Capítulo 2: Aresura
A la mañana siguiente, con los primeros rayos de Sol, el grupo se puso de nuevo en marcha. El camino a través de la selva no fue difícil. Los problemas llegaron al adentrarse en el desierto de Aresura.
Aquel lugar era una tierra infértil y destrozada. Antaño solía ser un hermoso paraje, unas tierras rebosantes de esplendor pertenecientes a un pueblo muy poderoso, pero también bondadosos.
En aquellos tiempos, los Daevas eran conocidos por el aprecio que sentían hacia la naturaleza y el mundo que les rodeaba. Estaban en contra de la violencia. Poseían unas tierras con especies de animales y plantas únicas, una medicina realmente avanzada y una sabiduría en todos los ámbitos realmente sorprendente.
Era un paraje paradisíaco situado entre Persia, la India, y los pueblos de Asia Oriental. Muchos fueron los Emisarios enviados al líder de aquel pequeño pueblo con las intenciones de apoderarse de sus tierras. Hubo muchas disputas entre los Reinos que deseaban quedarse con aquel pequeño trozo de Paraíso.
Ya que los Daevas se negaban a ceder sus tierras, la tensión entre los Reinos vecinos fue creciendo, hasta que se desarrollaron una serie de enfrentamientos en Tierras Daevas que acabaron con la belleza de aquel lugar.
Los Daevas, que hasta entonces habían sido pacifistas, al ver su hogar destruido y su gente esclavizada, vendieron su alma a Ahriman si éste les ayudaba a vencer sus tierras. Aquellos que fueron un pueblo tranquilo y negociador, se habían transformado en una horda de asesinos y bestias.
Tal fue la ira desatada por los Daevas, que ni ellos mismos se salvaron de la destrucción. Hicieron huir a los pocos supervivientes de los intrusos, sí, pero aprendieron a utilizar la violencia entre ellos, destruyéndose a sí mismos.
Pasaron muchos años hasta que alguien osara entrar en aquellas tierras, y ese fue el Visir de la India, quien, tras secuestrar a la esposa de Saurva, el líder de los Daevas, chantajeó a éste para que robase la Urna de los Mil Prisioneros al Rey Shahraman. Tras hacerlo, el Visir no sólo mató a la esposa de Saurva, sino que encerró a todos los Daevas en aquella Urna, hasta que 22 años más tarde, Cyrus la abrió con la esperanza de que ello le ayudase a librarse del Dahaka.
Malik todavía recordaba el día que Persia fue invadida por los hombres de Saurva en busca de aquella Urna. Aquella fue su primera batalla y la recordaba como si hubiera sido días antes.
Tenía 20 años cuando aquello ocurrió. Era un joven soldado fuerte y hábil. Ya por aquel entonces llevaba barba, imitando a su Padre. Pasaba las mañanas entrenando con Rostam y las tardes junto a su Madre. Cyrus había nacido hacía apenas 5 años, y Malik estaba encantado con él, todo lo contrario que su Padre.
El día que ocurrió el ataque, esa batalla no fue la única que aconteció. Aquella tarde Rostam y él habían estado paseando a caballo. Se encontraban guardando a los caballos en los establos cuando Cyrus apareció.
¡Eh! – Les llamó.
Cyrus, ¿qué haces aquí? – Le preguntó él. – Ya sabes que Padre te tiene prohibido estar aquí.
Sólo quería jugar … - Les dijo, bajando la cabeza.
¿Jugar? ¡Ven aquí!
Rostam y él comenzaron a correr tras el pequeño Cyrus, que se metía entre sus piernas para escabullirse. Pero, en un descuido suyo, el pequeño Cyrus se adentró en las cuadras de los caballos, escalando sus muros y acercándose al caballo del Rey Shahraman.
Ambos hermanos trataron de frenarle, pero Cyrus no les hizo caso, y sin querer, activó un resorte que dejó libres a todos los caballos, que salieron al galope del edificio. El caballo del Rey encabezaba la estampida, que alcanzó a varios Consejeros que se encontraban hablando con el Rey y la Reina.
Aunque los caballos fueron capturados rápidamente, Shahraman quería saber quién había sido el responsable. Cuando llegó a los establos, vio a Rostam y a Malik, y tras ellos, Cyrus, resguardado tras el brazo de Malik.
¡¿Qué ha pasado aquí? – Exigió el Rey.
Padre … - Cyrus trató de explicarse, pero Malik le interrumpió.
Ha sido culpa nuestra, Padre. – Dijo Malik, mirando a Rostam. – Dejamos que Cyrus entrara en los establos …
Ha sido él quien ha dejado libres a los caballos, ¿verdad? – Preguntó el Rey, ignorando las palabras de Malik.
Sí … - Confesó Cyrus.
Cyrus … - La Reina Mehri tenía miedo de lo que podía ocurrir.
¿Te das cuenta de lo que podrías haber provocado?
Fue un accidente … Lo siento.
¡Sentirlo no es suficiente! – El Rey se estaba enfureciendo.
Shahraman, déjale. – La Reina trató de calmarle. – No ha habido heridos. No lo ha hecho a propósito, ¿verdad?
Por supuesto que no. –Aseguró Malik.
Has desobedecido mis órdenes. ¡Te dejé bien claro que te quería lejos de los establos!
Padre, por favor. – Malik trataba de pedir clemencia por el pobre Cyrus, pero de nada servía.
¡Deja de defenderle, Malik! Este niño no ha dado más que problemas desde que nació.
¡Shahraman! – La Reina Mehri detestaba que su marido hablase así de su propio hijo.
Necesitas disciplina … - Dijo amenazante, dirigiéndose a Cyrus.
No … - Malik se temía lo que su Padre pretendía.
¡Cogedle! – Ordenó a sus guardias.
¡Corre Cyrus! ¡Huye! – Le gritó Malik.
Los soldados empujaron a Malik y Rostam para apartarles de su camino. Aunque Cyrus era ágil, los soldados le dieron caza muy pronto y lo llevaron hasta su Padre.
Shahraman, por favor … - Suplicó la Reina.
Mehri, no te metas en esto. Este niño aprenderá por las buenas o por las malas.
Y con estas palabras, Shahraman comenzó a abofetear a Cyrus delante de su familia. Malik trató de detenerle, pero su Madre se lo impidió. Finalmente, el pequeño Cyrus cayó al suelo llorando, con las mejillas enrojecidas de los golpes. Tras levantarse, se fue corriendo.
Esa noche, durante la cena, tanto el Rey como la Reina estaban muy serios. Habían discutido por lo ocurrido. Nasirah, Rostam y Malik cenaban en silencio.
Nasirah giró la cabeza hacia la puerta y vio allí a Cyrus asomado. Estaba muerto de hambre, pero tenía miedo de entrar al comedor. Nasirah avisó de un puntapié a sus hermanos, sentados a su lado.
Cyrus hizo un intento de entrar, pero Malik le hizo señales, negando con la cabeza. Los tres hermanos mayores le miraban con preocupación, pues no querían que su Padre le descubriera.
Triste y rechazado, Cyrus regresó a sus aposentos. Estuvo llorando hasta que escuchó cómo se abría la puerta. Eran Malik y su Madre, que traían un plato con comida.
La Reina Mehri se acercó corriendo a la cama de Cyrus, se sentó con él apoyada en las almohadas y le abrazó con todas sus fuerzas. Malik se acercó con el plato de comida.
Lo siento Cyrus … - Se disculpó su Madre, abrazándole.
¿Por qué me trata así? – Le preguntaba entre lágrimas. – No me quiere …
Claro que te quiere …
¡Mentira!
Shh … Calla. – Su Madre hacía lo posible por hacer que parase de llorar. – Mira, Malik te ha traído la cena.
Toma. – Le dijo, entregándole el plato.
Venga, tienes que comer para hacerte grande y fuerte como tu hermano mayor. – Le animó su Madre.
La Reina, en señal de afecto hacia Cyrus, le dio de comer tratando de convertirlo en un juego. Malik les miraba pensativo. Su Padre no le aceptaba, y sabía que esos maltratos acabarían afectándole a largo plazo.
Padre nunca me aceptará … ¿verdad?
¡Claro que sí! Últimamente está algo cascarrabias, pero se le pasará.
Siempre es así conmigo. – Protestó Cyrus. - ¿Tan mal hijo soy?
¡No! Eres un cielo. No hagas caso de lo que te diga tu Padre. Tarde o temprano tendrá que darse cuenta de que eres un hijo encantador … ¿Verdad Malik?
Claro. Sólo tienes que demostrárselo. – Malik se sentó en el borde de la cama. – Cuando seas más mayor, te enseñaré a manejar la espada. Seguro que con eso te aceptará. Padre adora ese tipo de habilidades, siempre nos premia cuando tenemos un buen combate en los entrenamientos.
Para ti es fácil decirlo … - Dijo Cyrus. – Eres su favorito.
¿Favorito? – Malik se acercó a su hermano y le miró a los ojos. – Si para ti ser su favorito significa no haber tenido una infancia como cualquier otro niño, y que cuando sea Rey no pueda pasar el tiempo con mi Familia para ir a la guerra, estás muy equivocado.
¡Pero al menos Padre te aprecia! – El pequeño Cyrus iba a echarse a llorar.
Ya encontraremos un modo de abrirle los ojos a tu Padre. Tu hermano te ayudará. – Aseguró su Madre.
Por supuesto. Tienes mi palabra.
Algo les llamó la atención, sobre todo a la Reina y a Malik. El sonido de unos tambores. Ya lo habían escuchado antes. Algo ocurría.
¿Qué pasa? – Preguntó Cyrus, temeroso.
Mehri le mandó callar a la vez que Malik se asomaba al balcón. Su Madre se asomó a los pocos segundos. En el horizonte, tras las murallas, se veían destellos de antorchas y el inconfundible sonido de una batalla. Babilonia estaba siendo atacada.
Oh no … - Malik salió corriendo.
¡Malik! ¡Espera! – La Reina no quiso dejarle ir, pero sabía que Malik había sido educado para acudir a la llamada de los tambores.
Rápidamente, cogió a Cyrus en brazos y fue en busca de Nasirah y Rostam. Los llevó a todos al Salón del Trono, donde se ocultarían durante el ataque.
Malik llegó con su armadura al campo de batalla, que ya se había desplazado a los pies de las puertas de la ciudad. Su Padre ya estaba allí, dirigiendo al ejército persa.
Aquella era su primera batalla, jamás había vivido algo semejante. No estaban luchando con humanos normales. Aquellos soldados luchaban más bien como demonios. Pero no estaba dispuesto a dejarse intimidar.
Luchó como un veterano, no dejando pasar a un solo enemigo. Todos caían ante él. No importaba cuántos vinieran, él no se cansaba.
La batalla duró toda la noche. Cuando todo parecía ganado, el Rey se dispuso a acercarse a su hijo mayor para felicitarle por su primera batalla. Sin embargo, vio algo a sus espaldas que hizo que aquella tranquilidad se desvaneciese.
¡Malik! ¡Cuidado!
Confuso, Malik se giró al ver a su Padre corriendo hacia él. Un escalofrío le recorrió la espalda y entonces …
¿Malik? – Llamó Rostam. - ¿Estás bien? – Él asintió, aún recordando todo lo ocurrido. – Estás muy pensativo. ¿Ocurre algo?
No. – Negó él. – Estad alerta. Estas tierras son peligrosas. No bajéis la guardia.
El Sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Debían llegar a la ciudad de Aresura antes del anochecer, pues si pasaban la noche en el desierto, probablemente no despertarían todos a la mañana siguiente.
Al adentrarse en un estrechamiento, Cyrus vio moverse unos arbustos. Desconfiado, se dispuso a alertar a Malik. Pero antes de poder decir nada, un grupo de Daevas saltó sobre ellos.
Varios soldados que iban a caballo y Cyrus fueron tirados al suelo. Rostam bajó corriendo del suyo dispuesto a atacar, pero Malik se lo impidió.
¡Alto! – Ordenó a los atacantes. - ¡No venimos buscando guerra!
Uno de los asaltantes dijo algo, pero ni Rostam ni Malik entendieron una palabra.
¿Qué ha dicho? – Preguntó Rostam.
No lo sé, creía que hablaban nuestro idioma. – Respondió Malik.
El Daeva volvió a repetir lo mismo. Pero Malik y Rostam no sabían que decir. Cyrus, que reconoció parte del mensaje que trataba de transimitir el Daeva, se levantó con cuidado y le respondió.
El Daeva se le quedó mirándole en silencio, sorprendido de la respuesta que Cyrus le había dado. Pero no más que Malik y Rostam, que estaban atónitos.
¡¿Sabes hablar su lengua? – Le preguntó Rostam, boquiabierto.
Hablan nuestro idioma, pero al revés … Como el Dahaka. – Respondió Cyrus.
¡¿Al revés? – Rostam no daba crédito.
¿Y qué es lo que dicen? – Preguntó Malik.
Preguntaban quiénes éramos. Les he respondido que somos los Príncipes de Persia …
Volvieron a mirar al Daeva, los otros seguían amenazando a los soldados persas, apuntándoles con sus armas.
¿Siereuq euq ol se euq? – Preguntó el Daeva.
¿Qué ha dicho ahora? – Dijo Malik.
Pregunta qué queremos.
Diles que deseamos tener una audiencia con su líder. – Pidió Malik.
Tras traducirle el mensaje de Malik, el Daeva ordenó a sus compañeros alejarse de los soldados. Guardaron las armas de inmediato. El grupo de indígenas se adelantó a ellos y, entonces, el Daeva se giró y les dijo:
Sondigues.
El grupo persa siguió a los Daevas hasta el final del estrechamiento. Entonces vieron la ciudad de Aresura. No era gran cosa, sólo una ciudad pequeña perteneciente a una raza que trataba de recuperarse de los hechos acontecidos en las décadas anteriores.
Edificios aún en construcción, calles medio asfaltadas, plantas no muy numerosas … Aresura parecía vivir en la más grave austeridad. Era algo humillante, teniendo en cuenta su historia.
Los llevaron hasta lo que parecía la Sala del Trono Daeva. Allí aguardaba una mujer. El Daeva que les había hablado se dirigió a ella y comenzaron a hablar a sus espaldas. Parecía estar informándole de lo ocurrido. Tras ello, la mujer se dirigió a ellos. Curiosamente, hablaba como ellos, aunque con un fuerte acento propio del pueblo Daeva.
Saludos, Príncipes de Persia. Soy Sindra, Princesa de Aresura. – Anunció ella.
Es un honor conoceros, Princesa. – Respondió Malik. Los tres Príncipes se inclinaron a modo de saludo. – Me llamo Malik, soy el Heredero al Trono de Persia. Estos son mis hermanos, Rostam y Cyrus.
¿Cyrus? – Repitió ella, acercándose. – Es agradable conocer al fin vuestro nombre.
¿La conocías? – Le preguntó Rostam en voz baja. Malik también le miraba.
Vuestro hermano fue aquel que nos liberó de la Urna de los Mil Prisioneros. – Respondió Sindra por él.
Sí, eso ya lo sé. – Contestó Rostam. – Pero no sabía que había conocido a la Princesa de Aresura.
Tecnicamente … ¿no deberíais ser la Reina? – Preguntó Cyrus.
Mi hermano Saurva sigue liderándonos. – Respondió ella.
Creía que tras lo ocurrido sólo podía aguardarle la muerte.
Eso pensaba. Yo misma iba a ejecutarle, tal y como pidió. Pero justo antes de su ejecución, apareció Aesma portando la Urna. ¡Creíamos que había muerto! Entonces le dijo a Saurva que pusiera sus manos sobre la Urna. Cuando lo hizo, una luz rodeó a mi hermano, y tras aquello volvió a ser el que era antes. Era la Urna lo que le hacía actuar como un asesino.
Entiendo … - Respondió Cyrus.
Entonces ordenó a nuestros soldados regresar de la India. Desde entonces hemos intentado sobrevivir en estas tierras con lo que substrajimos de Patna, pero se nos agotan los víveres. – Respondió avergonzada.
Precisamente sobre eso es lo que queríamos hablar con vuestro hermano. – Interrumpió Malik. – Es necesario que hablemos sobre la situación en la que están los tres Reinos. Deseamos pactar una alianza que favorezca tanto a Persia, como a la India y Aresura.
Lo que deseáis no será fácil de conseguir tras todo lo ocurrido. Los Daevas no somos una raza que olvide fácilmente.
Lo suponía, pero mantenemos la esperanza de que sigáis siendo un pueblo dispuesto a dialogar. – Insistió Malik.
Hablaré con mi hermano para que os reciba mañana. Por ahora, os mostraré vuestros aposentos durante el tiempo que estéis aquí. Me reuniré con vosotros en la cena.
Os doy las gracias en nombre de mi Padre y de Persia. – Agradeció Malik haciendo una reverencia, al igual que sus hermanos.
Un siervo acompañó a los Príncipes a sus aposentos. No eran gran cosa, tenían lo justo para hacer de la habitación una sala digna. Hasta la propia realeza de Aresura vivía en la más completa austeridad. No obstante, habían sido tratados mejor de lo que esperaban gracias a Cyrus.
Ya en la cena, Sindra narró a Rostam y Malik lo que ocurrió cuando conoció a Cyrus. Cómo Saurva perdió el control y trató de asesinar a Aesma por su negativa a atacar la India, cómo arrasaron con todo lo que encontraron a su paso, y cómo Cyrus les ayudó a frenarle. Cyrus también le puso al día sobre lo que le llevó a Aresura y lo que ocurrió tras todo aquello.
Sindra era una mujer bastante amable para haber vivido tan malos tiempos. Conservaba los ideales de sus antepasados y era una gran guerrera y buena dirigente, amada por su pueblo y admirada por los soldados.
Tras la cena, los Príncipes se dirigieron a sus respectivos aposentos. Sindra acompañó a Cyrus al suyo, agradeciéndole todo lo que había hecho por ellos.
De verdad, Princesa Sindra, no es para tanto.
Nos liberasteis de nuestra prisión y evitasteis una masacre frenando a mi hermano, ¿acaso no es suficiente para estaros agradecidos?
Aquello tuvo serias repercusiones en mi vida … Vine buscando una forma de librarme del Guardián de la Línea del Tiempo, y acabé ganándome el destierro de mi propia tierra.
¿Y no fue eso lo que os llevó quizás a la Isla del Tiempo? – Cyrus guardó silencio. – Todo tiene una explicación. Quizás el destino quiso que todo eso ocurriese.
El destino y yo ya hemos tenido varios enfrentamientos …
Sois un luchador. – Le dijo en tono de admiración. – Os habéis enfrentado a las fuerzas de la Línea del Tiempo vos sólo sin perecer en el intento. Eso es algo digno de admirar.
No me conocéis lo suficiente como para poder estar segura de si admirarme o no.
Dudo que hayáis podido hacer algo que eclipse semejante hazaña.
Lo hay … Creedme, lo hay.
Tras despedirse, Cyrus se adentró en sus aposentos y se acostó, tratando de descansar.
Abrió los ojos cegado por el brillo de los rayos del Sol, que penetraban a través de las finas cortinas que colgaban de las ventanas. Estaba en sus aposentos, en Babilonia.
Notaba algo abrazado a el que le transmitía calor. Era Kaileena, que yacía desnuda junto a él, con su mano apoyada en su torso descubierto. Ambos estaban tapados con las sábanas de seda. Kaileena le miraba con melancolía. Algo le rondaba la mente.
¿Qué te ocurre?- Le preguntó.
Dime, ¿me echas de menos?
Sí … - Respondió él, acariciándole la cara.
¿Te arrepientes de lo que has hecho?
Sé que negar lo que siento por ti es imposible, pero serás más feliz sin mí.
Entonces no me quieres …
¡Claro que te quiero! Pero no quiero hacerte más daño.
Kaileena se incorporó y se sentó frente a él. Cyrus se sentó también, preocupado por ella.
¿Qué te ocurre?
¿Recuerdas cómo nos conocimos?
Por supuesto.
El destino nos unió …
Kaileena alzó un brazo y ambos juntaron las palmas de sus manos. Kaileena las miraba con tristeza.
Nuestros caminos se han separado …
¿Por qué?
No soy la única que se encuentra en tus pensamientos.
¿Por qué dices eso? Eres lo único en lo que pienso, las 24 horas del día.
¿Entonces por qué mirabas a la Princesa Daeva con los mismos ojos con los que me miras a mí ahora?
Cyrus se quedó sin habla al escuchar aquellas palabras. Miró a Kaileena totalmente bloqueado. Entonces, la imagen de Kaileena, preocupada, delante de él, se desvaneció. Al girarse en su busca, vio la escena donde hablaba con Sindra, y se veía mirándole con ojos enamoradizos.
No recordaba haberla mirado así. Era imposible. No se le había pasado por la cabeza semejante pensamiento. Cierto era que Sindra hablaba como Kaileena, apoyándose en el destino, pero en ningún momento había pensado en reemplazarla por Kaileena.
Todo empezó a dar vueltas a su alrededor, oía voces en su cabeza, cosas que no era capaz de entender …
¡Basta!
Cyrus despertó dando un grito. De nuevo, otra pesadilla. No podía quitarse a Kaileena de la cabeza. Aquello parecía una señal de que lo que estaba haciendo estaba mal. El remordimiento no le dejaba vivir en paz. Pero … ¿Sindra? ¿En qué estaba pensando?
