Faltas ortográficas en el primer capítulo: 1 ("lavabo"). Simplemente imperdonable (lo atribuyo a la cercanía entre las dos letras en el teclado). Si me queréis matar, pedidme mi dirección y venid a por mí con el diccionario de la RAE para aplastarme la cabeza. No pondré impedimentos. Lo haréis por una causa noble.

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"En el Techo"

"Es lista, pero no tanto como yo. Es listo, pero no tanto como yo".

CAPÍTULO 2.

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-Vegeta…- volvió a repetir su nombre mientras se adentraba en la nave. Estaba oscuro. Luces directas provenientes del sol entraban como centellas en cada una de las ventanas redondas de la cámara pero no alumbraban el espacio en su totalidad, sino que dejaban el resto en penumbra. Palpó el lado de la puerta donde deberían estar los interruptores pero no dio con nada. Decidió avanzar y buscarlo en el juego de claroscuros que se había formado. "¿Cómo habrá podido salir de aquí sin que lo haya visto?", se preguntaba. Una última oportunidad: -¿Vegeta?- y su voz retumbó contra la pared curvilínea. Siguió andando y se golpeó con un objeto de metal que estaba en el suelo.

-¡Au!- gritó molesta. - ¡Maldita sea! ¡Mi pie!- se quejaba mientras se lo intentaba agarrar para saber si podía ver la herida.

Una escueta risa seca y afónica, como un suspiro desganado, escuchó a su espalda.

-¿Vegeta?- preguntó la científica dándose la vuelta cojeando. -¿Estás ahí? ¿No habrás desordenado mi cámara de gravedad, verdad?-

Pudo divisar su cuerpo recostado al lado de la puerta. La fiera silueta de su peinado era inconfundible. -Me he hecho daño, ¿sabes? Me he golpeado con algo de hierro…¡te voy a dar con él en la cabeza a ver si te hace tanta gracia!- le recriminó aún avanzando torpemente hacia él. Por un instante pensó que igual no debería hacerle ninguna broma. No parecía que él tuviera sentido del humor.

-Inténtalo y será lo último que hagas.- le espetó con una seriedad que asustaba. No. Definitivamente no tenía sentido del humor.

Bulma siguió andando malhumorada con sumo cuidado hasta poder verlo mejor. Estaba sentado en el suelo, dando su espalda con la pared metálica, entre la entrada y el cuadro de mando. Tenía una pierna recogida y la otra extendida sobre el piso. Un brazo apoyado en la extremidad flexionada y la cabeza sobre el muro, con la barbilla alta y desafiante. Su mirada, entre asqueada y lúgubre, helaría la sangre de cualquiera. Pero Bulma no era cualquiera.

-¡Tienes una pinta terrible!- le dijo forzándose a sí misma una sonrisa. -¿Por qué no has venido con todos? Te tengo que enseñar dónde vas a dormir.- le sugirió ofreciéndole la mano.

Vegeta no reaccionó. Seguía clavándole los ojos, esos ojos vacíos y oscuros. Bulma esperaba paciente. Sin embargo, ella estaba lejos de ser conocida por su aguante. Su mano extendida bajó y prefirió colocarla en la cadera. Recordó lo que le había insinuado su padre:

-¿No quieres venir? Bien, pues hay mucha comida esperando abajo, más de la que te imaginas porque los namekianos, por si no lo sabías, solo beben agua…¡no comen!, así que tengo toda una cocina llena de un montón de cosas apetecibles que tendré que tirar a la basura…-

Él seguía estático.

-De acuerdo. Como quieras. – dijo Bulma antes de retomar la salida. –Te iba a enseñar dónde ibas a dormir pero si no quieres pues ya sabrás tú lo que…- pero paró de hablar y andar al percatarse de que él le adelantaba y salía por la puerta con paso firme. Al sobrepasarla la miró inexpresivo por un instante sin detenerse. Saltó la rampa y siguió recto hacia la entrada de la casa, pasando junto al señor Brief y su bicicleta pero sin ni siquiera mirarlos. Un sutil tambaleo caracterizó sus pasos antes de entrar a la cocina. "Vaya", pensó Bulma, "no ha ido tan mal después de todo." Y salió de la nave camino al interior de su hogar siguiendo los pasos del saiya, dejando a su padre enfrascado en ajustar el manillar.

-¿Ves, Tama? Directo a la cocina. Es un saiya, no lo puede evitar.- le escuchó decir mientras pasaba a su lado.

o-o-o-o

Cuando entró se encontró con una escena un poco extraña: Vegeta engullía todo lo que estaba sobre la mesa, sentado en una de las sillas de los extremos y su madre lo miraba desconcertada sosteniendo una bandeja con pasteles, sin quitar esa gran sonrisa que le caracteriza.

-Hija, querida- empezó a decir la señora Brief. –No me dijiste que entre los invitados estaba un hombre tan apuesto…- Por un segundo Vegeta paró de comer para observar a esa mujer de pelo rubio, pero parecía que lo iba a hacer desapareció enseguida de su mente para seguir comiendo. -¡Y qué apetito!- añadió la madre de Bulma sin parar de observarlo con admiración.

-Hola, mamá…- Estaba demasiado cansada para reprocharle que no hubiera salido a saludarle a ella en cuanto llegó. -Mamá, se llama Vegeta.- Bulma hizo las presentaciones cruzada de brazos desde la puerta. -Vegeta, esta es mi madre, la señora Brief.- Pero él ni se inmutó. -¡Vegeta!- le gritó ella para que reaccionara, pero solo consiguió que la mirara, eso sí, sin parar de tragar.

-Déjalo, hija- soltó su madre. –Viene de hacer un viaje muy largo, es normal que solo piense en comer…- y volvió a mirar al invitado. –Seguro que quieres algunos pastelitos como postre, ¿verdad, guapo?- le sugirió sosteniendo la bandeja repleta de ellos y poniéndosela delante de los ojos. Vegeta paró de comer y observó los pasteles.

-Ahí.- dijo simplemente señalando con un muslo de pollo el único lugar libre que quedaba en toda la mesa. La mano le tembló y la bajó rápidamente.

A Bulma, que había estado estudiando este curioso encuentro, le molestó ver cómo le ordenaba a su madre que colocara la bandeja donde él quería con un desprecio evidente, así que estalló:

-¡Eh, tú! ¡No ordenes a mi madre lo que tiene que hacer! ¡Es la dueña de esta casa y tú un invitado!- y dio un paso hacia adelante. Vegeta la observó manteniéndole la mirada mientras masticaba. Parecía que estaba pensando en matarla. La señora Brief, siempre evitando cualquier clase de enfrentamiento, se dirigió a su hija:

-No, no, querida, no molestes.- empezó a decir acercándose a ella. -Vamos a dejar a nuestro invitado que coma, vamos, vamos…- le sujetó de la cadera y la condujo hacia fuera. –Luego le dirás dónde habitará, pero déjalo comer, hija, no seas entrometida.-

Bulma le prolongó la mirada de desagrado a Vegeta hasta que salieron hacia al jardín. Él se la mantuvo igual.

-Es un bestia, mamá, lo siento.- empezó a decirle su hija ya fuera.

-¿Es un bestia?, ¿sí?- su madre seguía con aquella sonrisa impertérrita, genuina. –Oh, no lo creo, cielo, es solo que está hambriento…- le justificó.

-Va a ser complicado...- continuó la peliazul.

-Oh, no, no, ya verás como no, cariño…- le dijo cogiéndole las manos. –Ese hombre no es un bestia, es solo que a veces, la vida no trata igual a todos, ¿me entiendes, querida?-

Su hija le miró dubitativa. Su madre, de nuevo, creía que todo bicho viviente es bueno y Vegeta no iba a ser distinto.

-Tiene porte de guerrero, ¿acaso lo es?- le preguntó la dueña de la casa tratando de calmarle y girando a su hija para que lo observara a través de la ventana. Y allí estaba él, con la mirada fija en un punto justo al frente. Parecía cansado, aunque siguiera comiendo como si esa noche se acabara el mundo.

-Sí- le contestó. –Es un guerrero del espacio, de la misma raza que Goku.-

-Oooohhh- exclamó con sorpresa su madre. –¡Un guerrero como Goku!- En este punto ya estaba dando palmadas de la ilusión.

-Shhh, ¡mamá! ¡No grites!- chistó Bulma. –Te va a oir.-

-¿Y te extraña que coma tanto? – le preguntó a su hija, la cual alzó la mirada para sonreir a su madre.

-Tienes razón.- su sonrisa se amplió. –Los saiyas parece que solo piensan en comer.- Y entonces se relajó. Era la primera vez que su madre conseguía relajarle.

-Aha…- afirmó la madre mirándola ahora a ella. –E hija…- continuó -¿quiénes son los saiyas?-

-Pues la raza de Goku y la de él, mamá.- le contestó Bulma sin apartar los ojos de su huésped que parecía ajeno a los cuchicheos de las dos.

-¿Es que son familia?- le preguntó la madre.

-No- negó categóricamente -Bueno, eso creo…No, no son familia- dijo tras pensarlo un poco.

-Pues se parecen un poco, ¿no crees?- le intrigaba la pelirrubia. –Tienen un aspecto parecido.-

-No, no creo…- susurró Bulma sin dejar de mirar a Vegeta. –Es porque son de la misma raza.-

-Aha…- dijo la madre. -¿Y de qué raza son?-

-¡Saiya, mamá, te lo acabo de decir!- exclamó Bulma perdiendo la paciencia.

Pero su madre parece que no se enteraba: -Hija, ¿y quienes son los saiyas? ¿Son del sur? Es moreno...-

Bulma suspiró: -Ay, mamá, olvídalo, me voy a ver cómo están los namekianos y a despedirme de uno que se tiene que ir de una vez por todas…-Y acto seguido se dio la vuelta no sin antes darle un beso a su madre que siguió ahí observando risueña a Vegeta que ya le estaba hincando el diente a los pasteles.

De nuevo se cruzó de brazos cuando observó lo que se encontró. Muy al contrario de lo que creyó cuando iban en la nave, los namekianos parecían encantados de estar en su casa. Habían salido todos al jardín y ahora jugaban con los animales de su padre que le seguían en los juegos. "Bueno, parece que no va a estar tan mal…", y siguió su camino hasta la nave y alzando la mirada hasta su techo gritó:

-¡Piccolo! ¡Piccolo, sé que estás ahí! ¡Sal!-

El namekiano se asomó desde arriba. -Tenía que comprobarlo con mis propios ojos- le dijo saltando hasta ponerse en frente y girándose hacia la cocina.

-No te preocupes. Lo tengo controlado.- le repitió Bulma. Ahora los dos miraban hacia donde se encontraba aún Vegeta.

-¿Estás segura?- le cuestionó el ser verde.

-Por supuesto que sí.- contestó Bulma.

-Lo mejor sería que cogiera la nave y se fuera lejos.–

"Eso mismo he deseado yo cientos de veces desde que llegamos", pensó Bulma. Pero no, nadie puede saber que tenía dudas sobre su decisión -¿Qué estás insinuando? ¿Que me he equivocado?- le inquirió ella irritada. -¡Lo tengo controlado! ¡Soy Bulma Brief, por kami! ¡Soy la mujer más inteligente de todo este planeta! ¡Sé lo que me hago!- le gritó con pose digna.

-Hmmm- Picolo frunció su frente. No se terminaba de acostumbrar a esas declaraciones de autoestima. –Te he escuchado antes cuando estabais en la cámara. Ser amable no funcionará con él, Bulma. Los saiyajins no han sido educados para convivir. Esta vez el reto es demasiado complicado…hasta para ti.-

En este punto, la peliazul se giró pensativa hacia Piccolo. ¿Un reto? Ella no lo había visto así hasta ahora.

-¿Y qué quieres que haga? Está en mi casa, ¿no?-

-Has puesto en peligro la vida de muchas personas trayéndolo aquí.-

La científica miró al suelo. Era absurdo pensar lo contrario a una afirmación tan innegable. -Él no hará nada…no hará de las suyas.- afirmó reflexiva Bulma volviendo a mirar hacia la cocina.

-Toda su vida ha sido guerra y destrucción, ¿qué te hace pensar que un poco de cortesía le hará cambiar todo eso?- le preguntó irritado. –Bulma.- su tono de voz fue aún más severo, quería que le prestara toda la atención, -Alguien tiene que preguntártelo, ¿eres completamente consciente de lo que estás haciendo? ¿del peligro que implica tenerlo aquí?- tenía que hacerle esa pregunta. Es como si hubiera un elefante rosa en la habitación y nadie hablara de ello. Pues bien, para eso estaba Piccolo, para recordarles que aunque sean humanos y muchas veces sus acciones no tengan sentido, todos los actos siempre tienen sus consecuencias. Siempre.

Bulma volvió a mirar al suelo. Piccolo notó una pizca de pavor en ellos, algo que muy pocas veces había visto en esa mujer a no ser que estuviera en medio de una lucha. Quiso meter más el dedo en la llaga y sabía cómo hacerlo, pero se equivocó:

-Yamcha murió porque…-

Aquí la peliazul le interrumpió sin ningún tipo de miramiento. Le miró con ojos llenos de ira: -Ni se te ocurra nombrarle.-

Piccolo entendió lo que acababa de ocurrir. Solo había una razón para que ella actuara así y es porque se sentía culpable de sus acciones. Supo que ella había decidido no hablar de él y eso le hizo ver una realidad que traería problemas, un comportamiento que ya había visto más de una vez en humanos, sobre todo en la batalla, que era donde había tenido la mayoría de sus contactos con los hombres: Bulma acababa de compensar su sentimiento de culpa con la furia hacia él, pero él, Piccolo, no estaría siempre, y seguramente esa consecuencia caería sobre otras personas. Solo rogó que una de esas personas que soportarían el enfado de Bulma no fuera el príncipe de los saiyajins. Sin duda era una mujer complicada. Lo malo es que había asilado a un hombre aún más complejo que ella.

La científica se rehizo tras dos segundos de confusión. No quería hablar de Yamcha. No con él. Él no podría entenderlo. Retomó la conversación por donde le convenía: -Con un poco de suerte se irá y casi no le veremos el pelo.- dijo más bien para sí que para su cuasiamigo. –Solo tengo que alimentarlo y darle un sitio donde dormir.-

-Hmmm…- el hombre verde se cruzó de brazos observándola. No era una mujer tonta. De hecho, había sido de gran ayuda desde que la conoció. No es que estuviera loca, quizá le perdía su buen corazón. Seguramente era demasiado inquieta, demasiado apasionada, demasiado impulsiva. Y esa impulsividad les había llevado a todos donde ahora se encontraban. Verla ahí, acogiendo a todos sus congéneres junto al príncipe de la raza más cruel del universo…Obviamente se había dado cuenta de su error y tendría que enmendarlo. Hasta a él, que se veía como un ser bastante racional, se había sorprendido al escucharla invitarlos a su casa como si fueran dos amigos a pasar un fin de semana. Y la científica no vió nungún problema en ello. Se notaba que estaba malcriada. "Será mejor que no pierda de vista a ninguno de los dos, y menos a Vegeta." –Ahora sí me voy. Adios, Bulma.- y levantó un poco el vuelo. Se pensó si decirlo o no, pero se veía en la obligación de hacerlo, así que finalmente lo soltó: -No lo hagas enfadar.-

-Adios, Piccolo.- se despidió la peliazul sin extrañarse de que un ser verde con capa saliera por los aires.

"¿Qué no lo haga enfadar? ¿Qué habrá querido decir con eso? ¡Pero si soy toda calma y paz! ¡Hmmm!".

o-o-o-o

Bulma volvió sobre sus pasos hacia la casa. Su madre y su padre estaban entablando lo que parecía una conversación amena con uno de los extraterrestres. La científica pasó cerca de ellos y los saludó con la mano y aunque paró por un segundo frente a la puerta, se decidió a entrar. Vegeta estaba recostado sobre la silla y rodeado de un exceso de platos vacíos. La vió entrar y se puso de pie lentamente, dando fuertes y tranquilos pasos hacia ella. La peliazul lo observó mientras se le acercaba pero no torció el gesto. Él se colocó en frente y aproximó su cabeza un poco más que su cuerpo sobre ella. Arrugó su nariz y aspiró.

-¿Qué haces?- le preguntó ella sin inmutarse.

Él volvió a erguirse.

-¿Se ha ido por fin el namekiano?- prefirió interrogar el príncipe con gesto hosco.

A Bulma le sorprendió esta cuestión ya que implicaba que él sabía que había rondado por allí hasta hace bien poco. -¿Te refieres a Piccolo?- le interrogó a su vez.

-No me importa cuál es su nombre. Me refiero al amigo de Kakarotto, ¿se ha ido ya o aún se esconde en el techo de la nave?-

-¿Sabes? Deberías quitarte esas ropas tan estropeadas que llevas. No soporto ver a un hombre con ropas sucias.- comentó la científica sin inmutarse.

Esta afirmación aturdió un poco al príncipe, aunque reaccionó casi sin notarse: -No, humana.- le corrigió él. –No pienso quitarme nada. He sobrevivido mucho tiempo con el uniforme de batalla.-

-¡Pero la tienes rota y sucia!- exclamó Bulma. No se podía creer que pudiera ir por ahí con esos harapos. "¡Hombres!", pensó disgustada. -No andarás por mi casa con esos trapos tan andrajosos así que tendré que comprarte ropa. Mañana mismo mandaré a que te compren algo. Aunque creo que tengo algo arriba en mi cuarto…¡No, olvídalo! Iré yo misma a comprarte algo.- al momento desechó la idea. Le pareció demasiado grotesco y la punzada en el corazón le hizo enfadarse, Vegeta no se pondría la ropa de Yamcha, además le quedaría grande. Su novio era mucho más alto que ese príncipe cascarrabias.

-¿Y bien?- preguntó él haciendo caso omiso a su explicación. Solo había escuchado tonterías que no le servían para nada. Él seguiría con su ropa de combate y ya está.

-¿Y bien qué?- le preguntó ella fijando sus ojos azules en la cara del saiya.

Vegeta bufó molesto. -Y yo no soporto repetir lo dicho…¡Que dónde está el ser verde!- le reiteró el príncipe constatando que le estaba irritando esa conversación.

-¡Oye! -exclamó Bulma disgustada. -¡A mí no me grites!-

-¡Pues contesta cuando te pregunte, humana!- le rebatió él enfadado.

-¡Me llamo Bulma! ¡Bulma! ¿¿Es que no tienes memoria??-

-¡No me importa cómo te llames, insolente!-

Bulma estiró su cuerpo indignada: -¡Y no me insultes, ingrato! ¡Te he acogido en mi casa! ¡Y te he puesto mil platos para que engullas como...como un animal!-

-¡Tú no me acoges, terrícola! ¡Soy yo quien os hace el favor de tener al príncipe de los saiyajins en este miserable planeta!-

-¡Y aquí está el horno! Es una pena que no coman ustedes porque podríamos hacerles muchísima comida muy rica y...- la señora Brief entró por la puerta seguida de tres namekianos. -¡Uy!- exclamó al ver la escena de la cocina. -Ya nos vamos, ya nos vamos...- e invitó con las manos a los extraterrestres a volver sobre sus pasos cerrando la puerta de nuevo tras de sí.

Bulma y Vegeta, tras la interrupción, cogieron ambos aire a la vez para tranquilizarse.

-Sí, Piccolo se ha ido.- la peliazul fue la primera en hablar.

El príncipe se cruzó de brazos aún mirándola. -Bien. No te ha mentido. Se ha ido. Ya no siento su ki.-

-¿Y si ya lo sabes para qué me lo preguntas?- le inquirió Bulma.

-Quería saber si sentías miedo una vez que nadie te pueda defender.- una media sonrisa apareció en su cara.

-Tú no me asustas.- dijo la peliazul segura.

-Pues deberías asustarte.- le sugirió él manteniendo los labios semitorcidos.

-¿Por qué?- le preguntó ella levantando la barbilla. Y continuó: -Te he dado de comer…-

-Y yo ya he acabado.- le espetó él terminando la frase. -¿Me quieres chantajear con comida?- esa pregunta sonó a burla.

-Apuesto a que conseguiría que te pusieras de rodillas para suplicarme por un poco de comida...- le retó sonriente.

Vegeta se contuvo para no reírse. Se conformó manteniendo la media sonrisa. Era descarada, de eso no había duda. -Yo nunca suplico, mujer, soy el Príncipe de los saiyajin. Ni siquiera pido. Yo exijo, ¿lo has entendido?- la indirecta no fue muy sutil intencionadamente.

-¡Ja!- Bulma soltó la carcajada sarcástica abriendo mucho la boca. -Más te vale que no exijas nada ni a mí ni a mis padres...-

-¿Qué? ¿Qué harías?- le cuestionó Vegeta intrigado. "Esto se pone interesante...", se dijo a sí mismo -¿Qué podría hacer una insignificante terrícola frente al Príncipe de los Saiyajins?-

La científica suspiró. -Estoy agotada, Vegeta, no estoy para peleas.- le manifestó ella mirando al suelo. -Ahora te indicaré dónde dormirás, porque la realeza también duerme, ¿no?- no le ganaría a sutilezas aun estando a punto de caer rendida.

-Se puede dormir en cualquier sitio.- sentenció él pasando por alto la ironía.

-¿Cómo puedes tener tantas ganas de discutir estando tanto o más fatigado que yo?- le preguntó ella abriendo los brazos en un claro gesto de desesperación.

Vegeta frunció el ceño aún más de lo normal. -¿De qué hablas?- cuestionó hinchando el pecho.

-Al salir de la cámara te tambaleaste y luego tu mano tembló en la cocina. No estás bien.- Bulma tenía clavado los ojos sobre los ahora abiertos en sorpresa del príncipe.

-No digas tonterías, humana.-

-Bulma.- le corrigió al instante la científica. Él hizo como si no lo escuchara:

-Te he dicho que estoy perfectamente.- movió su cuerpo nervioso. Había podido engañar a cientos de guerreros sobre su estado físico durante miles de batallas y esa simple terrícola le había estudiado y descubierto en menos de un minuto.

-Deberías irte a dormir.-

-Dormiré cuando me plazca.- aseveró el príncipe que desvió su mirada hacia la escalera. La idea que le vino a la cabeza la desechó al instante. Bulma decidió que no iba a entrar en el juego que el saiya parecía que quería llevarle. No quería discutir más pero él se insinuaba dispuesto a ello. Estaba demasiado cansada.

-Como quieras...- susurró. -Ven, te enseñaré dónde dormiréis todos.- e hizo el amago de girarse.

-¡Un momento! –exclamó él. -¿Cómo que "todos"?-

-Dormirás con los demás.- le contestó ella volviéndolo a mirar.

-¡Que ni se te pase por la cabeza que voy a dormir con esas ranas!- exclamó él furioso.

"¿Ranas?", pensó Bulma divertida. Lo observó. -¿Ranas?- se decidió a decir con una sonrisa.

Él se enderezó y afirmó: -Dormiré en la cámara.-

-No hay camas allí.- la científica se quedó aturdida.

-Soy un guerrero del espacio, mujer, he dormido en sitios peores.-

-Bulma.- dijo ella para corregirlo de nuevo.

-Dormiré en la cámara.- reiteró Vegeta. -Y no hay nada más que hablar, mujer.- le puso ahínco a la última palabra. Salió de la cocina de nuevo en dirección a la pequeña nave.

Bulma se giró para subir la escalera maldeciéndolo. Se fue directa a su cuarto.

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"¡Maldita mujer rara! Si no fueras amiga de Kakarotto te habría desintegrado en un instante. ¡Hasta me ha gritado! ¡A mí! ¡Ahhhh! La habría fulminado ahí mismo. No. No puedo matarla, ella tiene que saber algo. Me será de ayuda para saber tu maldito secreto, Kakarotto. No me lo confesará con torturas. Por lo visto se tienen mucha estima estos humanos. El enano blanco amigo del de los tres ojos dio la vida por éste. ¡Tontos! No sirvió de nada." Recuerdos de batalla. Calma.

"Hubiera deseado torturarla. A ver qué ha guardado aquí esa engreída. Un botiquín. Me vendrá bien tener un botiquín para los entrenamientos. Bah, no tiene casi nada dentro. Vendas, tijeras, un bote. Líquido amarillo. ¡Ahhh! Qué olor más desagradable tiene esto. Seguro que es veneno. Debería tener más cuidado. Hay algo escrito. Si al menos tuviera mi scooter. ¡Rayos! Tendré que aprender el idioma terrícola. No puedo fiarme." Determinación.

"No, no puedo matarla, pero hoy lo habría hecho un millón de veces. ¿Dónde puedo dormir yo aquí dentro? Igual tienen aquí algo que me sirva...Debería haber subido por las escaleras y escoger cualquier habitación. Seguro que arriba estaban las habitaciones de la familia. Yo debería dormir en la mejor cama. No. Antes muerto que compartiendo más con ellos. Aunque tendré que ducharme. Mañana rastrearé el planeta y me bañaré en algún sitio. En esta caja solo hay herramientas. ¡Estúpidos humanos! Pero esa mujer de ojos raros es lista. Debería tener cuidado con ella. Seguro que trama algo. Se cree que me va a engañar con esa fingida amabilidad, la muy... Igual no es tan lista. Si no, sería más poderosa. Aunque parece que no está muy interesada en el poder…¡Bah! ¡Tonterías! Cualquiera quiere ser más poderoso. El resto parecen tontos. Su madre es insufrible. Sí, ella es la peligrosa. ¡Ahh! En estos cajones tampoco hay nada que me sirva para apoyar la cabeza. Tendré que usar la armadura como soporte de nuevo para dormir." Enfado.

"¿Cómo se atreve a no temerme? ¡Me acerqué a oler su miedo y ni una pizca de terror! Solo olía a algo repugnante, algún potingue de bruja, seguramente. El miedo huele bien. Ya están de nuevo gritando ahí fuera. Parece que es ella con su padre. Solo sabe gritar. ¿Pero quién se habrá creído que es? Obviamente está loca. Sí. Si no, no habría ido a Namek. Y si no, sentiría pavor por mí. ¿Por qué fué a Namek? Ah, sí. Su novio. Pobre infeliz. Los saivamen le mataron sin problemas." Diversión.

"¿Cuántas entradas tiene esto? Vale. Solo una. Dormiré aquí al lado. Apagaré las luces. Y si maté a su novio, ¿cómo es que me invita a vivir aquí? ¡Maldita bruja! Tiene planeado algo. Se quiere vengar. Es lista pero no más que yo. Lo va a intentar. Solo tengo que aguantar hasta que resuciten a Kakarotto. Entrenarme para superarlo y luego los mataré a todos." Esperanza.

"Hmpf. Supo que estaba agotado. Me adelantaré a sus pasos. No me acordaba de este agujero en la armadura. Hmmm. Freezer. ¡Yo debería haberte matado! ¡Yo! Y no ese estúpido de Kakarotto. Supersaiyajin. Un guerrero como yo. Sería el más poderoso. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo? Entonces no tendría rival. El Universo sería mío. ¡Freezer! ¡Asqueroso lagarto marica! Tanto tiempo esperando. Tanto tiempo…" Sueño. Pesadillas.

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"Bien, ahora podré dormir tranquila", se dijo Bulma echándose sobre la cama. Había estado pensando en todo lo que había acontecido esos días pero se apenó sobremanera. Decidió desde que partieron rumbo a la casa que no recapacitaría sobre ello. Era demasiado doloroso. Todo ese terror, toda esa sangre. Era demasiado. Le gustaba la aventura de ir a un planeta nuevo, era una idea golosa. Nuevos mundos, nuevos horizontes, sitios que explorar, peligros que acechaban y que habría que esquivarlos. ¿Por qué sería tan curiosa? Sabía que sin ella no podrían haber ido a Namek, así como Gokuh nunca podría haberse entrenado para llegar a ser supersaiyajin. "Sin mí, la historia no sería la misma", se dijo orgullosa. Gokuh, su querido Gokuh, su amigo fiel desde niña. Ahora ha muerto y el pequeño Songohanda se ha quedado sin padre y Chichi se había quedado sola. Entonces se regañó en alto: -¿Pero qué me pasa?- se volvió a incorporar. "¿Matan a mi novio y solo pienso en la pena de los demás? ¿Y qué pasa conmigo? ¡Yo también me he quedado sola!". Se giró hacia la mesita de noche. Vió la foto sobre ella. De nuevo la punzada molesta.

-¿¿Pero qué estás haciendo??- se gritó a sí misma enderezándose en la cama. -Es cierto, es verdad: ¡ese engreído saiya vaya a vivir aquí! ¿Por qué? ¿Por qué me meteré en estos líos?- golpeó la cama con los puños. "Le invité en un momento de alegría histérica y ahora no se va a ir...¡No tiene a dónde ir! ¡Yo en su lugar tampoco me iría!" -¡Maldita sea mi natural amabilidad!- maldijo.

"Quiere esperar a Gokuh para enfrentarse a él...Estos estúpidos saiyas, parece que están obsesionados con la lucha. Ésa debe ser la razón principal. -Pero es que no tiene a dónde ir...- se repitió para convencerse. "Fué el inductor de la muerte de Yamcha...¡Oh, dios mío, Yamcha! Espero que me perdones algún día por esto." La peliazul tenía su mirada clavada sobre el retrato de la mesita de noche. Salían los dos y se la hicieron una vez que él, sorprendiéndola, la llevó al campo a hacer picnic con tan mala suerte que les llovió y terminaron debajo de una cueva. La foto la sacaron allí, empapados y borrachos de tanto vino. Recapacitó sobre el tiempo que había transcurrido desde que no se divertían solos haciendo locuras y se sorprendió al pensar que hacía más de un año. Acercó su cuerpo y la cogió sentándose en el borde de la cama. La última vez fué cuando ella le insistió en ir a la playa, y él aceptó después de mucho rogarle. Nada especial. No se acordaba si fue antes o después de la llegada del malvado hermano de Gokuh y de eso ya había pasado más de un año. "Yamcha…", susurró. Y el corazón se le encogió de nuevo. Igual había cometido una estupidez, una estupidez que podría poner en peligro no solo a su familia, si no al planeta entero, pero ahora tenía que sacar la pata que había metido. Claro que nadie se enteraría de que sabía que se ha equivocado.

-No lo hará- susurró abrazándose a la foto. "No puede hacerlo, no tiene a nadie ni nada, ¿a dónde iría si no? Hoy estaba cansado y tenía hambre..." -¡Pero qué estúpida eres, Bulma!- gritó molesta enfadándose consigo misma de nuevo. "Podría haber destruído el mundo entero con un rayo láser de esos y tú creyendo que no lo va a hacer porque tiene hambre...". Resopló, pero al momento se le iluminó la cara por una idea momentánea. Entendió que algo se le había escapado en toda esa charla que tuvo con Piccolo y ésta interna que estaba teniendo lugar en su cama consigo misma, algo que le hizo sonreir con un poco de alivio. Tenía lógica, una lógica aplastante: si no lo ha hecho ya, teniendo hasta una nave espacial para salir de aquí después de hacerles añicos, no había razón para hacerlo luego. Le había insinuado en su particular charla en la cocina que si quería algo, lo quería ya. "Hay algo que le retiene, eso es seguro. Quizá sea su obsesión por Gokuh, el pobre idiota cree que puede superarlo", dudó tumbándose boca arriba. "Idiota no es. Es listo, pero no más que yo. Por lo visto es un condenado genio estratégico en la guerra y los muchachos no paraban de admirar lo inteligente que es..."

-¿Lo haría?- se cuestionó levantándose de la cama y saliendo al balcón. En el jardín su madre estaba agrupando en filas de tres a un grupo de namekianos que parecían animados a hacerle caso en lo que fuera que estuviera tramando.

-¡Hija!- le llamaron desde abajo. Era su padre, que portaba en bicicleta a un Dende aterrado mientras otros extraterrestres sonreían divertidos. -¡Nos vamos a dormir! ¿de acuerdo?-

Bulma notó cómo los namekianos se tapaban los oídos todos a la vez con claros gestos de molestia. -¡De acuerdo!- le gritó ella en respuesta. -¡Yo también me voy a la cama! ¡Hasta mañana!- se despidió con la mano de todos. Los vió dispersarse, cada uno a sus aposentos: sus padres al interior de la casa y los namekianos a su espacio. Dende iba más rápido que los demás. Curiosamente notó cómo evitaban pasar cerca de la cámara de gravedad, rodeándola alejados.

Estaba anocheciendo. Su vista se fijó en la nave, aún con las luces encendidas. "¿Superará a Gokuh entrenándose ahí?", retornó los pensamientos de antes. "Es obvio que se ha adjudicado para sí mi cámara de gravedad y a mi padre le dijo antes que estaría entrenándose allí.", razonó apoyando el codo en la baranda y la palma de la mano en la mejilla. "Solo me queda esperar. Ya está hecho. Ya lo he invitado. Ya está aquí. No es posible dar marcha atrás". Volteó su cuerpo para adentrarse de nuevo en su habitación y se tumbó otra vez sobre la cama. "Tendré que ser amable con él. El muy imbécil va a dormir en la cámara de gravedad...". Se hartó de pensar en el saiya y cerró los ojos para dormir.

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"¡Maldito saiya cabezota!". Bulma daba vueltas en su cama intentando conciliar el sueño. Le parecía mentira que estando tan cansada le estuviera costando tanto. Se levantó. Sabía qué es lo que no le dejaba dormir y se decidió a remediarlo. Pensó que los homerobots lo podrían llevar a cabo, pero tardaría más tiempo en programarles algo tan raro que decidió hacerlo ella sola. "¿Dónde puso mi padre los antiguos? ¡Ah! Seguro que los dejó en alguno de los trasteros.". Bajó las escaleras a oscuras. Llevaba tanto tiempo en esa casa que podía recorrerla con los ojos vendados. Salió por la puerta principal y giró a la derecha no sin antes echarle un vistazo a la cámara apagada. "¡Maldito saiya cabezota!".

No se escuchaba nada. Hasta los namekianos también habían logrado dormirse. Entró en el primer trastero, encendió la luz y rebuscó dentro. "Algo tan grande se debería ver en estas habitaciones tan pequeñas...Hmm....No, aquí no hay ninguno." Cerró y abrió el trastero siguiente. "¡Mierda!, aquí tampoco... ¡Debería crear una cápsula que contuviera uno", pensó enfadada sabiendo de lo absurdo de su idea. Cerró y abrió el siguiente. "¡Bingo! Sabía que tenían que estar por algún lado. Mi padre nunca se deshace de nada. ¡Nisiquiera de esa vieja bicicleta! A ver cómo saco éste de aquí...".

Tama estaba subido al árbol central del jardín. Sabía que era el animal más querido de allí y por lo tanto, ése era su árbol. Suyo y de ningún animal más. Hasta había conseguido que los estúpidos monos le dejasen tranquilo. Levantó la cabeza al escuchar unas quejas. Parecía como si alguien estuviera haciendo un fuerte esfuerzo. Por una esquina exterior de la casa vió aparecer a la hija de su dueño arrastrando algo grande y pesado. Bajó la cabeza para seguir descansando. Esa mujer estaba loca y no iba a hacer ningún esfuerzo por entenderla.

-Maldito saiya cabezota...- decía Bulma una y otra vez mientras empujaba hacia la cámara de gravedad. -Esto pesa como un muerto…Ay…Vamos, un empujón más...Vamos, Bulma, no sabrás artes marciales pero al menos tienes que tener algo de fuerza…Vamos…Solo un empujón más...- Y lo deslizó, y lo deslizó hasta llegar a los pies de la cámara. -Por fin- exclamó sonriente en un susurro a la vez que lo dejaba caer en el suelo. Suspiró aliviada y acto seguido alzó la vista hacia la pequeña nave. De nuevo le vino el enfado. "¡Maldito saiya cabezota!". Subió la rampa y golpeó tres veces la puerta con suma fuerza.

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¡Pom, pom, pom!

Los golpes le hicieron despertarse e incorporarse al instante. Estaba acostumbrado a las inclemencias de la guerra y con memoria bélica se levantó para ponerse en guardia. Solo había negrura y parecía que estaba todo en calma. Relajó el cuerpo al recordar dónde se encontraba: en la cámara de gravedad, en casa de esa familia rara, en La Tierra. Lo que había escuchado provenía del exterior. Alguien había tocado a la puerta y tras ese extraño día solo podía ser una persona con un ki diminuto que no le hubiese hecho percatarse de nada mientras dormía. Se dirigió a la entrada de mal humor pero tropezó con lo que parecía un tubo de hierro. Sonrió recordando lo de esa misma tarde. "Irónico...", pensó. Lo echó a un lado con el pie y abrió la puerta. No había nadie. Miró al suelo y levantó una ceja perplejo al ver aquello allí tirado. ¿Por qué habrá hecho ella algo así? Sobre el césped había un colchón.

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