El alboroto en el castillo era una mala señal para Gelda. Sus miedos se estaban cumpliendo. La guerra se había desatado con la traición del hijo mayor del rey Demonio, Meliodas.
Caminó apresurada por el pasillo, necesitaba salir del castillo. Mientras avanzaba por el lugar, notó como la mayoría de sirvientes corrían en busca de un refugio. Una traición estaba a punto de comenzar y nadie quería estar presente cuando eso sucediera.
- Zeldris... - Susurró la vampiro inconscientemente.
Cuando por fin salió del castillo, pensó en tener problemas con los guardias, pero se sorprendió al ver que estaba solo. Sin importarle, continuó con su camino hasta el bosque. Cansada de haber caminado, sonrió al darse cuenta de que ya había llegado a su destino, una gran cueva.
Se giró para ver si no había sido seguida, al no sentir ninguna presencia avanzó hacia dentro de la cueva.
- ¡Zeldris! ¿Estás aquí? - Lo llamó de manera suave. Con cuidado de no caerse, avanzó por el suelo húmedo de la cueva. Maldijo haber traído zapatillas altas.
- Veo que llegaste más temprano de lo usual. - Una voz profunda la asustó, provocando girarse de golpe y resbalar.
Gritó al ser abrazada para evitar que ella cayera. Unos brazos fuertes y ligeramente musculosos la levantaron. Era Zeldris, quien le sonreía con gracia.
- ¿Tenías mucho tiempo esperándome? - Le preguntó el demonio, mientras la cargaba para sentarla en una especie de elevación rocosa.
- No, acabó de llegar. - Sonrió con dulzura, tensando a Zeldris. - ¿Está todo bien?
El demonio se sentó junto con ella sin mirarla a los ojos, dijo con voz molesta. - Mi hermano nos ha traicionado, a su familia, a su clan...
Gelda se mantuvo callada, esperando que continuara. Suavemente, acarició su espalda en forma de consuelo.
- Asesinó a dos de los mandamientos... Y se fue con esa maldita diosa. - Murmuró Zeldris con indignación.
Quería decirle que todo estaría bien, pero no quería mentirle descaradamente. Por lo que simplemente le sonrió. Sus manos peinaron suavemente sus cabellos negros y rebeldes.
- Eres... - Dudó Gelda en decirlo, pero debía saber que él estaría bien. - Eres orgulloso del clan demonio, ¿cierto?
- Claro. - Dijo sin dudarlo, pero se mostró algo inquieto por su pregunta.
- Zeldris... Me gustaría que fueras así, leal y orgulloso del clan demonio. - Comentó con una sonrisa, intentando ocultar su nerviosismo. Pero falló ante la profunda mirada del chico.
Zeldris se quedó callado por unos segundos, para luego decir. - ¿Pasó algo?
- Nada. Solo quería estar segura. - Sonrió Gelda con tristeza.
- Gelda, ¿qué pasó? - Preguntó Zeldris serio nuevamente, tenía una vaga idea de por qué actuaba así, pero necesitaba confirmar. Sin decir nada, Gelda lo abrazó. Zeldris simplemente se sonrojó ante la repentina acción de su amada.
- Te amo... - Susurró Gelda mientras sentía como Zeldris la estrechaba entre sus brazos. - Pase lo que pase, se fiel a tu clan. Por lo menos hasta el día que nos volvamos a ver. ¿Está bien?
Pausó unos segundos, antes de contestar. - Está bien.
Gelda besó su frente, sellando su palabra. Con esto asegurado, ella podría estar en paz pues sabía que su clan no se comparaba con el de él. Serían castigados, y posiblemente asesinados por ellos. Quería que él no se viera afectado por las malas decisiones de su clan.
Fue sorprendida por un beso de él en sus labios. Zeldris besó con suavidad sus labios para luego pasar a una de sus mejillas. - ¿Zeldris...?
No le contestó, ahora comprendía el por qué estaba tan asustada. Los rumores sobre una traición de parte de los vampiros eran más fuertes. Su padre jamás toleraría esa clase de acciones. Aun sin dejar de abrazarla, se dedicó a ver sus finas facciones. Pensando en qué hacer cuando lo inevitable suceda.
- Zeldris, debes ser fuerte por mí... por ti... - Le susurró con cariño. Esperó a que él mostrara un gesto afirmativo para besarlo.
Zeldris jamás se imaginó que sería su última vez abrazándola... Besándola... Estar junto a ella…
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Pocos días después de su encuentro, los vampiros se rebelaron contra el clan de los demonios. Rompiendo no solo la alianza, sino la guerra entre los principales clanes. Debía cumplir su labor como verdugo del rey Demonio, como orgulloso demonio de su clan. Pero aun así, no podía evitar sentirse traicionado.
Avanzó con firmeza manteniendo una mirada estoica, a pesar de que en su mente era un caos de emociones. Él, el verdugo, acabaría con las vidas de los tontos que se rebelaron contra el rey demonio. Los observó fijamente con deseo de que esto no tuviera que pasar, de que no tuviera que asesinar a Gelda, su amada.
Todos los vampiros yacían devastados frente a él. Gelda se encontraba frente a él, hermosa como siempre, sonriéndole con tristeza pero a la vez satisfecha de que él sea quien acabe con su vida.
Tomó su espada con fuerza. Listo para acabar con su vida. Sintió temblar sus manos al sacar lentamente la espada de la vaina, la ira y tristeza eran tan fuertes que tenía que hacer una fuerza para no mostrar ninguna emoción.
- Todo estará bien... Para ti… - Le susurró Gelda con dulzura. Por un momento creyó ver sus ojos negros en unos verdes oscuros, antes de cerrar sus ojos para recibir su castigo. Lo que había dicho era verdad, él saldría sin verse afectado debido a la relación oculta que llevaban, por lo que ella ya podía descansar en paz.
- No, esto no está bien. - Pensó Zeldris con amargura.
Pequeñas y traicioneras lágrimas salieron de sus ojos, incapaz de detenerlas blandió su espada. Listo para cumplir su misión.
Gelda sonrió al saber que su amado estaría bien. Estaba segura que él sería capaz de vivir sin ella. Y ya no pudo sentir nada. Gelda se sintió satisfecha con su muerte.
Ahora, Zeldris solo sentía irá contra su padre, su clan, su hermano. Él haría lo posible para traer de vuelta a su amada.
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N/A: Gracias por leer. Originalmente era más largo y complejo pero se me borró el borrador que ya tenía. Lo poco que me acordé está plasmado aquí. Espero que sea de su agrado.
¡Gracias por leer y que tengan un gran día! :D
