Casi olvidaba agradecer a Laura Wolff, Daelyra, Sadie Mapes y Danasterling252 por sus lindos reviews. Muchas, muchas gracias!
Seguía sentado sin intenciones de moverse. Escuchó ruidos e instintivamente su mano se dirigió a la espada. Resultó ser sólo Brienne, que lo miró aprensiva por un instante antes de preguntarle si todo estaba bien. No supo cómo contestar, de modo que simplemente se encogió de hombros. Hubiera preferido seguir molesto con ella y preguntarle de una maldita vez que rayos era lo que pasaba por su cabeza, pero entonces esos ojos azules se fijaron en él llenos de una mal disfrazada preocupación y se rindió. Hacia ya tiempo que ella podía desarmarlo más fácilmente con una mirada que espada en mano.
La primera vez que la vio, lo recordaba bien, la había comparado con una vaca. Pero la moza resultó ser una verdadera guerrera: astuta, fuerte, ágil, y se había ganado su respeto tan rápido que antes de analizarlo ya estaba arriesgando la vida por ella de la forma más estúpida posible. Aprendió a admirar su altísimo e ingenuo sentido del honor porque le recordaba que él, hacía mucho tiempo ya, había sido también un ingenuo.
Y ahí estaba, a unos pasos de distancia, esa extraña mujer que sólo él conocía como tal. Los cambios que había sufrido desde su primer encuentro no habían hecho más que acentuar su natural fealdad; sin embargo, ese rostro que para el resto del mundo resultaba repulsivo para Jaime era una fuente de paz. Los únicos ojos en los que podía ver el reflejo del hombre que quería ser, los únicos labios que lo alentaban a tratar de serlo.
Por eso tenía que estar seguro de que ella entendía.
—Anoche…
—Deberíamos volver —lo interrumpió firmemente antes de darle la espalda y volver sobre sus pasos.
Estúpida moza necia.
—Yo menos que nadie tengo motivos para dudar de tu feminidad, Brienne —incluso de espaladas la observó sonrojarse e inevitablemente eso dibujó una sonrisa en sus labios—, pero tengo que decirte que sin duda alguna eres la mujer más extraña de los siete reinos.
El rubor en sus mejillas hacía que sus ojos parecieran de ser posible más azules, quizás por eso Jaime seguía disfrutando con las bromas que le dirigía y exacerbaban su timidez natural. Se esforzó por dejar de sonreír, decidió que por una vez se portaría como un adulto maduro y sensato.
La siguió mansamente, la ayudó a encender el fuego y se ofreció a hacer la primera guardia. Hablaron un poco, pero ella logró ingeniárselas para rehuir su mirada. Antes de acostarse Jaime quiso besarla y ella se lo permitió, sin resistencia pero sin pasión. Él lo dejó pasar.
No podía recordar la primera vez que se encontró deseando tenerla cerca para comentar con ella alguna trivialidad de su día ni cuándo había empezado a preguntarse qué haría ella en su lugar cada vez que se enfrentaba a una decisión difícil. Brienne de Tarth era el perfecto ejemplo de sensatez y honorabilidad. Sin embargo Jaime estaba seguro de que no era la sensatez la que estaba cerrando sus oídos a cualquier explicación en esos momentos.
La observó un rato, mientras se acomodaba para dormir. Siempre la misma rutina: se cubría con las pieles hasta los hombros, abrazaba sus codos, y miraba fijamente el cielo por unos momentos antes de cerrar los ojos, luego seguía un rato despierta. Conocía perfectamente como cambiaba el ritmo de su respiración cuando finalmente cedía al sueño. Le quedaban unos minutos antes de que eso sucediera y decidió aprovecharlos.
—Mi padre siempre solía decir que resultaba más fácil librarse de una verruga que de las zalamerías de sus lacayos —comenzó a decir, como si simplemente continuara una conversación anterior—. Todos pretendían ganar su favor ofreciéndole sus mejores vinos, los más caros banquetes y, los más osados, consideraban parte de su deber ofrecer también entretenimientos para la cama. —la moza abrió los ojos, pero neciamente los clavó en las estrellas sobre ella—. Yo nunca me he creído con la obligación de beber un vino si no es de mi agrado, incluso si se me ofrece como obsequio. Lo mismo aplica para el resto de las cortesías.
Reticente y temerosa, Brienne lo miró.
—No pasó nada. No soy del tipo que acepta a toda mujer que se le ofrece para calentarle la cama… Pero supongo que, o bien ya lo sabías, o no te importaba —añadió, y se maldijo mil veces por no haber sido capaz de ocultar mejor su tono herido.
La moza se incorporó lentamente. Lo estudió; abrió y cerró la boca un par de veces sin saber que decir. Terminó abrazándose las rodillas y tragando saliva para reunir valor.
—¿Por qué conmigo entonces? —le preguntó, y Jaime no necesitó demasiada agudeza para entender que llevaba semanas buscando esa respuesta.
Él se había hecho la misma pregunta desde aquella primera vez en la cueva. Estaba seguro de que había muchas otras respuestas, probablemente mejores y más profundas, pero para un hombre de armas como él, la primera respuesta era la más importante:
—Porque confío en ti. Y en la cama como en una batalla, necesito tener a mi lado a alguien que no dude en dar la vida por mí. A alguien por quien yo esté dispuesto a hacer lo mismo.
Quizás fue una trampa de luz, pero le pareció ver una lágrima deslizarse por la mejilla mutilada de la moza. De su moza.
Sin proponérselo siquiera la explicación caló profundamente también en él. Al fin logró entender cuándo había terminado su relación con Cersei: en el instante preciso en que dejó de confiar en ella.
Brienne seguía en la misma posición, con la barbilla recargada en las rodillas. Justo cuando Jaime empezaba a preguntarse si su respuesta la había decepcionado ella habló.
—Me estaba quemando por dentro —le confesó finalmente, mordiéndose el labio— . Pensar que esa mujer y tú…
Jaime sonrió. Esa confesión no había aliviado su ego, había desvanecido sus propias inseguridades.
Guardaron silencio por un rato hasta que, después de arrojar unos maderos más al fuego, Jaime fue a sentarse junto a ella.
—Ser Goldshield dijo que iba a recompensar con un buen matrimonio a esa muchacha por los… servicios que le había ofrecido. ¿Es eso lo que los Lannister acostumbran hacer? —volvió a preguntar Brienne con aparente desinterés.
Sin poder evitarlo, Jaime soltó una carcajada, una fuerte, capaz de poner en pausa la más encarnizada de las batallas. Pensó en Tyrion, si su hermano se hubiera sentido obligado a buscar buenos maridos para todas las mujeres con las que había compartido la cama, sería, sin lugar a dudas, la casamentera más famosa de lo siete reinos.
El ceño fruncido de Brienne le dejó bien claro que esperaba más seriedad. Su respuesta era no. Los Lannister no acostumbraban ese tipo de recompensas, y aun de ser así, no imaginaba un escenario donde él arrojara voluntariamente a su mujer a los brazos de otro hombre.
Por años, la tortura de saber a Cersei acariciada por otro solamente logró ser atenuada por el vago consuelo de haber sido el primer hombre en su vida, el único al que ella decía amar.
No estaba dispuesto a pasar por lo mismo otra vez, no quería limitarse a ser el primer hombre en la vida de Brienne, quería ser el único. El único que conociera la historia de sus cicatrices y pudiera cubrir con besos y caricias todas y cada una de ellas.
—En toda mi vida no hubo más mujer que Cersei. Pensándolo un poco resulta divertido… —declaró con amargura— Dediqué casi toda mi vida a guardarle lealtad al único juramento que jamás hice. El que menos se lo merecía quizás.
Y entonces como si de repente las piezas encontraran su lugar por si mismas, esa verdad que se había disfrazado de muchas otras cosas reveló su verdadera apariencia frente a Jaime.
—Ahora tú eres ese juramento que no he hecho y pienso guardar. De modo que —añadió después de un rato, sonriendo ligeramente—, si eso es lo que te preocupa, me encargaré de proveerte con él único marido incapaz de reprocharte tu vergonzosa aventura con el Matarreyes.
—¡Yo no quiero…! —gritó fieramente hasta que el verdadero significado de sus palabras la calló de golpe.
Algunas veces la mujer podía ser terriblemente lenta.
Jaime sonrió y la tomó de la mano hasta que ella, también con una sonrisa dibujada en los labios se quedó dormida.
No había nada seguro para ellos. No podían planear que hacer con un futuro que probablemente no verían llegar. Aun así, a la mañana siguiente, mientras cabalgan lado a lado, sabían sin necesidad de palabras que se seguirían pese a todo. Porque en ese mundo desgarrado por la guerra no había más parejas como ellos, estaban sólo ellos.
