Bueno aquí les dejo el segundo capitulo, espero que les guste y ya saben si ven algún error díganmelo si ^^
Capitulo 2
Al final, la ropa limpia y seca que Rukia utilizó fue la de Renji. Seguía quedándole muy grande, pero al menos no le arrastraba y se podía ver algo de su persona. Los dos hombres salieron de la cabina para que ella se vistiera con intimidad y no tardó, ni un segundo, en desprenderse de aquel horroroso y minúsculo bikini amarillo con el cual se sentía ridícula. Como una sardina en el interior de una gatera, fue la descripción que hizo de ella Ishida, su compañero, cuando la vio vestida para la misión. El bikini era llamativo, provocativo y engañoso, y llevaba horas deseando desprenderse de él.
Con paso sigiloso, se acercó a la puerta entreabierta de la cabina. Las voves de los dos griegos se escuchaban en la cubierta y Renji decía algo sobre lo cabezota que era su jefe, pero eso era algo que ella ya sabía. De otra manera, no tendría que haber urdido aquella farsa tan complicada. Su trabajo era arriesgado y temerario, pero sencillo, al fin y al cabo.
Esta vez, sin embargo, desde que le comunicaron su destino y le hablaron de Ichigo Kurosaki , supo que sería diferente y tuvo que alterar todas las pautas.
Rukia aprovechó que estaba sola y miró a su alrededor. La cabina mantenía una estética clásica y se habían utilizado maderas de cerezo para su decoración, logrando un ambiente cálido e intimo y, sobre todo, indicaba el poder adquisitivo de su propietario. La cocina estaba situada a babor y tenía un equipamiento completo con numerosos espacios de estiba que se encontraban nada más bajar la escalera. Frente a ella, a estribor, vio un baño y un solo camarote situado en popa y que contenía dos literas. La mesa central era de madera y la rodeaba un sofá en forma de U. En una estantería había algunos aparatos de medición y más objetos personales. Todo perfectamente asegurado con anclajes para su sujeción. Una vez inspeccionado su entorno mas cercano, trató de memorizar el mayor número de detalles, que eran casi todos. Enfrente una gran claraboya mostraba el cielo, oscuro y cubierto por numerosos nubarrones, y en perfecto ángulo de visión. Se acercó con precaución y divisó a los dos hombres bajo la suave llovizna que caía en cubierta.
Supo que la discusión continuaría durante un rato más y caminó hacia el rincón del navegante, formado por una mesa de cartas enfocada levemente por una luz de flexo de color rojizo. Aquello oscurecía el rincón, contrastando con la iluminación azulada de la cabina.
Los instrumentos eléctricos del panel de control, los indicadores del combustibles y el agua potable y demás símbolos parpadeaban lanzando destellos. Un sistema de navegación por satélite indicaba la latitud y longitud exacta donde se encontraban y comprobó la distancia hasta su punto de destino y el tiempo estipulado para ello.
Echó otro vistazo a los dos hombres que continuaban discutiendo y trató de localizar la frecuencia establecida en una radio de ondas cortas que había a su izquierda.
No fue difícil, en menos de unos segundos la voz clara y fuerte de su superior se escuchaba en toda la cabina.
-Has tardado mucho. –La voz sonó más apagada cuando Rukia disminuyó el volumen del altavoz-. Nos tenías preocupados.
-Todo había salido según lo previsto –le aclaró ella en un susurro.
-Has vuelto a hacerlo, Rukia, has alterado los planes. –La voz furiosa de su superior rebotó contra las paredes de la cabina-. ¿Estas loca? Casi mueres ahogada de verdad. La orden era clara y concisa: ser rescatada por nuestro objetivo de una moto acuática estropeada, no ahogarse en una tormenta.
-Ichigo Kurosake es un hombre complicado, señor, y le aseguro que la tormenta no entraba en mis cálculos.
-Tenías que llevar contigo el equipo. Ahora, todo se a quedado en la moto acuática que abandonaste.
-Señor, no tengo mucho tiempo. Hablaremos más tarde –se apresuró a cortar la regañina-. Recuperaré mi equipo, se lo prometo.
-¿Destino?
-El previsto.
-¿Sin problemas?
-Ninguno, señor, como siempre. En menos de…. –vaciló y miró el panel de mandos-. En media hora, aproximadamente, llegaremos a la isla de Ios.
-Bien, entonces seguiremos con el plan inicial. Tu contacto te esperará en Ios y desde este momento Ichigo es tuyo. Ten cuidado, Rukia.
-Corto, señor –interrumpió la comunicación.
Procuró dejar todo como estaba antes de su inspección y durante un buen rato curioseó por las estanterías y cajones que fue encontrando. Realmente, sus peculiares rescatadores eran un par de caballeros. Sobre todo Renji que, a pesar de mirarla de reojo y con la misma adoración que lo haría ante una Venus semidesnuda, la trataba respetuosamente u parecía no importarle que anduviera cotilleando por toda la cabina. No encontró demasiados objetos personales que le hablaran más de lo que ella sabía de Ichigo, su principal objetivo. En un cajón, bajo la radio, había algunos documentos de identificación. Nada especial que ya no supiera de él. Lo sabía todo. Eran datos que ya conocía desde hacía dos meses. Desde que Yamamoto Kurosaki (suena raro pero no sabia a quien mas poner jejejeje) visitó a su supervisor, clandestinamente. Él era el abuelo poderoso. El patriarca de una de las dinastías de magnates griegos más importantes. Un armador afincado en la isla de Míkonos y que esperaba ociosamente a la muerte, como él les dijo en aquella reunión secreta. Pero que debido a la gravedad de su problema había reclamado la ayuda de su Unidad.
Rukia no fue elegida al azar para aquella misión casi imposible que idearon su supervisor y el magnate. Influyeron sus rasgos inocentes, casi aniñados, que la situaban en un papel de turista ávida de emociones fuertes. Encajaba perfectamente en el perfil que se requería: el de una joven atolondrada, liberal y que ella podía representar a la perfección. Una mujer extranjera que nunca demostraría un interés especial por Ichigo Kurosaki. Solo el que sus feromonas exigieran. Eso, sumado a la destreza de sus anteriores misiones y a su impecable historial la situaba como la candidata perfecta. Sobre todo si los objetivos eran rebeldes y había que actuar con cautela.
Rukia no tenía ninguna dificultad para expresarse en perfecto inglés. Su madre, de quién heredó sus rasgos dulces y pálidos, era inglesa y por eso lo hablaba con fluidez. El italiano, era su idioma. Nacida en Roma y de padre italiano se benefició de sus curvas sensuales, de sus senos redondos y perfectos y de su erotismo innato, como le dijo un antiguo novio. El griego y el español vinieron solos. Ella sabía que en su profesión cuántos más idiomas supiera, más exitosa sería su carrera, que actualmente era su único anhelo. Hacía siglos que había renunciado al sexo y al amor… ya ni se acordaba. Eso estaba fuera de su futuro. Cuantas menos implicaciones personales tuviera en su vida, menos riesgos. Ésa era su frase preferida, entre otras. Lo único dispar de ésta operación era que por primera vez su objetivo desconocía su identidad. Siempre, todos ellos, se sentían agradecidos cuando Rukia aparecía, pero esta vez la situación era totalmente diferente.
Ya iba a cerrar el cajón cuando descubrió en el fondo algo amarillento que resultó ser una vieja fotografía. Representaba una escena familiar. Dos muchachos adolescentes uno moreno y el otro con un peculiar color naranja y muy guapos se mostraban sonrientes a la cámara y de sus cañas de pescar colgaban dos impresionantes capturas. En el centro posaba Yamamoto Kurosaki, el abuelo, y sonreía satisfecho con unos veinte años menos y un poco más de pelo blanco. Abrazaba orgulloso a sus nietos y miraba altivo a la cámara. No era ni la sombra del hombre decrépito que ella había conocido dos meses atrás.
Rukia escuchó pasos en la escalerilla que conducía a la cabina y se apresuró a guardar todo, tal y como lo había encontrado. Cuando la puerta se abrió, se servía tranquilamente un vaso de zumo y cerraba la pequeña nevera portátil.
-¿Cómo va? ¿Necesita algo? –Renji la saludó, quitándose el impermeable.
Sacudió el agua de sus botas y al levantar la cabeza para mirarla, le sonrió.
-Voy mucho mejor, gracias por tu amabilidad –lo tuteó -. Me he tomado la libertad de… -Alzó la mano con la bebida a modo de disculpa por su confianza.
-Estás en tu barco. –Renji no pudo reprimir una carcajada.
Los dos bebieron un largo trago de sus bebidas y él la invitó a sentarse en el sofá con forma de U.
-¿Siempre está así?
-¿Quién?
-Ichigo. ¿Siempre tiene mal humor?
-No, qué va. Anda un poco revuelto, como el Egeo, sólo es eso –aseguró.
-Menos mal –suspiró Rukia, y con aire desvalido le confesó-: Ya estaba lo suficientemente aterrada cuando me salvó de morir ahogada, como para recibir semejante reprimenda después.- Movió la cabeza compungida-. No le gusto, lo comprendo.
-¿Lo comprendes? Pues, yo no –aseguró Renji con una significativa mirada a su cuerpo.
Rukia sonrió y tiró de la camiseta que llevaba puesta.
-Gracias por el préstamo.
-No importa, a ti te sienta mucho mejor –le aseguró con énfasis.
-¿Ves?, a eso me refería, tú eres amable. He retrasado ese viaje tan importante del que hablabas antes; te he incordiado con mi salvamento, he puesto tu vida en peligro y me he apoderado de tu ropa seca y de tus pantalones, pero eres afectuoso. Sin embargo, Ichigo…. –dejó la frase a medias.
-No le des mas vueltas –le aconsejó Renji, molesto por el mal comportamiento de su amigo. Le dio una palmadita en una de sus manos y le justificó como pudo-. Todo el mundo tiene un mal día e Ichi lleva varios días malos, seguidos. En el fondo, es buena gente.
Rukia frunció los labios y ladeó la cabeza con coquetería para hablarle, como sólo ella sabía hacerlo, de forma que si hasta las piedras la miraran se ablandarían.
-Aun así, entre Ichi y tú, no hay color. Tú eres un perfecto caballero.
Renji se sonrojó avergonzado. Era la primera vez que una mujer lo piropeaba de aquella manera y lo anteponía tan claramente a Ichigo Kurosaki.
-No sabes lo que dices, chiquilla.
En ese momento, Rukia estuvo segura de que ya contaba con un aliado.
-¿Qué es Dünamo? ¿Una isla? –Lo sorprendió de repente con la pregunta.
-Sí, es una pequeña isla que se encuentra entre las islas Ios y Naxo.
-¡Qué raro! No me suena y eso que consulté muy bien los mapas cuando comenzé con mis excursiones.
-¿Pretendías ir de excursión de una isla a otra con una moto acuática? –sus ojos marrones se abrieron mucho por la incredulidad.
-No soy estúpida, aunque Ichi piense lo contrario. Estoy participando en un maravilloso crucero que partió desde las islas Míkonos. Hicimos escala en la isla de Ios y por la tarde alguien sugirió que podíamos dar un paseo en moto. La idea me sedujo, me gusta probar cosas nuevas, ya sabes… Me despisté del grupo, después el aparato se estropeó o se quedó sin combustible, el mar me arrastró cada vez más adentro, me desorienté, me sorprendió la tormenta, caí al agua y… el rasto ya lo sabes- terminó con un sollozo muy logrado.
-Debes de haber pasado mucho miedo –dijo dándole otro golpecito en la mano y movió la cabeza-. ¡Qué burro es Ichi!
Ella suspiró, como si de verdad hubiera ocurrido todo cuanto decía. Una mentira estudiada tras otra.
-Lo peor de todo es que mañana; es decir, hoy muy temprano, zarpábamos para la isla de Naxo. Mi equipaje, la documentación, el dinero, todo estará camino a Naxo.
Renji emitió un silbido para demostrar que sí, que aquello sí era un problema.
-¿Crees que Ichi me dejaría ir con vosotros a Dünamo? Así, desde allí, podría embarcar hacia Naxo y alcanzar mi crucero.
-Me temo que no es posible. Dünamo es una isla que no está habitada. Su único habitante y propietario es Ichi.
-¿Una isla privada?-Rukai trató de poner cara de extrañeza.
Ahora, más que nunca, tenía que fingir ante Renji que no conocía hasta el último detalle de la vida de Ichigo Kurosaki. Ella sabía todo acerca de aquel hombre, así como de su inseparable compañero y socio. Renji no vivía en Dünamo, aunque pasaba largas temporadas allí, en compañía de Yachiru, su hija adolescente (:O).
Los dos griegos se dedicaban a la pesca y, diariamente, al amanecer, llevaban su carga a la isla de Ios; aunque aquel día, no habían salido a pescar y por eso navegaban en el potente barco de Ichi. Aquel era el pequeño clan que Ichi había adoptado como familia desde que repudió a la suya años atrás. Además, contaba con un matrimonio de ancianos que cuidaba de su casa y de los animales que Kurosaki poseía en su pequeña Fortaleza.
-Debe ser aburrido vivir solo en una isla deshabitada –comentó Rukia sin entusiasmo-. Sin familia, ni amigos que te ayuden si te encuentras indispuesto.
-Según, para qué –le explicó el hombre con determinación-. Ichi ama la soledad. Isla Fortaleza es la traducción de Dünamo a tu idioma y en cierto modo es su fortaleza. Él es un hombre solitario. –Se levantó del pequeño sofá en forma de U y le sugerió a la joven-: ¿Por qué no descansas? Yo subiré a cubierta a ver cómo le van las cosas a Ichi. Creo que la tormenta ya ha perdido toda su fuerza.
-Lo intentaré.
Rukia observó cómo Renji subía pos la escalerilla que llevaba a cubierta y cerraba la puerta. Miró a través de la claraboya del techo y un cielo azul oscuro cubría un firmamento limpio de nubes oscuras. Era como si nunca hubiera habido una tormenta. Como si al nacer un nuevo día, comenzara realmente su existencia en las Cícladas.
Mientras, en el exterior, la fina llovizna había ido cesando. El sol trataba de abrirse paso cortando el cielo plomizo y oscuro con sus débiles rayos matutinos. Estaba a punto de amanecer y los graznidos de las dos gaviotas planeando sobre el barco anunciaron que ya estaban muy cerca del puerto.
Ichigo conducía su nave sobre las olas. Lo hacía con suavidad, dejándose llevar por el viento con la maestría que daban muchos años de navegación. La brisa agitaba sus cabellos naranjas y lisos, los retiraba de su rostro algo más relajado, y sus ojos casi dorados miraban fijamente hacia el horizonte. De no haberse retrasado con aquella extraña náufraga en medio del mar, Renji y él ya habrían alcanzado Dünamo. ¿Qué hacía una mujer como aquella, en una moto acuática y en medio de una tempestad? ¡Y de madrugada!
Inspiró el aire limpio de un nuevo día y procuró no enfadarse otra vez. El olor a mar inundó sus fosas nasales y le llevó de nuevo a la tranquilidad que tanto buscaba su espíritu solitario. Viró el timón en grado a estribor y continuó buscando respuestas coherentes al extraño suceso que lo había desviado de su rumbo; lo había desviado y despistado, porque toda su atención se había centrado en aquella mujercita media loca.
Llevaba varias semanas nervioso. Estaba siendo presionado con llamadas de teléfono y telegramas que recibía en Ios. Los abogados de su familia no cesaban de incordiarlo desde Míkonos. ¿Nunca comprenderían que él ya no tenía familia?
Un día antes había recibido una llamada de las autoridades de Míkonos, requiriendo su presencia en la isla sin demora. Por primera vez en su vida, y aconsejado por el testarudo Renji, alteró sus planes y no salieron de pesca. Su amigo dejó en Dünamo a la pequeña Yachiru y, utilizando su potente nave, navegaron a gran velocidad hacia Míkonos. Al llegar, el comisario de la policía portuaria anunció que necesitaba protección y su reacción más inmediata fue la de echarse a reír. Nunca había necesitado el amparo de nadie y, desde luego, no iba a ser ahora. El comisario trató de convencerlo, explicándole los motivos de sus temores y la voz casi inaudible de su abuelo, aquella voz que hacía más de quince años que no escuchaba, le aseguró por teléfono que todos los temores de la policía eran ciertos. Entonces, su risa cesó de repente. Necesitaba protección. Él y la peculiar familia que había adoptado estaban en peligro.
Más tarde, cuando regresaba a casa y vio los nubarrones que amenazaban con una gran tormenta se sintió en comunión con los elementos. Él también estallaba de la furia mientras navegaba a gran velocidad hacia Dünamo, a la seguridad de su isla donde él cuidaría de su protección y la de los suyos, como le aseguró al comisario.
Y entonces, apareció ella. La náufraga.
Al principio, estaba muy enfadado con aquella extranjera que echaba por tierra todos sus planes. Debía ser americana, inglesa o algo así, porque su piel era tan blanca y suave como la porcelana china que recordaba de su abuela, en su fabulosa villa de la isla Míkonos.
Sonrió al evocar las facciones de aquella chiquilla acostada en su sofá. No debía de tener más de veintidós años y le pareció tan delicada que sintió una puntada de arrepentimiento por haberla insultado. Cuando ella abrió los ojos y lo miró, tuvo que reprimir el impulso de abrazarla para consolarla. Aquellos ojos de color azul pálido, como el mar que latía calmo frente a los arrecifes de Dünamo al atardecer, le enternecieron.
Al pensar en su isla, una sensación de necesidad comenzó a instalarse en él. De no ser por ella… ¿Cómo dijo que se llamaba?, ni siquiera lo recordaba. Pero que absurdo, no podía comparar los ojos de aquella loca con su mar de corales. ¡Ni que estuviera ciego!
Ya tenía suficientes problemas en estos momentos como para tener que ocuparse de uno más. Y encima, un problema atractivo y de piernas interminables. Casi le mordió a Renji cuando sugirió llevarla con ellos a Dünamo.
¡Ni en los mejores de sus sueños!
En ese momento, su amigo lo sorprendió sobre su hombro, consultó el rumbo y movió la cabeza.
-Eres un tozudo, Ichi, ya habríamos llegado a Dünamo. Estábamos a una milla de la isla cuando vimos la moto de la chica. ¿Te das cuenta de que esto nos hará perder parte del día?
-¿Has logrado la escota para acelerar?
-Sí, pero por mucha prisa que nos demos en llegar hasta Ios, dejar alli a la chica y regresar a Dünamo –chasqueó la lengua como diciendo "imposible".
-Ya veremos… -viró un poco más el timón y el barco osciló de manera casi imperceptible, pero no para alguien tan experto como Renji.
-¿Se puede saber qué te ocurre? –le increpó su socio abriendo mucho los ojos-. Trae, déjame a mí –lo apartó con una mano y ocupó su lugar tras el mando.
Ichi no protestó. Se retiró y se apoyó en una de las barandillas de madera.
-Estoy cansado, sólo es eso –reconoció mirando el horizonte. Su melena naranja aleteaba contra su cara.
-Cansado y preocupado, ¿crees que soy tonto?
-Tengo motivos para estarlo –le recordó Ichi con brusquedad y sin dejar de mirar el increíble amanecer que nacía frente a él-. Ese comisario es un exagerado, pero prefiero llegar pronto a Dünamo. No me gusta que Yachiru esté sola en la isla.
-Lo solucionaremos, siempre lo hacemos. –La voz tranquila del hombre no causó el efecto que éste deseaba.
-Esta vez te mantendrás al margen, Renji. No quiero que nadie corra ningún riesgo. Por eso, es mejor que cuando lleguemos, tu hija y tú os marcharéis y os llevaréis con vosotros a Alvina y a Demetrio.
Su amigo retiró la mirada del horizonte y la clavó directamente a él, como si no estuviera seguro de haber escuchado correctamente.
-No me mires así. Sabes tan bien como yo que las cosas están feas. No me ha gustado lo que he visto y oído en Míkonos; además, mis asuntos las soluciono yo.
Decidió a no continuar con aquella conversación, le indicó a su amigo que corrigiera el rumbo un par de grados.
-No te dejaré solo y lo sabes, Ichi –insistió, obedeciéndole en la orden-. Cuando lleguemos a Ios, dejaremos a la muchacha en el puerto y regresaremos a Dünamo como estaba previsto. Después…
-No hagas planes que no puedas cumplir. –Su advertencia se quebró emocionada en el aire. Carraspeó y sentenció con rudeza-. Alvina y Demetrio son dos viejos y tu hija, una niña. Los quiero fuera de mi isla, ya, por su seguridad.
-¿Qué piensas de la chica? Es guapa, ¿verdad?
Ichi negó con la cabeza y, al verlo sonreír, su amigo se alegró de haber cambiado de conversación. Aquel tema no era tan escabroso como los problemas de la familia Kurosaki y el que las facciones adustas de su amigo se suavizaran con una sonrisa ya era de por si una buena señal.
-No me he fijado mucho en ella.
-¡Oh!, ¡venga ya! –Renji soltó una carcajada sin dejar de mirar el horizonte.
-Solo lo necesario para impedir que se ahogara y que no me asfixiara a mí.
-Ya, como aquella vez que el Mantecas cayó al agua, borracho como una cuba, y lo sacaste cuando se había tragado medio Egeo, igual…
El recuerdo de la anécdota del salvamento del grueso mantecas, el propietario de la taberna del puerto de Ios, braceando a un metro escaso de tierra y con un Ichi que a duras penas podía sacarlo a flote, provocó la risa de los dos hombres.
Realmente, Renji, además de un buen amigo era un buen animador. Él era la única persona que sabía ahuyentar a los fantasmas de su pasado y que conseguía evaporar su mal genio. Claro que también era la única persona a la que se lo permitía.
-Está bien, me he fijado un poco más –reconoció Ichi, sin dejar de reír-. Pero todo lo que tiene de guapa, lo tiene también de tonta.
Una nueva carcajada de los hombres llenó la cubierta de buen humor.
El sol, como una gran bola de fuego, trataba de alcanzar el horizonte y el mar resplandeciente se abría ante ellos, cortado por la potente nave.
-¿Y qué si parece tonta? A veces, las mujeres sólo interesan para divertirse. No te estoy sugiriendo que te cases con ella.
-¿Y qué me estás sugiriendo, Renji? –Enarcó una ceja.
-Parece una mujer moderna; ya sabes, americana o inglesa, lo que sea. El caso es que resulta una muchacha simpática, dulce, y tú necesitas endulzarte. Un poco de aire fresco no te vendría mal. Podías quedarte unos días en Ios y….
-¡Echa el freno, amigo! Ni que fuera tu prima y quisieras vendérmela. Además, no tendrá más de veinte años.
Renji observó a su amigo dirigirse a la claraboya y mirar con interés hacia el interior de la cabina, donde se suponía que la preciosa y cursi extranjera estaría tratando de acicalarse con sus ropas. Consciente de que había conseguido apartar de la mente de Ichi los tenebrosos pensamientos que lo enojaban, le aconsejó bajando la voz.
-Tal vez, Neptuno la envió para hacernos reír cuando no encontremos motivos. Incluso, puede haberla enviado para que te haga compañía. No te vendría mal.
-Corrige el rumbo –ñe reprendió al ver que se desviaba un poco y regresando a su lado-. Puede que tengas razón –añadió después de un silencio.
-¿de verdad?
-Sí, desde que encontramos la moto acuática a la deriva, le he estado dando vueltas al asunto. ¿Qué hace una mujer inexperta en una moto de agua, a más de veinte millas de la isla más cercana y vestida como si fuera a una fiesta en una ensenada privada? ¿No te parece raro?
-Un poco, pero es que creo que ella es rara.
-No me cuadra…
Renji le contó la breve historia que Rukia la había relatado. Incluyó en el relato y con cierto tono melodramático que a estas horas su crucero habría partido sin ella y que la pobre chica extranjera estaba sola y perdida en las Cícladas.
-¡Qué pena!
-Estás influenciado por todos los problemas que nos han surgido, Ichi. Si esto hubiera ocurrido hace unos meses, cuando nadie se atrevía a enturbiar la paz de tu isla, no le habrías dado mayor importancia. Es más, creo que habrías disfrutado de tu náufraga durante unos días, antes de devolverla al mar y regresar a tu soledad.
-Tú lo has dicho, si pudiera, la devolvería al mar como a un pescado pequeño e inútil. Bello, ágil y suave, pero improductivo. ¡Y no me quedaré en Ios!
-Uff –resopló Renji-. Casi me alegro de que estemos llegando a puerto. No sé qué te ha hecho la chica para que la detestes así. Mira –añadió-, ahora que pareces más relajado, maneja tú el timón. Iré a ver si nuestra invitada está bien.
-Y no es nuestra invitada –vociferó mientras agarraba el mando con las dos manos-. En cuanto lleguemos a Ios, quiero que salga de mi barco.
Su amigo lo miró extrañado. Sabía que no tenía sentido seguir insistiendo y que toda posibilidad de que Ichi cediera y se quedara con ella en la seguridad de Ios se había evaporado.
-Pero, ¿qué te pasa?
Ichi tampoco lo sabía.
Era una sensación extraña y desagradable que se había instalado en su estómago desde que la había visto hundiéndose en el mar. Algo que no sabía definir pero que lo ponía de muy mal humor. Ése humor ácido e irónico que tantas veces le había salvado de situaciones indeseadas por él o por los suyos. Él era un solitario, un hombre que solo contaba con un puñado de buenos amigos porque así lo había decidido, y que vivía en una isla desierta. Y ahora todo cuanto poseía peligraba. Aquel era su destino, él lo resolvió a su manera hacía muchos años, más de la mitad de los treinta y siete que tenía ahora. Un día, determinó vivir apartado del mundo que le correspondía y nada, ni nadie, le obligaría a volver a ese otro mundo que abandonó hacía más de quince años.
Y aquella mujer que había sacado del mar lo había perturbado.
Sus ojos claros no decían la verdad, estaba seguro de que ocultaba algo. Era bella, no podía quitarle la razón a su amigo. Tenía el cabello tan negro que solo podía compararlos con las aguas de Egeo en plena noche y por un momento evocó el momento en el que le apartó unos mechones de la cara para mirárla, mientras fingía que se había desmayado. Sí, parecía una hermosa sirena enviada por Neptuno, pero sus ojos claros le decía que mentía. Tal vez por eso le intrigaba, porque él sabía reconocer cuándo una mujer mentía. No comprendía qué podía querer una muchacha como aquella de un hombre como él, porque solo se le ocurría que aquel naufragio había sido una representación y el que su nave navegara por allí, en el momento justo en el que ella se hundía, era demasiada casualidad. Aquella mujer había aparecido de la nada en un momento crítico, incitándolo con su cuerpo bello y su jugosa boca, aquella de la que estuvo a punto de beber agua salada para reanimarla, y las cosas no ocurrían por que sí. A él, nunca.
En el horizonte comenzó a perfilarse la isla d Ios. Sus pequeñas casas de color blanco se recortaban contra el azul intenso del cielo y el profundo del Egeo. Ichi se regañó a sí mismo por dejarse llevar por presentimientos y tonterías absurdas. En cuanto atracase su nave, despediría a la náufraga y el problema desaparecería.
Continuará
