CAPÍTULO II: LUCHA


"No puede ser" pensó Hermione Granger mientras observaba como en la mesa de Slytherin, su nueva casa, todos se quedaban pasmados ante aquella reciente adquisición. Mientras bajaba los escalones en dirección a su nuevo lugar allí, en Hogwarts, dedicó una mirada triste a Ron, el cual se había quedado con el rostro completamente desencajado. En realidad, si lo pensaba con frialdad, la castaña no había tenido tan mala suerte, ya que Harry y Ginny también habían tenido el mismo destino que ella. Con toda la rapidez de la que era capaz, se sentó al lado de sus amigos. Desde allí, la perspectiva del Gran Comedor era completamente distinta. La ceremonia se alargó durante una hora más, hasta que los alumnos estuvieron completamente recolocados.

—Sé perfectamente que a muchos de vosotros no os hará gracia vuestro nuevo hogar, aquí en Hogwarts —dijo la directora McGonagall con una sonrisa irónica en los labios tras ponerse de pie. —Siguiendo las viejas costumbres de nuestro querido Albus Dumbledore, en cuanto tengáis los estómagos llenos podréis escucharme mejor. ¡A comer!

Cuando hubo terminado de hablar, los platos vacíos y relucientes se llenaron de todo tipo de comida. Pastel de carne, de calabaza, verduras, tostadas, zumo, café… La comida de aquel año fue bastante extraña debido a la incomodidad de no estar donde habían estado siempre. Además, Hermione estaba completamente dividida. Por un lado, sentía bastante lástima por Ron, el cual se había quedado completamente solo en la mesa de Gryffindor, por el otro, no podía dejar de mirar a Draco, el cual estaba completamente rodeado de chicas que admiraban sus cicatrices. La joven puso los ojos en blanco dispuesta a olvidarlo completamente, no había cambiado ni un ápice. ¿Cómo era posible que creyese que ya no era el mismo? El hecho de que no le hubiera dedicado las mismas palabras de siempre no quería decir nada. Lo que más le preocupaba era esa extraña sensación que rugía muy en el fondo de sí.

—Pobre Ron —dijo Ginny mientras se servía una porción de pastel de carne. —Debe de estar pasándolo realmente mal.

—Al menos tiene a Neville —contestó Harry intentando mejorar un poco la conversación. —Por cierto, ¿habéis visto que el puesto de Defensa contra las Artes Oscuras está vacío?

Hermione centró por primera vez en la noche toda su atención en la mesa del profesorado. Era cierto. Casi todos los puestos estaban como en su sexto año salvo el de DCAO. La nueva Slytherin comprendía perfectamente sería prácticamente imposible encontrar un nuevo profesor que se enfrente a un puesto maldito.

—Ahora que Voldemort ha muerto, puede que la maldición haya desaparecido —afirmó Hermione distraída mientras veía como Hagrid se introducía en la boca un trozo de carne del tamaño de su cabeza.

—Puede que no quieran arriesgar.

La conversación de la cena se centró básicamente en las desventajas que tenía el hecho de pertenecer a Slytherin. Harry intentó defender que la colaboración entre las casas ahora que la guerra había acabado era de vital importancia para que no se formaran más parias sociales. Hermione lo había corroborado mientras que Ginny había argumentado que ella no tenía nada que ver con Slytherin.

—Si al menos me hubiera puesto en Hufflepuff —dijo mientras se terminaba el postre.

Pasados unos minutos desde que pusieran este, los restos de comida desaparecieron de encima de la mesa para que estas quedaran completamente recogidas. Mientras que observaba como todo se desmaterializaba, Hermione suspiró mientras observaba como una de las jóvenes Slytherin acariciaban las cicatrices de Malfoy. ¿Cómo era capaz de ser tan imbécil? Después de haberle salvado la vida ante su propia tía, no había sido ni si quiera capaz de decirle gracias. Era un maldito cerdo. La ex Gryffindor frunció el ceño al darse cuenta de los pensamientos que cruzaban su mente. Se había fijado en que, a cada roce de las jóvenes por la delicada piel del rubio, aumentaban sus ganas de escupirle a la cara. Con desesperación, empezó a toquetear la mesa con los dedos. "Vamos Hermione, contrólate. El viaje te ha cansado y la rutina que has cogido con Ron este verano es lo que hace que tengas pensamientos así. Ron te quiere y te trata fenomenal, no hay por qué preocuparse." Aunque, a decir verdad, el término "fenomenal" estaba bastante lejos de la realidad en cuestión. Al principio, los días después de la Batalla de Hogwarts, fueron bonitos. Habían paseado a solas por el Castillo en los días de la Reconstrucción y se habían contado todo acerca de lo que habían sentido el uno por el otro. La castaña se había sorprendido por la lejanía en el tiempo de los sentimientos del pelirrojo. Ella no había comenzado a sentir nada por él hasta los últimos años de su estancia en Hogwarts. Paulatinamente, y sin darse cuenta, Harry se había convertido en su mejor amigo, en cambio, Ron, con el cual había tenido más de un enfrentamiento había terminado enamorándola.

Aunque tal vez, enamorada era mucho decir. El Gryffindor se había encargado de ir desmoronando los sentimientos de la chica. En los tres meses que Harry y ella habían estado viviendo en la Madriguera, no había parado de quejarse, llevarle la contraria y estar de mal humor. Incluso había llegado el punto de enfadarse por la actitud de la joven hacia su amigo.

Y, además, ahora, aquellas punzadas en el estómago al ver como adulaban al imbécil de Malfoy no arreglaban nada, solo hacían empeorar las cosas. Mientras se encontraba sumida en sus cavilaciones, la nueva directora se había levantado de su asiento.

—Ahora que todos estamos cómodos me permitiréis explayarme más —comenzó a decir.

Al lado de dónde se encontraban los tres amigos se escucharon bufidos de resignación.

—Me complace deciros que la Reconstrucción de Hogwarts ha terminado satisfactoriamente. Con la ayuda del Ministro Shacklebolt, los elfos domésticos y profesorado, hemos conseguido que el Castillo esté en inmejorables condiciones para este nuevo curso.

—No puedo creer que hayan utilizado a los elfos domésticos para la Reconstrucción —dijo Hermione en tono serio.

—Al fin y al cabo, su lugar es Hogwarts. Es su casa —le dijo Harry con una sonrisa dibujada en los labios.

—Además, el Ministro tiene unas palabras que decir.

El Gran Comedor guardó aún más silencio cuando el ex auror subió a la tarima y saco un pequeño papel que denostaba que no estaba acostumbrado a hablar en público. Harry, Ginny y Hermione sonrieron al mismo tiempo mientras esta veía como Draco bufaba irónicamente.

—Bueno, seré breve. El consejo escolar, en pos de la mejor colaboración entre las casas de Hogwarts ha decidido organizar un torneo que podríamos afirmar, es similar a la Copa de Quidditch. Aquí, como en el antiguo Torneo de los Tres Magos también habrá una serie de campeones. Los cuáles serán elegidos entre los alumnos de sexto y séptimo de cada casa.

Un rumor generalizado de alegría y sorpresa recorrió todo el Gran Comedor haciendo que la profesora y directora McGonagall pidiera silencio.

—Pero no habrá solo un representante de cada casa, si no que habrá seis representantes. Los cuales tendrán que hacer las pruebas en conjunto, una cada mes. Aunque comenzará el uno de octubre. También me gustaría dejar claro que el quidditch no se suspenderá. ¿Alguna duda?

Una mano temblorosa, la cual Hermione no pudo reconocer, se alzó en medio del mar de cabezas.

—¿Habrá peligro de muerte? Señor, ya sabe…

La castaña intercambió una mirada cómplice con Ginny y Harry. En el último torneo de esas características que se había celebrado en el Castillo, uno de los campeones falleció.

—Desde el Ministerio les aseguramos que no —contestó el Ministro con firmeza. —Es más, este torneo servirá para honrar la memoria de Cedric Diggory y la de todos los caídos en la batalla, pues él, al fin y al cabo, fue una de las primeras víctimas.

—El método de elección, señor Ministro —le recordó McGonagall con una media sonrisa.

—Ah sí, se me olvidaba. Desempolvaremos el viejo Cáliz de Fuego para la ocasión. Esta vez, tendremos depositado un auror permanente a su lado. Desde hoy queda inaugurado… el Torneo de las Casas.

Dicho esto, Kingsley guiñó un ojo divertido a Harry, el cual Hermione pudo captar con celeridad. Tras los discursos, el Gran Comedor de nuevo prorrumpió en fuertes aplausos. De hecho, el ambiente de la sala había cambiado radicalmente tras la noticia del Torneo de las Casas. Los alumnos del Castillo parecían haberse olvidado momentáneamente del extraño cambio de casas.

—Hora de irse a vuestras nuevas habitaciones —afirmó la directora.

La castaña miró en dirección a donde se encontraba Malfoy, pero ya no estaba. ¿Lo vería en la sala común ahora que estaban en la misma? Con la mirada perdida y confusa miró al estrellado cielo y al mar de velas que lo antecedían. Siempre era duro cambiar de hogar, pero al menos lo haría con sus amigos. Con cierta tristeza contempló a Ron, el cual se acercaba a ellos completamente indignado.

—No me puedo creer que estéis en Slytherin —dijo el pelirrojo a los tres mientras estos se levantaban con la intención de dirigirse a las mazmorras.

—Vamos Ron… Esto es para colaborar… Para un mejor futuro —le contestó Hermione con una sonrisa casi forzada mientras se acercaba para acariciarle la mano. —Nos veremos en algunas clases, supongo, y en los ratos libres.

—Sí, ya… Como si tú no vivieras en la biblioteca.

Aquellas palabras le sentaron a la nueva Slytherin como un jarro de agua fría. ¿Por qué le venía con esas? Ella solo había intentado animarlo. Aunque, a decir verdad, durante el verano había aprendido que intentar consolarlo era absurdo. Aquellas situaciones siempre acababan mal.

—Solo lo decía para animarte, Ronald —le dijo la chica con tono seco mirándolo directamente a los ojos.

—Además, no sé en qué habréis cambiado para que el Sombrero Seleccionador os haya puesto en Slytherin —inquirió el chico desafiante.

—Es por colaborar, ya te lo he dicho.

—Habéis cambiado, todos.

La siguiente en hablar fue Ginny, la cual utilizó un inusual tono conciliador viendo que la escena podría irse de las manos:

—Al menos Neville y Seamus siguen en Gryffindor, ¿no?

—¡Cómo si Neville fuera una maldita fiesta! —espetó el pelirrojo con desagrado.

A la castaña, aquellas palabras empezaron a enfurecerle gradualmente. ¿Desde cuándo Ron pensaba así? ¿De quién demonios se había enamorado? Puso los ojos en blanco e intento tranquilizarse como buenamente pudo. Pero el intento fue infructuoso, porque de su boca, involuntariamente, salieron inmisericordes palabras:

—Tal vez nosotros hayamos madurado. Y en ti, por desgracia, ¡la madurez brilla por su ausencia!

Había alzado el tono.

Y lo había hecho de tal manera, que una buena parte del Gran Comedor se le había quedado mirando. La chica pudo ver como algunos de los miembros de su nueva casa se reían por lo bajo, otros señalaban a Ron directa y descaradamente con el dedo. De lo mismo se había dado cuenta el pelirrojo, que, con las mejillas encendidas, se dio media vuelta y desapareció por las escaleras del vestíbulo hacia arriba, seguramente para ir a la sala común de Gryffindor.

Hermione sabía perfectamente que se había pasado, y así se lo hicieron saber los ojos de Harry, el cual había presenciado en primera persona la escena. No había sido su intención, pero las ideas del pelirrojo y el hecho de que hubiera menospreciado a alguien como Neville, le habían hecho perder los estribos.

Mientras todo el mundo charlaba sobre el Torneo que tendría lugar en Hogwarts aquel año, los tres jóvenes decidieron abandonar el Gran Comedor para bajar hacia las mazmorras. Aunque ninguno de ellas tuviera preconcebida ninguna idea sobre la casa en la que habían sido asignados tras la guerra, sí que guardaban cierto recelo en lo referente al comportamiento de sus nuevos compañeros. El trato de los Slytherin siempre había sido hostil con los Gryffindor, y seguramente, aquello no fuera a cambiar porque en sus túnicas, ahora hubiera grabada una serpiente.

Las mazmorras eran frías, muy frías.

El sonido de sus pasos tan solo era acompañado por un sempiterno goteo que no se sabía de dónde provenía. Pasaron una serie de minutos hasta que pudieron vislumbrar en aquella semioscuridad, la entrada a la sala común, defendida por dos enormes serpientes que impedían el paso.

—¿Desde cuándo aceptamos especímenes como tú en Slytherin? —dijo una voz grave proveniente de al lado de las serpientes.

—Ha sido el Sombrero Seleccionador.

—Al demonio con ese sombrero, ¡este año tendrás que dormir en el escobero!

Hermione reconoció al instante la segunda voz, era Luna Lovegood. Seguramente, algún imbécil estaría molestándola. Con cierta tristeza, la castaña se dio cuenta de que, si sus comienzos en aquella casa iban a ser difíciles, los de ella mucho más. Incluso los de Ravenclaw a veces se metían con ella. Al parecer, debido a su ensimismamiento y preocupación por los sentimientos encontrados al ver a Malfoy, había olvidado completamente que Luna había pasado con ellos a Slytherin.

—¿Hay algún problema? —dijo Harry cuando llegaron a dónde se encontraba el dúo.

—Hola chicos —los saludo Luna con su particular sonrisa.

Durante aquel verano, la joven se había dejado crecer mucho más el pelo. Además, siempre solía llevar unas raras gafas procedentes seguramente de alguna de sus excentricidades. Unas gafas enormes que le hacían el rostro mucho más pequeño aún.

El Slytherin que la molestaba era un chico de sexto curso, del cual Hermione no tenía mucha idea. De hecho, ni si quiera le sonaba su cara. El efecto de las palabras de su amigo, unido a la mirada fría y asesina de Ginny, hicieron que se acobardara ligeramente. Sobre todo, porque después de que la noticia de que el moreno había sido el verdadero verdugo de Lord Voldemort, no todo el mundo osaba enfrentarse a él, ni si quiera llevarle la contraria. Así que, sin mediar ni una palabra más, aquel que había increpado a Luna se giró sobre sus talones para adentrarse en la sala común.

—¿Estás bien, Luna? —le preguntó Ginny acercándose a ella.

—No os preocupéis, estoy acostumbrada a estas cosas —contestó sonriente, —el único problema es que no sabemos la contraseña, y dudo que los prefectos nos hagan ese favor…

A Hermione se le vino el mundo encima. Era cierto. Y lo peor de todo es que allí hacía un frío horrible. Pasaron unos minutos en silencio, pensando en una posible solución hasta que unas palabras les despertaron de su ensimismamiento.

—Vaya… Así que el "elegido" y su plebe han acabado en Slytherin…

Una figura alta y recta salió de entre las dos serpientes. La castaña abrió los ojos de par en par al ver a Draco Malfoy. Allí, a la luz de las antorchas, las cicatrices que cruzaban su rostro no eran visibles. Su piel pálida, relucía brillante ante el fuego. La chica se descubrió embobada.

—¿Qué miras Granger? —le espetó con frialdad.

Por primera vez en muchos años, la Gryffindor no supo que responder ante él. Se había quedado completamente pasmada, admirando las facciones más maduras del joven rubio que se acercaba a ellos. Hermione sabía que aquello podría costarle muy caro, no podía mostrarse débil.

—Cállate Malfoy —le espetó Harry.

—No olvides que ahora estáis en mi terreno Potter —dijo con una sonrisa de suficiencia mientras se encaraba con el moreno.

—No olvides que no quieres problemas con la justicia, Malfoy —contestó Ginny dando un paso hacia delante.

El rubio esbozó una mueca irónica mientras paseaba su mirada entre Ginny y Hermione. Esta última, tan solo mantenía un punto fijo: los gélidos y grises ojos del Slytherin. Eran como plomo que pesaba en lo más profundo de su alma.

—Aquí en Slytherin no sois bien recibidos. Aun así, la contraseña es "León decapitado".

Cuando se daba la vuelta para entrar de nuevo en la sala común, a la castaña le pareció que los pozos inertes que eran los ojos de Malfoy se posaban en ella una última vez. Aturdida, entró junto a los demás en la sala común.

—¿Estás bien, Hermione? —le preguntó Luna.

—Sí, solo que… bueno… todo esto es nuevo —dicho esto, le dedicó una sonrisa.

Luna asintió.

El interior de la sala común de Slytherin estaba decorado con enormes estandartes de color esmeralda. Los grabados de serpientes se encontraban por todos lados si uno se dedicaba a fijarse en las paredes y columnas. El fuego crepitaba alegremente. Cuando el cuarteto entró en la sala, lo único que recibieron fueron miradas hostiles. Aunque algunos de otras casas habían sido elegidos para Slytherin, habían realizado una perfecta simbiosis.

Y lo peor de todo, Draco Malfoy ocupaba el centro de la escena. Una escena donde todo eran problemas. Problemas que eran eclipsados por él, que era al fin y al cabo el mayor de sus problemas.

Holap ^^

Pues nada, aquí llego con el segundo capítulo de "Pride". Como podéis ver, tras el enfado de Ron y el anuncio de un nuevo torneo (muy importante), llegan a un ambiente hostil: La sala común de Slytherin.

Esto solo es el comienzo de la aventura.

Gracias por los RV, me inspiran.