Crap 3.
Cuando se dieron cuenta que permanecer en el barrio era un imposible, puesto que tarde o temprano iban a dar con ellos (no era muy difícil), debieron refugiarse en Akiba.
Aun así, Kagura se hacía de esos kilómetros para conservar su empleo de medio tiempo. Ya no tanto por la excusa de necesitar el dinero, sino más bien porque extrañaba demasiado ese sitio y a la gente que lo componía.
Se le dificultaba aparecerse todos los días y al principio tardó un buen tiempo en apersonarse, pero cuando lo hizo Okita percibió, con ligera molestia hacia el detalle, que la había extrañado. Se decía a sí mismo que no a ella, puntualmente, sino las peleas. Se le hacía muy aburrido trabajar sin la china incordiándolo.
Al final resultaba ser un masoquista en lugar de sádico, ¿quién lo hubiera dicho?
No le regaló una sonrisa ni una frase que develara su alivio de verla entera y siendo el incordio de siempre; pero se lo demostró en su forma de actuar, ya que no le dejaba pasar ni una dando por sentado que estaba demasiado pendiente de ella, de lo que hacía y decía.
Kagura así recordó la conversación sostenida con Gintoki y Shinpachi poco tiempo atrás. Intentó alejar esas ideas absurdas de la cabeza, pero le resultó imposible. Ahora se le hacía un poco difícil sostenerle la mirada al chico, aunque seguía siendo sardónica y prepotente con él.
…
El ocho de julio de ese año había caído un jueves y allí estaba Okita, recorriendo las tiendas en busca de una tarta dulce decente para regalarse a sí mismo, cuando se la cruzó. Dedujo de inmediato que Otose la había mandado a hacer las compras para el local, aunque aún faltaba una hora para abrir.
Fue ella la primera en verlo: en la sección de panadería de la pequeña tienda seleccionando alguna delicia; pero Kagura no le prestó tanta atención a la pequeña tartita de chocolate con frutas secas y dulce en el centro, al menos no tanto como al semblante del muchacho.
Tuvo el impulso de acercarse a él, pero una barrera invisible se lo impedía, era como si sintiera la necesidad de ser prudente, de quedarse allí analizando a un sujeto que en teoría no era de su agrado.
Quizás porque se conocían bien, o porque pasaban juntos cierta cantidad de tiempo, pero había pequeños detalles en los gestos de él que a veces a ella le indicaban que no estaba en un buen día. En ocasiones se daba cuenta que era simple fastidio o hastío, pero en otras, como en ese lo notaba… triste.
No tenía ninguna necesidad de ser amable con él, pero cuando ese acontecimiento se daba, ella trataba de ser menos grosera, como una manera de aligerarle la carga. Se mentía así misma diciéndose que no tenía la suficiente confianza como para preguntarle de buenas a primeras qué le ocurría, pero lo cierto es que de una tonta manera le avergonzaba mostrar algún atisbo de preocupación.
—¿Te lo vas a comer? —fue la pregunta de Kagura cuando reparó en que tenía a Okita frente a ella con cara de "nada". Las ojeras pronunciadas y los párpados levemente caídos. Hasta podría llegar a darle ternura de no tratarse del enano chupatierra que tan mal le caía.
—No, solo me gusta venir a la tienda a manosear tartas.
Kagura tardó en interpretar lo dicho como lo que era, una ironía, quizás porque Sôgo había sido muy flemático en darle esa vana conversación. Así interpretó que ese era uno de esos días, por lo tanto lo mejor era darle una tregua.
No le contestó de manera grosera como, según ella, siempre se lo merecía. En cambio, se quedó con la pregunta atragantada. ¿Qué le ocurría? Se encogió de hombros y siguió seleccionando los productos que estaban en la lista. Lo vio irse del local y recién entonces soltó el aire retenido en un sonoro suspiro.
Cuando esa tarde llegó al local, extrañamente Sôgo ya estaba allí, sentado en la barra y con la vista fija en la pantalla de su celular. Se ahorró la observación punzante de verlo, por una vez en la vida, llegar a trabajar antes que ella cuando por lo general siempre era el último (y el primero en irse).
El chico seguía teniendo ese semblante de quien ha pasado una muy mala noche o una mala jornada. Ni siquiera levantó la vista para mirarla y soltarle alguna grosería. Kagura se sintió estúpida por el arrebato momentáneo que la había subyugado de querer reclamarle un trato más grosero, ¡que así no podía comenzar el día laboral!
Por fortuna pudo ahogar el lastimoso reclamo en su garganta, justo para ver como Sôgo chistaba ante el aviso de batería baja de su celular.
Uno de los últimos pedidos de la noche estaba ya listo, así que tomó el paquete y puso a cargar el celular tras la barra. La cercanía con Kagura le permitió a ella reparar en el detalle de que llevaba más de media jornada laboral allí sin siquiera mirarla.
Tanta indiferencia la llevó a ser la primera en comenzar a guerrear, con un comentario acertado, pero que el policía no correspondió como a ella le hubiera gustado, con la prepotencia de siempre.
—Vaya, dejar tu celular aquí es como si dejaras la mitad de tu cerebro.
Okita nunca dejaba el celular, jamás, así estuviera sin batería, pero ese día en particular el pequeño aparato representaba una molestia difícil de sortear. No podía lidiar con Kondo, y aunque quisiera negarlo mucho menos con Hijikata.
—Igual casi no tiene batería.
Kagura pestañeó confundida, no recordaba cuando había sido la última vez que Okita le había soltado cinco palabras seguidas sin agregar algún comentario punzante que la hiriera. El teléfono del local sonando la distrajo de esa cuestión, pero apenas terminó de atender el nuevo pedido, volvió a sus cavilaciones.
No quería aceptar que comenzaba a inquietarle de verdad, Okita no era así; al menos no con ella. El celular sonando le hizo dar un pequeño respingo de sorpresa y le ayudó a volver a la realidad.
Miró la pequeña pantalla y vio que la llamada entrante provenía de Hijikata. Quizás si le atendía podría llegar a entender un poco qué ocurría, pero una parte de ella sabía que no debía meter la nariz donde no la llamaban.
Fue más fuerte que ella, tomó el aparato y trató de encontrar en él las respuestas que no se atrevía a buscar en el muchacho, pero la maldita peste le había puesto contraseña y ella, por supuesto, no tenía ni la más pálida idea de cómo desbloquear el celular. Lo dejó en su lugar obligándose mentalmente a concentrarse en el trabajo.
Faltaban minutos para cerrar. En cuanto Okita volviera de llevar el último pedido, Otose le pidiría a Tama que apagara el cartel y ya sería una yato libre de nuevo. ¿Para qué preocuparse por alguien que nunca se preocupaba por ella? Al menos con ese cutre pensamiento trataba de consolarse y sofocar los cuestionamientos.
Siendo sincera, incluso ya fuera del local y camino a la estación de tren, no dejaba de pensar en eso. Y odiaba pensar en "eso" o en "esa cosa" mal hablada que representaba Okita en su vida.
Tan ensimismada estaba cuando se sentó en el banco que no reparó en detalles, como en lo vacía que estaba la terminal o en el transcurso de los minutos. Recién el ruido de una moto la llevó a mirar la hora en su celular; pero la luz de un foco la encegueció y enseguida entendió de quién se trataba.
—¿Se puede saber qué demonios buscabas, china?
Kagura, algo sorprendida, arqueó las cejas; primero por verlo a Okita allí, segundo por la pregunta -que para ella no tenía ningún sentido- y tercero por la expresión iracunda en él. De haber sido más observadora hubiera percibido las claras intenciones del muchacho. Porque nadie quiere pasar su cumpleaños a solas, incluso aunque la fecha remueva heridas recientes y no haya ánimos de festejos.
No obstante Okita se había auto convencido de que estaba allí por otras razones, entre ellas, poner en su lugar a la chinita porque, pese al mal concepto que tenía de él, no era tan malnacido para guardarse información tan relevante sobre el transporte que la chica esperaba.
Pero primero lo primero, le daría guerra, la haría sentir un poco mal o avergonzada por husmear en su privacidad, le exigiría explicaciones de su comportamiento y luego, dependiendo de la actitud de la dama, sería gentil o no.
—Dame un respiro, ¿hasta aquí tengo que verte? —Kagura tuvo la leve sensación de que esa era una frase muy a lo Gin-chan. Era algo que su intento de jefe le soltaría a Hijikata, y ese pensamiento la llevó a recordar el maldito teléfono celular.
—¿Por qué atiendes mi teléfono, china? Tu trabajo es atender el de la tienda, no el de los demás.
—Yo no atendí tu teléfono —se defendió ella sin peso.
Seguía sin entender qué hacía allí Okita peleándole por una nimiedad como esa, bien que podían discutir otro día sobre privacidad y esas cuestiones. Hacerse ese viaje en moto para increparle era muy sonso, puesto que debían padecerse diariamente en la tienda.
—Entonces ¿qué buscabas? Revisaste mi celular, no lo niegues.
—¡¿Y yo para qué voy a querer revisar tu mugroso celular?! ¡Seguro que está lleno de sangre, cuerpos decapitados, culos y tetas! —Okita hizo un gesto de aceptación con la cabeza, pero ese no era el punto.
No importaba lo que había allí, sino las intenciones de ella. Eso le había estado carcomiendo la cabeza desde que encontró la foto en su celular, esa que una singular aplicación capturaba al momento que un intruso colocaba mal la contraseña para desbloquear el celular, dicha aplicación le había obsequiado la carita de la china desde un ángulo gracioso y la había dejado en evidencia.
—¿Y esto cómo lo explicas? —Para dejar de darle vueltas al tema, ir al quid del asunto y desenmascararla, le mostró la mentada foto.
—¡¿Por qué tienes una foto mía?! —Se encogió en la banca hundida en la vergüenza, abrazando más la pequeña mochila en la que metía todas sus porquerías cuando iba a trabajar.
—No porque quiera tenerla, sino porque TÚ metiste tus sucios dedos en mi celular. Y lo que quiero saber es qué buscabas.
—¡Nada, solo quise atender la llamada de Hijikata, solo eso!
—Pídeme disculpas por hurgar en mis cosas.
—¡No voy a hacerlo, no hice nada malo, solo quise tener un gesto amable para que no perdieras una llamada que podría haber sido importante!
—No recuerdo haberte pedido que te encargaras de mi celular cuando me fui. Y deja de gritar que me estás dejando sordo y encima me estás escupiendo.
Ella corrió la cara, endemoniada y hastiada de la situación de verse acorralada así por su némesis. Antes muerta que confesarle que estuvo toda la tarde preocupada por su culpa. Admitía, eso sí, que prefería el cambio, verlo furioso antes que triste.
No sabía precisar el por qué, pero de cierta forma le aliviaba que estuviera allí siendo el mismo patán de siempre.
—Eres un grosero —murmuró de mal humor—, siempre lo fuiste. Y nunca vas a dejar de serlo.
—Soy grosero contigo porque tú me das motivos para serlo, china.
—Pudimos habernos llevado bien, pero siempre y desde el primer momento fuiste un imbécil grosero conmigo.
—Eso no es cierto, suelo ser amable cuando me conviene. Y ciertamente tenerte de aliada es mejor que tenerte de enemiga. ¿Quién no querría tener un yato de guardaespaldas?
—¡Me da igual! ¡Nunca seré tu amiga, aunque seas la última persona en la tierra!
—Nunca pretendí que nosotros dos fuéramos amigos, tonta; pero ya me estoy hartando de tu trato. En especial hoy.
—¡Te lo mereces!
—No sé qué es eso tan terrible que te hice para merecer tu mierda.
—¡Eres mala persona! —gritó con tanta energía que algunos perros comenzaron a ladrar. Okita trató de ocultar lo mucho que esa apreciación le había dolido tras el insulto, pero los segundos que le tomó soltarle un contraataque lo colocaron en evidencia.
—Me da igual lo que una pendeja caprichosa opine de mí, pero después no andes llorando por los rincones cuando te devuelvo todas las puñaladas.
—¡¿Por qué?, si siempre eres tú el que empieza!
—No es cierto… ¡y deja de gritar! —El incesante ladrido de los perros le indicaba que estaban yéndose de tema. Una cosa era discutir o pelear por tonterías y otra muy distinta era ser hirientes.
—¿Viniste solo para buscar que te de una paliza, enano? ¡Y más te vale que borres esa foto! —despotricó furiosa.
—¿Y para qué voy a querer una foto tuya?
—Puto tren, lleva más de 45 minutos de atraso. —Ignorarlo era lo mejor para su salud mental.
—Por eso también estoy aquí —encendió la moto—, porque pese al concepto que tienes de mí, no soy tan mala persona.
—¿A qué te refieres?
—Que no hay tren, imbécil. —Estaba tan furioso que no pensaba en escatimar insultos hacia ella—. Incendiaron las vías.
—¿Y tú cómo sabes? —cuestionó más sosegada.
—¿No ves retrasada que no hay gente en la estación? —Sôgo arqueó las cejas en un gesto de autosuficiencia y suspiró—. Si no me crees es problema tuyo; pero te recuerdo que soy policía.
—Eras.
Eso había dolido.
—Lo sigo siendo. Y por lo tanto estoy bien informado. —Se sentó y acomodó la moto para salir por la rampa—. Kabuki está más peligrosa que nunca; ni siquiera deberías estar aquí a esta hora.
—Sé cuidarme perfectamente bien sola.
—Lo sé, por eso mismo pienso irme sin preguntarte qué mierda vas a hacer hasta mañana. Arréglate como puedas.
Okita se marchó y en su soledad Kagura meditó la situación. Estaba lejos de su nuevo hogar y no era una hora acorde para ir tocando el timbre en casas ajenas. No le preocupaba ni le daba miedo quedarse a dormir en la estación hasta que el servicio funcionara, eso era lo que menos le inquietaba.
Ese maldito enano la había trastocado al punto de que todas esas cuestiones, como el pensar en un refugio provisorio, quedaron relegadas a segundo plano. Porque algo trascendental había ocurrido allí, solo que Kagura no era capaz de verlo.
Se había dado cuenta, en un momento de la discusión, que había sido ofensiva y fue en ese brevísimo lapso que vio una expresión diferente en el muchacho, escondida tras su cinismo. No obstante, las pocas veces que probó ser más flexible con él, resultaron ser intentos vanos por recomponer algo que, por empezar, jamás se había roto. Porque era cierto: ellos dos nunca fueron amigos.
En la habitación rentada de la pensión, Okita se reprochaba duramente sus pobres tentativas. ¿Y desde cuándo le importaba tanto demostrarle a la china que estaba equivocada con respecto a él? ¿Desde cuándo le había empezado a importar lo que ella pensara?
Por un segundo lo pensó, y menos mal, se decía a solas en su dos por dos, que no había abierto la boca ofreciéndole techo. Ahora por mensa que se quedara allí, sola y aburrida.
No se preocupaba en verdad porque la china tenía gente con la cual contar en Kabuki y bien podía pedir asilo en la casa de los Shimura o despertar a la vieja Otose. Trató de distraerse con esa idea en mente, pero no lo consiguió.
