La gran mansión era increíble, oscura, de techos altos y abovedados, todo el piso estaba cubierto de una gruesa capa de polvo, había un vestíbulo gigante, del techo colgaba un candelabro de cristal, inmenso. Al frente, a ambos costados de la habitación, había unas escaleras que guiaban al segundo piso. En el centro, había un tapete redondo, no pude distinguir el color por la falta de luz y por el polvo.

Había una gran sala de estar, tenía muebles organizados en forma de media luna alrededor de la chimenea, pero no supe de que color porque estaban cubiertas por sabanas. La chimenea, en piedra, nunca había visto una de verdad, había al lado un atizador y un fuelle. La hoguera estaba llena de ceniza y polvo. Al frente había un tapete cuadrado gigantesco, tal vez para hacer más acogedora la sala. Había un ventanal, cubierto por madera. Allí también había una lámpara, no era tan ostentosa como la del vestíbulo, pero era grande y bonita.

Recorrí la planta baja con toda tranquilidad, puesto que la casa estaba sola; estaban las habitaciones de la servidumbre, la cocina, y una habitación donde había un comedor rectangular gigantesco, había catorce sillas, estaban llenas de polvo —como todo en la casa— había un tazón y unos candelabros de plata justo en la mitad de la mesa.

En las paredes habían cuadros, y decoración polvosa, habían tapetes y muchas cosas de plata.

Subí al segundo piso, allí era donde estaban las habitaciones, todas las puertas estaban abiertas, la de la biblioteca —en la cuál vi estantes que iban del suelo al techo, llenos de libros, en el medio un escritorio y un aparato muy extraño para tocar los discos de acetato—, la del cuarto principal —allí vi una cama matrimonial grande, con dosel que más bien parecía una cortina de polvo gris, cómodas y armarios, tapetes. Tenía un baño, se veía muy antiguo, un lavabo de porcelana de una forma muy anticuada, una tina, una ducha; el espejo no reflejaba nada de lo sucio que estaba—, una habitación que parecía pertenecer a una niña —lleno de muñecas de porcelana, «cuyos ojos de vidrio brillaban por los rayos de luna que se filtraban por las tablas que tapaban las ventanas, confiriéndoles un extraña apariencia, como si estuvieran vivas», encajes y tul por todos lados, un tocador «cuyo espejo estaba destrozado»—, había un baño —igual que el del cuarto principal solo que más grande y de otro estilo de decoración—y habían tres habitaciones de huéspedes. Pero, hubo una puerta que estaba cerrada, la que quedaba al fondo, supuse que era la que conducía al ático, ya que desde afuera pude ver que había uno, con la ventana apuntando hacía la cara frontal de la casa. Intenté abrirla, pero no pude, por más que la empujara, ésta no cedía ni un centímetro.

Me rendí, consulté el reloj, eran las seis en punto. Todo estaba muy oscuro —no había ventana en la casa que no estuviera cegada, y por extraño que parecía, lo habían hecho desde dentro—, intenté prender las lámparas, pero la casa era tan vieja que el cableado eléctrico no servía ya, me felicité a mi misma por haber traído conmigo fósforos, ya que en la cocina habían muchas velas. Prendí algunas y las puse en un candelabro de plata.

Fui a la sala, puse el candelabro en el suelo, cerca de un sillón que había al frente de la chimenea, quité la sabana y la sacudí, teniendo cuidado de no respirar la nube de motas que ésta desprendía. Al haber sacudido la sabana, noté el sillón, era de color borgoña y parecía nuevo, la sabana lo había protegido.

Dejé el candelabro en una mesa ratona que había al lado del sillón —que más bien parecía un trono— y me senté, me despojé de los zapatos y subí los pies al sillón. Me quité el morral y lo abrí, busqué unas galletas y las devoré ávidamente.

La casa iba a necesitar algo de limpieza, pero sería mi hogar, me alegraba tener un lugar que pudiera ser mío, aunque esta casa perteneciera a la familia Merrick, pero ellos no la usaban, tal vez ya estarían muertos desde hace mucho tiempo.

Decidí que iba a dormir, al día siguiente iba a mirar si las tuberías servían, si había agua corriente para los lavabos y los retretes, y, tal vez, haría un poco de aseo. Con una extraña tranquilidad que jamás había sentido, en esa extraña casa abandonada probablemente desde hace décadas, caí dormida.

Me desperté a la mañana siguiente, con una extraña sensación, de alguna manera había sentido o más bien percibido que había sido observada mientras dormía. Estaba tan, tan paranoica que hasta pensé que alguien había esculcado mis cosas; pero miré la puerta, seguía igual cuando la deje ayer, en el piso solo estaban las huellas de mis zapatillas en el polvo. Me tranquilicé y empecé a pensar con que comenzar. Lo primero que hice fue mirar si salía agua de los baños, miré el del pasillo, cuando abrí la llave hizo un espantoso sonido, después de un rato empezó a salir agua lodosa. No tenía nada más que hacer así que me quedé allí mirando el agua lodosa salir.

No se cuanto tiempo paso, pero el agua empezó a aclarar al mismo tiempo que mi estomago quería ser llenado —puesto que me había olvidado desayunar—. Aguanté el ardor del hambre hasta que el agua salió perfectamente clara y cristalina. Me lavé las manos mientras sonreía triunfalmente, la casa era perfecta.

Incapaz de soportar más, bajé rápidamente y busqué mi morral, destapé una lata de salchichas, me las comí todas y tenía tanta hambre que me bebí el agua que éstas tenían.

Utilicé el mismo procedimiento que use en la llave del lavamanos para la tina y para la ducha. Al medio día ya fluía agua clara de ambos baños. Quería darme un baño, así que medio limpie la ducha y me bañe, el agua era helada, pero era mejor que sentirse pegajosa y sucia. Tomé la precaución de no tocar el suelo de la ducha, y con mucho esfuerzo lo hice. Me puse una muda de ropa interior, una falda de mezclilla que me llegaba a medio muslo y una camisilla ligera de color azul. Cogí mis cosas del baño y baje a sentarme en el sillón.

Los rayos del sol se filtraban por entre las tablas, era una visión muy extraña ver las motas de polvo danzar en la diáfana luz. Cuando terminé de peinarme la melena mojada decidí dejar abierta la gran la puerta. Fui corriendo al recibidor para abrirla, el aire puro y cálido me despeinó. Me sentí llena de una alegría que en mi casa jamás había experimentado, era libre, ¡libre!

Decidí tomar el almuerzo en el jardín, puesto que hacía un día hermoso. Me senté en el prado, y contemplé lo que de ahora en adelante iba a ser mi hogar. El viento era fresco, olía a eucalipto, el cielo era amplio y azul no había ninguna nube que tapara el sol. La espesura del bosque que me rodeaba me daba una sensación de privacidad, como si ese fuera mi lugar secreto y mágico.

Ya no había gritos, no regaños, ni reproches, sólo los sonidos del bosque, el crujir de las ramas al ser mecidas dulcemente por el viento, el trino de los pájaros y yo. Era la primera vez en siete años que me sentía completamente relajada, sola, lejos de la Helena que quería complacer a todos menos a si misma. No había colegio, ni personas, ni actitudes falsas, ni moldes que seguir, ni sonrisas tontas que escondían un profundo dolor en el alma, ni papás que me ignoraran. Ahora era yo, sólo yo.

Nunca antes me había agradado tanto la sensación de soledad, y jamás la había experimentado tanto. Me encontraba en la biblioteca, intentando quitar las tablas, pero era imposible hacerlo. Quería echarle un vistazo a los libros de allí, pero por la falta de luz tuve que llevarme una pila de libros para el patio. Allí había unas bancas de metal, alrededor de una mesa redonda. Tuve que quitar la hierba que se había adueñado de las sillas, cuando hube terminado, me desplomé en una de ellas.

Miré a mi alrededor, los arboles lindaban el claro donde estaba la casa, era un lugar que parecía tan impenetrable, como alguna fortaleza medieval. Los arboles eran como una cerca, que no dejaba entrar las preocupaciones del mundo actual, era como si hubiera ido a otro tiempo, a otro lugar distante y lejano. Me parecía gracioso pensar que hace un día estaba en mi casa, encerrada en el baño…

Sacudí de mi mente esos pensamientos, ahora solo importaba yo y nada más.

Ojeé los libros que había traído conmigo de la biblioteca, eran unos volúmenes muy viejos, eran enciclopedias de historia natural, los hubiera leído de no ser porque estaban en Ingles —la segunda lengua no era precisamente mi fuerte—. Esto confirmó mis sospechas de que los antiguos ocupantes de esta casa no eran de por aquí.

Me quedé allí, en el patio, era tan hermoso todo; me pareció un lugar estupendo para tomar el desayuno en la mañana. Eran las cinco de la tarde y aún se veía muy claro, sin duda era verano; los días parecían ser más largos.

El frío me alertó que ya iba a caer la noche, pero no me entré porque quería ver el atardecer. La casa, el bosque resplandecieron con la luz anaranjada que desprendía el astro rey al ocultarse, era de alguna manera, mágico. Los bordes de las pocas nubes que surcaban el cielo eran de un color purpura, el cielo amarillo iluminado por el sol chocaba con la inminente noche, en el lugar donde se encontraban había una franja rojiza purpurea. Era el arrebol más hermoso que yo hubiera visto jamás, luego, la noche de terciopelo cubrió el cielo; dejando ver las estrellas. En la cuidad jamás hubiera contemplado un espectáculo tan hermoso, sin duda la casa, y el mismo bosque, desprendían un halo de misterio y belleza.

Entré a la casa, llevando conmigo los libros que había sacado. No los dejé en la biblioteca, me dio pereza hacerlo, los dejé sobre una mesita en el recibidor. Prendí varias velas y usé todos los candelabros que encontré, dejando la sala iluminada. La luz proyectaba sombras extrañas, casi fantasmagóricas.

Me senté en el sillón, al día siguiente iba a sacudir el resto de los muebles. Cené rápidamente y me acomodé.

Estaba muy aletargada, ya me iba a quedar dormida cuando escuché un crujido.

Mi corazón dio un vuelco y empezó a latir frenéticamente, sentí en cuestión de segundos, que la adrenalina recorría mis venas, me puse de pie de un salto y mire a todos lados.

Nada, solo penumbra más allá de la sala que era lo único que estaba iluminado.

Exhalé sonoramente mientras me calmaba, no había nadie, solo, tal vez, había sido un animal, o la madera vieja que crujía por el cambio de temperatura.

Me costó varios minutos volver a calmarme, saqué una caja de jugo, retomé mi asiento y empecé a beber despreocupadamente. Miré el reloj, eran las siete y media, no había pasado más de quince minutos, y a mí me había parecido una eternidad. Cerré los ojos, pero no para dormir, solo para borrar todo pensamiento de mi mente.

De nuevo sentí una sensación extraña, como si alguien me estuviera observando, me incorporé, miré para todos lados de nuevo pero no había nada, solo la sombra que proyectaba el bamboleo de las llamas en la pared.

Me senté de nuevo, y suspiré.