BUENAS! Les traigo el tercer capi. Por ahí pedían a Scorp... aquí tienen a Scorp ;) Disfrútenlo ladies, se que lo harán jaja.

Un beso enorme y MUCHAS GRACIAS por los reviews! Me alegro de que les este gustando!

Agus.


3. Ventana


Al acabar de desayunar, Rose fue la última en salir del Gran Salón. Camino, recorriendo pasillos desiertos y escaleras movedizas, hasta llegar a su Sala Común. Cuando entro, vio prácticamente a todos los de su casa dentro de ella. A pesar de ser sábado y que aún el frío del otoño no se hacía del todo presente, la copiosa lluvia que empañaba los vidrios hacía que todos se abstuvieran de salir. Seguramente, los lugares de reunión serían las Salas Comunes, la Biblioteca y algunas aulas vacías, usadas con fines muy poco cercanos a los que, seguramente, los Fundadores les habrían querido dar.

Pensó que algunos de estos últimos probablemente serían Dominique y Lysander, o Lucy y Lorcan. Miró a su alrededor. Las cabelleras de ellos eran fáciles de identificar. Era como buscar a su primo Louis, rubio casi blanco, en el medio del resto de los varones de la familia, todos morenos o pelirrojos.

Los Scamander no estaban. Rió para sus adentros, quizás con algo de nostalgia. Ella nunca había estado de novia en su vida.

Apartando todos esos pensamientos, fue derecho a su habitación, a cambiarse. Que el resto del colegio no saliera, no significaba que ella tampoco lo haría. Le había dicho a Albus que iría a verlo y ella siempre cumplía con su palabra. Se calzó unas botas de lluvia muggles de color negro, que sus abuelos Granger le habían obsequiado hacía un año atrás. Tomó su campera impermeable roja y empezó a ponérsela mientras se miraba en el espejo de pié que se encontraba en la única pared despejada del cuarto.

No era una muñeca como su prima Victorie, ni tenía la sensualidad de Dominique. Su cabello ensortijado y del color del fuego era imposible de controlar, por lo que ella lo ataba a duras penas y dejaba que los rizos cayeran sobre sus ojos celestes, sin darle demasiada importancia. Era delgada, de cintura pequeña y caderas anchas, pero tenía muy poco busto. Dominique la molestaba siempre diciéndole que era plana.

No veía que podía haber en ella que causara que dos hombres, debía admitirlo, tan apuestos y tan llenos de admiradoras a las que les encantaría ponerse a sus pies, y que encima eran íntimos amigos, se pelearan por ella del modo en que ella lo había soñado.

Arrugó la nariz y suspiró. ¿Sería acaso una fantasía de su subconsciente? ¿Qué los hombres suspiraran y se pelearan por ella al igual que lo hacían por Victorie? Se regañó a si misma de solo pensarlo. Ella adoraba ser como era. Ella era Rose. Y nunca, jamás, una persona como Malfoy, que dejaba sin aire a la mayoría de las mujeres con tan solo sonreírles, se fijaría en una chica como ella. Más bien Lily, con su cabello rojo liso y continuamente suelto, sus avellanados ojos felinos y su sonrisa sensual y divertida, era el tipo de mujer que atraería la atención de un Malfoy.

No podía poner la misma excusa con Albus, ya que Lily era su hermana. "Y es tu primo", pensó. "Pero no es lo mismo", respondió otra voz en su cabeza.

Agito su cabello de un lado a otro, y la trenza voló, impactándose en sus mejillas con un golpe seco, haciendo aparecer una mueca de dolor en su rostro. Al menos era bonita. Era linda, de una forma extraña. Tenía algo que la hacía distinguirse de las demás, aunque no estaba segura de que era aquello. Atractiva, habría dicho su prima Molly. Interesante, supuso habría sido la apreciación de su tía Fleur. Interesante. Al igual que todas las mujeres de su familia.

Salió de su habitación rápido y bajo por las escaleras, atravesando la sala, saliendo por la puerta, recorriendo pasillos, hasta llegar al segundo piso. Se asomó a la ventana, desde donde se podía ver el campo de Quidditch. A pesar de la lluvia, no había niebla. Era simplemente una llovizna de fin de verano. Logró ver a los jugadores montados en escobas, con sus capas verdes ondeando en el viento. Las decoraciones plateadas se perdían en el gris del cielo torrencial.

Las siete figuras daban vueltas por la cancha. No logró distinguir a Albus, ya que casi todos los chicos eran morenos y ella estaba a una distancia considerable. Pero si enfocó su mirada en la única cabellera rubia del grupo. Le pareció que tomaba la Quaffle con una velocidad imposible, se giraba hacia el castillo, e iba hasta los aros que estaban de ese lado, marcando un tanto muy bueno. Imaginó su sonrisa de triunfo, el gris de sus ojos brillando en medio de la lluvia, a Albus felicitándolo desde lejos. Y sonrió para si misma.

En ese momento, le pareció que él la observaba. Que la veía, a pesar de la lluvia y el cristal del vidrio que la ocultaba. Pero fue apenas un segundo. Al siguiente, él rubio se daba la vuelta y se alejaba, para seguir con la práctica.

Se estremeció, borrando la tonta sonrisa que se había formado en su rostro, pensando que, quizás, se estaba volviendo loca. Se apartó de la ventana y continuó caminando, muy despacio, los dos pisos que le faltaban para llegar a la puerta del castillo.

La abrió con cuidado, saliendo a la lluvia, poniéndose enseguida la capucha de la campera para no mojarse tanto. De repente se sentía perturbada. De no haberle dicho a Albus que iría a verlo, de seguro se daría media vuelta en ese mismo momento y regresaría por donde había venido.

Al acercarse más al campo, empezó a escuchar los gritos de los jugadores y las risas de algunos de ellos. Distinguió la de Albus y volvió a sonreír. En cuando se dio cuenta de ello, sus labios se transformaron en una fina línea sin expresión alguna. Evidentemente, tenía un problema.

Empujo la puerta y, cuando la traspaso y la hubo cerrado, se dirigió a las gradas. Escuchó que Albus le gritaba algo y levantó los ojos al cielo. Allí estaban, uno al lado del otro. El rubio sonriendo de medio lado, sensual y atractivo. El moreno con su sonrisa de dientes blancos, cariñosa y comprensiva. Ambos estaban empapados y embarrados de pies a cabeza, despeinados, con las ropas sucias y jadeantes. Rose pensó que se veían jodidamente sexys y unas incomprensibles ganas se lanzarse sobre ambos se apoderaron de ella.

"Estas enloqueciendo, Rose", la voz en su cabeza era cada vez más potente y alarmada.

Se sentó en las gradas más altas, aun cuando sus cinco sentidos le indicaban que se fuera de allí lo más pronto posible. Se apretó la campera al cuerpo, de repente con frío, cuando su quietud hizo que comenzara a mojarse cada vez más. Y los miró, cuando volvieron a sus puestos.

Albus en su búsqueda de la Snitch, al igual que su padre lo había echo antes que él. Scorpius como cazador, puesto en el cual se desempeñaba con extrema habilidad. Él rubio había sido nombrado capitán ese mismo año y era muy exigente con sus jugadores. Rose no recordaba la última vez que había visto un equipo empezar a entrenar tan temprano en el año.

El juego se volvió dinámico. Los chicos reían. Eran todos varones y eso les daba la posibilidad de hacerse chistes machistas o reírse de algún comentario sobre alguna mujer en particular, entre otras cosas a las que Rose prefería hacer oídos sordos.

Media hora más tarde, cuando Albus hubo atrapado la Snitch, el rubio felicitó a sus compañeros por el entrenamiento y todos se dirigieron a las duchas. Rose comenzó el descenso, teniendo cuidado de no resbalar por los escalones mojados. Aún así, antes de llegar al suelo y cuando le faltaban solo dos escalones, piso un charco que no logró ver, la suela de su bota no logró asirse a la madera y ella fue impulsada hacia delante, producto del resbalón.

Un grito seco llenó el campo. Rose estaba preparada para poner sus manos en el barro y así al menos no darse de nariz contra el mismo, pero eso nunca sucedió. Abrió los ojos, confundida, solo para ver que dos brazos fuertes la rodeaban por la cintura con delicadeza, pero firmemente. Inconscientemente, recorrió con su mano el brazo del chico, siguiéndolo con la mirada, hasta llegar al hombro. Y luego levantó la cabeza y se sintió mareada.

Scorpius la miraba fijamente a los ojos. No había forma de descifrar que era lo que él estaba pensando, ya que su rostro no denotaba expresión alguna. Simplemente la miraba. La traspasaba con sus ojos grises, muy claros en ese momento, pensó ella. Tragó saliva, pero no pudo desviar su vista de la de él.

—Gra-gracias Malfoy.

Él sonrió, con esa sonrisa tan suya. Rose quería gritarle que dejara de sonreír de esa manera… aunque, obviamente, jamás iba a hacerlo. Era demasiado orgullosa como para admitir que la sonrisa de él hacía que sus piernas amenazaran con convertirse en gelatina.

—Debes tener más cuidado, Weasley.

—S-si, si, lo se.

—Bien… Ah, lo siento, te he manchado con barro.

Hizo una mueca de disgusto mirando la campera de ella, quien negó con la cabeza.

—De otra forma no habrías podido sujetarme y yo habría caído al suelo.

—Buen razonamiento, Weasley.

Él la soltó y le extendió una mano. La pelirroja lo miro con un interrogante en el rostro, pero claramente muy nerviosa.

—Te estoy ofreciendo mi ayuda para terminar de bajar, Weasley. No quiero que vuelvas a caer.

Ella frunció el ceño.

—Puedo hacerlo sola.

Y, apartando con suavidad la mano de él, termino de bajar las escaleras de las gradas y se giró a mirarlo por última vez. Él sonreía, una sonrisa de autosuficiencia. Rose bufó y se dio la vuelta para irse, pero Scorpius la tomo de la mano y la hizo girarse.

—Acércate, Weasley.

Fue más una orden que un pedido. Tiró de ella con firmeza y Rose se vio impulsada hacia delante, quedando casi pegada al pecho de él. Los mechones mojados del cabello platinado del chico le rozaban la frente. Su respiración se hizo entrecortada y se maldijo a si misma. Él estaba tan tranquilo e inmutable como de costumbre.

Cuando sintió la mano del Slytherin en su mejilla, una pequeña descarga eléctrica bajo por su columna vertebral y la hizo cerrar los ojos, como un acto reflejo.

Scorpius la miraba, un tanto indeciso. Podía ver los labios entreabiertos de ella aspirando con más fuerza de la normal, como si estuviera agitada. El agua de lluvia que caía constantemente, se colaba por su boca, haciendo que ella se pasara la lengua por los labios en un gesto tan inocente como devastador. Cerró los ojos unos segundos, y los volvió a abrir.

La caricia termino tan repentinamente como había empezado y Scorpius se separó de ella dando un paso hacia atrás. Rose abrió los ojos, confundida.

—Tenías una mancha de barro ahí. Mea culpa. Ahora si puedes ir tranquila, Weasley.

Sonrió, otra vez, y paso por al lado de Rose en dirección a los vestuarios, dejando a la pelirroja temblando, no de frío, sino de incomprensión.