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Rating: K+

Género: Angst

Personaje: Hikari


Y no quedó ninguno

3. Encerrada

De pequeña me decían que tenía muchos pájaros en la cabeza. Yo me preguntaba constantemente el porqué. Por eso empecé a desvelarme por la noche. Quizá luego me acostumbré a que fuera así, a pasar las noches pensando en todo lo que no sabía. Fue en una de esas noches sin dormir cuando vi al primero de ellos. Tenía la cabeza blanca, el pico alargado y los ojos diminutos. El cuerpo era tan negro que seguía siendo oscuro en contraste con el cielo nocturno. Agitó sus alas en mi ventana, dejando caer dos plumas, y siguió agitándolas durante varios minutos. Me quedé mirándolo, agarré fuerte la sábana y traté de despertar a Tai para que lo viera también, pero de mi boca no salieron más que susurros.

Recogí las plumas por la mañana y las metí en un jarrón. A finales de mes necesité guardarlas en otro lugar.

Era algo secreto. Cada noche venían a mi ventana más pájaros que la anterior. Me acostumbré a ellos, sentía especial su visita. Entonces no podía preveer lo que ocurriría, mi ruina.

Se volvieron agresivos. Al principio solo fue uno de ellos, tal vez el primero que conocí. Arañaba la ventana con su pico y sus patas. Los demás lo imitaron y yo corrí a encerrarme en el cuarto de baño. Coloqué mis manos sobre mis oídos, pero aún así seguía escuchando los arañazos contra el cristal. Querían romperlo, querían entrar en mi casa y el ruido me impedía pensar con claridad. Unas rayaduras se pisaban a otras, tejían una red densa que se mezclaba con sus graznidos. Empecé a temblar y a tener arcadas, no llegué a vomitar.

Cesaron los ruidos. También las arcadas. Ocurrió de golpe.

Mi hermano fue el primero en encontrarme arrodillada en el baño por la mañana. Me preguntó qué había pasado. Por qué tenía en la cara y en las uñas manchas de sangre.

—Han sido ellos.

—¿Ellos?

—Te lo mostraré —dije sin levantarme. No podía—. Mira en el jarrón de mi cuarto. En los cajones encontrarás más. Quizá es lo que buscan. No debí cogerlas, nunca debí.

Mi hermano miró en el interior del jarrón, metió la mano y se puso pálido en cuestión de segundos, por fin entendía lo que pasaba.

—No te vayas —le pedí.

—No llores, estaré aquí mismo, no me voy. Solo quiero llamar a mamá y papá —me susurró.

—No me dejes sola. ¡Cierra la puerta! Por favor… cierra la puerta, Tai…

Papá y mamá dijeron que no me preocupara, que me llevarían a un sitio seguro.

Al parecer, solo tengo pájaros en la cabeza. Los médicos ya me han doblado la medicación. Son unas píldoras de color blanco, algo grandes, aunque se pueden partir.

Pero las escupo, las piso, las convierto en polvillo que restriego por mi enmarañado pelo, se disfrazan de caspa, las diluyo por la noche en la ducha y no porque tenga miedo de perder mi mente, me da miedo dejar de saber que están ahí los pájaros que solo yo puedo ver.