III. Después de la Siesta
-Cuidado, Jinete, estás herido…
Una voz masculina sacó a Muerte de su estado de letargo. Abrió los ojos y se puso de pie rápidamente al sentir el contacto de unos dedos extraños con la parte de su torso en la que habían quedado incrustados los cristales del amuleto de Padre Cuervo.
-¡No me toques!- bramó con elitismo al enorme anciano, que era mucho más alto que Muerte y más robusto en complexión.
El anciano caminó haciendo como que observaba una estatua, aunque en realidad estaba reflexionando.
-Tu llegada es un mal augurio… Sí… Me causa gran inquietud…- y comenzó a andar dándole la espalda a Muerte.
-Anciano, te causaré algo mucho peor si no empiezas a hablar claro.- le dijo Muerte señalándolo con un dedo de forma amenazadora.- ¿Y el Árbol de la Vida?
-¿Vida?- el anciano rio por lo bajo y se volteó a mirarlo.- Este mundo se muere, ahogado en el caos y la corrupción. No podemos hacer nada, pronto perecerá el árbol y, con él, los últimos miembros de mi pueblo. ¿No es eso lo que te trae aquí, Jinete?
-Sólo busco el Árbol. Tu caos y tu corrupción no me conciernen.- respondió Muerte de una forma más relajada.
En cuanto terminó de formar la frase, engendros de piedra y corrupción surgieron de la tierra.
-Yo creo que te concierne más de lo que crees, Jinete…- susurró el anciano mientras Muerte se dedicaba a despachar uno a uno a los enemigos con absurda facilidad.
Al terminar se giró nuevamente al anciano.
-Peleas bien, Jinete, pero eso no será suficiente si quieres llegar hasta el Árbol. La corrupción ha bloqueado el camino. Debes destruirla si quieres continuar.- dijo con calma.
-¿Y tú quién eres para darme órdenes?- replicó Muerte volviendo a su habitual estado altanero.
-Un Hacedor. Estas manos han colocado los cimientos de muchos mundos, pero eso fue hace mucho tiempo.
Hubo una breve pausa silenciosa.
-Una mujer me acompañaba, una humana. ¿Qué fue de ella?- le cuestionó Muerte.
-¡Ah! La pequeña Leafe… Ella está bien. Ven conmigo.- dijo el anciano comenzando a andar mientras el Jinete caminaba a su lado.- Ha estado entrenando duro, arco y flechas, agujas sen-bon, dagas… Armas ligeras. Desarrolló una excelente vista y una agilidad increíble para ser una humana. Dijo que quería serte de utilidad en tus viajes.
-Esa cría…- susurró Muerte con tono fastidiado, como si la sola mención de aquella humana le fastidiara.
-Sí… Sobre eso, ella despertó seis años antes que tú. Así que, hace mucho que dejó de ser una niña…- terminó diciendo el anciano cuando llegaron a una zona de la ciudad de piedra que parecía ser el área de entrenamiento.
Un Hacedor pelirrojo y armado con una enorme hacha colocaba tres tiros al blanco en distintos postes de entrenamiento mientras una mujer alistaba su arco dándole la espalda.
-¿Estás lista?- le dijo a la mujer apartándose de su camino.
-¡Cuando digas!- le respondió ella con voz animada.
-¡Ahora!-ordenó con firmeza el Hacedor.
En un instante, la mujer se dio la vuelta y en menos de un segundo lanzó tres flechas que dieron justo en el centro de cada blanco. Esa no podía ser la chica que él había recogido en la montaña nevada…
-¡Ja já! ¡Así se hace! Cada vez me asombras más…- bramó el Hacedor dándole un golpecito cariñoso en un hombro a la chica.
Ella rio y apartó el flequillo que le cubría el ojo derecho con un movimiento de su cabeza. Sí… Indudablemente era ella… ¡Y vaya que había dejado de ser una niña! Había crecido varios centímetros, aunque seguía siendo demasiado bajita y delgada para su edad. Su cabello ahora caía a la altura de su cintura y su flequillo era más largo aunque las puntas seguían siendo rojas. Sus senos habían crecido sólo lo suficiente para resaltar su género, su cintura era estrecha, sus caderas se habían vuelto amplias y llamativas seguidas por un par de piernas largas y delgadas, pero torneadas. Su vestimenta también había cambiado: ahora vestía pantalones de color negro bastante ajustados a juego con unas botas altas y una armadura que sólo le cubría el torso y la espalda, todo del mismo color. Llevaba una blusa delgada sin hombros de color blanco debajo de la armadura y de la armadura caían dos trozos de tela a modo de taparrabos de color rojo. Sin duda de la niña caída en desgracia que recogió años atrás no quedaba nada.
Ambos, el anciano y el Jinete, bajaron la escalinata para encontrarse con ellos dos.
-¡Hey! ¡Eideard! ¡Al fin vuelves!- exclamó alegremente el Hacedor pelirrojo al ver al anciano.- Y veo que tienes compañía…- concluyó en un tono menos positivo.
Al escuchar la palabra compañía, Leafe dejó de prestarle atención a recoger sus flechas y se giró a mirar a donde se encontraban los dos. Una sonrisa se dibujó en su cara y corrió a su encuentro.
-Así es… Tengo compañía, Thane…- dijo un sonriente Eideard al ver el entusiasmo de Leafe.
-¡Por fin despertaste! ¡Creí que dormirías por siempre! ¡No tienes idea del gusto que me da verte!- exclamó apresuradamente mirando directamente a los ojos del Jinete con sus enormes ojos grises humedecidos por la emoción.
-Me gustaría poder decir lo mismo de ti…- murmuró Muerte con sorna. ''Sus ojos no han cambiado…'' pensó. Leafe simplemente sonrió al ver que no había cambiado.
-Deberías ir a ver a Alya, Jinete. Ella te dirá lo que necesitas sobre tu misión.- dijo Eideard comenzando a subir de nuevo las escalinatas seguido de cerca por Thane.
-¡Yo te llevo!- dijo Leafe alegremente tomando del brazo a Muerte y comenzando a caminar.
Muerte, a regañadientes, la siguió.
-Ha pasado algún tiempo y no haz cambiado nada…- comenzó a conversar Leafe.
-Es natural, los humanos envejecen con una facilidad ridícula.- le respondió Muerte.- ¿Cómo sobreviviste este tiempo?
No podía negar que le despertaba cierta curiosidad.
-Bueno, Eideard me encontró junto a ti, me dieron comida, agua, asilo… Bueno, se hicieron cargo de mi. Son muy bondadosos… Podrías aprender algo de ellos.- señaló algo divertida sabiendo que estaba pinchando el orgullo de Muerte al ver la expresión de fastidio de sus ojos.
-Deberías tenerle mas respeto al Segador, niña… No tienen nada que puedan enseñarme.- le espetó soltándose del agarre de la chica.
-Nah… Eideard dijo que si quisieras matarme lo habrías hecho desde que me encontraste. Y no soy una niña, ya te dije que me llamo Leafe.- dijo ella restándole importancia.
-Ese Anciano insolente…- murmuró Muerte haciendo un ademán de volver a buscar al viejo.
-¡Relájate! No le tomes importancia, yo he tenido la culpa por ser tan indiscreta.- lo calmó Leafe volviendo a tomarlo del brazo.
Muerte no respondió, sólo no dejaba de admirarse para sus adentros cómo le había perdido el miedo, cómo ya no le temblaba la voz al hablar y la seguridad que denotaba al andar. Sin duda iba a ser una larga, larga travesía…
