Mientras tanto en el exterior, con los primeros rayos del sol, una chica de cabello azulado se terminaba de preparar para ir a la escuela. Tras peinarse en 2 coletas, se observó en el espejo y tomó una gran bocanada de aire, soltándolo lentamente para calmar esos nervios que comenzaba a sentir en todo su cuerpo.

-Hoy será el día- se decía a si misma. -¡Hoy será el día en que todo cambiara!

-Eso dijiste la última vez- dijo una voz a su espalda.

-Esta vez es diferente, Alya- suspiró con una sonrisa, mirando a su amiga a través del reflejo en el espejo.

-Me preocupas, Marinette- esta vez quien suspiró fue Alya, pero con un sentimiento completamente opuesto. Se puso de pie y sujetó a su amiga por los hombros, girándola para mirarla directamente a los ojos. -Eso que no importa lo que pienses, sigue siendo el hijo del dictador. Está muy lejos del alcance de cualquiera, incluso Chloe. No quisiera que corras peligro...

Marinette tomó las manos de su amiga entre las suyas y le sonrió, tratando se sonar lo más segura posible.

-Estaré bien- suplicaba internamente que su voz no la traicionara. -Si veo que no tengo oportunidad ni de acercarme, te prometo que mejor ni lo intentaré.

-Ok- Alya suspiró nuevamente. De repente, su gesto serio se transformó poco a poco en una sonrisa de picardía. -Y, entonces... ¿Qué tienes en mente?

-Ya verás- sonrió Marinette, colgándose la mochila al hombro y avanzando con pasos firmes hacia la salida de su ático-habitación.

-¡Dime!- exclamó su amiga, siguiendola de cerca. Pero a pesar de su insistencia, Marinette se limitaba a reír.

Bajaron las escaleras entre carcajadas hasta llegar a la panadería, donde la madre de Marinette las observaba con una sonrisa.

-Que bueno verlas tan sonrientes, chicas- dijo, contagiada de su alegría.

-Es de esos días en los que sientes que todo te saldrá bien- Marinette comenzó a dar vueltas, riendo aún más. -¡Siento que todo será perfecto!

-La perdimos- rió Alya, negando con la cabeza.

Marinette solo la ignoró, aproximándose a su madre para despedirse de ella con un beso.

-Prefiero verte así- dijo Sabine Cheng a su hija al darle una bolsa con su almuerzo. -No me ha agradado verte tan desanimada estos días- la abrazó. -Se cuidadosa, ¿si?

-Sabes que sí- dijo la chica, correspondiendo el gesto. -Creeme, a partir de hoy tendré una sonrisa todo el tiempo. Lo prometo- le dió otro beso antes de alejarse corriendo hacía la puerta, donde su amiga ya la esperaba. -¡Nos vemos en la tarde, mamá!

Ambas chicas caminaron alegremente hacia el otro lado de la calle, donde se encontraba el Colegio Françoise-Dupont, el único sitio en todo París en el que era posible estudiar la preparatoria. Todos los jóvenes entre 15 y 19 años se veían obligados a asistir ahí y, al graduarse, debían de retomar el mismo oficio que ejercían sus padres. Y así sería con sus hijos y los hijos de sus hijos, tal como dictaba la ley.

El dictador Agreste había eliminado las universidades, considerando que estas solo lograban poner desorden, por lo que parecía más sencillo que los hijos aprendieran de sus padres y se limitará el contacto con las ideologías "contaminantes". Habían algunos afortunados que le tenían cariño a su profesión, más la gran mayoría no corrían con la misma suerte. Ese era el caso de Marinette Dupain-Cheng, una joven de 15 años enamorada de la moda pero condenada a pasar el resto de su vida entre hornos y harina, que había aprendido a guardar su pena en lo más profundo de su corazón.

Cuando Alya y Marinette habían llegado al final de la escalera de entrada, un lujoso auto de color plata se estaciono frente a la entrada del colegio. Y como si fuera una señal, los alumnos despejaron la entrada, dejando los alrededores en silencio.

-Ya esta aquí- susurró Alya a su petrificada amiga.

Como si fuese en cámara lenta, la puerta del vehículo se abrió y de él bajo un apuesto chico rubio, quien se colgó la mochila al hombro con desinterés y comenzó a avanzar hacía la entrada. Miraba a su alrededor como si buscará a alguien, pero nadie era capaz de sostenerle la mirada, a pesar de que su expresión estaba lejos de ser altanera o con aires de superioridad. Se detuvo al final de la escalera para buscar algo en su mochila, algo que puso nerviosos a las personas a su alrededor, haciéndolas sostener el aire.

-Ahora es una buena oportunidad- dijo Marinette para sí, pero su amiga alcanzó a oírla, lanzándole una mirada de preocupación.

-Yo no creo...- comenzó a decir, más ella ya había dado unos pasos hacía adelante.

Marinette avanzó unos pasos más y se quedó congelada. Toda la determinación que había tenido hacía tan solo un momento se esfumó por los aires, dejándola con un nudo de ideas y las piernas temblando por los nervios. Antes de que nadie pudiese notar que se había acercado al chico, dio media vuelta y se apresuró a volver al lado de Alya.

-¡Adrien!- alcanzó a escuchar una voz aguda exclamando a sus espaldas, saliendo de la nada y abrazando al chico, quien aunque hizo una mueca de desagrado no la apartó no fue grosero con ella. -¡Oh, Adrien! Tenía tantas ganas de volver a verte.

-Hola también, Chloe- suspiró el chico.

Marinette solo se limitó a observar mientras su compañera tomaba a Adrien del brazo y lo llevaba al interior del edificio, seguidos de cerca por Sabrina, la mejor amiga y asistente de Chloe. Y una vez desaparecieron de la vista de todos, fue como si todos pudiesen respirar de nuevo y las cosas en los alrededores volvieron a su ritmo y barullo normal.

-¡Agh!- exclamó Marinette, cubriendo su rostro con ambas manos. -¡Mi cerebro me traiciono! De nuevo... ¡Así nunca podre probarle a los demás que están equivocados con él!

Alya colocó una mano sobre su hombro, dándole su apoyo.

Desde que había iniciado el semestre, Marinette tenía la convicción de saludar y conversar con Adrien en público para probarle a todos que el chico no era un monstruo como su papá. Ni su mejor amiga entendía el porqué de esa convicción, pero no podía evitar sentirse mal por ella al ver que sus intentos nunca tenían los resultados deseados y eso frustraba y deprimía a su amiga. Le hubiera gustado ayudarla, pero a ella también le era intimidante estar incluso cerca de Adrien Agreste.

-Déjalo ya, por algo suceden las cosas- dijo Alya, mirando en la dirección por la que el chico había desaparecido y luego la mirada de decepción de su amiga. -Vamos, tenemos clase y no hay que llegar tarde.

Marinette asintió y avanzando con ella, fingiendo una sonrisa de tranquilidad. Pero por dentro, sentía como todo ese ánimo con el que había despertado se había esfumado como un globo por los aires.