa abierta.

Y Marion se sonroooooja sin poder evitarlo porque, joder... ¿Por qué el diablo se lleva del bien camino a hombres tan guapos? Él le sonríe un poquito aun.

—B-Bien... Se lo diré. Merci —cuelga y mira a Roma fijamente. Él le sonríe seductoramente y ella sacude un poco la cabeza.

—¿Entonces?

—Está en el cuarto de al lado...

—Ah, ¿sí? —sonríe más—. ¿En qué lado?

—Por lógica sería el de... Acá —señala.

—¡Oh! ¡Muchas gracias! —se acerca y le da un beso en la mejilla en sí, si puede en los labios.

Debe ser en los labios para impresión de Marion que se queda en SHOCK. Roma sonríe y se va corriendo tan feliz.

—¡Espera!

Él se detiene con el pomo de la puerta en la mano. Y en cuanto lo hace, debe quedarse algo lampareado con el flash de una cámara. Parpadea un poco cegado un momento.

Allez, allez... Fuera de mi cuarto —hace gestos con las manos para apresurarle.

—Me acabas de hacer una foto Marion, si quieres podemos hacernos una juntos.

—¡No te hice ninguna nada! ¡Fuera!

—Dulces sueños —le manda un beso.

Marion se sonroja y en cuanto sale, pone el seguro y se recarga en la puerta... Y se ríe un poquito.

Y Roma toca la puerta de al lado, ahí sí abre Germania.

Ave...

En la oscuridad, por cierto. Pero Germania le jala del brazo y tira de él. Roma se deja, claro.

—¡Has tardado!

—Un poco, me he confundido de cuarto, pero he conocido a una señora encantadora.

—Una señora encantadora... Pobre mujer.

—¿Pobre mujer por qué? Tiene el cuarto aquí al lado, ha sido muy amable.

—No lo sé, probablemente la molestaste un poco —le besa un poquito el cuello, recargándole contra la puerta.

—¿Por qué crees eso? —sonríe dejándole.

—Tú molestas a todo el mundo —tan seguro, sigue lameteándole el cuello y apretándole contra la puerta.

—La luz sigue sin servir... —susurra.

—Nada más a ti.

—Eso es porque yo soy más listo que todos —le acaricia el torso.

—Mmmm —sonríe.

—Y tú el más molesto... Ni te creas tanto —le baja un poquito el pantalón.

Risas y le abraza. Germania le pone las manos en las caderas y le mira a los ojos. Roma le sonríe, a lo que el rubio sonríe un poquito también, de lado.

Quid?

—Me gustas.

Roma sonríe y le besa. El germano se deja, aplastándole un poco contra la puerta. Y van a acabar en la cama, claro. Y Marion traumatizada. Y la verdad creo que Germania va a caer como PIEDRA con tantas emociones.

De hecho, seguro Marion les oye hasta bieeeeen entrada la nocheeee. Por eso digo que se traumatiza... Ehm... O se avergüenza o… Reza... O, ehm, algo. O todo a la vez.

Tócate, Marion, tocateeee. Algún padrecito mañana va a escuchar una historia muy interesante.

Germania es el primero en levantarse a la mañana siguiente... Como todas las mañanas, en realidad. Sonríe un poco mirando a Roma de reojo, que duerme roncando y haciendo temblar a toda la ciudad que de repente también ha recordado porque es que no podía dormir bien los últimos mil quinientos años, echando de menos los ronquidos a los que estaba acostumbrada.

El sajón le mete un dedo en la boca a Roma, y este hace un sonido raro medio ahogado. Germania se levanta de la cama de un salto, pero el romano no se despierta.

Y se mete a bañar lo primero, con más energía de la que ha tenido desde hace días... Notando que en la ducha no hay luz aún. Decide que es momento de arreglar ese asunto después de terminar de ducharse en la oscuridad, así que una vez vestido va a la recepción a buscar respuestas.

De buena mañana en recepción hay un chico que además es rubito, alemán y joven porque está haciendo prácticas de idioma de sus estudios y como aun es mayo y no empieza la temporada alta, está para aprender bien-bien y poder ayudar todo el verano.

Germania suspira acercándose a él, nerviosito porque estas cosas con la gente no se le dan del todo bien. Nota al menos que es rubito y varón, que lo hace más simple.

—Ehm... Buon... Ehh... Ichorno.

Buon giorno per la matina! —sonríe ampliamente.

Germania parpadea con tanta sonrisa, pensando... Debe ser italiano.

—Hmmm... Il... Mio... Ehm... Arriba. Mio... Non... Fuego il techo Non televisione.

Parpadeo parpadeo.

Scuzi?

El mayor se pasa una mano por la frente.

Il... Ehh... Il, il... Fuego... ¿Sol falso? Ehhh... Non. Haber Non. —entre el acento, el no saber decirlo...

Prefer you speak english? Deutsch?

—¡Ah! Deutsch! ¡Menos mal! —suelta aliviado, con su cara de poker. El muchacho sonríe de nuevo.

—¿En qué puedo ayudarle? —pregunta en alemán.

—Duermo allá arriba. Pero cuando picamos el botón no vemos.

—Ehm... ¿Qué es lo que no ven?

—Nada. No hay... Esto... Los estos —se estira y señala un foco en el techo —. Nein. No funciona. Ni esto ni la televisión.

—¡Ah! ¿No tienen luz? Veamos... ¿cuál es el número de su cuarto?

—Ehm... No sé. Usa una cosa plana para abrirse.

—¿Qué cosa plana? ¿Se refiere a la tarjeta?

Ja! Eso... Tarjeta —repite y asiente —. Pero picamos el botón, como en casa, para que eso funcione... Y nada.

—Todas las habitaciones se abren con tarjetas, pero necesito saber cuál es el número de su cuarto para ver si hay alguna incidencia.

Nein. No sé el número. Está arriba.

—¿Y cómo sabe a qué cuarto tiene que ir? Le tuvieron que decir el piso y el número cuando le dieron las llaves y la reserva. ¿Cuándo llegó?

—Ayer. Voy al piso que es así —hace un dibujito en el aire de un cuatro —, y luego voy hasta el cuarto y peleo con él porque tengo que meter la... tarjeta y sale algo verde y abro. Y luego pico y sigue negro.

—Veamos... ¿cuál es su nombre? Debe estar registrado —prueba de otra forma.

—Germania.

—¿Ese es su apellido? —lo entra en el ordenador.

Nein. Es... Ehm... Germania. ¿No ve a un Germania?

Nein, no me sale nada. ¿Está hecha la reserva a su nombre?

—Ehm... Busque... —se sonroja —. Vergas.

Was?

Germania carraspea un poco.

Ja. Ya lo sé. Yo no lo elegí.

El recepcionista carraspea y busca Vergas. Levanta las cejas al ver que sí sale y al notar que hay toda una serie de anotaciones al respecto en la base de datos. Germania cambia el peso de pie.

—Es estúpido.

—Hay... ya veo que han pasado parte un par de veces, pero mandaron al electricista a revisarlo ayer y no encontró ningún problema.

—Pues el ele... Ehm... El ese... No lo hizo bien. Esta oscuro.

—Puedo dejar parte para que vuelva a pasar, pero...

Nein, no quiero que deje parte de nada, quiero que lo arregle. Es incómodo bañarse adentro de una cueva.

—Es que... bueno, yo no sé arreglarlo, no soy electricista y no puedo dejar sola la recepción.

—¿No hay otro lugar con cama donde si haya luz?

—¿Quieren cambiar de cuarto?

—Quiero ver la televisión. Y amarrarme el pelo —y nota el muchacho parpadear —. Y la televisión no enciende y no puedo verme reflejado si está oscuro todo.

—Tiene que entender que yo no puedo arreglarlo. Si lo que quiere es otro cuarto, Herr... ehm... Vergas tiene que dejarme su documentación.

Nein. No sé qué documentación es, sólo necesito que lo arreglen pronto —responde con el ceño fruncido.

—Entonces deberá esperar a que dé parte y llegue el electricista.

—Pero dice que eso ya pasó.

—Pues... ja. Según el informe no hubo ningún problema.

—¿El electricista encendió la televisión?

—No sé cual sea el protocolo, pero diría yo que sí.

—Pues yo no puedo —hace los ojos en blanco, notando que esto es completamente inútil —. ¿Cuando viene el que lo arregla?

—Pues en un par de horas si le llamo ahora.

—¡Pues llámele ahora!

—Está bien —asiente.

—Otra cosa. Tengo dinero y quiero un... Regalo.

—Ehm... ¿Qué quiere?

—Es muy difícil porque le gusta todo. Algo... Muy romano.

—Hay una tienda de suvenires en el hotel, está justo ahí —se la señala.

—¡Ah! Muy bien. ¿Y qué es lo más romano que hay?

—Pues... no lo sé. Puede acercarse y elegir usted mismo.

—Antes vendían mejor en esta ciudad —asegura en protesta —. Más te vale que hoy quede arreglada la televisión.

—Ehm... tal vez mi compañera de la tienda pueda ayudarle.

—¡¿Con la televisión?! ¡Oh!

Nein, nein... con el regalo.

—Ah. Voy a preguntarle. ¿Crees que ella hable Deutch?

—Pues... algo. Pero poco, se le da mejor el inglés y el francés.

Nein, Nein... Yo los entiendo, pero hablarlos es muy difícil.

—Seguro que algo podrá entender ella también.

Germania asiente y ya está yéndose cuando piensa en algo... Se detiene, se vuelve a él.

—Oye, muchacho. ¿Tú crees que el pelo largo me hace ver mal? —Así como... Poco serio.

Parpadeo parpadeo.

Was?

Ja. El pelo. Necesito verme muy serio y muy convincente y como una persona de estos tiempos porque quiero que se interesen mucho en mí y trascender —explica súper serio.

De verdad está intentando seguirte. Ya ni la sonrisa le sale... su cara es de absoluto wtf?

—Pero el pelo, Rom dice que el pelo se ve poco serio. Y quiero saber si es verdad... ¿A ti te gustaría saber todo de mí? Yo fui un guerrero muy importante, sabes? Puedo enseñarte muchas cosas —sigue con voz calmada y seria.

W-Was? —la cara del chico pasa de ligero asombro con inclinación al interés a Dafaq? Germania carraspea al verle la cara.

—Por partes. ¿Qué opinas del pelo?

—Es... le queda muy bien —sonrisa y aunque llevaras un sombrero de bruja con un buitre de peluche en la punta te diría eso.

—¿Se ve serio?

—¿S-Serio? —no, pareces un heavy metalero.

Ja. Dime exactamente lo que piensas cuando lo ves.

—Pues... se le ve muy bien.

—¿Parece que toco tambores?

—Definitivamente sí —siguiéndole completamente la corriente. El ex guerrero entrecierra los ojos.

—¿Eso es malo?

—Ehm... nein.

—¿Eres romano? —entrecierra más los ojos.

Nein... —flipa ahora con que piense eso.

—Actúas como uno. No me dices lo que piensas y eso no me ayuda, prefieres sonreír y decir lo que quiero oír —le mira fijamente.

—P-Pues...

—Si te estoy preguntando lo que piensas, es porque quiero saber que piensa alguien como tú, si no ya me hubiera ido. Si no quieres hablar conmigo dime, no quiero hablar contigo y me iré.

—Y-Yo... creo que... creo que su pelo es muy bonito.

Danke. ¿Me veo serio con él?

N-Nein.

Hace una mueca porque no le gusta la respuesta.

—¿Por qué?

—Es... supongo que una cuestión de modas o gustos, pero la gente seria suele llevarlo corto y peinado con cuidado.

—Eso es un problema.

—Los soldados muy, muy corto y el pelo largo...

—¿Aja?

—Pues artistas o estrellas del rock... o adolescentes rebeldes.

—Artistas o estrellas de rock... Yo no soy un adolescente rebelde, obviamente.

El chico carraspea un poco porque Germania no parece tener mucho más de dieciocho años.

—Verás. Necesito trascender. Y para ello necesito verme serio, y no pretendo cortarme el pelo.

—Ehm...

—Voy a amarrarlo. Tú... ¿Sabes algo de Germania?

—¿De Deutschland? He ido algunas veces. Yo soy de Österreich.

Germania levanta una ceja y trata de hacer lo que hace Roma... Hablar.

—El tercero de mis hijos es... de Österreich.

—¿Hijos? —levanta las cejas porque además venga... ¿Tres? Se ríe un poco.

Ja. Tengo cuatro —tan serio. El recepcionista se ríe un poco más —. ¿Por qué te ríes?

—Ehm... usted no parece... en fin.

—¿Tan grande? Yo lo sé... Pero lo soy. Más que cada una de las piedras que ves —asegura.

—Ehm... bien —sonrisa nerviosa de "este tío está loco".

—¿No me crees?

Ja, ja... claro —no, no te cree. Germania entrecierra los ojos.

—¿Cómo puedo hacer que me crea?

—Pues es que... no se ofenda, pero parece usted un niño, más joven que yo.

—Ah... Eso. Puede ser un problema. Sólo es apariencia.

—Pues... —se encoge de hombros y el mayor suspira.

—Voy a comprar mi regalo —da un pasito y el muchacho asiente —. Tú arregla mi tele y... ¡Oh! —se acuerda de algo que suele olvidar —. ¿Cómo te llamas?

—Soy... Maier.

—Maler. ¿Te gusta la música?

—Es... Maier. Hans Maier.

—Ah. Hans. Le mandaré saludos a Österreich de tu parte o le diré que venga a castigarte su no arreglas mi televisión —se despide —, créeme que no quieres eso.

Hans parpadea sin entender nada de esa frase.

Pues Germania se va a la tienda, donde… será complejo. La cosa es que la chica de la tienda sí es italiana. El sajón saluda en alemán, habiendo olvidado esto del italiano.

—Eh... ciao —sonríe ella.

—Ah... Esto... Italiano. Ehm... Chao.

—¿Qué está buscando?

—Une... Regalone.

Che cosa?

—Un... Regalino.

—No le entiendo —parpadeo latino.

Il cosa... Per... Dare il... —se sonroja —... Amore.

—¡Oh! Una afortunada ragazza.

—U-Una... Ragachta... Nein. Un... Ehm... Vale, ja.

—¿Y qué le gusta?

—Todo —resume porque de verdad... Es que nunca ha podido averiguar algo que le guste. Todo le gusta y todo le interesa.

—Ehm...

—Todo... Il... Gusto. Es... Ehm... Io... Romano. Muy romano.

—¿Ropa?

Nein. Ropa le dan sus hijos —niega con la cabeza —. Cosa... Molto... Bonita. Pequeña e... Ehm... Como se dice... Espechiale?

—¿Joyas? —propone la chica. Germania sonríe un poco.

—Sólo le falta ponerse joyas —murmura en alemán, negando con la cabeza —. Muy romano.

—No entiendo qué quiere decir con eso de muy romano.

—Yo usted dinero... Usted darme cosa... Muy romana.

—¿Un disfraz?

—¿Disfraz?

—Mire —le lleva hasta la parte donde venden cascos de romano con plumas rojas para niños. Él se rasca un poco la cabeza.

Nein... Quiero algo... —le mira... Se sonroja —, romántico. El feliz yo... Cosa... Llevarle.

Ella parpadea porque ya le ha dicho sobre las joyas y no entiende del todo que es lo que quiere.

—¿Por qué no mira los artículos que vendemos y nada más elige uno que le convenga?

Así que ahí se va a mirar la verdad sin tener IDEA de que comprarle. Y es que... A ver. Hay figuritas de Rómulo y Remo... Copias del original. Esas le hacen gracia, pero claro... Él mismo las hizo las originales... O está Helena que... Ok, descartado.

El problema de sieeeeeempreeeeeee. Suspira, pensando que sea lo que sea que le lleve, va a sonreírle y abrazarle y agradecer el intento y la buena intención. Como siempre. No es en realidad que vaya a gustarle mucho lo que sea que le dé. Arruga la nariz porque Roma suele comprarle cosas que sí le gustan.

—Libro. ¡Libro de cosas nuevas! —se le ocurre, tomando uno de los libras de "conozca Roma".

En realidad... a Roma sí va a gustarle mucho lo que sea que le dé. Y de hecho los saca todos y los ve un poco y descubre que la mayoría hablan de las ruinas en Roma... Y seguro él tenía no uno, sino varios.

Aún así, piensa que bueno, si lo venden aquí quizás sea mejor que los que compró en su casa... Si es que compró. La realidad es que quizás no haya pensado necesitar uno. Aprieta los ojos porque esto es complejo y decide llevar uno igual... El más gordo que encuentra.

Y por alguna razón que nadie entenderá, elige unos lentes de sol para él y unos para Roma porque le llaman la atención... Y también los lleva. Ou llea. Eso sí le va a encantar al romano... las dos cosas de hecho.

Y para pagar saca la cartera que trae llena, LLENA de billetes, cortesía de Alemania. Se hace un poco de bolas... Y le da más dinero del que debe a la mujer. Ella traga saliva y... no dice nada… fíjate tú.

Pues... Germania no se entera y la economía alemana quedará mermada en un 25%. Tan tranquilo sale de la tienda y se vuelve a la recepción a preguntarle a Hans si ya vino el electricista. Que evidentemente no.

Refunfuñando un poco, va de vuelta al cuarto... Y para en el elevador en todos los pisos porque le ha dado curiosidad picar todos los botones y le pasa lo mismo que la primera vez que subieron. Pero esta vez va sólo así que saca la cabeza en cada piso.

Al final... Vuelve al cuarto, que no es el suyo y es el que está a un lado. Trastea con la llave y no se abre la puerta, claro. Trastea un poco más porque sí que piensa que es su cuarto, además, escucha a Roma roncar muy cerca.

Roooom! —toca la puerta, pero no hay respuesta, así que toca más.

Baang bang baaaang y abre una señora de mediana edad envuelta en una toalla. Germania parpadea... Y parpadea... Y levanta las cejas.

—Ihh! ¿Te invitó mientras no estaba? —protesta frunciendo un poco el ceño y empujando la puerta.

Quoi? ¿Quién es usted?

Rooom!

Siguen los ronquidos de lejos.

—¡Pero bueno! Sacrebleu! ¡Que es lo que se ha creído!

—¡Yo, usted! Es mi... ¡Rom el que está ahí!

—¡No sé de qué me habla! ¡Márchese de mi cuarto!

—¡Es mi cuarto! —protesta un poco y nota... Cling! Que la luz del techo está prendida —. ¡Oh! —señala al foco… Y la cama vacía... Parpadeo, parpadeo.

—¡No entiendo lo que dice pero o sale de aquí inmediatamente o llamaré a la policía!

Y... Escucha a lo lejos los ronquidos.

—E-Espere. Espere. ¿No está con Rom? ¡Y usted sí tiene!

—¿Que no me está oyendo? —se va a por su teléfono, histérica. Él le da al interruptor para apagar la luz... Y luego para prenderla —. ¡Pero bueno! —sigue chillando y se acerca a empujarle.

—¡Espera! ¡Espera! —se deja empujar hacia la puerta —. Me equivoqué... Pero espere…

Es que ella no te entiende... Germania se para en la puerta y levanta las manos en rendición.

Prego! Prego —Ehm... Desastroso que eres, Germania.

—¡FUERA!

Sale, pues claro que sale y ella cierra la puerta un poco aterrorizada, yendo a llamar a recepción a marear a Hans. Germania aprieta los ojos cuando nota que el número de la puerta no es el de su habitación.

Verdammt... Malditos números iguales al derecho y de cabeza... —protesta refiriéndose al seis y al nueve ahora sí abriendo la puerta de su cuarto.

Y aun se oyen los ronquiiiiidos. Germania hace los ojos en blanco y se relaja un poco, cerrando la puerta y acercándose a las cortinas y abriéndolas de golpe.

Lo que ocasiona... nada. El sajón se acerca a la cama y se sienta junto a él... Y salta un poco. Roma se hace bolita hacia el otro lado, intentando abrazarle para que pare.

Roooom.

El latino protesta intentando esconderse (pero ya sonríe.)

—Ya es tarde, anda... —le sacude más, dejando la bolsa de la tienda en la mesita de noche.

Nooooon.

—Te he traído... Algo.

*cliiiiing* automáticamente incorporado y ojos abiertos, ¡magia! Así la llaman algunos. Germania levanta las cejas.

—Oh... Veo que... Ehm... Hallo —se sonroja un poquito.

—¿Me trajiste desayuno?

—Oh... Desayuno. Nein. Hay que ir a desayunar. Verás... Es que no sirve la televisión aún y el baño esta oscuro.

—Ah, no, tenemos desayuno pagado, me lo contó Veneciano, aquí en el hotel.

—Ah... Qué bien porque tengo hambre. Conocí a unas personas.

—¿De veras?

Ja. A Hans Maier. Es österreicher, y él va a traer a alguien que arreglara la luz... Y me dijo que parezco adolescente y se río de que le dijera que tengo cuatro hijos.

—¡Oh! —no vamos a negar que se sorprende bastante.

—No quiero cortarme el pelo.

—Ya te dije ayer que te lo recogeríamos.

Ja —asiente —, aunque él me dijo que los soldados lo llevan muy corto, pero no quiero... Aunque yo soy un soldado.

—No lo vas a llevar como un soldado, me gusta que sea largo.

—A mí me gusta largo —toma el paquete de la mesita de noche.

—Te queda mejor —asiente conforme. El germano le extiende la bolsa.

—Luego te compré eso.

—¿Qué es? —la toma sonriendo mucho y le brillan los ojos.

—Es... Bueno, es muy difícil regalarte algo.

—¿Por qué? —saca las cosas de la bolsa.

—Porque todo te gusta... Espero —vacila un poco nerviosito.

—¿Qué tiene eso de difícil?

—Todo lo tienes, o todo podías tener algo mejor. Es muy difícil —se encoge de hombros y le señala el libro —. Es de Rom. Y es actual, tiene imágenes.

El moreno baja la mirada y levanta las cejas.

—¡Es una guía de viaje! —exclama, hojeándola.

—Es un libro de Rom, tiene muchos sitios y está en italiano... Creo.

—¡Mira! ¡Tiene un mapa! —lo saca y lo abre para verlo.

Germania le mira a la cara y sonríe un poquiiiiiito al ver que sí está entusiasmado.

—¡Mira! Los edificios bonitos están dibujados —los señala con el dedo—. ¡Y están todos los nombres de las calles! ¡Tengo que aprenderlos todos!

—¿Te gusta?

—¡He leído algunas de estas de la biblioteca pero esta tiene más cosas, mira! Dice cosas sobre los sitios y las tiendas y la gente y... —blablabla. El rubio le pone una mano en la pierna.

—¡Sí te gusta!

—¡Claro que me gusta!

Sonrisita orgullosa germana. Roma levanta los ojos de las paginas un instante para mirarle y sonríe.

—Traje otra cosa, mira —saca los lentes de la bolsa —. Unos para ti y otros para mí.

—¡Oh! —exclama pero cuando los ve hace una muequecita porque no son tan bonitos. Germania no se para a mirar cómo le quedan la ropa y los complementos ni una centésima parte de lo que lo hace Roma.

—Pensé que si te gusta usar los lentes esos... Podría gustarte eso.

—A ver, qué tal me quedan —se los pone y hace un movimiento con el pelo antes de mandarle un beso.

Sonroooojo. El latino se mira en el espejo y... bueno, podrían ser peores. También mejores pero...

—Pareces Romer... O Veneciano cuando salen. No tienes unos, ¿o sí?

Non. Pero igual se pueden temer más de unas.

Germania se encoge un poco de hombros y le abraza un poco. El romano le busca para besarle, sonriendo y el otro le deja, claro, sonriendo un poco también, acostándose un poco sobre él.

Roma se echa para atrás dejándole, tumbándose en la cama, apartando un poco el libro. El sajón le pasa una mano por el pelo con suavidad y cierra los ojos. Gruñe un poco con voz graaaave con satisfacción consigo mismo porque... ¡Lo ha hecho bien!

oxOXOxo

Germania, con cierta sonrisita inevitable, protesta delante del espejo porque la camisa es INCOMODA y le da calor, aunque ya se haya duchado. Roma aun sigue en la cama, leyendo el libro y gritando en voz alta las cosas que le gustan.

Es decir, lleva todo el rato gritando. El sajón le mira y sonríe yendo al balcón y abriendo la puerta de par en par porque se cocina aquí dentro y está encerrado y falta aire.

—Detesto la camisa... ¿Por qué no puedo ir en camiseta...? No llevo nada con ella y ya estoy sudando como cerdo.

Ni caso mientras sigue gritando en plan.

—¡Y escucha esto que...! Quid? —se detiene, mirándole.

—Hace calor y sudo con esto.

—¡Y aun no te has puesto la chaqueta!

—¿Perdona? ¿Quieres que me ponga algo más? —levanta las cejas.

—Nah, si vas con camisa no hace falta —risas.

Germania empieza a pensar que quizás cortarse el pelo no sea mala idea. Le mira sin expresión.

—Anda, levántate ya que el sol debe estar ya bastante alto.

—Pero espera... si no llevas chaqueta —pone el punto en el libro y se levanta saltando desnudo como está, yendo a buscar unas tijeras en la maleta. Germania le mira hacer y cuando ve las tijeras se lleva las manos al pelo.

Nein.

Roma se va directo a las cortinas ignorándole, empezando a cortarlas. El hotel va a adorarte, Roma. América es muy feliz pensando en The Sound of Music y el capitán Von Trapp digo, Germania, mira a Roma con cara de desagrado.

—¿Qué haces?

El moreno corta una pajarita de la tela azul de las cortinas, se acerca a él y se la ata al cuello. Da un paso atrás valorando su obra con aire crítico. Germania protesta, pasándose un dedo por el cuello.

—Tchs! —manotazo para que no se la toque—. Quita tus manos que vas a desmontarla.

—Pero es que aprieta.

—Sólo un poco —asiente conforme con el resultado y se va a la ducha.

Y Germania sale a que le dé el fresco, que no creo que sea mucho, no sin antes tomar el libro que le dio a Roma para entretenerse él también... Ya que no hay tele.

—Escucha... Germaniae? —le llama.

Was? —se asoma un poco hacia adentro.

—No te vayas hombre, que te estoy hablando —abriendo el agua tranquilamente y metiéndose a la ducha—. Escúchame, este lugar... la universidad...

—Pues es que te ibas a duchar... —razona entrando otra vez y tratando de escucharle desde el cuarto —. ¿La qué?

—¿Y qué? Puedo ducharme y hablarte, como si fueras a ver algo que no has lamido, besado y acariciado con anterioridad un millón de veces.

Roooom! —protesta apretando los ojos y entrando al baño. Vale, y quieres que no sude así... Roma se ríe —. ¿Qué pasa con la univer... sidad?

—Iba a contarte sobre ella. Es una especie de colegio, pero no sé en qué se diferencia de un colegio.

—No sé si estoy seguro de qué es un colegio.

—Un colegio es un lugar donde van los niños a aprender cosas sobre ciencias y artes y filosofía. Antes el que se lo podía pagar tenía a un esclavo letrado que les daba clase en casa, pero eso fomenta además la oligarquía que por lo visto también está mal —protesta un poco—. Así que ahora el letrado tiene una casa muy grande que se llama colegio y son los niños los que van ahí en vez de ser él el que va a casa de los niños.

—Un lugar para aprender... Como los guerreros.

—Bueno, no he leído en ningún sitio que aprendan a pelear.

—Los niños iban a aprender a pelear antes con los ancianos.

—No con los ancianos —sonríe de lado.

Ja, con los ancianos. Al menos los niños en mi casa —le mira sin entender del todo la sonrisa.

—Los míos aprendían de guerreros fuertes y audaces, no de ancianos... —y no aprendieron casi nada, en realidad, añade para sí mismo.

—Los ancianos fueron guerreros fuertes y audaces. ¡Por eso aprendían con ellos! —replica —, ¿así que aquí aprenden inutilidades en la universidad?

—Inutilidades no. Cosas sobre nosotros, sobre como vivíamos y resolvíamos nuestros problemas.

—Pero has dicho eso de filosofía... —dile de la poesía, ¡dile de la poesía de Odín!

—Eso no es inútil, hay muchas, muchas cosas igualmente y cada chico puede elegir las que le interesan.

—Bueno. Si alguien se interesa en ser un guerrero...

—Ya lo verás —sale de la ducha—. Planeo que nos metamos a una clase.

Germania parpadea.

—¿Meternos ahí a que nos enseñen algo?

—Para ver cómo es que enseñan.

—Entiendo... —asiente y le mira con seriedad —. No se sí vaya a funcionar lo que dices.

—Bueno, veremos cómo es —empieza a vestirse—. Tal vez tengamos suerte y nos toque una lección de algo interesante.

Nein, es que... Hace rato que hablaba con Hans, no parecía interesado de saber cosas sobre mí.

—¿Qué le has dicho?

—Que sabía muchas cosas, y que era más viejo que todo lo que conocía, que era un gran guerrero y podía contarle muchas cosas.

—¡Pero si te he dicho que no le dijeras a nadie quien eres!

—Por cierto, estás sólo tú y como Vergas en el sistema.

—Pues tú ni siquiera tienes un nombre común. El mío es Romulus.

—Yo... Soy... Ehm... Hans —esa falta de imaginación.

—¿Hans?

Ja. Hans.

—¿Por qué Hans? —arruga la nariz, mirándole mientras se ata los zapatos sentado en la cama.

—¿No te gusta?

Non. ¿Qué tal me veo? —se levanta y da una vuelta sobre sí mismo en tejanos, camisa de manga corta y chaleco de vestir.

—La tuya es de manga corta —menciona y se sonroja un poquito porque... Se ve bien. Como siempre.

Sic, pero yo llevo un chaleco.

—Te faltaría un sombrero como esos que usa Romano.

—¡Oooh! ¡Es verdad! Me compraré uno. Vamos. Me muero de hambre.

—¿Qué vas a decirles en la universidad? —pregunta saliendo tras él.

—Pues ya veremos si me gusta, pero quizás les diga que nosotros podemos explicar mejor.

—¿Y yo qué tengo que hacer?

—Pues escuchar y tal vez nos quieran hacer una prueba para convencerse que sabemos más que nadie de nosotros...

El rubio asiente un poco y piensa.

—¿Y si lo que saben está mal?

—Pues... intentaremos convencerles de que lo está.

Germania le pone las manos en la cintura. Roma sonríe al llegar a recepción por el ascensor ¡Y sin incidentes! ¡Como chicos mayores! ¡Han aprendido! Y se topan a Marion y a su amiga.

—Ah! Buenos días, Marion, 'has dormido bien? —pregunta Roma en ese francés tremeeendo.

Marion parpadea... Y le mira a él... Y mira a Germania con las manos en la cintura del romano... Y recuerda los sonidos nocturnos. Y se sonroja. La amiga sin nombre levanta las cejas al reconocer a Germania, toma a Marion del brazo y se la lleva de esa forma en la que las ancianitas cruzan de acera cuando se les acerca un punk adolescente.

Germania parpadea.

—Ehm... Ven... Antes de que empiece a gritar la loca —susurra.

—¿Gritar? —le mira inclinando la cabeza.

Ja, es que... Tuve un problema en la mañana.

El latino parpadea igual, yendo hacia la recepción para preguntar donde se desayuna.

—Me equivoqué de cuarto y no fue muy feliz —le sigue.

—¡Oh! —risas—. Ya digo yo que esos números son muy complicados... ¡Anda! ¿Y dónde está mi amiga Francesa? —pregunta Roma al notar a Hans en recepción.

—Él es Hans. ¿Ya vas a arreglar mi televisión?

—¡Oh! Hans. Ciao, yo soy Romulus —se presenta Roma. Hans parpadea mirándoles a los dos y le tiende la mano a Roma para darle el apretón. Germania se sonroja un poco con la mirada.

—Queríamos saber donde es el desayuno.

—La televisión, ya he llamado, y el desayuno es por ahí, señor... Vergas —se sonroja un poco al decir eso, explicándole a Germania.

—Es ÉL el señor Vergas —protesta Germania, apretando los ojos y señalando a Roma muy sonrojado.

—Es verdad, no estamos casados —explica Roma tranquilamente y se gana un empujón, que le da... adivinad. Eso mismo. Risa.

Hans levanta una ceja y se sonroja un poco al notar que son... ejem... gays. No que él lo sea, quiere mucho a su chica.

—Ehm... Esto... Yo... Nein —balbucea Germania sudoroso.

—Aunque he leído que la gente viene mucho aquí de luna de miel, ¿tenéis muchas parejas de recién casados? —Roma, ¿puedes dejar de estar de cháchara con TODO el maldito mundo?

—¡No hagas esas preguntas! ¡Vámonos! —Germania le empuja un poco frunciendo el ceño.

—Pero... jo! —protesta dejándose empujar antes de que Hans pueda contestarle.

—¿Sabes lo que piensa todo el mundo cuando dices esas cosas? —sigue riñéndole un poco.

Quid?

—¡Pues que tú y yo...!

—¿Ajá? —sonríe más.

—¡Pues que estamos juntos!

—¿Y no lo estamos? —le toma de la mano y entrelaza los dedos.

—P-Pues sí pero… pero, pero...

Roma se acerca y le besa, riendo. El germano le deja, sonrojándose más pero sin quitarse, claro.

—Eres un tonto, deja de hacer circo romano aquí en medio de todo.

—No es circo —y cuando ve bufet levanta las cejas.

—Es circo... Con leones germanos y todo —creo que a él lo está llevando el aroma tipo la pantera rosa...

El latino se ríe un poco y se acerca a ver que hacen los demás. Cosa extraña... Germania no tan lentamente entiende el funcionamiento mecánico de las cosas.

—Creo que tomas un plato y tomas las cosas... Y luego te sientas —¡algo debe entender el pobre hombre que nunca entiende nada!) —. Y el de blanco se te acerca... Seguro le pagas —señala a uno de los meseros.

El de blanco se les acerca... y les pregunta su número de habitación.


Agradece, por favor, a Josita