Victor abrió los ojos y lo primero que sintió fue el dolor en su espalda. Con algo de trabajo, se estiró y escuchó sus huesos tronar. Definitivamente dormir en el sofá no era algo a lo que estaba acostumbrado, pensó mientras terminaba de despertar. Sin embargo, al mismo tiempo que dejaba escapar un bostezo, todos los recuerdos de la noche anterior le golpearon al mismo tiempo que el olor a café recién hecho y los sonidos que provenían del pequeño lugar acondicionado como cocina.

Con algo de renuencia, se levantó y, arrastrando los pies, se dirigió a su pequeña cocina. Ahí lo primero que vio fue a Yuuri friendo huevos en una sartén. Tenía el ceño a medio fruncir y se veía tan concentrado que Victor tuvo que reprimir una risilla.

—Buenos días, Yuuri —canturreó, siendo llamado por el olor a huevo frito.

Yuuri saltó repentinamente.

—Ah, lo-lo siento... —se disculpó, como si hubiera estado haciendo algo malo— Usé tu cocina sin tu permiso, pero es que pensé que quizás tendrías hambre al despertar —explicó, mostrándose nervioso. Temblaba y evitaba tener contacto visual.

—¡Muchas gracias, Yuuri! Me estoy muriendo de hambre —dijo Victor, dándole una sonrisa sincera. El aroma era delicioso y pronto sintió a su estómago exigiéndole comida—. ¿Dormiste bien? ¿Cómo te sientes? —atacó, sin dejar que el otro pudiera responderle, mientras se sentaba en una silla del comedor— Quizás debamos ir con médico. Puedo decirle al que trabaja con nosotros que te revise y...

—¡No! —Yuuri se exaltó, pero volvió a recuperar la compostura— Estoy bien. De verdad, no es necesario —continuó calmado. Lo que menos quería era seguir causando molestias a su salvador, así que decidió cambiar el tema—. El desayuno está listo ya, te serviré en un momento.

Victor se levantó de su lugar y pretendió acercarse a la estufa. No planeaba dejar que Yuuri se comportara como un esclavo. Él no era su amo, así que no debía exigerle cosas; mucho menos dejarle todo el trabajo.

—Siéntate, por favor —dijo Yuuri, al darse cuenta de las intenciones del mayor—. Yo te serviré el desayuno.

Victor arrugó la nariz. Yuuri pensó que parecía un niño pequeño enfurruñado.

—Nada de eso. No, no. Puedo hacerlo yo mismo, así que no te preocupes —asintiendo para sí, Victor agarró un plato y empezó a servirse su ración de huevo, como si estuviera acostumbrado a ello—. Vamos, tú también toma un plato —le instó, cuando sintió la mirada sorprendida de Yuuri sobre él—. No me dejarás comer solo, ¿verdad?

Yuuri titubeó.

—Gracias, pero yo no tengo ham- —ni siquiera pudo terminar la frase. Porque, si bien su boca decía algo, su estómago estaba dispuesto a contradecirlo. Su barriga sonó escandalosamente, pidiéndole alimento. De pronto, se encontró tan avergonzado que no pudo mantener la mirada.

Victor lo intentó. Quiso aguantar una risilla pero fue en vano. Se rió y, siendo consciente de que Yuuri estaba por demás sonrojado, lo arrastró a la mesa con él.

El silencio mientras comían fue incómodo. Había una sensación aplastante en el ambiente que incluso podían tocarla con la punta de los dedos. Yuuri no despegaba sus ojos del plato a medio picar. Victor, mirando sin mirar, intentaba tomar valor para preguntarle sobre lo que pasó la noche anterior. Pero, ¿cómo debía hacerlo? ¿qué debía cuestionar primero? Finalmente, regresando a la realidad, al ver que Yuuri terminaba su desayuno, las palabras salieron de su boca.

—Esos hombres... Los de anoche, iban a hacerte daño, ¿verdad? —inquirió. Yuuri no le respondió, pero sólo necesitó ver su reacción para saber que era cierto— ¿Fue tu amo quien los mandó?

Yuuri jugó con sus dedos y, cuando se armó de valor, posó sus ojos sobre su contrario. Victor reconoció un montón de emociones en esos bonitos orbes. Miedo, angustia, desesperación, soledad; se escribían en ellos, como una triste novela.

—...Sí

Victor ladeó la cabeza cuando sintió una repentina rafága de tristeza inundando cada parte de sí.

—¿Quién es tu amo? Si quieres podemos denunciarlo con la AESA.

El japonés se exaltó, y Victor pensó que tal vez se había excedido.

—No, es necesario —contestó, seco—. Por favor, prefiero no hablar de eso.

—Entiendo, no te preocupes

Victor entendió que quizás Yuuri no confiaba en él. Después de todo, era un noble. En silencio, decidió no hacer más preguntas que pudiesen incomodarlo. Prefirió estar en silencio de nuevo, sólo picoteando el desayuno y escuchando el «tic, tac» del reloj antiguo que tenía en su pared.

A todo esto, ¿qué hora era? Se suponía que tenía una junta a las once. Entonces, tras haber mirado el reloj, Victor se levantó de golpe, apresurado, sorprendiéndo a Yuuri.

—¡Lo siento, Yuuri! No podré seguir acompañándote por hoy —se disculpó, mientras recogía sus trastes sucios y los ponía en la tarja—. Tengo que terminar unos asuntos en casa de mi padre. Pero, por favor, quédate aquí y usa todo lo que necesites, yo regresaré mañana temprano.

El nombrado parpadeó.

—Está bien. No te preocupes.

Victor intentó sonreír.

「ヴィク勇 」

Al llegar a la hacienda de su padre, Victor se apresuró hacia al jardín principal. Sabía de antemano que ese lugar era el preferido del socio de su padre, así que las juntas solían hacerse ahí.

—Vaya, me alegra que decidieras acompañarnos Vitya —escupió su padre, con una mirada severa, cuando le miró entrar—. Ya es bastante tarde. A veces creo que no te tomas los negocios de la familia con la seriedad que deberías.

—Vamos, Alexandre —el otro hombre en la habitación se rió y palmeó el hombro de su padre—. No seas tan duro con el chico. También fuimos jóvenes, ¿o ya no lo recuerdas?

Josef siempre tan condescendiente.

Victor le dio una mirada de agradecimiento a agradecimiento a Josef Karpisek. Era unos de los hombres más importantes y acaudalados de la ciudad; además, mantenía una larga amistad con su padre.

Su padre chistó por lo bajo, pero no negó las palabras de su amigo. Luego de varios saludos y comentarios sin sentido, se sentó junto a los otros dos hombres para discutir cosas que no le apasionaban.

La reunión duró casi tres horas. Si era sincero, Victor había perdido el hilo de la conversación una hora atrás. Se la había pasado asintiendo o contestando con monosílabos cuando le preguntaban algo. Por eso, agradeció en silencio cuando la reunión llegó a su fin.

Victor se despidió con cortesía y se enfiló a realizar su trabajo, que consistía en administrar todo el dinero ganado con el trabajo duro de los esclavos en el campo.

Tenía un despacho que había sido hecho especialmente para él. Era enorme, con un escritorio tallado en la madera más fina frente a un ventanal. Su silla era de cuero fino y su pluma tan antigua como cara. Los lujos se desbordaban de cada pequeño cuadro y estatua que adornaban sus paredes.

No importaba cuanto espacio pudiera haber, a Victor le resultaba asfixiante. Sin embargo, mientras intentaba concentrarse en los papeles que debía revisar, el recuerdo de Yuuri saliendo del baño, con el rostro sonrojado y la ropa quedándole grande, llegó a su mente. Repentinamente se sintió aliviado, incluso se atrevió a sonreír.

Mas la sonrisa se borró de su rostro tan rápido como llegó, la puerta de su despacho se abrió y el golpeteo de unos tacones lo sacaron de sus pensamientos.

Claire con su metro setenta, ojos azules y larga cabellera rubia, le miraba mientras le daba una mirada de falso enojo.

—¡Mon amour! Me quedé despierta toda la noche porque estaba esperándote —se quejó, con voz chillona, mientras inflaba las mejillas—. ¿Así es como me vas a tratar si nos casamos?

Sí, definitivamenteacostarse con la hija del ministro francés iba a traerle más problema de los que suponía.

—Claire, ya habíamos hablado de esto —le recordó a la pomposa mujer que se acercaba a él, moviendo las caderas sugestivamente—. Quedamos en que no sería nada serio. Puedes quedarte en casa de mis padres el verano, pero no pienses cosas que no son— le cortó las ilusiones, intentando ser lo menos duro posible, pero también siendo directo.

Después de todo, nunca había engañado a nadie. Él sabía de su nula capacidad para generar lazos afectivos duraderos y prefiría hablar siempre primero con la verdad. Pensaba que estaba tan vacío que nunca podría amar a nadie.

Claire hizo una larga mueca que pronto cubrió con otra sonrisa. Lentamente, se tomó la libertad de sentarse sobre las piernas de Victor mientras le abrazaba por el cuello. Él intentó separarse, pero la mujer le tenía tan aprisionado que ni siquiera le dejaba moverse.

—¡Qué cruel eres, Victor! —largó, intentando verse seductora—. Yo sólo quería que la pasáramos bien.

Y con eso, ella intentó besarle. Víctor hizo una mueca y rehuyó del contacto.

—Claire, por favor, te pido de la manera más amable que te vayas —suspiró Victor, sin estar realmente de humor—. Tengo mucho trabajo que hacer el día de hoy.

Claire, que se sintió ofendida ante el claro rechazo, se levantó haciendo otra mueca de indignación.

—Está bien; te dejo trabajar.

「ヴィク勇 」

Cuando Yuuri terminó de lavar los platos, soltó un suspiro mientras secaba sus manos con una toalla. Con la mente atiborrada de preguntas sin respuestas, se acercó a la ventana que estaba a medio abrir y observó a través de ella. Sintió el templado viento golpeándole la cara y saboreó la libertad, casi sintiéndola en la punta de sus dedos. Estaba casi seguro que los matones de Josef no le dirían que la misión había fracasado; así que, al creerle muerto, estaba fuera de peligro.

Pero... ¿qué haría ahora? Volvió a preguntarse. ¿Cómo debía continuar? ¿Hacía dónde debía ir? No importaba cuánto lo pensara, Yuuri no tenía la respuesta. De lo único que estaba seguro era que debía salir de la vida de Victor Nikiforov.

Suficiente problemas le había causado ya.

Sin más que hacer, Yuuri buscó algo más en que distraer su mente. No quería seguir pensando en eso por el momento. Lentamente se deslizó por los pasillo de la casa y acabó en una habitación diferente. Era pequeña, rodeada de varios libros. Había un sofá para dos personas recargado en la pared y una mesa con una pequeña lámpara encima a un lado.

Olía a libros viejos y madera de cedro, pensó Yuuri, introduciéndose al cuarto. El lugar era una maravilla para él. Le gustaba leer; ciertamente no había tenido la oportunidad de hacerlo demasiado debido a su condición de esclavo. Pero cada vez que encontraba un libro (aunque fueran infantiles) él los devoraba en su tiempo libre.

Llevado por la curiosidad, Yuuri arrastró los pies hasta acercarse a los estantes repletos de libros. Algunos eran viejos, otros estaban en otros idiomas; pero a él le parecían la cosa más asombrosa del mundo. Sin embargo, la carpeta desarreglada que sobresalía del estante que estaba frente a él, le terminó por llamar la atención.

Yuuri tomó la carpeta y, con dedos temblorosos, la abrió. Eran poemas, una recopilación de las más hermosas poesías. Su piel se erizaba conforme sus ojos leían cada preciosa línea. Algunas hablaban del anhelo; de esa increíble desesperación por sentirse amado. Eran palabras tan bellas que de pronto se encontró llorando. Las lágrimas se derramaban por sus ojos mientras sentía una inexplicable agonía que lo ahogaba.

¿Alguna vez él podría ser amado? ¿Alguien llegaría a amarlo, si estaba tan roto por dentro?

Durante un momento se odió a sí mismo. Hacía mucho tiempo que se prometió no volver a llorar y ahora... lo estaba haciendo. Se estaba deshaciendo en pesadas lágrimas que lo hacían tener miedo. Miedo de no saber qué hacer, de cómo enfrentar su realidad. Se sentía solo, abandonado. Y el odio que albergaba en él crecía, tras cada segundo que recordaba todo el maltrato que había sufrido a manos de Josef. Lo detestaba. Ese hombre lo había roto, lo había marcado. Lo había convertido en ese ser tan desperfecto que era.

Hundido en llanto, Yuuri se tiró en el sofá cuando sus piernas perdieron la capacidad para seguir sosteniéndolo. Se sentía mareado; las lágrimas le nublaban la vista y si corazón dolía tanto.

Ahí, en plena soledad, sintiéndose cada vez más roto y vacío, Yuuri lloró y lloró hasta que el cansancio le venció.

「ヴィク勇 」

Ciertamente Victor no tenía planeado regresar a su refugio personal hasta el día siguiente, pero las diversas insinuaciones de Claire a lo largo de la tarde le hicieron cambiar de idea. La mujer en sí no le desagradaba, pero no se sentía con demasiados ánimos para hacer algo.

Sin querer pasar más tiempo en la casa de su padre, tomó el abrigo que pendía del gancho y salió por la puerta principal.

La noche era más fría de lo que imaginó. Victor estornudó y hundió hasta la nariz en su bufanda favorita, mientras caminaba apresurado por el espeso y oscuro bosque. Llegar a su cabaña le resultó más largo de lo normal, más se alegró cuando distinguió la fachada.

Las luces estaban apagadas, se dio cuenta. Quizá, se dijo en silencio, Yuuri se había ido a dormir. Sin hacer más ruido del necesario, entró a la casa. Se apresuró a encender los focos y buscó algún rastro de Yuuri.

No estaba en el sofá del salón, ni en el baño; tampoco en la habitación principal. Arrugando el ceño y sintiéndose intrigado, Víctor arrastró los pies hasta el último cuarto, su biblioteca personal.

Mal acomodado sobre el pequeño sofá, Yuuri dormía con tranquilidad; su respiración era pausada y su ceño se fruncía constantemente, viéndose bastante adorable. No obstante, Victor notó las marcas de lágrimas en las mejillas de Yuuri, además de tener los ojos levemente hinchados. Había llorado antes de dormir, era seguro. Pero, ¿por qué? ¿a qué se debió su llanto?

No fue si no hasta que Yuuri se movió bruscamente y dejó caer varias hojas sueltas en el suelo que Victor pudo tener la ligera idea del por qué. Eran los poemas que solía escribir, en un intento de matar su tiempo libre, reconoció con pesadez.

Ugh, perfecto, Nikiforov; escribes tan mal que hasta haces llorar a un hombre.

Victor se rió de su lamentable situación y creyó que lo mejor era mover a Yuuri de lugar. Ese sofá no era demasiado cómodo, además estaba seguro que los golpes que había recibido le dolerían más si seguía durmiendo allí. Pero lo cierto era que no quería despertarlo, así que, siendo tan impulsivo como era, decidió que lo mejor sería cargarlo.

Y así lo hizo.

Yuuri era unos centímetros más bajo y su complexión era más bien pequeña, pero era engañoso. Cuando lo cargó, pesaba más de lo que había imaginado, pero eso no causó un problema mayor. Con cuidado, Victor lo llevó hasta la habitación principal y le acomodó despacio en la cama, cuidando de no despertarlo.

Victor le arropó con la sábanas y sonrió orgulloso, creyendo que había hecho un buen trabajo.

Susurró un «buenas noches» aunque Yuuri no pudiera escucharle y se dispuso a abandonar la habitación. Hasta que escuchó a su contrario balbuceando cosas entre sueños.

Se oía angustiado; decía algo en japonés y lo mezclaba con un inglés poco entendible. Victor solo fue capaz de entender un «no me toques» que se empapó con una desesperación que le oprimió el corazón.

Tenía una pesadilla, se dijo.

Victor tragó saliva y volvió a susurrar algo más. Fue un «shh, todo está bien, Yuuri», mientras acariciaba el suave cabello del japonés. Yuuri se tranquilizó con eso, o al menos eso pareció. Suspiró y se dio la vuelta, aferrándose con fuerza a una almohada.

Orgulloso de sí mismo, Victor se retiró de la habitación.

Pensando en la clase de vida que Yuuri pudo haber llevado, regresó a su biblioteca personal y escribió un poema más.

Uno triste, roto; lleno de una callada angustia y desesperación, inspirado en el esclavo al que había ayudado.

「愛」

¡Muchas gracias por sus comentarios y por seguir leyendo este fanfic!

La próxima actualización será el día Martes 24 de Octubre, esta vez me apliqué y adelanté algunos capítulos.

Una vez más agradezco a mi beta reader Maka Kagamine por hacer esto posible y por hacer menos evidente no analfabetismo.

Si pueden me gustaría leer su opinión acerca del capítulo.