Gracias a Koumal Lupin-Nott, Vampisandi, Disappearence of Adalia y mnemosneme por sus comentarios :D

Diclaimer: Harry Potter no es de mi propiedad.
Personajes: Theodore Nott, Draco Malfoy -Y Crabbe y Goyle, pero ellos sólo están allí XP.
Notas: Empieza narrado en pasado y luego cambia a presente. Transcurre en el quinto libro.

Límite

A Theodore Nott no le caían mal los gryffindors, pero eso no significaba que le agradaran. Simplemente les ignoraba –al igual que como hacia con Hufflepuff y Ravenclaw- la mayor parte del tiempo. Ellos eran precipitados, impulsivos y torpes –a excepción de la chica Granger, aunque su dedicación al estudio y su apego a las normas le parecía asfixiantes-, es decir, todo lo opuesto a él.

Nott sabía que jamás congeniaría con alguno, eran demasiado distintos: él pensaba –incluso demasiado- antes de actuar, reparaba en los posibles daños y beneficios; en cambio, un gryffindor se lanzaba locamente a la "aventura", sin pensar algo y actuando mucho. Una gran demostración de apasionada idiotez.

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A Theodore Nott no le cae mal Harry Potter, aunque está muy lejos de simpatizarle. Comprende la aversión exagerada de Malfoy hacia Potter pero el desprecio del profesor Snape contra el chico representa un misterio para él. A veces piensa que es el único Slytherin al que Harry Potter le suena indiferente; sólo es un nombre famoso y un chico bueno, noble y orgulloso. Tres cosas que bastan para que Nott se mantuviera alejado de Potter, por su bienestar mental.

Hasta ese momento Harry Potter no le ha importado en lo absoluto, ni ha representado para él algo más que otro compañero que conforma a los que llamaban "los magos que trabajaran en un mañana por la Comunidad Mágica". Menudo futuro.

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Nott está en la biblioteca, trabajando en el ensayo de transformaciones para Mcgonagall. Draco entra seguido de Crabbe y Goyle, buscando a alguien. Le busca a él, asume rápidamente. Draco se mueve con ímpetu y una vez que lo localiza, y se le acerca, se deja caer elegantemente en la silla en frente de Nott.

Está acelerado, está enfadado. Sus ojos muestran una ira quemante, azotadora.

A Theodore le turba.

-Maldito Potter; juro que…, juro que... –maldice, castañeando los dientes. La rabia no le deja terminar y, en vez de proseguir, le muestra un ejemplar del Quisquilloso, pasa bruscamente las páginas hasta detenerse en un artículo-. Mira –Casi escupe.

Le basta a Theodore con sólo echarle una ojeada para comprender el por qué del estado de Malfoy y de los otros dos, que aprietan sus nudillos como si contuvieran las ganas de golpear a alguien –con una cicatriz en la frente, preferiblemente-.

Lee el artículo lentamente, sin resistirse al cúmulo de odio que invade su cuerpo, su mente, su sangre, a medida de que avanza: Su padre es acusado abiertamente de ser un mortífago nada menos que por el chico que ha enfrentado dos veces al Señor Oscuro.

Algo, no sabe que, se quiebra en su interior y, entonces, la ira crece como una hoguera abrasadora, como una furia desbordante. El odio nace y se apodera de él.

Se repite a sí mismo que no vale la pena descontrolarse, que no debe descontrolarse, pero es inútil. Harry Potter ha abierto una vieja herida, el daño que ha hecho es inmenso y el límite de su tolerancia ha quedado en el olvido.

-Harry Potter ha pasado su límite –murmura con veneno, para sí. Malfoy no le entiende pero asiente, con el mismo odio, con la misma humillación-, y algún día lo pagará todo. Todo.

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