Día #4 Roomate.
Sus ojos dorados no podían despegarse de la chica. ¿Y cómo no?, si esta estaba durmiendo plácidamente en su habitación, sobre su cama y con unas prendas tan pequeñas y reveladoras que le estaban robando fácilmente la atención.
Ahora vivía con Ryuzaki. Los dos compartían un departamento en el centro de Tokio, el cual pagaban a medias. Eran ya tres meses desde que se habían instalado ahí. ¿La razón?, daba igual. Era simplemente un tema de independencia.
Aunque nunca pensó que algo como esto podría ocurrir, ocurrió: Tenía a una chica con pocas prendar dormitando sobre su cama. Probablemente este tipo de situación era a la que su padre le llamaba "mega-oportunidad-no-seas-idiota" a las que él simplemente le hacían poner los ojos en blanco.
Más importante. ¿Por qué la chica estaba durmiendo ahí? ¡En su cama! ¡Pero si ella tenía su propia habitación…!
– Uhm –no hallaba la confianza para soltar palabras– ¿R-ryuzaki? –susurró. La chica seguía disfrutando de su plácido sueño.
El chico repitió. Lo hizo un par de veces más, pero la voz nunca quiso salir alta ni con autoridad, por lo que la cobriza ni si quiera le sintió. La verdad no quería despertarla.
Inseguro, pero curioso, presionó uno de sus dedos en el hombro de la chica. Esta soltó una risilla y de inmediato lo removió. Sintió unos grandes deseos de hacerlo de nuevo y por qué no, en otras partes del cuerpo, pero… no era algo que él fuese a hacer.
Suspiró.
Se sentó junto a la chica y le miró con las cejas curvadas, en signo de preocupación. Le molestaba la tendencia de fijar sus ojos en las curvas de su ¿amiga?, que por cierto, le hacían sentir como un verdadero pervertido.
Mordió internamente su mejilla intentando perder su manía de mirarla descaradamente. Poco a poco su mente fue tomando caminos extraños, como el pensar en sus partidos de tenis o de cómo preparar una simple albóndiga.
Varias horas pasaron, hasta que Sakuno finalmente despertó. Sus párpados se separaron y chasqueó la lengua con sed. ¡Aquel día hacía mucho calor!. Por suerte la habitación de Ryoma era la más fresquita de todo el depa.
Hablando de Ryoma…
– ¿¡Ryoma?! –gritó con sorpresa al percatarse del chico durmiendo a su lado. De inmediato este abrió los ojos con torpeza e hizo un ademán para levantarse.
Con las mejillas encendidas, la chica trató de marcar distancia con el chico, quien por cierto, tenía una mano firmemente ajustada su muslo.
– ¡R-ryoma lo siento m-mucho! –se disculpó omitiendo aquel detalle. Lo que de verdad le asustaba era que el chico le pilló usando su habitación como zona de siestas. – ¡Discúlpame, debí preguntarte!.
El pelinegro en cambio, a pesar de tener las mejillas rojas, había removido rápidamente su mano de la piel de la chica. No había sido consiente de lo que hacían sus dedos mientras dormía, pero le tranquilizó que Sakuno no le tomara importancia.
Fijó sus dorados en los cobres y sonrió de lado. Luego, le jaló y sus rostros cayeron sobre la almohada.
– Da igual –le respondió despreocupadamente– sigamos durmiendo.
En cuanto Ryoma cerró sus ojos, Sakuno hizo lo mismo, pero por más que intentó, los nervios no le permitieron volver a sumirse en el sueño. Entonces, prefirió aprovechar la situación.
Se apretujó al chico y le obligó a envolverle en un agradable abrazo. Este se hizo el dormido y se sonrojó.
No le molestaría tener un par de siestas más como esta. Neh, claro que no.
