Perspectiva, es la forma personal de uno para reconocer la realidad.
Callejón Diagon
Habían transcurrido las dos semanas de visita. Dudley le había contado a sus padres de aquél extraño incidente que le ocurrió hace unos días y aunque ganó una reprimenda, le agradecieron por la importante información, cuando escucharon su relato sintieron ahora más confianza en Dumbledore en busca de la solución de Harry.
Vernon regresaba de su trabajo cuando observó el gorrión blanco de su sobrino, que había volado del parque hasta la ventana de la habitación de Harry, le preocupaba que aunque el ave estuviera amaestrada, le sucediera algo y Harry entristeciera por eso.
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Harry abrió la ventana y dejó a su lechuza Hedwing entrar viendo atada a su pata un mensaje. Le dio su recompensa a su fiel mensajero, le quitó el mensaje, lo desdobló y lo leyó con mucha atención.
«Harry, aquellas visiones que dices me preocupan mucho. En estos momentos debes de estar alerta pues Voldemort ahora que ha recobrado fuerzas querrá buscarte. Por favor no cometas ninguna imprudencia y cuando llegues a Hogwarts avisa a Dumbledore lo que me haz contado
Sirius.»
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El timbre sonó y Dudley fue quien abrió la puerta encontrándose con un agradable sujeto de frente amplia.
—Buenas tardes señor Weasley.
—Buenas tardes Dudley, disculpa ¿estará Harry listo?
Dudley vio detrás del hombre una camioneta donde distinguió a varios adolescentes en ella, no le extraño ver a los gemelos que conoció el año pasado, no sabía que sentir con ellos pues aunque no entendía su problema siempre los veía reírse de cualquier cosa. Le habían dado un dulce la vez pasada y se agarraron a reír como… antes de continuar recuerda que no es bueno expresar esa palabra a gente como aquella. Después de todo en el mundo no existe la gente completamente cuerda y todos tenemos algo de locura— reflexionó.
—Permítame un poco señor Weasley.
Dudley fue por su madre y su tío que estaban en la cocina, al avisarle de la llegada del señor Weasley. Vernon vio a su esposa con nostalgia por no haber podido disfrutar con Harry las semanas de visita por el tratamiento que llevaba.
—Déjame ir por él. —Le pidió Petunia.
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Harry tenía sus cosas listas, escuchó la puerta y se encontró con Tía Petunia armando un escándalo referente al señor Weasley. Se preguntó en ese momento por qué no escuchó ninguna explosión siendo típico de la familia de Magos llegar con los polvos Flú.
Abajo el señor Arthur Weasley lo esperaba.
—Hola Harry.
—Señor Weasley, no sabía que me recogerían.
—Vamos muchacho, Ron y los demás ya están en la camioneta.
—¿Camioneta?
Estaba por cruzar la puerta cuando el señor Weasley lo detuvo.
—Harry, sé que no te llevas muy bien con ellos, pero creo que deberías despedirte de tus tíos.
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Un muchacho que desde la llegada del señor Arthur Weasley no había hablado, se dirigió a sus tíos un poco tímido.
—Vamos Harry. —Lo apresuró Arthur.
—Adiós…— Les dijo con una voz muy nítida que apenas se escuchó.
—Cuídate mucho Harry, pronto nos veremos hijo. —Respondió Vernon palmeando su hombro.
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Tras recibir el gruñido de Tío Vernon, Harry salió de su casa y se encontró con una camioneta azul muy diferente al auto que el señor Weasley tuvo hace unos tres años. Arriba en él se encontraban los gemelos Fred y George, también Ginny, Ron y la señora Molly Weasley.
—Sube, Harry querido. —Lo invitó la buena mujer.
Tiempo después Arthur llegó y arrancó el motor, antes de decir.
—Muchachos, chequeen que no haya moros en la costa.
Sin entender Harry observó a todos los Weasley asomarse por las ventanas, cuando ellos le dijeron que no había ningún Muggle, el auto se elevó.
—¿Qué te parece el auto nuevo, Harry? —Le preguntó Ron.
El muchacho sonreía mientras los gemelos reían al ver a todos abajo.
—Algunas cosas no cambian. —Respondió animado— Hola Ginny. —Y la joven pelirroja se sonrojó cuando Harry la notó.
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Los Dursley observaban al auto alejarse por el camino hasta cruzar la otra Avenida. Suspiraron y entraron a la casa.
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Durante el camino, la pareja Weasley observaba de vez en cuando por el espejo hacia la parte de atrás.
Los gemelos reían de cualquier cosa, Ginny no dejaba de soltar a esa muñeca, Harry no dejaba de hablarle en murmullos a su hijo Ron, el no hacía nada más que observar y escuchar a Harry.
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Ron hablaba con Harry sobre la forma en que consiguieron la camioneta que sobrevolaba la ciudad. Ron le decía que la camioneta la compraron en una ganga de un muggle, ya su padre después se encargó de convencer a su madre para poder hechizarla.
—Muy bien chicos, estamos por llegar al callejón Diagon. Harry el profesor Dumbledore me envió una lechuza con una lista de tus cosas.
—¿Por qué?
—Teme enviarte correo por temor a que, bueno… intercepten las cartas.
El muchacho se mordió el labio al recordar que había enviado algunas a su padrino.
—Gracias señor.
Bajaron con cuidado para que nadie los viera, entonces un grupo de Muggles pasaron y les observaron las extrañas vestimentas de magos que llevaban.
—¿Qué están mirando? —Respondió Arthur molesto para que se alejaran.
Entraron a las tres escobas y enseguida a la parte de atrás donde Harry vio con agrado nuevamente cuando Molly Weasley tocó los ladrillos, parte de su querido mundo mágico, el callejón Diagon.
—Ustedes sigan, yo los alcanzaré después. —Les pidió Arthur indicando a su esposa que guiara el grupo.
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Arthur se sentó en una silla de la taberna las tres ruedas y pidió una cerveza.
—Hola Arthur. —Lo saludó el de la taberna.
—Hola. —Respondió sin dejar de ver a su esposa salir por la puerta trasera. —Gracias por dejarnos usar este atajo amigo.
—Ni lo menciones, además no eres el único. Hagrid también suele usarlo muy a menudo. Para no recorrer toda la avenida.
Pero Arthur no lo escuchaba, se le veía molesto, quizá era por esa maldita gente que señalaba a su hijo y a los amigos de su hijo como si fueran personas raras.
—Malditos ignorantes —Murmuró.
—Evita a la gente Arthur —Habló el cantinero adivinando sus pensamientos— la gente habla solo por hablar, son ignorantes. Sé una persona inteligente y no dejes que esas personas te molesten.
—Lo sé, lo sé. Pero detesto que la gente se burle de los discapacitados, por eso trabajo en Derechos Humanos para defenderlos.
—Pero te exiges mucho, llevar a los amigos de tu hijo a la clínica puede desgastarte, tómate un descanso de vez en cuando.
Arthur se levantó de la barra dejando a medias su cerveza, y al tiempo que sacaba un billete de su bolsillo le murmuró al cantinero.
—No puedo, casi todos ellos son huérfanos. Los considero como mis hijos.
—Hace falta mucha gente como tú Arthur —Le contestó tomando el billete.
El señor Weasley abrió la puerta trasera y desapareció entre la multitud de la siguiente avenida Diagon donde le tocaba comprar parte del material que ocuparía el Instituto Hogwarts al que ayudaba constantemente.
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—Harry, mira.
Los chicos observaron a una pareja algo confundida por el lugar en el que se encontraban al lado de una niña que actuaba muy natural dentro del ambiente.
—¡Hermione! —Gritó el chico de gafas.
—¡Harry, Ron!
Los tres fueron a reunirse seguidos de los Granger y los Weasley.
—Chicos, ya llegué —Hablaba Arthur.
—¡Oye papá, Mira esta tienda! Sería perfecto copear el diseño para cuando consigamos la nuestra. —Hablaban los gemelos señalando una tienda de artículos para bromas.
—Ahora no muchachos —los reprendió Molly— debemos de ir a Gringotts a recoger algo de dinero.
Los chicos siguieron a sus padres mientras discutían lo que tenían planeado para ese nuevo curso, pero la mayoría de los amigos de Harry estaban muy preocupados en cuanto a lo de la vez anterior y Voldemort.
Harry no perdió tiempo y les contó a sus amigos sobre aquellas extrañas visiones.
—¿Dudley¿El chico que mis hermanos hechizaron¿delgado?
—Sí, Ron. Estaba tan sorprendido como tú. Pero eso no es lo que me preocupa. ¿Qué opinas tú Hermione?
—Opino que debes de decirle a Dumbledore, Harry. Quizá el ataque que te hizo Voldemort te afectó la cabeza. Debes de tratar este problema antes que te vuelvas loco.
—Sí lo haré.
Todos estaban dentro de Gringotts, los duendes trabajaban haciendo cuentas y tramitando papeleo como de costumbre.
—¡Oh, Disculpa!
Un hombre estaba saliendo corriendo mirando su reloj y había chocado con Harry.
—No se preocupe… he…
El lugar en el que se encontraba ya no era Gringotts, en efecto era un banco pero era un banco Muggle, no había duendes, solo personas haciendo su trabajo.
—Vine a hacer un retiro.
Siguió la voz para encontrarse con el señor Weasley vestido de forma casual hablando con un hombre que le recogía una tarjeta de crédito y le decía.
—Lo siento, pero tendrá que bajar a los cajeros, de momento no han traído fondos aquí.
—¿Qué pasa Harry?
Cuando se dio la vuelta observó a sus amigos que lo miraban extrañados por ese sorpresivo comportamiento.
—¿Vieron eso?
—¿Vimos qué?
Harry miró a su alrededor y solo vio a magos atendidos por duendes. Vio al señor Weasley con su común vestimenta y al duende que le regresaba la llave de su bóveda.
—Bien muchachos. Vamos. —Les anunció la señora Weasley que estaba al lado de los padres de Hermione.
Él estaba confundido, había sucedido de nuevo.
—¿Tuviste otra alucinación? —Preguntó Hermione.
—Eso creo. —Respondió tratando de no hablar al respecto.
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Los Granger se ofrecieron a ayudar a los Weasley a cargar algunas cajas que contenían el material didáctico de la escuela. Atrás los chicos los seguían, Hermione empujaba a Ron en la silla de ruedas mientras que Harry estaba tan callado como su amigo.
—Escuchamos que Harry no tardará en recuperarse pronto —Hizo plática el señor Granger.
—Sí, algo me dijo Dumbledore, y sus tíos me contaron que tuvo un momento extraño durante su visita.
—¿y qué tal está tu hijo, Arthur?
El hombre suspiró.
—Aún igual.
Su hijo era cuadrapléjico, no podía mover ni una parte de su cuerpo por un estado mental. Había extraños momentos según los trabajadores de Hogwarts, en que Ron reaccionaba de vez en cuando antes de volver a aquél estado vegetativo, y estos se hacían frecuentes desde que Harry y Hermione se hicieron amigos suyos por que no muchos le dirigían la palabra a sabiendas que no haría nada o diría nada, al chico de las cicatrices en la frente y a la joven Granger no les parecía importar y hacían buenas migas con él contándole cosas que quizá Ron no entendía, pero con el solo hecho de que alguien le dirigía la palabra lo ayudaba a sentirse mejor.
—¿Y qué tal va Hermione? —preguntó la señor Weasley.
—De maravilla —contestó la señora Granger.
Hermione volteó hacia sus padres al escuchar su nombre, cuando los escuchó conversar sonrió y regresó a cuidar de sus amigos del instituto.
—No es tanto su condición —Narraba la mujer— es solo que era muy temerosa de que la gente se burlara de ella y le era difícil socializar, pero cada día va mejorando mucho, cada vez se desenvuelve mejor con la gente. Es muy lista.
—Eso es bueno. —Contestó Arthur.
La joven había escuchado la conversación y se sentía orgullosa, antes le daba mucha importancia a que el síndrome de Down le marcara la vida, con estos años se dio cuenta que era estúpido pensar en eso pues después de todo era un ser humano.
En eso observa que Harry se detiene a observar con incredulidad hacia una tienda de artículos para el hogar, de hecho veía fijamente las viejas escobas en oferta.
—Harry —Lo llamó Hermione sin soltar la silla de Ron.
—Harry¿Qué tienes?
—¿He?
Ve a sus amigos, regresa la vista y observa la tienda de artículos de quidditch donde en el aparador mostraban las hermosas Saetas de Fuego.
—¿Otra alucinación? —Preguntó Ron.
—No. —Contestó cortante para no preocuparlos.
Harry estaba cada vez más asustado, ese día tuvo dos alucinaciones seguidas, las primera en el banco y otra hace unos momentos creyendo haber visto en el local de Artículos para Quidditch una tienda común muggle para productos de aseo.
Se aleja esos pensamientos para concentrarse en los libros que cargaba junto con los Weasley, eran muchos, el quinto año iba a ser muy pesado esa ocasión pero creyó poder soportarlo en lo que no se le ocurriera a su mente cambiar las clases por una alucinación.
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En la estación de autobuses de servicios comunitarios, los Weasley llevaban a todos los chicos con sus cosas. Hermione estaba con ellos al haber sido encargada por sus padres que confiaban en la familia Weasley para que la llevaran a la estación sana y a salvo.
No eran los únicos, varias familias se encontraban llevando niños y muchachos entre los diez y diecisiete años, la mayoría de ellos tenían un notorio problema por su comportamiento.
Una limosina se acercó lejos del grupo y de ella salió un hombre de largo cabello rubio al lado de dos guardaespaldas que sacaban a un chico rubio como su padre con una actitud incómoda.
—Drake, compórtate ¿quieres?
—¿Por qué tengo que seguir hiendo a ese maldito lugar?
—Por que si no lo haces, los padres del muchacho junto con el juez harán que vallas a prisión cuando cumplas los dieciocho, solo por eso.
Uno de los guardaespaldas se le acercó al adulto sin soltar un radiolocalizador.
—Señor Malfoy, nos informan que los autobuses están por llegar.
Malfoy tomó del brazo al muchacho empujándolo.
—Ve Drake.
—¿Por qué no me llevas tú en la limosina¿Por qué tengo que ir en esos autobuses con esa bola de locos?
—Por que el Director de la institución no acepta favoritismos y tiene que tratar a todos por igual. Ahora ve y deja de quejarte que tampoco yo estoy tan feliz que regreses a ese manicomio.
El muchacho tomó sus cosas de mala manera y junto con un guardaespaldas se dirigió a la formación, no sin antes gritarle a su padre.
—El viejo si tiene favoritismos, pregúntale a Harry Potter.
Lucius Malfoy frunció el ceño. Había tenido problemas a causa de ese chico hace un par de años cuando intentó despojar al director Dumbledore de su cargo para asumir la responsabilidad personalmente de la institución siendo uno de los delegados del departamento de salud psiquiátrica del país.
Al mismo tiempo era una vergüenza que con el cargo que tenía tuviera a su hijo en esa institución por haber matado a uno de sus compañeros de escuela cuando tenía diez años. Pero no había otra salida. El crimen que cometió fue grave y tuvo que pagar a muchos abogados para que sacaran al niño del lío alegando demencia. Todos le tenían miedo por el gran poder que ejercía en su rango, pero todo ese poder no le ayudaba a borrar el error de Drake Malfoy. Aparte sentía que el viejo Dumbledore no hacía las cosas bien, sobre todo por Potter. No entendía aún como es que medio mundo concentraba su atención en un huérfano chiflado.
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Tras esperar unos momentos en el andén 9¾, apareció un tren que tenía la inscripción "Hogwarts" en él. Pronto comenzaron a subir los muchachos con la intención de continuar con sus estudios en magia y hechicería nuevamente.
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Drake Malfoy, acompañado de dos internos que como él, solo asistían para no ir a prisión en un futuro, estaban en los asientos del primer autobús de muchos que transportaban de regreso a Hogwarts a los internos tras terminar sus semanas de visita.
Alzó la vista y observó al trío de amigos. "La lenta, el vegetal y el cuatro ojos" —Pensó para sus adentros viendo la posibilidad de divertirse un poco mientras llegaban al Instituto.
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Harry hablaba con sus amigos con más tranquilidad dentro de uno de los cuvículos de uno de los vagones del tren, cuando esa paz se disipó al escuchar y ver más adelante a alguien que le borró la sonrisa de rostro.
—Vaya, vaya¿qué tal Potter? —Saludó con sarcasmo Malfoy.
Harry vio a sus compañeros y algo indignado le regresó el saludo a Draco.
—¿Qué tal… Malfoy?
Yuli35 - Gracias. Por supuesto que la continuaré.
Aikoss - Lamento lo de la cuenta, ya arreglé esto y se podrán aceptar reviews anónimos. Gracias.
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