Declaimer: Naruto no me pertenece, creo que es más que obvio...pero de ilusión también se vive xD

Advertencia: Contiene lenguaje obsceno, si así quieren llamarlo xD


En busca del amor

3. Tirón jodidamente incomodo

Intentó nuevamente atacarlo, lanzó su puño al aire, pero él lo evitó con tanta agilidad y elegancia, que hasta se sintió fascinada. Fascinada por él. Mierda. La atrapó. Su espalda pegada a su duro pecho. Uno de sus brazos, inmovilizado y su otra mano en alto, sujeta por la muñeca. Por su culpa, por él. No tenía escapatoria, joder, se había encerrado así misma. Notó un cálido aliento en su nuca, erizándole el vello y causándole un estremecimiento, que para su desgracia, fue percibido por su contrincante.

–Te has distraído.

Su voz, su puta voz. Ronca, sedosa, varonil…parecía que la acariciaba a medida que cada sílaba salía por su boca. Y pese a estar en una situación desfavorable y haber perdido contra su superior, se relajó. Se apoyó contra él, contra su cuerpo, queriendo rozar más profundamente lo que ahora estaba tan cerca suya. Tan cerca, pero tan lejos. Su mente divagaba y perdía el norte y el juicio por momentos. Concéntrate, se ordenó, pero ¿acaso sirvió de algo? La respuesta llegó alta y clara: No.

–Ha ganado ¿puede soltarme, Capitán?

Estúpida pelea, estúpido Gai, estúpida ella. Había perdido ese combate de entrenamiento, igualmente se sentía bien. Había dado lo mejor de ella misma y por sobre todas las cosas, él la había tratado como una igual, no le dio ventaja por ser mujer, no la trató muy diferente a otro adversario. La midió por su forma de pelear, no por su sexo. El Huyga la veía como un compañero más y, sin embargo, aunque ella se repitiera una y otra vez que eso era bueno, una parte de sí misma no paraba de gritarle que no la veía como mujer y eso, en parte, le dolía.

La soltó y se alejó un paso de ella, su meticuloso control se estaba haciendo añicos teniéndola a ella tan cerca, pegada a él. Y, aún así, no quería separarse. Eso sí, tenía que admitir que era buena luchadora, no muchos soldados podían medirse a su altura, con razón Gai quiso que ella entrenara con él.

Un silencio se cernió sobre ellos. Tenten miró sus botas sucias por el barro, tendría que quitárselas antes de entrar en casa para no manchar el suelo, sí, eso haría. Trató de concentrarse en eso, hacer planes para cuando llegara a su hogar y así no fijarse más de la cuenta en su superior, pero era algo inevitable. Joder, las gotas de sudor se resbalaban por sus sienes y su cuello, esa maldita camiseta negra se le pegaba como una segunda piel, luciendo mejor sus abdominales y… ¡maldita sea! Ella empezaba a imaginar, imaginar cosas no muy decentes, si era sincera.

Carraspeó nerviosa–Yo me voy

Dio media vuelta con tosa la intención de marcharse, pero él la sujetó del brazo y la obligo a parar. Lo observó detenidamente a los ojos, pero en ellos no encontró nada más que serenidad, ninguna huella de cualquier otro sentimiento, como siempre.

–Mañana, aquí, a las siete

La soltó y sin esperar respuesta de su parte, se fue. Tenten no sabía si correr y llamarlo estúpido o sonreír de felicidad. ¿Él quería entrenar mañana con ella? ¿Y qué se iba a poner? ¿El uniforme de siempre o su ropa de entrenamiento? Vale, estaba exagerando, no le había pedido una cita ni nada parecido, tan sólo iban a ponerse a sudar como cerdos, pero…algo es algo ¿no? Además, que carajo, era el Capitán "Sexy" Hyuga.


Estaba agotada, exhausta y los pies los tenía muertos. Esos asquerosos zapatos le hicieron daño, sólo quería llegar a su casa y mandarlos a volar de una patada, es más, los tiraría, sí, eso haría. Y encima tenía que ir caminando, mala suerte la suya, pero su coche se había estropeado, no había derecho. Menos mal que su piso no quedaba tan lejos de la escuela, sino…moriría.

Su mente volvió a recordar el rostro cansado y hundido de la señora Katakura y sintió como su corazón se encogía, esa mujer lo estaba pasando mal. Yuki era el apoyo de ella, el único soporte que la mantenía en pie y con vida, pensaba Hinata. Porque seguramente ella no hubiera podido seguir viviendo si no fuera por su hijo, ese pequeño astuto de mirada vivaz. Y lo peor era que todos sabían, pero nadie hacía nada. Un secreto a voces callado entre la multitud. Maldita ironía.

Introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta, suspirando. Se sacó la chaqueta, dejó el bolso y, como pensó, tiró los tacones, dejándolos caer con un ruido sordo sobre el suelo, de cualquier forma y sin preocuparse de dónde. Movió sus deditos libres y sintió algo de alivio al no encontrar a su novio en casa. Kiba, viendo la hora que era, todavía estaría en la veterinaria. Se encogió de hombros y se dispuso hacer su monótono plan hogareño. Se cambió de ropa, recogió objetos, ordenó, limpió y por último entró en la cocina a preparar la cena. Esa era su vida, todos los días iguales.

Cortaba cebollas, mientras sus ojos lagrimaban y picaban por el olor que ésta desprendía, sin embargo seguía concentrada en su tarea. Tarareaba una canción que sonaba por la radio y movía ligeramente las caderas de un lado a otro, en un intento de baile. Y así la encontró él. Había entrado en casa con la sutileza de un gato, guiado por el aroma encontró a la dueña de la casa cocinando lo que sería su cena y no pudo evitar morderse el labio inferior y sentirse jodidamente culpable. Un hombre de corto cabello castaño y revuelto en punta, de unos ojos negros y como particularidad, dos marcas rojas en sus mejillas, se apoyó en el marco de la puerta, sin ser percibido por la joven.

Unas manos le rodearon la cintura y pegó un bote en el sitio. Ahogó un suave grito, su corazón latió desenfrenado y la mano que tenía el cuchillo tembló palpablemente. Una risa varonil, casi como el ladrido de un perro, se escuchó y un aliento cálido calentó su nuca. Giró sobre sí misma y se lo encontró sonriéndole ampliamente, brillando en sus ojos la culpabilidad.

–Lo siento, no pretendía asustarte.

¿Por qué hoy todos querían asustarla? ¿O quizás ella era muy asustadiza? No lo sabía, pero sus temblores no dejaron de recorrerla. Kiba tomó en su mano la suya y dejó el cuchillo a un lado, por si acaso que a ella se le cayera.

– ¿Me perdonas?

Y ahí estaban, sus ojitos de cordero a punto de matar. Normalmente ella no podía soportar que nadie le pusiera caritas, es más, eran su debilidad. Le costaba decirle que no a las personas y más si le hacía morritos para conseguir sus objetivos. Bufó, rodando los ojos y virando la cabeza a un lado, fingiendo hacerse la ofendida. Pero eso tampoco le funcionaba, en su cabeza seguía viendo la imagen.

–Está bien–lo miró, suspirando resignada–Pon la mesa, ya va a estar lista la comida.

Giró nuevamente, con él aún pegada a su espalda. Trató de continuar con su cometido, pero su mirada clavada en su nuca no la dejaba. Kiba olfateó su perfume, uno muy suave a lavanda, era tan delicado como ella. Hinata volvió a darse la vuelta, quedando de frente a él, con sus rostros muy juntos, a pocos milímetros. Fue ella la que dio el primer paso de acercamiento, quiso besarlo, quiso que todo volviera a ser como era antes. Quería que él volviera a tratarla como antes. Y…volteó la cara en el momento adecuado para que ella depositara su casto beso en su mejilla. Un balde de agua fría cayó sobre ella.

–Será mejor que vaya colocando los platos. –se excusó, escapando de ella.

Hinata asintió con la cabeza, con el orgullo por los suelos y el alma partida. Volvió a recordar el cuento de esa mañana leído en clase y anheló al maravilloso príncipe azul ¿y acaso éste existía? Porque, por mucho que le doliera y que no quisiera aceptarlo, Kiba ya no era ese hombre.


¿No existía internet? ¿Para qué carajos habían creado ese maravilloso invento de tecnología si no lo usaban? La vieja cada vez estaba peor. ¿Qué diablos se pensaba que era él? ¿Su secretario? Joder, era un director. El jodido director creativo general. Un jefe, por encima de él solamente estaban, ella y los accionistas. ¿Por qué tenía él que hacer el trabajo de una vulgar recepcionista? Maldita borracha. Y todo por haber llegado tarde…por dos horas y media tarde se ponía así. Había que joderse.

Subió las escaleras pisando con excesiva fuerza, con el odio pintado en sus facciones y sus ojos llameando en rabia. En su mano iba la estúpida carta que debía enviar en la oficina de correos. Sí, en la puta oficina de correos, esto era increíble, aún podía ver la cara de satisfacción de la vieja al verlo sorprendido. Porque sí, logró que él, Sasuke Uchiha, expresara algo más que simple aburrimiento. Maldita fuera Tsunade Senju y sus estúpidas venganzas.

Y lo peor llegó cuando abrió la puerta y vio el panorama. Ancianos por todas partes. Parecía esto más un asilo que una administración de correspondencia. Se sintió sumamente idiota y fuera de lugar, aún así, hizo acopio de valor y tragándose sus maldiciones se colocó, en lo que le pareció, una interminable cola. Las señoras lo miraron con total descaro, susurrando entre sí, chismorreando e inventando cualquier tontería sobre él y su vida. Los caballeros no opinaron, más bien le tenían cierta lastima. Bufó, soplando su fleco hacía arriba, quitándoselo de su frente. Se cruzó de brazos y se mantuvo impasible, o eso trató de parecer.


Corre. Por el amor de dios, Sakura, corre. No, no tenía que salvar una vida. No, tampoco nadie quería asesinarla. No, no tenía gastroenteritis aguda, ni necesitaba un baño con urgencia. Entonces ¿por qué la doctora iba corriendo por las calles de Tokio, esquivando como una atleta profesional, cualquier obstáculo que a su paso encontraba? Fácil, llegaba tarde y si llegaba tarde, cerraría la oficina. Y ella no podía dejar de enviarle esa carta a su abuela, era de vital importancia, sino, se dedicaría a llamarla molesta por no preocuparse por su salud y bla, bla, bla.

Y al fin, la vio. Sus ojos verdes se iluminaron como dos luceros en medio de la noche y casi se sintió flotar mientras cruzaba el paso de peatones. Pero toda su ensoñación se fue al diablo al oír una estúpida bocina alertarla. Giró su rostro y no pudo evitar sorprenderse al percibir la mínima distancia que la separaba a ella de un coche. ¿En qué momento llegó esto ahí?

– ¿Está loca? ¡Casi la atropello, maldita mujer!

Ella miró al hombre, fulminándolo, preparando la sarta de improperios que le soltaría en menos de un minuto y con toda la elegancia de una sirena. Sin embargo, primero se dedicó a observarlo. Bajo, gordo y calvo. Dios, era como Calimero pero en versión humana. No, incluso ese pollito era más encantador que ese señor.

– ¡Cállese, cabeza huevo! ¿No vio que esto es un paso de peatones?

El insultado abrió y cerró la boca como si se tratara de un pez. La pelirrosa prosiguió su camino con toda la dignidad que pudo, es más una pequeña sonrisa afloró al recordar su comparación anterior con el dibujito animado. Pronto la circulación volvió a fluir y ella logró llegar a su destino, la oficina de correos. Extrañada por la cola formada, comprobó una vez más su reloj y le dieron ganas de matar a alguien. No llegaba tarde, es más…pensó que iba a cerrar, pero aún le quedaba un hora. Mierda. Se encogió de hombros resignada y se colocó en fila, tratando de no perder la poca compostura que le quedaba y maldiciendo por lo bajo.

Sasuke observó de reojo a la extraña mujer. Había montado tremendo espectáculo allá afuera, insultó a un conductor por su casi atropello y ahora, allí estaba, tan tranquila. Se aburría lo suficiente como para analizarla con sus negros ojos, de arriba abajo y de abajo arriba. Si no fuera por su raro color de pelo y sus llamativos ojos verdes, sería una joven de lo más corriente, pensó. Y, sin embargo, no paraba de preguntarse si su cabello sería tan suave como parecía. Se pegó mentalmente por ese pensamiento estúpido. Estar tanto rato rodeado de ancianos le afectaba, y mucho además. Pero, joder ¿quién tenía el pelo rosa? Tenía que ser teñido, quizás se hizo ese destrozo para llamar la atención o era una apuesta…o vete tú a saber. ¿Y a ti qué diablos te importa, Uchiha?

– ¿Has terminado ya de inspeccionarme? ¿O quieres que me dé la vuelta para que tengas una mejor vista de mi trasero?

Sakura se cruzó de brazos, frunciendo el ceño con irritación, ofendida. ¿Y este tío que se creía? Podía parecer una súper estrella del cine y todo lo que él quisiera, pero eso no le daba ningún derecho a mirarla como si se tratara de un trozo de carne. Estúpido engreído. Y para colmo, estaba como quería el condenado. Mierda, puñeteras hormonas revolucionadas. Si Ino estuviera con ella, ya le habría pegado por atreverse hacer ese comentario, es más, le hubiera metido tremendo empujón para que saltara encima de ese espécimen.

Alzó las cejas conforme escuchaba las palabras de la mujer. ¿Acaso ella se estaba quejando porque él la miraba? ¿Ella lo retaba a él? Para cualquier otra hubiera sido un honor que alguien como él se paraba a verla. ¿Esto estaba ocurriendo de verdad? ¿Dónde está la cámara oculta? ¿Pasar tanto rato con Naruto le afectaba tanto a sus neuronas como para que ya no fuera capaz de distinguir entre realidad y ficción?

–Hmp–fue todo lo que dijo, si es que a eso se le puede considerar una palabra.

– ¿Es todo lo que piensas decir? –Una venita comenzó a notarse en su frente, hastiada.

–Si quieres darte la vuelta, por mi mejor, así hago el examen más completo. –comentó con una nota maliciosa en su voz.

Eso fue la gota que rebosó el vaso. Mejor que no hubieras dicho nada amigo, ahora ibas a conocer la furia de Sakura Haruno. Oh, sí, hoy ibas a morir a manos de una doctora de bisturí fácil y buen pulso.

– ¿Cómo te atreves, cretino? –la mano de ella ascendió peligrosamente, con su rostro adquiriendo un rabioso tono carmesí debido a la rabia que en su interior se arremolinaba inquieta. Pero la mano nunca llegó a estrellarse en la cara varonil, es más una sonrisa arrogante se dibujó, mientras la sujetaba por la muñeca y se acercaba peligrosamente a ella. – ¡Suéltame! Maldito bastardo, te he dicho que me sueltes.

Toda la oficina de correos los contemplaba, sin decir nada, sin atreverse a detenerlos, sólo susurros demasiado bajitos para ser escuchados se atrevían a pronunciar. Estaba francamente sorprendido y divertido. Era la primera mujer que le intentaba dar una bofetada. Había hecho cosas a lo largo de su vida que podían molestar a muchas personas, pero nunca una fémina había levantado la mano contra él. Y esto, no lo enfurecía, es más, le encontraba cierto placer a molestarla, hacerla enojar, incluso, se le antojó linda. Deberías ir al médico, Uchiha, tu mente comienza a decir estupideces.

–Molesta

–Emo

El Uchiha clavó sus ojos ónix en sus orbes jades y casi tembló sin poder evitarlo. Él era intimidante, y lo peor, es que estaban demasiado juntos, ahora incluso más, debido a que se había encorvado ligeramente para quedar a su altura. Y aunque un tic le apareció en su ceja, el sentimiento de satisfacción se disparó como la dinamita por su sangre. Le había devuelto el golpe. ¡Já! Pero las ganas de reír se fueron a la mierda, cuando percibió su respiración tan cerca suya, calentando sus mejillas. La alarma sonó en su cabeza, apremiante. Debía de separarse de él. Sus piernas no se movieron, las llamó, insultó y recriminó, pero ni un ápice, retrocedieron. No quería alejarse de él, eso era lo más preocupante del caso.

–Señor, señorita…

Un carraspeo nervioso se oyó. Un hombre los interrumpió. Sakura miró alternativamente a uno y al otro. El desconocido no la soltó al instante, tardó sus buenos dos minutos, o a ella se lo parecieron. No pudo evitar sentirse un poco decepcionada al volver a verse libre y se reprochó a sí misma por idiota. Aprovechando el desconcierto del momento y que él aún no había dado ni un paso, se adelantó. Con las manos todavía temblando entregó la carta y efectuó el pago del sello.

Esa mujer…joder, nadie lo había sacado tan rápido de sus casillas. Y ni siquiera había sido por el apodo en sí, estaba harto de que Naruto lo llamara de esa forma tan absurda. Quizás fue su tono, su insolencia, su desparpajo, sus ojos o toda ella, no lo sabía. Pero algo lo hacía querer molestarla. La vio caminar hacia la salida y no pudo evitar quedarse brevemente embelesado en el dulce vaivén de sus caderas. ¡Demonios! Y sobre todo, le gustaba, si no ese pequeño tirón en su entrepierna no hubiera sido tan jodidamente incomodo.


Una semana había pasado y maldito fuera, pero Sakura no pudo olvidar ese pequeño encontronazo con ese sujeto, ese bastardo condenadamente sexy. Joder, si hasta había soñado con él. Sus mejillas se encendían de un encantador rubor con tan sólo recordar esos sueños, porque, demonios, eran sueños demasiado vívidos y subiditos de tono. Y no tenía sentido, nada de eso tenía sentido. Ella no tendría que estar fantaseando con ese engreído, con un desconocido, por el amor al cielo. ¡No sabía ni su nombre! Podía ser un criminal y ella teniendo sueños eróticos con él.

No le contó el incidente a sus amigas, ni los sueños, nada. Si después de haber tenido una conversación con la cerda sobre ese tema, ella le hablaba de ese sujeto…no la dejarían en paz. Además, tenían cosas más urgentes que solucionar ahora. En el hospital cada vez había más trabajo, su madre la estaba nuevamente acosando con el dichoso tema del matrimonio y Hinata hacía días estaba un poco deprimida. De todos los temas, su amiga era la más que le preocupaba. Ella era una persona fantástica, cargada de amor para dar y quizás, por esa necesidad de cariño seguía con su estúpido novio. Kiba no le caía mal, de hecho siempre trató muy bien a la joven, pero…nunca los vio enamorados. Estaban juntos, sí. Se veían bien juntos, sí. Se querían, sí. Pero no sentían amor y Hinata lo sabía tan bien como ella, únicamente pretendía engañarse a sí misma. Tenía miedo a estar sola.

Suspiró, sirviéndose una taza de humeante café recién hecho. Vitalidad. Precisaba energías para el día que de hoy al que tendría que enfrentarse. Salió de su casa poco después, vestida con falda negra hasta la rodilla y una blusa azul de botones. Elegante. Iba a ir hasta el ayuntamiento, precisaba vestir de una manera decente, a ser posible arreglada, no con las ropas cómodas de siempre.

Estacionó su auto en el aparcamiento y estirándose las ropas, esperó impacientemente el ascensor. Tamborileó el pie durante breves segundos, que le parecieron eternos, haciendo un incesante ruido con su tacón derecho. Observaba con atención los números de las plantas descender lentamente, casi burlándose de ella. Echó la cabeza hacia atrás y cuando oyó ese pequeño timbre y las puertas se abrieron creyó que, a lo mejor, se había equivocado y en vez de azúcar, droga cayó en su café matutino, porque si no, no tenía lógica que eso estuviera pasando, por lo menos no a ella.


Tranquilízate, se dijo una y otra, y otra vez. Pero de nada sirvió. Sus manos sudadas se las frotó contra los pantalones repetidas veces, tratando de secarlas, pero a los cinto minutos de restregarlas, ya estaban húmedas. Sus ojos revoloteaban a todas partes, buscando algo que sólo él conocía y también, atento a que, quizás, alguien conocido, lo reconociera a él. Y luego estaba la culpabilidad, ese maldito peso de su corazón, ese jodido hueco en su estómago que no lo dejaba en paz. Remordimientos. Sentía un cargo de conciencia demasiado inquietante en su alma, no lo podía soportar, pero tampoco era capaz de terminar con toda esa mentira.

Hacía tiempo ya que sabía que lo suyo no funcionaba, todo se había vuelto una rutina perfectamente planeada, a cada hora, cada minuto y cada segundo. Y siempre estaba esa maldita sonrisa feliz, la misma que lo atormentaba y veía a cada momento. Y sin embargo, era su culpa. Joder, tendría que haber terminado con ella y aún así…seguía. Era como si ambos tuvieran miedo a quedarse sin el otro, a no poder soportar cambiar. Porque sí, ella también sabía que su relación no avanzaba y no hacía nada para remediarlo. Le daba su espacio, no le hacía preguntas y se sorprendía de sus regalos, pero no lo interrogaba cuando llegaba a altas horas de la noche, no le reprochaba por tener un inconfundible olor a alcohol, ni tampoco demostraba lo mucho que le dolían sus sutiles desplantes.

Unas manos delicadas taparon sus ojos, alertándolo. Una boca se acercó a su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja, acariciando con su aliento su nuca, inundando con su perfume, tan distinto al acostumbrado, sus fosas nasales. Le rogó una vez más al dios de turno darle fuerzas para acabar de una vez con esta mentira, no herirla más y ser feliz, dejarla ser feliz.

–Hola Kasumi–le sonrió ampliamente, quitando de su rostro toda la preocupación anterior, sólo quería olvidar que él tenía novia.

No muy lejos de ahí, en una cafetería, oculta detrás de una maceta de hojas lo suficientemente grandes como para esconderla, observaba la escena una mujer con los ojos entrecerrados, como si tratara de distinguir mejor las facciones de los dos observados, y las manos en la boca, incapaz de creerse la imagen que sus orbes le devolvían. Hijo de….


Holaa! cómo están? xD Sin comentarios respecto a este cap xD

Primero que nada, gracias a todos por sus reviews, favoritos y alertas, me llegan al alma, sin ustedes yo no seguiría esta historia ^^

Gracias igual a mi Gemela Viciosa por su apoyo, al final va a resultar que soy una mala influencia xDD

Nos leemos!