Tras decir aquellas palabras él vio en el reflejo del cristal de la ventana cómo ella se giraba y se encaminaba hacia la puerta. Le sorprendió que no bajara la cabeza, que no se quedara allí llorando, esperando a que él hiciera algo. Miró a lo lejos e intentó sacudirse el sentimiento de culpa que le embargaba. Pensó que había sido demasiado brusco, ella no se merecía eso, después de todo; ella no tenía la culpa de que él se emborrachara y de que la utilizara como acicate. Ella no tenía la culpa de que él fuera sólo capaz de ser sincero cuando estaba borracho. Se mantuvo algunos momentos más de pie, apoyado en su bastón y mirando a la nada. Realmente no le apetecía ocupar su mente ni con medicina ni con relaciones humanas, siempre acababa decidiendo que era un ser despreciable.
En esos momentos vio un reflejo de nuevo en la ventana: ella. Había vuelto a su despacho, con la cara seca y lavada, aunque sus ojos aún estaban enrojecidos. Él no se giró para mirarla, en parte por vergüenza, en parte por no querer mostrar la cara de asombro que tenía. Raras veces Cameron se recuperaba tan pronto de sus embistes, solía tardar horas -incluso días- en sobreponerse de las puñaladas que le asestaba su jefe, hoy quizá era diferente. Miró su reflejo en el cristal, ella esperando a que él dijera algo.
- No voy a pedirte perdón. No es mi estilo.- dijo él con voz fuerte mientras le daba la espalda.
Ella se adelantó con valentía hasta la mesa de su despacho. Él pudo sentir el calor de su cuerpo y su presencia.
- No eres tan importante, Dr. House. Vengo a que me firmes este informe.
Él se giró sin poder evitarlo, le había cogido totalmente de improviso. Él había esperado que ella apareciera llorando de nuevo en su despacho, que le preguntara por qué no la quería, que ejerciera de mártir. Pero ella no lo hizo. La miró a los ojos y vio una fuerza que hacía tiempo que no veía, vio a la Cameron que él contrató, impasible, renovada, limpia, sin problemas; ella había conseguido sobreponerse a él y a sus humillaciones totalmente, había madurado más de lo que él creía y ya no era la brillante doctora que aguantaba todos sus caprichos. Ya no.
Por una vez House sintió que la estaba perdiendo, sin querer se había acostumbrado a ella y a los juegos que se traían entre ellos. Odiaba los cambios, siempre los había odiado, y ahora algo sustancial del día a día estaba a punto de cambiar. Nunca lo admitiría, pero le gustaba que Cameron fuera vulnerable frente a él, la hacía más deseable y mucho más apetecible, hacía que su ego se hinchara y le hacía sentirse poderoso. Vio en sus ojos que su plan se había vuelto contra él, él había previsto crear a una Cameron fuerte, que aguantara los golpes de la vida con dureza, pero no había previsto que lo hiciera también con los suyos.
Él alargó la mano para coger el informe. Abrió la carpeta, firmó y se lo devolvió, sin dejar de mirarla a los ojos. No llegaba a comprender qué pasaba por su mente en aquellos momentos, por primera vez, Allison Cameron no era transparente para él.
Ella se acercó para recoger el informe y sin una palabra más se giró y enfiló hacia la puerta. Cuando ya se encontraba en el umbral oyó la voz de su jefe desde el escritorio.
- ¡Cameron!- gritó él. Ella se quedó paralizada, nunca le había gritado. Había gritado a Foreman, a Chase, incluso a Wilson y a Cuddy, pero no a ella individualmente. A pesar de la sorpresa, no se giró ni quiso mirarle a los ojos. Unos segundos pasaron mientras ella aguardaba lo que él tuviera que decir. Tras una tensa pausa él continuó.
- ¿Qué quieres de mí¿Crees que puedes entrar en mi despacho como si no hubiera pasado nada?- volvió a gritar él, airado por la indiferencia de ella.
Aún dándole la espalda ella se sintió con fuerzas de responderle.
- ¿Qué quieres tú de mí, House¿Qué esperas que haga¿Qué quieres que haga? No soy tuya, House, en ningún aspecto.
Al no recibir respuesta por su parte comenzó a andar, saliendo del despacho de su jefe con paso firme. Se sentía orgullosa, por primera vez había sido capaz de ganar a House en su campo, quizá el dolor que sentía en su interior no era el mejor premio, pero se recuperaría tarde o temprano. Por otro lado, había conseguido dejarle en jaque a él, sin saber qué decir ni qué hacer.
Él se mantuvo de pie en su despacho por un buen rato, con la mano agarrada fuertemente al mango de su bastón. Cuanto más pensaba en ella más apretaba, hasta que sintió que su piel hervía y que sus dedos se quedaban sin riego. Soltó poco a poco el mango del bastón e intentando relajarse se sentó en la silla detrás del escritorio. No podía evitar arrepentirse de su comportamiento, sabía que había sido incorrecto, pero con frecuencia su instinto podía más que su cabeza y la crueldad le vencía. Era consciente de que había sido tremendamente cruel con Cameron, pero era la única manera de la que sabía tratarla. Si había algún rasgo que caracterizaba el trato que tenía con todas las personas que le importaban era la crueldad, y no estaba dispuesto a abandonarlo... por nadie.
Se frotó el muslo con fuerza, como siempre hacía cuando algo le preocupaba, y procuró aplicarse calor para calmar el dolor. Alcanzó el bote de vicodina del bolsillo de la americana y se tragó dos pastillas de una vez. La vicodina parecía hacer olvidar todo, servía como un sustitutivo, como un fiel amigo que nubla la vista e impide ver la realidad. Era la ventaja de ser un drogadicto, cuando él quisiera podía evadirse del mundo e ignorar todo lo que sucedía en él, aunque él fuera el protagonista. Fue de esa manera cómo notó que el medicamento hacía su efecto, procurándole deliciosas cosquillas en los dedos de los pies y las manos, abstrayendo su mente y aliviándole el dolor de la pierna en la medida de lo posible. Fue de esa manera como se quedó dormido poco a poco en la silla de su oficina... hasta que Cuddy lo sacó del sueño con un grito y un golpe en la encimera del escritorio.
La frialdad con la que ambos se trataban se mantuvo durante semanas. House estaba crispado y molesto, Cameron se limitaba a pedirle permiso para hacer las pruebas y a darle los historiales para firmar. Ni siquiera se molestaba en llegar antes a trabajar ni en quedarse cinco minutos más. Absolutamente todo había cambiado en el departamento de Diagnósticos desde aquella noche y algo había cambiado en House y en Cameron. Ella ya no se preocupaba por él, no le miraba, los días pasaban lentamente sin que ella mostrara un ápice de interés por lo que hacía su jefe. House sentía el enfado crecer día tras día en su interior, no podía soportar que ella lo ignorase y que pudiera vivir sin él. Se había acostumbrado tanto a su presencia que en esos momentos la echaba de menos.
Enfadado consigo mismo y con el mundo, caminaba por el pasillo del hospital directo a su despacho. Acababa de discutir con Cameron por unas pruebas que ella tenía que hacer a su nuevo paciente. Se sentía incapaz de discutir con ella, la sensación de que en cualquier momento iba a surgir el tema de la noche que habían compartido le obsesionaba, no se sentía con fuerzas de encararlo ni sabía cómo iba a reaccionar ella frente a la situación. Procuraba llevar los roces con Cameron a los mínimos límites, no queriendo forzar nada ni tener que arrepentirse después de lo que pudiera llegar a hacer. Cuando pasó por el mostrador del control alguien le llamó tímidamente. Se giró y vio a una enfermera con un sobre en la mano, se lo tendía con miedo en el rostro y sin querer dar más explicaciones.
- Son los análisis que ha pedido la Dra. Cameron- le informó la enfermera con un hilo de voz.
Él se los quitó de malas maneras de la mano y se metió el sobre en el bolsillo de la americana. Cojeó hasta su despacho, se sentó en la silla, dejándose caer, abatido. Prácticamente sin ganas bajó la mano hasta su bolsillo, extrajo el sobre y miró el nombre. Extrañamente, estaba a nombre de la Dra. Allison Cameron. ¿Quién se cree que es para pedir unos análisis a su nombre? El enfado aumentó al comprobar que su subordinada había solicitado una analítica sin su consentimiento, sin su nombre, no podía hacer eso, ella estaba a su cargo, él era su jefe. Sin pensarlo dos veces introdujo el pulgar por una esquina del sobre y rasgó el papel para sacar el documento que contenía.
Comenzó a leer lentamente, queriendo saber qué estaba ella planeando a sus espaldas, por qué dudaba de su diagnóstico y había pedido unos análisis por su cuenta. Frunció el ceño al comprobar que la analítica había sido hecha a un paciente con el nombre de "Jane Mathews". Su cara se volvió blanca cuando pudo leer a mitad de la hoja: "Positivo". Automáticamente movió los ojos hacia la izquierda y leyó a qué correspondía tal respuesta: "Test de embarazo". Su boca se abrió de un golpe, como si los músculos de la mandíbula no tuvieran ya más fuerza para sujetarla, tragó con dificultad, su boca estaba seca y un ligero sudor apareció por su frente.
Volvió a doblar el papel de resultados y, sin ni siquiera pestañear, lo metió de nuevo en el sobre, que dejó sobre la mesa. No podía creer lo que acababa de leer, le parecía imposible pero aún no sabía por qué. Poseído por la ira la vio acercarse al departamento y entrar en su despacho con los resultados del laboratorio. Ella se acercó a la mesa y se los tiró en la encimera, haciéndole ver que se había salido con la suya y que al final ella había cedido. Cuando ella comenzó a andar hacia la sala de reuniones él acertó a hablar:
- Sé que no suelo recordar los nombres de los pacientes...-dijo mientras recuperaba el sobre de encima de la mesa y sacaba el papel, desdoblándolo- pero sé que el nuestro no es una mujer ni se llama Jane Mathews. Y, por mucho que la Naturaleza sea cabrona a veces, los hombres aún no pueden quedarse preñados.
Ella se paró en seco a medio camino. ¿Cómo lo había sabido? Sin casi fuerzas para girarse se dio la vuelta y miró al suelo. Poco a poco anduvo hasta su mesa, alargando el brazo para que él le devolviera el papel.
- Veo que no has cambiado. Sigues abriendo cartas que no son para ti.- dijo ella avergonzada.
- Es una manía. Sé que es asquerosa, pero no sabes de las cosas que te llegas a enterar.- él la miraba con furia, aunque no dejaba que se reflejara en su voz.- ¿Qué vas a hacer?- preguntó él fríamente.
Ella levantó la vista hasta encontrarse con sus ojos. Le parecieron los ojos más fríos que había visto nunca, tan diferentes a los que ella conocía en él. No pudo evitar cierta cara de estupefacción ante su pregunta ¿Cómo que qué iba a hacer? Ni siquiera le hizo falta responder a la pregunta para que él le entendiera, su cara lo decía todo.
- ¿Cuándo vas a decírselo?- ella lo miró más extrañada aún, sin poder articular palabra ante lo que estaba presenciando.- Sinceramente, la curisoidad me está matando. Aunque no es difícil, si sale rubito es que mis pesquisas eran ciertas y si sale negrito, me habrás sorprendido gratamente, Dra. Cameron.
Ella le arrancó el papel de la mano y se lo metió de mala manera en el bolsillo de la bata. No quería mirarle un minuto más a la cara, no podía hacerlo. En esos momentos no podía entender cómo aquella noche, en aquel mismo lugar, había sentido verdadero amor en él, cuando recorrió su cuerpo con sus dedos y la besó por completo, no dejando ni un centímetro de piel sin el roce de sus labios. Hasta ese mismo momento Allison Cameron había creído que existía un corazón dentro de Gregory House, que era capaz de querer; creyó haberlo conocido aquella noche tras la fiesta, creyó que él la quería. Ahora se sentía la mujer más sola del mundo, aún más sola que antes de que sucediera todo.
Lo volvió a mirar a los ojos una vez más y se apresuró a salir de la sala lo más rápido que pudo. Cuando ya estaba de espaldas él le hizo una pregunta:
- ¿Jane Mathews?- preguntó levantando las cejas, ignorando todo lo que acababa de suceder entre ellos.
- Jane... es mi segundo nombre. Mathews era mi apellido de casada.
Y se marchó recogiendo sus cosas y dejando la sala vacía.
