Disclaimer:Los personajes no me pertenecen, son de la autoría de Stephanie Meyer. Yo sólo los tomé prestados para protagonizar esta historia.
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Capítulo 3
Fences
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"You can't turn back,
because this road is all you'll ever have"
…
Edward alcanzó a Emmett cuando estaba cerrando la puerta de su auto. El frunció el entrecejo al ver a su amigo tan preocupado. Sí, la situación en la que se encontraban era para estar así, pero algo le decía que no era sólo por eso.
—Em… ¿pasa algo?
El moreno enfocó la vista en el abogado, parpadeando, como si no lo hubiese visto llegar.
—Edward —dijo su nombre con un atisbo de sorpresa—. No, no pasa nada. Sólo estaba pensando.
Por supuesto que el aludido no se dio por satisfecho con esa escueta respuesta, sin embargo lo dejó pasar. Tenía cosas más importantes qué aclarar.
—El funeral ha concluido —le informó—, creo que es un buen momento de irnos a casa.
—Sí, seguro —respondió, aún distraído.
Caminaron hombro a hombro hacia el lugar donde Charlie Swan había sido sepultado. Las personas que habían llegado ya se estaban dispersando y el Reverendo Weber casi concluía de recoger sus cosas. Lo saludaron con un asentimiento de cabeza y él sonrió con tristeza. Ambos lo conocían, era uno de los mejores amigos de Charlie. Ángela, su hija, estaba ayudándolo.
Edward se extrañó al no ver a Isabella a primera vista. La última vez que la había visto, estaba hablando con la joven Weber.
—Ángela —llamó la atención de la muchacha— ¿Dónde está Isabella?
Ella se mordió el labio inferior y miró por detrás de su hombro.
—A decir verdad, no lo sé —se agarró un mechón de su cabello marrón y lo torció con su dedo índice, claro síntoma de nerviosismo—. Estábamos hablando y de pronto… desapareció.
Edward palideció.
—¿Crees que le ha pasado algo? —Ángela preguntó con temor.
Él no pudo responder. Un gran nudo en la garganta se había instalado para impedirle el habla. Giró sobre su lugar y miró hacia todos lados, deseando encontrar a Isabella con la mirada.
Emmett, a pesar de estar con la cabeza dividida, pudo ver claramente el horror en los ojos de Edward. Se acercó preocupado para saber qué le pasaba. No alcanzó siquiera a preguntar, él se encargó de revelar lo que le inquietaba.
—No encuentro a Bella.
Esto no era bueno. Ambos hombres acordaron sin cruzar palabra alguna que tenían que hallar a la chica lo antes posible. Los acontecimientos vividos no daban el mejor cuadro para caminar sola y sin un paradero fijo.
Emmett se devolvió sobre sus pasos, en donde se encontraba el estacionamiento y la única salida pavimentada del cementerio. Edward, en cambio, se dirigió hacia el borde del bosque. Temía que alguien peligroso estuviese agazapado entre las sombras y pudiese haber atacado a Bella. Quizás la misma persona que mató a Charlie…
No quería pensar en tragedias, pero era el único pensamiento que desfilaba por su mente. Apresuró su paso hasta correr y el miedo latente hacía que transpirara helado.
De pronto un borrón pasó en su campo de visión. Sin pensarlo dos veces se encaminó a esa dirección sin dejar de rezarles a los santos que conocía para encontrar a Isabella sana y salva.
—¡Bella! —su voz se escuchó desesperada, tal como se sentía.
La muchacha giró su mirada hacia el abogado, quien venía algo despeinado y con los ojos desenfocados. Aquel miedo ajeno que expresaba con tal intensidad hizo olvidarse del suyo propio. Soltó el ramo de flores y corrió en su encuentro.
—¡Edward! ¿Te encuentras bien? ¿Le pasó algo a Emmet?
No podía hablar. El terror aun circulaba por sus venas como si fuese ponzoña venenosa. El pánico, a pesar de no haber durado demasiado, lo había dejado en un estado de hiperreactividad desagradable. El alivio de ver a la muchacha a salvo le produjo un agradable calor en su vientre, pero aun así no podía detenerse y simplemente sonreír.
¿Qué hubiese pasado si algo le ocurriera a Isabella? ¿Y si alguien la encontrara desprotegida mientras ella camina tranquilamente, sin ningún tipo de ayuda a mano? ¿Cómo podía ser tan descuidada?
—¡Edward! Por todos los cielos, me estás asustando…
—¿Yo te estoy asustando? ¿A ti? ¡Por todo lo sagrado, Isabella! Estábamos preocupadísimos por ti, y tu acá… recogiendo flores —hizo un gesto despectivo con la mano, abarcando el ramo de rosas blancas que estaban tendidas en el pulcro césped del cementerio—. ¡Cómo puedes ser tan irresponsable! Eres una niñita que no piensa en las consecuencias. Simplemente sales de nuestra vista, como si nada hubiese ocurrido. Como si no estuvieras al tanto de las circunstancias. Cielo santo, estoy tan furioso en este momento…
Isabella estaba en blanco, sin comprender aun lo que había pasado. Un muy enojado abogado le gritaba con todas las fuerzas y ella aun no salía del asombro sobre las flores que había encontrado. A pesar de todo pudo separar aquel hecho y se enfocó en el monólogo que tenía al frente.
—No tienes idea de lo que haces con tus acciones. Las acciones traen consecuencias, Isabella. No puedes ir por la vida haciendo todo lo que se te antoja, como si el mundo tuviese que soportar tus arrebatos adolescentes. Hay personas que se preocupan por ti y temen cuando haces algo así. ¡Ni te imaginas lo que pasó por mi mente! Si tan solo pensaras…
—Si pienso, Edward. No soy estúpida, si es lo que insinúas —Isabella controló su voz en un tono de falsa tranquilidad.
—No me des vuelta la discusión, Isabella. No pienses que te saldrás con la tuya sólo por poner palabras en mi boca.
—No lo hago, sólo que no me gusta cuando alguien me sermonea a gusto. No eres nada mío, Edward. No quiero que me digas lo que tengo o no tengo que hacer.
—No seas malcriada.
—No es tu asunto si lo soy o no.
—¡Maldita sea! —Edward se agarró muy fuerte de sus cabellos. Estaba al borde de un jodido ataque de los nervios e Isabella parecía no comprender el por qué.
¿Por qué no podía escucharlo por una vez en su vida?
—¡Bells! —Emmet corrió hacia ellos y abrazó a la muchacha, ajeno a la discusión de ambos— Me tenías preocupado, enana. No te alejes demasiado, ¿vale? Podría jurar que sentí que una arruga se me formaba en el centro de mis cejas—él rio, pero nadie más lo hizo—. ¿Pasa algo? —preguntó extrañado.
—Nada —dijeron al unísono, mirándose fijamente.
—Bien, vámonos entonces. Tengo mi carro en la entrada principal para que vayamos a comer algo. Necesito decirles algo a ambos.
No les creyó, por supuesto. Su sobrina estaba colorada de rabia y su amigo tenía el cabello alborotado, revelando su previo tironeo que evidenciaba frustración previa. Los conocía demasiado a esos dos, pero prefirió ignorar la disputa que ambos habían tenido, confiando en que solucionaran las cosas en algún momento del futuro. El presente exigía algo de atención.
En silencio, Emmet encendió su Jeep con un suave ronroneo y se encaminaron al centro de la ciudad. El resto del camino fue en un silencio un tanto incómodo, sin embargo prefirió no quebrarlo. Isabella se merecía unos minutos a solas y que digiriera todo lo que había pasado. La pobre había sufrido tanto en estos últimos días. Él no sabía qué hacer ni qué decir para hacerla sentir mejor; estaba claro que no sería tarea fácil. Charlie adoraba a su única hija y ella le correspondía a cabalidad. No podía siquiera imaginar lo que estaba sintiendo en esos momentos.
La mirada de Isabella estaba perdida. Miraba las calles pasar y parpadeaba sólo porque tenía que hacerlo. Estaba cansada física y mentalmente. Había tenido que enterrar a su padre después de una muerte trágica y completamente inesperada. Había estado encerrada en una casa de acogida de adolescentes delincuentes, porque era la principal sospechosa de asesinato y para colmo, no podía sacar de su cabeza la imagen de Charlie, pálido, con los ojos muy abiertos y cubierto por su propia sangre.
Cerró fuertemente los ojos. Trataba de ser fuerte, de salir adelante, pero sentía que no había fuerzas en su pequeño cuerpo. Ahora más que nunca se sentía insignificante, una pequeña niñita que no tenía idea de la vida. Ella lo sabía, pero era completamente distinto que alguien más se lo dijera. Y le dolía a niveles incalculables, porque esa persona que insistía en recordárselo era Edward. Era una daga en su estropeado corazón cada vez que se lo dejaba claro.
No es como si pudiese evitarlo, pensaba. No puedo hacer correr el tiempo y convertirme en una mujer de treinta años, con experiencia y fortaleza.
Lo que sí podía hacer era tragarse las lágrimas. Ya bastante había llorado frente a Edward, no quería ser vista en un momento tan frágil, tan débil. Si no podía ser madura, al menos podía aparentarlo.
Se detuvieron en un local. Era hogareño y el olor de comida recién hecha hizo recordarles a todos el hambre que tenían.
Una mujer de treinta y tantos les tomó la orden. Emmet pidió un bistec con patatas, Edward prefirió un plato de espaguetis y champiñones salteados, y Bella, que aun tenía el estómago revuelto, se limitó a pedir una ensalada césar.
Los platos llegaron con relativa rapidez.
El abogado aun estaba enojado con Isabella, pero reconocía que no debió haberle gritado de esa forma. Sus nervios por la búsqueda y el miedo de perderla controlaron su temperamento y explotó con la persona menos indicada. Era cierto que la había tratado como una niña que había porfiado un mandato directo. Eso estuvo mal. Sin embargo, cuando Isabella le había dicho que no tenía ningún derecho en reclamarle nada, Edward se sintió desesperado. ¿Cómo podía decir algo así? Ellos tenían un vínculo, una unión que nunca había tenido con nadie más. Una especie de conexión astral, del cual estaba completamente convencido que no necesitaba ponerle un título a su relación como para declarar que eran algo. No eran familia, no eran pareja, pero eran algo. Y no iba a dejar de cuidarla y protegerla, por mucho que ella protestase.
Al terminar de comer, Edward recordó las últimas palabras de su amigo cuando salieron del cementerio.
—Em, dijiste que tenías algo que decirnos —el aludido se limpió la boca con una servilleta, luego de tragar el último trozo de carne—. ¿Es sobre el juicio que se nos avecina? No te preocupes por los papeles, yo tengo contactos en la oficina de Policías, así que apurarán esos trámites.
—No, no es sobre eso.
El nerviosismo de su tío alertó a Isabella.
—¿Qué pasa? —murmuró, sin lograr controlar el temblor de su voz.
—Nada que te preocupe, enana —le tomó la mano y le dio un amistoso apretón, sonriendo y haciendo que se le formaran unos pliegues a cada lado de sus ojos.
Ella soltó el aire que había contenido sin darse cuenta. Evitó mirar al ojiverde, pero sabía que él estaba enfocado en ella, podía sentir como su mirada calentaba su piel.
—Es sobre el trato que hicimos con el juez. Isabella no puede salir de su jurisdicción, ¿no es así? —Edward asintió— Bien, eso quiere decir que…
—No puede salir del estado —completó el abogado.
Emmet suspiró y asintió, cabizbajo.
—Lo presentía. Sólo quería asegurarme.
—¿Por qué lo preguntas, Em? —inquirió la muchacha.
—Es por Rose —miró a su sobrina y sonrió con pena—. Está con ocho meses de embarazo y fue al doctor hace unos días. Supuestamente quedaba un mes más para que diera a luz, pero... ah, no sé, tecnicismos de médico. El punto es que puede entrar a labor cualquiera de estos días. Hoy me llamó y me dijo que había sentido contracciones. Afortunadamente fue una falsa alarma —sonrió con pena.
—Pero no siempre serán falsas alarmas —dijo Isabella.
—No, no lo serán.
Y Emmet vivía con Rosalie al otro lado del país.
La muchacha lo comprendió todo sin siquiera necesitar la explicación de su tío.
—Yo no me puedo mover del estado. Rose tampoco. Estás atascado conmigo —se lamentó y un peso más se echó sobre sus hombros.
Su vida apestaba cada vez más. Ahora haría que su tío perdiera el nacimiento de su primogénito. No quería decir que ya nada podría empeorar las cosas, porque, con la suerte que tenía últimamente, probablemente lo harían.
—¡No! No, Isabella —su voz se escuchó firme—. No estoy "atascado" contigo. Estoy acá porque deseo hacerlo, porque quiero estar a tu lado. Porque te quiero, ¿me entendiste?
¿Acaso hoy se había convertido el día de regañar a Isabella?
—Lo hago, Em. Lo siento —bajó la cabeza y retorció sus dedos, apenada.
Cielos, había perdido la cuenta de todo el tiempo que había pasado desde que había visto a Rose por última vez. Ella, al igual que Emmet, se negaba a ser tratada como "tía" y le había dejado muy claro que no quería formalidades entre ellas. Era una mujer de armas tomar, pero se veía a leguas que era protectora con aquellas personas que quería. A Isabella no le tomó demasiado tiempo encariñarse con ella, Rose era perfecta para su tío y la amaba sólo por eso. Ya quería ver a aquel mocoso que estaba en la panza de la rubia. Nunca había tenido demasiados vínculos familiares y le agradaba la idea de tener, al fin, un primo con quien relacionarse.
Eso sí, sólo si salía del aprieto en el que estaba. Esperaba encontrar una solución a todo el asunto de ser declarada culpable. No quería que su primo pequeño creciera y la conociera como la loca de la familia que mató a su padre.
—Así que —Edward llamó su atención—, ¿qué planeas hacer, Emmet?
Él carraspeó y se movió incómodo en su silla.
—Bueno, estaba pensando que podría viajar unos días a Nueva York, ver a Rose y volver. Estoy seguro que esa mujer, por lo testaruda que es, podría incluso estar atrasando su propio embarazo sólo porque no quiere dar a luz aun. Confío en que el bebé nazca cuando esté en la ciudad y pueda estar con ella los días que le corresponde estar hospitalizada. Luego volveré y seguiremos encargándonos el caso.
—Pero Isabella no puede salir del estado.
—Lo sé, genio —dijo con sarcasmo—. Ahí es donde entras tú.
—¿Yo? Me alaga que tengas tan buena estima de mí, pero por mucho que lo desee, no puedo hacer que Nueva York sea parte de este estado.
—Lo que estoy tratando de decir —Emmet se inclinó y lo miró a los ojos— es que necesito que cuides de Isabella por unos días, sólo los suficientes que me demore en ver a mi hijo nacer. No tardaré más de una semana.
—¿Quieres que YO cuide de Bella?
—No me agrada que hablen como si yo no estuviese presente —interrumpió la muchacha, con el ceño imposiblemente fruncido.
Emmet rodó los ojos.
—Sólo estoy encargándome de ti, Bells. No puedo no ir, Rose me sacaría las pelotas y me las daría en la cena con salsa curry. Prometo demorarme lo menos posible. Además, el juicio es dentro de un mes, definitivamente podré volver a tiempo para preparar todo y acompañarte.
—No soy una niña, puedo encargarme de mí misma…
—No es una democracia, Isabella —de pronto la muchacha escuchó como el tono de Emmet se volvía grave, incluso amenazante. Nunca lo había visto así; autoritario y paternalista—. Te quedarás a cargo de alguien, porque no puedes estar sola en estos momentos. Podría pedirles a otras personas, pero ya que te llevas bien con Edward, te dejaré quedar con él. Estoy siendo generoso, no lo desaproveches.
No tenía idea lo bien que se llevaba con Edward…
Miró aquellos ojos esmeraldas por debajo de sus pestañas y vio algo que no pudo determinar. ¿Ira? ¿Desesperación? ¿Frustración? Estaba claro que la idea no le entusiasmaba a ninguno de los dos, estar a solas dentro de cuatro paredes con él era el cielo y el infierno combinados. Nada le gustaría más que volver a ser los de antes, charlar y bromear con Edward hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, él había dejado muy claro que no quería ni siquiera eso con ella. No quería ninguna conexión entre ellos. Ella era una niña y él un adulto responsable. En su ordenada vida no calzaban sus zapatillas converse ni salir a nadar en un día soleado.
Ahora mismo, ella no era más que una responsabilidad que cumplir. Nada más. Nunca sería nada más que eso.
Suspiró y agachó la cabeza, rendida.
—Entonces está decidido. ¿Me ayudarás, hermano?
—Cuenta conmigo, Emmet.
Los días comenzaron a sentirse incluso más helados que antes. El invierno había llegado con ímpetu ese año y la lluvia no daba tregua. En las calles de Seattle sólo se veía la gente que necesitaba salir de sus casas, porque si no tenías una razón, el frío hacía cobijarte en el calor de tu hogar.
Sin embargo, en la casa de Edward se vivía una situación completamente distinta.
Emmet había viajado hace tres días atrás y había dejado a cargo a su sobrina con él. La muchacha le había quitado la palabra y las únicas veces que se dignaba a decirle algo, era cuando tenía hambre o no encontraba algo en su hogar. El silencio lo tenía desesperado, el enclaustramiento le provocaba irritabilidad y, como su aire acondicionado se había estropeado, su nivel de estrés había alcanzado niveles insospechados.
No hacía frío, todo lo contrario. El termostato había quedado atascado en los treinta grados Celsius, así que, mientras fuera de la puerta de su casa las calles se congelaban, dentro de ella se vivía un verano seco y sofocante.
—¿Cuándo vendrá el encargado? —preguntó Bella esa mañana, mientras se servía un tazón de leche con cereales— Muero de calor.
—No lo sé. Pronto —musitó, molesto.
—Como sea, sólo era una pregunta —contraatacó la muchacha a su tono hostil.
Simplemente no podía controlarse. Sabía que la comunicación casi nula no era buena para ninguno de los dos, pero no podía evitar sentirse así de molesto.
Era por Isabella. No tenía idea qué era lo que hacía y eso lo irritaba incluso más. Probablemente ella pensaba que su enojo radicaba en tenerla con ella en su casa. Su cara de perro podría confirmar aquella teoría. Sin embargo, era por el calor que vivía a diario… y no era precisamente por el termostato averiado.
Aquellos días había visto a Isabella desfilar con pantaloncillos cortos y remeras que mostraban su plano vientre, demasiado sensuales para su salud mental. Culpaba al calor. La única vez que le había regañado por usar tan pocas prendas, ella le había dicho que era su culpa, que si quería verla más vestida, tenía que encargarse de encontrar a alguien que arreglase el aire acondicionado.
Él definitivamente no quería verla más vestida. Si pudiera, subiría a la muchacha a la encimera de la cocina, acariciaría muy lentamente la piel nívea que recorría sus muslos y llegaría hasta el borde de sus pantaloncillos, sólo para arrancárselos como un bruto. Sólo podía pensar en ello, una y otra vez, con leves matices en sus fantasías, como besar el camino de su vientre desnudo hasta el monte de su pubis o simplemente desvestirla entera y beber directamente de su calor. Cómo la haría gritar por su liberación, una y otra vez. No le daría clemencia, ella claramente no se la daba cuando vestía como pecado mortal.
Gruñó, frustrado y se ajustó sus pantalones deportivos. Había optado por usarlos en casa, ya que vivir con una erección día a día exigía algo de soltura. Sólo Dios sabía el calvario que estaba teniendo al ver a diario a esa mujer sin poder tocarla.
¿Mujer? Debía recordarse que no era una mujer, era una chiquilla que le habían dejado a cargo. Él era el adulto responsable y ella la sobrina de su mejor amigo. Nada más. Y así era mejor.
Isabella estaba que subía por las paredes. De nada funcionaba hablar civilizadamente, si lo único que recibía a cambio eran monosílabos o gruñidos. Menos mal que ella era la inmadura, no quería pensar cómo sería Edward haciendo niñerías.
Era imposiblemente irónico; en casa era ignorada y fuera de ella era un personaje andante. Cuando salía a las calles, cosa que hacía poco esos días, no podía dejar de sentirse observada. Ir a comprar abarrotes al negocio de la esquina se había convertido en una especie de vigilancia absoluta. Las dependientes del local la reconocían al pasar, los hombres murmuraban por lo bajo cuando la veían y las mujeres cuidaban a sus hijos, tironeándolos de la mano para que ella no se les acercase a menos de dos pasos. La noticia de su juicio y lo que había sucedido no era ajeno para nadie, había salido en televisión y todo el mundo especulaba a sus anchas.
—Es la que mató a su padre —escuchó a un niño de no más de doce años decirle a su madre—, Jim me contó la otra noche. Dijo que lo encerró y lo torturó hasta la muerte.
—Tiene cara de psicópata —susurró una muchacha rubia y con aires de superioridad, demasiado alto como para ser secreto, cuando pasaba con su manada de amigas del mismo estilo, tipo minifalda y risitas nasales—. Me extraña que la hayan dejado salir libre. Quizás ahora a quién matará.
—Lo mató…
—Nos matará…
—Se matará ella misma…
Le impresionaba con la facilidad que la gente hablaba sobre la muerte y matar, cuando no lo habían experimentado en carne propia. Lo decían con naturalidad, como si darle la muerte a alguien fuera tan fácil como parpadear. Nadie le daba el beneficio de la duda, todos asumían su crimen. Y aun así, se encargaban que la supuesta asesina escuchase todas sus macabras cavilaciones.
Estaba agotada. Se sentía demasiado cansada como para hacerle frente. No había nadie que le dijera que tenía que ser fuerte, que debía luchar por encontrar su inocencia. Tantas personas se habían encargado de decirle que era culpable, que ya se lo estaba empezando a creer. Debía estar en casa la noche que murió Charlie, ¿no es así? Quizás si ella no hubiese salido ese día, el asesino habría llegado a su casa y la hubiese matado a ella.
Habría sido tan fácil. Ella no tenía entrenamientos como su padre, quien había trabajado como policía lo suficiente como para defender su propio pellejo. Isabella sólo podía hacer una llave en el brazo derecho de un atacante, en el caso que alguien la atacara por atrás en un callejón oscuro. Había tomado una clase de defensa personal y le habían explicado todos los pasos que debía usar. Ahora mismo parecía una absoluta tontería. Una persona que te quería atacar, sólo tenía que usar un cuchillo muy afilado y estaba segura que la víctima no se atrevería a mover un solo músculo.
Bella habría sido un blanco fácil. Malditamente obvio.
Entonces… ¿Por qué había muerto Charlie y no ella?
—Saliste otra vez.
Edward le abrió la puerta apenas ella había subido los escalones para entrar a casa. Tenía el ceño fruncido y su boca era una perfecta línea recta.
—Sí, fui a comprar un poco más de leche.
—No puedes salir sin avisarme, Isabella.
La muchacha caminó hasta la cocina y comenzó a sacar la comida que había comprado. Sentía su mirada sobre su espalda, pero en ningún momento detuvo su quehacer. Siguió hurgando en las bolsas y acomodándolas en el congelador.
—No me ignores, sabes que tengo razón —su voz tenía un toque ronco, que habría pensado que era erótico, si la situación fuera otra—. No puedes caminar por la calle sin supervisión.
—Claro que puedo. Lo acabo de hacer. Sana y salva, ¿ves?
Giró lentamente y le dio una sonrisa irónica.
—Ese no es el punto. Podría haberte pasado algo.
—Pero no pasó nada, Edward. Déjalo ya.
—No puedo solo dejarlo, Isabella. Ahora mismo eres mi responsabilidad y no sabes lo desesperante que es verte a ti siendo irresponsable por tu propia seguridad.
Apretó con fuerza el cartón de leche y cerró los ojos.
—No sabes lo harta que estoy escucharte decir que soy una niñita irresponsable. Es un deja vu algo molesto.
—Lo seguiré diciendo hasta que lo entiendas de una maldita vez —gruñó.
—No. Me. Controlas —siseó entre dientes, marcando cada palabra.
Escaso control que poseía estaba cumpliendo su fecha de vencimiento. Ya le habían pasado suficientes cosas últimamente, para ahora discutir por salir a comprar al negocio que le quedaba a escasos dos minutos caminando. ¿Quién pensaba que le iba a atacar en el camino, la señora Hill, quien tiene artrosis en las piernas? ¿O tal vez el matrimonio de viejecillos del otro lado, quienes sonríen cada vez que se les saluda? El vecindario no podía ser más monótono, Edward exageraba y parecía no notarlo.
—No uses ese tono conmigo…
—¡Deja de hablarme como si fueses mi padre! No lo eres, Edward. Estás lejos de serlo —cerró el congelador con un portazo y comenzó a pasearse por la cocina—. ¿Sabes quien eres en realidad? Un hombre de menos de treinta que se cree epítome de sabiduría. Un arrogante, engreído, petulante veinteañero que cree estar por sobre los demás, sólo por tener un par de años más a cuestas. No te engañes, Edward. Puedo ser menor que tú, pero sigues siendo inmaduro a los ojos de los demás. Alguien que cree saberlo todo en realidad no tiene idea de nada.
—Isabella…
—¡Sabes que odio que me llames así! Deja de decirlo de esa forma, con ese tono reprobatorio. Me tienes hastiada con tus órdenes. No soy militar, tu asistente ni tu hija para que me digas qué tengo que hacer y qué no. Por lo que a mí me vale, puedes irte ahora mismo a la mierda.
No esperó que Edward contestara. Se fue molesta de la habitación y subió las escaleras de dos en dos. Ya en su habitación dejó salir el sollozo que tenía atascado en la garganta.
Lo odiaba. Odiaba la forma en que la trataba últimamente. Ese dejo formal que ocupaba en ella, como si fuesen completos extraños y él solo estuviese cumpliendo una misión. Un trabajo más. Se había olvidado de todas las cosas que habían vivido juntos e ignoraba a conciencia todas las veces que ella trató de provocarle alguna reacción de su parte, cuando vestía aquellos pequeños conjuntos de ropa.
Era obvio que había pasado de ella, ya no tenía el más mínimo interés. ¿Para qué, si ya la había probado? Había saciado su curiosidad y no quedaba nada más que los pudiera unir.
Se limpió aquella traicionera lágrima que ya goteaba por su mejilla derecha y miró por aquella ventana colonial. Se veía una luna muy redonda y a lo lejos las luces bordaban miles de puntitos, señalando la vida urbana de la ciudad.
Enderezó la espalda y cuadró los hombros.
Había llorado suficiente. Ya se había lamentado por demasiado tiempo. Era hora de hacerle frente a la situación y dejar de llorar por los rincones. Era Isabella Swan, hija de Charlie Swan y no podía demostrar debilidad ahora que la entereza era vital.
No dejaría que Edward se metiera bajo su piel. Si él quería demostrar que era una niña, le mostraría qué tan adolescente podía llegar a ser.
Cuando Edward tocó la puerta de la muchacha, quince minutos después de la pelea, jamás pensó encontrarse con aquella imagen. Sin escuchar ninguna protesta para entrar, él abrió con sigilo y entrecerró los ojos en la oscuridad.
Su estómago dio un vuelco. Grande fue su sorpresa al percatarse que, en toda la habitación, los únicos que producían algún tipo de sonido eran el errante latido de su corazón y el susurro de la cortina al chocar con la ventana.
Una ventana completamente abierta.
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"And open wide; this is your night so smile,
Cause you'll go out in style"
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¡Hola! Lo sé, lo sé. Shame on me, desaparecí por meses y merezco todos los insultos que ahora mismo están pensando. Llego y les digo que me entusiasma esta historia… y dejo de actualizar. En mi defensa, puedo decir que soy mujer. Y siempre se ha dicho que a las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas (?)
Ok, nos desviamos del tema. xD
La verdad es que la U me atrapó y no podía actualizar, pero ahora estoy en semi vacaciones y eso se traduce a tiempo. Así que acá estoy otra vez, con las mismas ganas, sólo que con el tiempo a mi favor. Iré subiendo capítulos mientras los escriba, no soy mucho de fechas para actualizar, porque no me aguanto cuanto termino un capítulo. Llego y actualizo. Así que mientras me acostumbro otra vez al ritmo de las actualizaciones, probablemente me vaya demorando cada vez menos. :B
Espero que este capítulo les haya gustado. Si se acuerdan de la historia, Bella y Edward aun están algo distanciados por lo ocurrido aquella noche. No pueden simplemente perdonar, olvidar y seguir adelante. Necesitan que pase algo de agua por debajo del puente, por así decirlo. Oh, pero no se preocupen, esto sólo se puede poner mejor, hasta acá se ha hablado poco del misterio del asesino… ya hablaremos de eso más adelante *mirada suspicaz*
¿Me dejarían su opinión? Me encantaría saber qué creen hasta ahora :)
