¡Hola! Llegé con nuevo capitulo n.n. Espero les guste n.n.-Es un AU, OOC.

-Ryosaku.

-Drama, romance y algo de humor.

Resumen:

Le había amado desde pequeña, pero cuando lo vuelve a ver, no es la persona que creía, casado y con mujer embarazada. Su hermano pequeño ocupará el lugar que le pertenecía, ¿o no?

Aviso de el capitulo:

Este Capítulo tiene muchas indirectas entre sus lineas. No hacia personas, si no en la relación entre los personajes. Estad atentos.

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Se frotó los hombros doloridos, masajeando la zona con sus dedos y golpeándola con sus puños cerrados. El rastrillo que sujetaba en su mano cerrada parecía hecho con astillas. No era de extrañar que la muchacha le exigiera llevar guantes. El potro le miraba curioso y volvió a darle otra de las zanahorias que guardaba dentro del bolsillo de su pantalón. Satisfecho, volvió a alejarse para degustar tal manjar, mientras que él suspiró y se recargó sobre el rastrillo.

El sonido familiar de una risa llegó hasta el lugar. Miró al frente, encontrándose con la figura femenina que llegó a atormentarle semanas antes. Aún golpeaba en su mente las sinceras palabras que escaparon de la boca femenina, mientras lo abrazaban por la espalda, y después, huía de su habitación, colorada.

Se había dado cuenta que aquella chiquilla de largas trenzas no era algo que pudiera olvidar tan fácilmente y le sorprendió demasiado darse cuenta que, una vez más, la estaba observando y hasta pensando en ella. Ladeo el rostro varias veces y masajeo las sienes. Pensar en la menor de los Ryuzakis, tan solo le daba dolor de cabeza.

-¿Qué tal todo?- Preguntó la voz de su compañero de limpieza.

Momoshiro asomó la cabeza desde la otra valla, mientras que terminaba de acicalar a un gran semental negro. Sonriente, le entregó una botella de agua, la cual aceptó de gran gusto, bebiendo sediento. Takeshi acaricio al caballo y miró el potro divertido, el cual, curioso, buscaba entre la paja limpia alguno que otro residuo de zanahoria.

-Cuando son pequeños dan más problemas, pero de grandes, son mejores. Al menos, para mi gusto- expresó el joven de ojos alilados.

Se encogió de hombros y continúo con su trabajo. Momoshiro se acercó hasta él, quitándole el rastrillo de las manos. Lo miró sin comprender.

-De vez en cuando, tomarse un descanso, está bien- aconsejó, guiándole un ojo y mirando a su alrededor- anda- exclamó mirando hacia el exterior- ya está Eiji intentando ligársela de nuevo. Mira que no enterarse de que Sakuno no siente nada por él… es cabezón como él solo.

El moreno se dejó caer a un lado y dejó el rastrillo junto a su pierna. No podía comprender por qué aquel hombre se tomaba tantas confianzas con él. Suspiró una vez más y se sentó en frente, junto al potro, que se acercó en busca de más comida. Apartó el hocico del animal.

-Basta- ordenó acariciando las crines.

-Tu… no debes de saberlo porque eres nuevo- dijo Takeshi llamando su atención- Pero los caballos tienen cierto poder en este rancho. No te hablo de poderes como superhéroes, pero sí magia. La mujer de el señor Ryuzaki murió cuando Sakuno tenía diez años. Ella cree que fue antes, pero no es verdad. Se le ocultó la verdad para que no viera morir a su madre- Suspiró clavando la mirada en el techo y continuo- murió de una enfermedad. Es lo único que le explicó su padre. Sakuno lo aceptó, pero como humano e hija que es, no puede evitar echar de menos a su madre. El señor Yohei no quedó en mejores condiciones. Ver morir a la mujer que amas… es una mala pasada. Demasiado.

Sonrió melancólicamente y tosió al ver que comenzaba a hablar más de la cuenta.



-Ellos se trasladaron aquí por recomendación de el médico. Les dijo que lo mejor era que cambiaran de aires, que buscaran otro lugar, especialmente, por Sakuno. Llegaron aquí, cuando este lugar todavía se vendía a precio de risa y gracias a la gran fortuna de los Ryuzaki, Yohei se forró. Compró tantas tierras como pudo, aunque sus habitantes no estuvieran de acuerdo. Es un buen casero, así que comenzaron a comprenderle. Decidió dedicarse a lo que todo el mundo con un rancho puede. Los caballos.

Señaló el potrillo, que de nuevo, parecía estar encaprichado con su bolsillo, ya vacio de cualquier hortaliza.

-No creas que es sencillo hacerte con ejemplares adultos. Algunos hasta tienen sus propios traumas, manías y demás. Son como las personas, por eso mismo, se cree que los caballos son almas humanas que sufrieron y se reencarnaron en caballos para ser libres finalmente. Son animales nobles, algunos más cabezones que otros, pero, ahí es cuando su magia funciona. El animal mira, observa y comprende. Yohei Ryuzaki es incapaz de herir a nadie que no quiera hacer daño a su familia. Los animales entras en sus características. El primer caballo que tuvo en el rancho, era el ser más indomable que nadie se echó en cara.

Rio fuertemente y apartó una mosca que había osado descansar sobre su pierna.

-Lo recuerdo perfectamente. El hombre recibió un buen golpe en las costillas. Creíamos que moriría por la terrible coz, sin embargo, no fue así. Cuando se recuperó, volvió a tomar las riendas de aquel semental, decidió a domarlo. ¿Sabes que sucedió?- Ryoma negó- Ambos terminaron cediendo. El caballo accedió a ser domado y Ryuzaki, aprendió a ver la vida con otros ojos. Si hubiera muerto de aquella coz, dime, ¿quién protegería a Sakuno de personas como Eiji y Sumire?

Lo comprendió. La magia de el caballo había sido ruda, pero con aquella coz, le mostró a Ryuzaki que tenía algo por lo que valía vivir. Había perdido a su mujer, pero tenía su hija. El animal y el hombre hicieron un trato. Un trato silencioso que solo algunos pocos llegarían a comprender.

-Sakuno también pasó por lo mismo. No quiero decir que un caballo la golpeara, pero sí que aprendió a amarlos. Jess, su yegua. Quizás fue porque tu hermano se la compró, pero- chasqueo la lengua enrabiado- aquello la llevó a saber más de caballos que su propio padre. Centrarse en otras cosas y guardar el dolor en su interior.

Lo observó distraído. Aquel chasquido había demostrado el poco agrado de Momoshiro hacia su hermano. Ryoga no tenía mucha gente de su bando. Se alzó, para volver a recoger el rastrillo y continuar con su trabajo. Takeshi le miró asombrado, para golpearle el hombro y llamar así su atención.

-¿Has comprendido algo de lo que te he contado?- Negó con la cabeza- ni si quiera te importa, ¿Verdad?

Se encogió de hombros y volvió a la tarea. No podía decir que no le interesara, pero tampoco era algo que encontrara necesario. Lo que aprendió durante su vida y gracias a su enfermedad, era que lo que verdaderamente importaba, eran los momentos de el presente. El futuro lo conocía. Su enfermedad terminaría matándolo y el pasado... no ansiaba recordarlo de nuevo.

Ojalá... pudiera curarte



Aquello era lo único que le preocupaba. Esas palabras parecían haberse clavado en su mente con fuego y no conseguía expulsarlas por nada del mundo. Aún recordaba la sensación en su espalda. El calor que había sentido contra ésta, la suavidad de el delgado cuerpo. El olor que de nuevo volvió a acoplarse a su cuerpo y cabello, embriagándolo durante toda la noche.

Era algo, que no comprendía.

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Rio una vez, sintiendo la necesidad de aire en sus pulmones. Eiji no podía parar de hacerla reír una y otra vez. No era algo que la desagradara, pero sus pulmones sí se molestaban por tanto movimiento y el flato comenzaba a hacer efecto en su costado izquierdo. Suspiró alzando una mano en demanda de tiempo y Eiji se dejó caer sobre el suelo.

-Por fin sonríes como siempre, Sakuno- señaló el joven entregándole una toalla- desde luego, se echaba de menos tu risa en esta casa.

Le miró confundida. Sonrió tristemente e imito la postura de el hombre. Era cierto. Llevaba un tiempo sin reír. Se sentía dolorida con su abuela y había dejado de hablarse con esta. Sumire buscaba momentos para comentarle sobre su nuevo vestido o cualquier tontería femenina que la atrajera, pero no le interesaba, especialmente, desde que la consideraba tan infame.

-Eiji…- llamó preocupada- Yo… ¿parezco… una mujer… vana…? Es decir…

-¿Por lo que dijo aquel día tu abuela?- Preguntó sonriente el peli rojo- Yo no lo creo. A mi me gusta tal y como eres, Sakuno- confesó con seriedad.

Sakuno ladeo la cabeza y Eiji tuvo que hacer un gran esfuerzo por no reír a carcajadas. Sakuno era demasiado inocente y también, demasiado perdida en el amor. Cierto que estaba enamorada, pero desconocía las indirectas por parte de otro hombres y aquello, había llevado a que Ryuzaki la enseñara a pelear como un mismo hombre, y también, a que él y Momoshiro la vigilaran más de una vez. Especialmente, en las fiestas.

-Gracias, Eiji- agradeció la chica sinceramente- Yo… creía que realmente se me ve como tal y por eso… mi abuela dijo tal cosa. Quizás… irme con Ryoma de aquella forma… no fue lo más correcto.

Eiji negó con la cabeza y dio una palmada antes de alzarse y arrodillarse ante ella.

-Necesitabas irte, expandirte y respirar otro aire. Estabas dolida y es normal. Todos, cuando nos sentimos apresados, necesitamos huir lo más lejos del lugar donde nos hirieron. Es natural. Y que te llevaras al chico… solo se me ocurre pensar que estaba ahí, en el momento oportuno- Hizo una mueca extraña.



-¡Eiji!- Exclamó entre risas Sakuno- ¡Estabas hablando como un filósofo! ¡Pero la mueca final no hacía falta!

Las palabras de Eiji, por muy difíciles que resultaran de creer, eran ciertas. Había necesitado salir de esa casa. Creía que se le caería encima si no escapaba. Se sentía tan asfixiada como cuando comenzó a aprender a nadar sin saber cómo se hacía tal cosa. Pero una cosa sí sabía. No había cogido a Ryoma porque justo estuviera ahí. Había visto a Momoshiro cerca de el porche y después, a Echizen. Optó por el menor. Lo eligió ella. Así, como su cuerpo se movió solo en busca de el cuerpo adolescente.

Lo de aquella semana pasada seguía atado fuertemente a su memoria. Aún podía sentir la vergüenza agolparse en su rostro cuando reaccionó y se vio abrazada a él. Inconscientemente, había caído en el mundo de los recuerdos. Su madre murió de una enfermedad parecida y no quería que otra persona pasara por lo mismo. Ni siquiera Ryoma.

Le parecía injusto que siendo tan solo un adolescente como ella, tuviera que tener reprimidas ciertas cosas. No podía correr, o excitarse demasiado. Ryoma no debía de estar pasándolo bien y era preocupante. Durante las semanas que estuvo ignorándolo lo más que pudo, debido a su vergüenza, había visto que ponía gran afán en lo que le gustaba. Y lo que le gustaba, eran los caballos.

-Oscurece- avisó Eiji mirando al cielo- mejor comencemos a recoger.

-Sí- afirmó alzándose- Vamos.

Por suerte, últimamente, los trabajos de el rancho la habían mantenido ocupada, además de sus qué aceres en el pueblo. Se había ofrecido para ayudar aquel año con las fiestas y no podía estar tranquila. Su padre la había avisado de que podría caer enferma, pero aquello realmente le gustaba. Además, tenía intenciones claras de participar en el torneo aquel año. Sabía que su padre se lo negaría, pero una vez escrita y a última hora, no podría echarse atrás. Karupin estaba listo y en perfectas condiciones. Hubiera preferido participar con Jess, pero su embarazo no la dejó entrenarla y ahora, tampoco quería separarla de Karupin II.

Cuando entró en la cocina con los demás, se detuvo mirando a su alrededor. Su padre la imito nada más dejar el sombrero sobre el perchero y le acaricio los hombros preocupado.

-¿Sabes dónde está?- Preguntó en un susurró Yohei.

-No- negó preocupada- aunque… iré a ver.

Agarró la primera manta que encontró, seguida de dos manzanas rojizas y poco de zumo. Sumire intentó detenerla, pero ante la mirada de Yohei y su ignorancia, calló. Corrió hasta los establos y no se equivocó. Ryoma permanecía agachado ante Jess y Karupin II, el cual no dejaba de mamar, hinchándose de lo que le había sido negado. 

Aunque bien que tragaba zanahorias. Demasiadas para el gusto de su dueño. Se arrodilló a su lado y mostró una de las manzanas.

-¿Quieres?- Preguntó.

Las orbes doradas miraron la fruta con hambre dibujada y cuando el estómago mostró su respuesta, la cogió. Señaló un rincón de el establo y se sentaron. Los cubrió a ambos con la manta y se acomodó a su lado, sin perder de vista la escena la madre e hijo, mientras que Ryoma terminaba por ingerir las manzanas y el zumo. Atraído por el olor de el fruto, el potrillo abandono la leche materna y se acercó a ellos, para robar algún que otro trozo de manzana.

-Hambrón- espetó en un suspiro cansado el Echizen.

-Se parece al amo- susurró ella divertida- Con los caballos sucede como los perros, ¿lo sabías?

Ryoma se encogió de hombros, acomodándose más bajo la manta. El silencio reino. Las voces de la casa comenzaron a extinguirse y se preguntó si no habrían terminado ya de cenar. Alzó la vista de los dos caballos, los cuales había optado por dormir un rato y creyó que lo mejor sería que ellos hicieron lo mismo. Se volvió hacía él y detuvo la mano que había guiado para estirar de la manta.

-Se durmió- susurró.

Sonrió y en lugar de quitar la tela, cubrió mejor al joven. Intentó alzarse, pero fue imposible. Había quedado encajonada entre el cajón cercano y el cuerpo masculino. Además, una de las piernas de el joven pasaba sobre una de las suyas, impidiendo su movilidad. Suspiró y acomodó mejor la cabeza que comenzaba a deslizarse por la madera, hasta colocarla en el final del trayecto. Su propio cuello. Se cubrió mejor con la tela y sonrió, para dejarse vencer también por el sueño.

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El calor era agradable, no podía negarlo. El olor persistente y de nuevo, se preguntó si pese a la lejanía con la muchacha su cuerpo abría absorbido el aroma femenino. Pero aquel olor no era también mezclado con el de su cuarto, si no con algo parecido al establo. Abrió los ojos, frotándolos y bostezando. Cuando la vista se acostumbró al lugar, comprendió dónde se encontraba.

Volvió su rostro para intentar aclara de dónde provenía aquella fuente de calor y estuvo a punto de saltar al verla. Dormía totalmente confiada, con la boca entre abierta y suspiros débiles. Se frotó el rostro y volvió a colocarse.

-Demonios…

Apartó uno de los mechones castaños de su mejilla, que ejercía cosquillas molestosas en ese lugar. Sus dedos rozaron sin querer la suave piel y terminó por dejarlos ahí, 

hipnotizado. Era cálida. Suave. Y daban ganas de acariciar. Rodó sus dedos, acariciando la zona y una sonrisa se mostró en los rojizos labios. Desvió los dedos hasta el lugar. Curioso. Era la primera vez que tocaba tanto a una mujer. Ni siquiera había hecho tal acto con su madre. Y es que aquellos labios lo atraían. Aún sentía el sabor de el beso. Inconsciente, lamio los suyos propios.

Te lo juro…

Se inclinó levemente. No sabía si era justo o no, pero tampoco comprendía por qué lo hacía exactamente. Sus labios se unieron a los contrarios, levemente, un simple roce. Se apartó, asustado por aquel gesto, volviendo a la conciencia que le decía que aquello no era correcto. No estaba bien. Pero aún así, estaba hecho.

-Gracias….- susurró acomodándose para dormir.

Era lo mínimo que podía decirle, por ser tan sincera en su confesión pasada.

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Se estiró cuan larga era y rodó por la cama, hasta que una de sus piernas quedó descansando por el filo de el colchón. Pestañeo, confundida. ¿No estaba durmiendo en el establo con Ryoma? Al menos, eso recordaba, sin embargo, ahora estaba en su dormitorio. Se sentó sobre la cama, mirándose.

-Estoy vestida…

Se levantó, deshaciendo la coleta arrugada que había terminado por tener tras dormir sobre la almohada y caminó hasta el dormitorio contrario. La puerta había quedado encajada y empujándola levemente, logró ver la figura del Echizen, estirado cuan largo era, sobre la cama, respirando entre sueños. Se llevó un dedo hasta el labio inferior, dudosa.

-Anoche te cargó hasta tu cuarto- dijo una voz a su lado- Al parecer, os quedasteis dormidos en el establo.

-Momoshiro….- Llamó sorprendida- me asustaste.

-Lo siento- se disculpó el chico sonriendo alegremente- No era mi intención. Solo quería responder a tu pregunta interior: "¿cómo he llegado a mi cama totalmente vestida?"

-¡Pervertido!-Exclamó sonrojada.

Momoshiro comenzó a reír de nuevo y negó con su mano. Sakuno hizo una mueca con los labios en molestia, mientras Takeshi comenzaba a reír más fuerte. Al darse cuenta, le tapó la boca, casi dejándolo sin aire.

-¡Lo despertarás!- Susurró empujándole.



-Oh, Sakuno- canturreo el moreno- ¿Te empiezas a preocupar por el chico?

Clavó sus orbes rojizas en la espalda masculina y continuo empujándole por las escaleras, mientras Takeshi procuraba no perder la vida en el trayecto. Cuando llegaron al rellano, aferró los hombros de Takeshi, colocando su frente sobre la nuca masculina.

-Yo… tengo miedo cuando estoy con él…

-¿Por lo de tu madre?

Afirmó con la cabeza.

-Sakuno, la verdad es que a mi parecer, ese chico te necesita. Le haces bastante bien- Takeshi rascó su cabeza apartándose de ella- Bueno, quiero decir, en este aspecto. Ambos podéis compensaros. Tu superar lo sucedido con tu madre y él… crecer dentro de su enfermedad- Se acerca hasta su oído, alertándola- Dime, ¿es que te desagrada estar con él?

Se sorprendió por la pregunta. ¿Desagradarle? Para nada. Cierto que tenía arranques imprevisibles, parecía frio y pasota, pero… nunca le había hecho daño. Hasta llegar a protegerla de su padre y llevarla al dormitorio. Ni siquiera la había desnudado antes de meterla en la cama. Se imaginó por un momento la escena y comenzó a reír, sorprendiendo al hombre ante ella.

-¿Te hizo gracia la pregunta?- Preguntó Momoshiro arqueando una ceja en confusión.

-No, no- negó intentando detener la risa emergida- es que… imaginé algo… raro.

-Ha saber qué cosas imaginas- suspiró Takeshi moviendo negativamente la cabeza- en fin. ¿Vas a responderme?

-Emm… solo que… no me desagrada- confesó avergonzada- es… bueno estar con él.

Momoshiro sonrió y palmeo su cabeza con cariño.

-Entonces, haz magia, Sakuno- aconsejó divertido- La misma magia que usan los caballos.

-¿Eh?

-Buenas, Echizen.

-Nas…

Se volvió hacia la voz y saludó con una sonrisa, para perderse dentro de la cocina. Las palabras de Momoshiro eran misteriosas, pero las comprendía. Ella, como ranchera que era, conocía la magia que escapaba de los cuadrúpedos. Pero, ¿Cómo ejercerla con Ryoma? Él odiaba su enfermedad. No quería curas si no eran completas.

-Sakuno- La voz de Sumire la exaltó- tenemos que hablar.



Afirmó cabizbaja. No le gustaba aquello, pero tampoco podía estar ignorándola. No entraba en su carácter. Detuvo la taza de chocolate camino a su boca, cuando vio un panfleto familiar en las manos de su abuela.

-Vas a participar- Susurró la mujer cansada- ¿Por qué?

-Me gusta- confesó preocupada- Por favor, abuela, no se lo digas a mi padre.

-No serás capaz de hacerlo. Reflexiona- ordenó la mujer.

-Si… reflexiono, me dará miedo. Tanto, que no podré participar. Quiero hacerlo. Mira, abuela- sujetó con ternura las manos de la mujer, sorprendiéndola- Sé que te es difícil comprenderlo, pero, amo esta vida. Me gustan los caballos. Me gusta vestir de esta forma. Levantarme temprano para cuidarlos y dormir con el arrullo que crea este lugar. A ti, sin embargo, te gusta otras cosas… estoy segura que si… fuera contigo… no sería yo misma. Me asusta el gentío si no estoy sobre los lomos de un corcel. Jamás podre olvidar lo que he vivido ahí. Abuela… si me alejas de aquí…

-Se morirá- termino Yohei Ryuzaki por ella- Madre, intenta no meterle más cosas en la cabeza. Ya me cuesta contenerla teniéndola cerca. Imagínate lejos.

Sakuno se heló, cuando la anciana se alejó, suspirando defraudada. Era raro verla rendirse tan temprano, pero no le dio importancia. No tanta, como la seriedad que se mostraba en el rostro de su padre.

-¿Papá?

-¿Pensabas participar y no decirme nada?- Preguntó pacientemente el hombre- ¿Con qué caballo? Jess no puede…

-Karupin- interrumpio con miedo- Lo llevaré a él.

-¡Todavía es indomable!

-¡Conmigo no!- Exclamó convencida- Karupin me comprende, papá. Sé que decir esto de un caballo puede resultar tonto, pero verdaderamente, confió en él. E estado entrenando duramente con él. Puedo hacerlo.

-Si estás tan segura- alego el hombre- ¿Por qué tu voz suena de forma insegura?

-Siempre soy así- bufó cansada- no cambies de tema… Papá. Déjame participar…

Yohei suspiró, frotándose los cabellos cansado. Negó con la cabeza y clavó su mirada en la figura que recién entraba en la cocina. Ryoma buscó comida y al encontrarla, entregada por Kawamura, comenzó a engullir su desayuno. El señor Ryuzaki se frotó el mentón pensativo.

-Con una condición- Dijo finalmente.

-¿Cuál?



-Ryoma tendrá que ir contigo. Ya sabes que yo no estaré por esa zona. El ganado es lo que más vende en las festividades y necesito vender algunas reses que ya no necesito a buen precio- Declaró- así que necesitarás a alguien a tu lado. Eiji y Momoshiro estarán conmigo, así que tampoco podrán estar pendientes. Lo mejor es Ryoma.

Se acercó al adolescente, que se entretenía indiferente, bebiendo el zumo que Kawamura le obligaba cada dos días. Yohei palmeo sus hombros.

-¿Te importaría?- Preguntó mirando la nuca de el joven.

-Hn- negó con la boca llena.

Hubiera intentado protestar, pero no acarrearía más que problemas. Su padre no se negaba a que participara, tan solo, no quería que fuera sola. Si optaba por Ryoma, era incluso mejor. El joven desconocía los peligros de aquella participación y no sería tan estorbo, como si Eiji o Momoshiro la acompañaran. Yohei quedó satisfecho y le acaricio los cabellos castaños antes de marcharse.

-Uff- suspiró, dejándose caer en una de las sillas- Creí que me lo prohibiría.

-¿Mhn?

Le miró sin comprender y exclamó un largo "ah" cuando recordó que Ryoma no tenía ni idea de qué era el concurso.

-Es una competición a caballo- explicó pensativa- generalmente tienes que evitar obstáculos, saltarlos y demás. Las mujeres no suelen participar. Creo que seré la única este año. Al menos, en este condado. En otros sí que participan mujeres. ¡Muchas hasta son famosas!- Le miró de reojo y suspiró- Perdón por… obligarte a venir conmigo.

-Nada- Dijo el joven alzándose.

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La realidad era, que le había picado el gusanillo. Una feria ecuestre. Aquello solo le daba una respuesta: Caballos por todos lados. Quizás no era tan malo hacer de canguro. La miró de reojo antes de salir. Emocionada porque su padre le diera permiso. Bien. Aquello solo significaba que él era el único consciente de que la había vuelto a besar. Esta vez, por decisión propia. Y es que dejar en la cama, no fue sencillo.

Flas back.

Caminó por las escaleras, con ella cargada. No pesaba tanto como parecía, pero el miedo a que por culpa de un ataque la dejara caer, era grande. Ryoga ya se lo había señalado cuando la cargó el primer día a su dormitorio, haciéndole parecer impotente.

Por esa misma razón, cuando el final de la escalera mostraba ambas habitaciones, sonrió. Había logrado su propio propósito y su cuerpo no había reaccionado al esfuerzo. Con el pie, apartó la puerta. De nuevo, el aroma que siempre acompañaba a 

la joven, le golpeo en la nariz. Retumbando por completo por su cuerpo. Caminó hasta la cama, intentando dejarla sobre esta. Pero Ryuzaki había optado por abrazarse a su cuello y se negaba rotundamente a soltarse. Frunció las cejas. Aquello no era bueno. Si por una mera casualidad alguien entraba, estaría en problemas. No por nada era la niña mimada de la casa.

Agarró los brazos con cuidado y estiró de ellos para separarlos de su cuello. Cuando finalmente lo consiguió, tuvo que volver a alzarla para correr la ropa y cubrirla. Cumplida su misión, miró que estuviera correctamente colocada. Vestida. Un error que pensaba dejar así. Ni loco la desnudaría para ponerle el pijama. Además, dormía tan plácidamente, que era un verdadero peligro. Capaz de golpearle en zonas que no deseaba por lo dolorosas que resultarían.

-Mumia… ji ji…

Alzó una ceja. ¿Acaso hablaba en sueños? Se inclinó levemente para poder aclarar lo que decía, pero solo unas risas escaparon de los rosados labios. Humedeció los suyos propios. Aún sentía el calor del beso dado en el establo, de forma demasiado inconsciente. ¿Por qué siempre tenía que ser de aquella forma y dejarle un sabor atrayente?

Aquello no podía seguir.

Se inclinó aún más y poseyó con suavidad los entreabiertos labios. La joven ni se inmutó, hasta volvió a reír contra su boca y deslizarse por las sábanas en una postura más cómoda. Se llevó una mano hasta su boca, rozando sus labios.

-¿Qué demonios… hago?- Preguntó ladeando la cabeza.

Decidió alejarse y cerrar la puerta, para esconderse en su habitación. Lo más seguro, es que estuviera cansado y por eso mismo, no tardó en dormirse.

Fin de el flas back.

Pero algo dentro de él le indicaba que no era tan agradable saber que ella no recordaba los dos furtivos besos. Aquella punción en su corazón no le gustaba. Nada de nada.

-Ryoma.

La voz de Yohei Ryuzaki mostraba preocupación y cuando se acercó para ver qué quería, no hizo falta demasiado para comprenderlo. El granjero se frotó el cabello preocupado, sin detener el paso que había optado emprender para que le siguiera.

-Verás- dijo deteniéndose finalmente- Yo no quiero que Sakuno participe. Esa tanda de rodeo es más peligrosa de lo que parece, por eso, en esta zona, se prohibió el concurso de mujeres. Los hombres tenemos más fortaleza que ellas- explicó- Pero también sé que nada la hará cambiar de idea, a menos… que la esperanza que tengo, sí.



Escondió las manos dentro de sus pantalones, algo desinteresado por la conversación. Era normal que todo padre se preocupara, especialmente, en un momento así. Pero él no comprendía del todo la situación.

-Verás, quiero que la hagas olvidar tal hazaña, Ryoma.

Lo miró incrédulo. ¿Cómo hacer que Sakuno se olvidara de algo que realmente amaba?

-Karupin es un corcel demasiado indomable. Ella cree que el caballo la obedecerá, pero estoy seguro que no- Murmuró- Jess sí. Pero con el embarazo, no quiero hacer que la yegua participe- Lo miró con el ceño fruncido. Con decisión- Sé que tu podrás hacerlo, Ryoma.

-No- negó secamente- Es su decisión.

-Sé que es la decisión de Sakuno y como tal tendríamos que respetarla, pero…- se mordió el labio inferior y suspiró- supongo que hasta que no seas padre no lo comprenderás.

-Tsk…

Ladeo el rostro. Ser padre era algo que ni se le había pasado por la cabeza. Si ni siquiera se veía capaz de ejercer el "trabajo" necesario para crear un niño, sin ahogarse en el trajecto. Yohei sonrió divertido por su negativa y golpeo amablemente su hombro.

-Al menos, cuídala. Parece que Sakuno confía en ti más de lo que parece y me alegra eso.

El recuerdo de la rogativa de Yohei hacia Sakuno le golpeo con fuerza en la mente. Ryuzaki padre deseaba que su hija se enamorara de él y al parecer, tomó a su parecer que Sakuno decidiera acercarse a él a su modo. Pero existía cierto refrán:

Si uno no quiere, dos no…

Porque, él no quería, ¿verdad? Si quisiera, eso significaría conformarse con ser plato de segunda mesa. Sakuno amaba a Ryoga. No había vuelta atrás. Lo mejor era olvidar aquellos dos besos que había entregado a escondidas y de los cuales, la castaña era inconsciente. Era mejor. Ella no tendría que olvidar nada.

-¿Ryoma?

-Sí- aceptó alejándose.

Sí. Solo la cuidaría sin que ella se diera cuenta. Haría lo demandado por Yohei Ryuzaki y disfrutaría de lo que le gustaba. Los caballos. No se incumbiría más allá de lo debido con ella.

Era una chica y las chicas no le interesaban.