― Entonces, te dedicas a armar ejércitos de muertos vivientes.
― Exactamente, señor.
― Y te gusta la carne muy hecha y el chocolate dulce ¿Sabe eso la Chica Policía?
― ¿Acaso le ocultaría semejante información al amor de mi vida? Nos conocimos mientras me tomaba uno, durante el ataque a Londres.
Integra irrumpió en el despacho como un abanto, dándole a la puerta doble una patada que casi la saca de los goznes. Allí dentro estaba Alucard, sometiendo al clásico interrogatorio al hombre que iba a casarse con su aprendiza.
La líder de Hellsing pasó por alto el hecho de que su vampiro hubiera cambiado la clásica gabardina carmesí y el sombrero a juego de ala ancha por un gorro de chef y un delantal de cuadros blancos y verdes que llevaba bordado a punto de cruz en el pecho las palabras "Rey de las Barbacoas"; y clavó una mirada asesina en el "hombre" que estaba sentado frente a él, su oronda fisonomía embutida con su uniforme de gala, cubierto de condecoraciones y con la gorra en su regazo.
Cuando este giró la rubia cabeza redonda para mirarla desde detrás de los cristales de las grandes gafas, con aquellos ojos verdosos y aquella sonrisa perpetua que ni siquiera sus disparos le habían podido borrar de la cara, su peor temor quedó completamente confirmado.
― ¡MAX MONTANA!
― A su servicio, Fraulein ―respondió el Mayor, levantándose educadamente―. Qué bien que está ya aquí. Veo que he perturbado inadvertidamente su merecido descanso. Mis más sinceras disculpas.
¡Su bien merecido descanso! Aquello sí que era increíble.
― ¡NO HA PERTURBADO MI DESCANSO, MAYOR, EN ABSOLUTO! ¡SÓLO ME ESTABA RECUPERANDO DE LA IMPRESIÓN DE VER A MI TENIENTE CASÁNDOSE CON UN JERARCA NAZI QUE CASI NOS MATA A TODOS!
Un Shrodinger aterrado por los gritos salió huyendo de debajo de la mesa. Alucard esperó unos segundos más antes de sacarse de las orejas unos tapones de cera de abeja. Y el Mayor Montana volvió a sonreír.
― Es cierto que hemos tenido nuestras diferencias, estimada Fraulein Hellsing. Pero espero sinceramente que, una vez esté felizmente casado con Ceres y haya nacido nuestra pequeña, nuestras relaciones se restablezcan armoniosamente. ¡Porque a eso vengo!
Integra, alucinada, observó como un delicado rubor se extendía por las mejillas metálicas de Montana, y sus ojos artificiales resplandecían de felicidad.
― Principe Vlad Dracula, Lady Integra Hellsing… como mandan la tradición y las buenas costumbres quiero pedirles de todo corazón la pequeña y preciosa mano de su protegida, mi amantísima Ceres Victoria, en sagrado matrimonio.
― "Un poco tarde para eso ¿No?" ― se preguntó integra, sintiendo una nueva oleada de vértigo escalando por sus piernas ― "Teniendo en cuenta que ya la has dejado embarazada. Malditos nazis… primero disparan y luego preguntan"
― Yo no tengo ningún inconveniente ― repuso Alucard, con una sonrisa llena de afilados colmillos marfileños― ¿Qué dices tú, Condesa?
Integra ocultó la cara entre las manos, luchando por conservar la cordura. Sus piernas fuertes y juveniles ya no la sostenían; y las manos le temblaban tanto que si hubiera tenido que matar a un ghoul que entrara de improviso en el despacho en ese momento hubiera vaciado completamente el cargador sin otro resultado que estropear con las balas lo poco que quedaba de su antaño hermoso estudio.
― ¿Qué remedio me queda? Si ya está prácticamente hecho…
La eterna mueca de Max Montana se convirtió en una sonrisa de verdadera felicidad, como la de un niño al que le regalan un juguete por Navidad y le dan permiso para salir a la calle a jugar con él.
― Muchas gracias, Lady Hellsing. Nunca encontraré palabras suficientes para agradecerle su amabilidad ¿Querrían ustedes hacernos el inmenso honor de apadrinarnos?
La sonrisa de Alucard se volvió aún más pronunciada.
― Será un placer, Max.
Integra decidió que había vivido las suficientes estupideces en aquella noche como para estar harta de tonterías para el resto de su vida mortal. Percatándose de nuevo de que aún estaba en camisón, decidió que ya iba siendo hora de comportarse como la líder de Hellsing que era y asumir como pudiera aquella situación tan surrealista. De perdidos al río.
― Bien, veo que esta va a ser una fiesta para recordar. Nos vemos en la Sala de la Mesa Redonda a… la hora que sea que se vaya a celebrar el enlace. Alucard, dile a Walter que me suba una jarra de agua a mi dormitorio y un frasco de aspirinas… estoy viendo que, cuando consiga digerir toda esta sarta de sandeces, las voy a necesitar.
― A sus órdenes, mi ama ― respondió el vampiro, con una reverencia. Max Montana se levantó educadamente de la silla ―. Creo que para cuando esté lista, el mayordomo ya habrá terminado de decorar la sala. Lo cual me recuerda ¿Salsa de Roquefort o de pimienta verde, Mayor?
Integra puso los ojos en blanco y salió del despacho tan rápidamente como había entrado, arrollando sin querer al niño-gato y a los hermanos Valentine, que estaban paseando por los pasillos para evaluar los mismo destrozos que ellos habían cometido.
La joven heredera se contuvo con todas sus fuerzas para no ponerse a chillar.
Verdaderamente, iba a necesitar esas aspirinas.
NOTAS DE LA AUTORA: Para los amantes de las novelas de vampiros, el título hace referencia a una de mis frases favoritas de Drácula, de Bram Stoker; cuando Lucy Westenra es correspondida en su amor por Arthur Holmwood y agradece a Dios haberle enviado "tal amante, tal marido y tal amigo".
