Capítulo 3. Shingo y Tomeya.
N.A.: Mil perdones por el inexcusable retraso ^^" En mi defensa, diré que éste era un capítulo muy complejo y difícil de escribir, aparte de largo (12 páginas a Word O.O). En fin, no queda nada más que decir, salvo que disfrutéis de la lectura :)
Cuando el estridente pitido del despertador estalló en su mesilla de noche, el brazo del amodorrado joven salió perezosamente de entre las sábanas, tanteando por el mueble hasta dar con el botoncito mágico, que restablecería al instante la paz y el silencio en la habitación. Por desgracia, Shingo Aoi sabía que no podía permitirse el lujo de quedarse en la cama quince minutos más, so pena de que Tomeya Akai, su compañero de piso y mejor (bueno, siendo precisos, su único) amigo, acabara con toda el agua caliente de la ducha.
El chico bostezó y se estiró, destapándose y apoyando los pies en el frío suelo del dormitorio. Con desgana, miró el pequeño calendario que tenía en la mesilla, al lado de esa foto puesta bocabajo sobre la superficie del mueble. Su cara se contrajo en una mueca de dolor al leer la fecha: martes, once de marzo. Cerró los ojos con fuerza, al tiempo que sus dedos se aferraban a las sábanas, en un intento de dominar los espasmos de asco, dolor y rabia que lo invadían.
Trataba de contener el asco, el dolor y la rabia porque hacía tres años, ese mismo día, Shingo Aoi había cometido su primer asesinato.
Todavía lo recordaba como si fuera ayer. Ese día, como hoy, el despertador lo había arrancado del mundo de los sueños con su escandalosa alarma, y Shingo lo había apagado antes de incorporarse. Después había cogido una muda de ropa limpia y había salido corriendo hacia el cuarto de baño como si se le fuese la vida en ello, todo fuera por llegar antes que el Acaparaduchas (como Shingo apodaba, cariñosamente, a su amigo) y poder asearse sin riesgo a coger una pulmonía.
Cuando salió, fue recibido por el "Buenos días" de Tomeya, que se metió con un bostezo en el aseo. Cuando su amigo por fin decidió liberar al pobre baño de su cautiverio, a Shingo ya le había dado tiempo a preparar el café y estaba sentado en la mesa de la cocina, comiéndose una tostada.
- ¿Qué tal fue ayer? -preguntó Aoi, mientras Akai se servía café y un par de tostadas y se sentaba a la mesa.
- Bien. -respondió el otro- Toma, aquí tienes tu parte. -dijo, entregándole un fajo de billetes sujeto con una goma. -Shingo los contó por encima, esforzándose en no pensar de dónde provenían. Su familia necesitaba ese dinero; ¿qué más daba cómo lo consiguiera? La voz de Tomeya lo sacó de sus pensamientos.
- Ayer, cuando fui a recoger el pago, el señor Sorimachi me dio esto para ti. -dijo tendiéndole un sobre tamaño folio- Creo que es un trabajo. -Shingo cogió el sobre y rasgó el papel con curiosidad. ¿De qué se trataría esta vez? ¿Un atraco, vender droga, ir a recoger mercancías al muelle...? Arqueó las cejas cuando leyó el rótulo del dossier: Secuestro. No era lo más común, pero tampoco la primera vez que lo hacía. Aunque, hasta ahora, se los habían encargado a los dos. Esta vez, Tomeya tenía un encargo en Yokohama, así que tendría que apañárselas solo. Sin embargo, los secuestros no solían dar problemas: enviaban la carta, la familia pagaba y en paz. La víctima volvía a hacer vida normal y ellos se quedaban con su comisión. No había nada de malo en eso, ¿no?
- Vaya, tu primer secuestro en solitario. Vas ganando puntos, Shingo. -comentó su amigo con una ligera sonrisa, palmeándole el hombro. Shingo no contestó. No sabía cómo Tomeya había sido capaz de acostumbrarse a aquella vida. "El truco para no volverse loco -le había dicho su amigo cuando empezaron a trabajar juntos- consiste en no pensar en lo que hiciste ayer o en lo que harás mañana. Simplemente piensa en por qué lo haces. Y jamás, -había añadido- jamás mires a los ojos a quien tengas que matar." Shingo estaba seguro de que, sin Tomeya, ya haría mucho que habría perdido la cordura. Él era como un hermano mayor; le aconsejaba y cuidaba de que no le pasase nada malo. Tomeya era su única luz en aquel mundo de oscuridad en el que vivía. Sin siquiera acabar el desayuno, Shingo se había sumido en sus recuerdos, evocando cómo había conocido a su "salvador".
Cuando al padre de Shingo le diagnosticaron leucemia, el chico sintió que su mundo se tambaleaba. Su padre siempre había sido un hombre fuerte, el sostén de la familia, ¿cómo iban a apañárselas sin él? Su madre era ama de casa, pero en ese momento tuvo que ponerse a trabajar para poder hacer frente a los tratamientos que, combinados con la hipoteca, amenazaban con hundir en las deudas la ya tambaleante economía de los Aoi. Su hermana Yuki se hizo cargo de la casa, y el joven Shingo empezó a buscar algún empleo con el que ayudar a su familia. El único problema era que, después de llevar dos meses y pico buscando, no había encontrado nada. Nadie quería contratar a un chico menor de edad, que tenía que compaginar el trabajo con los estudios y a veces el cuidado de un enfermo.
Con ese panorama, a Shingo le quedaban muy pocas opciones; ¿cómo iba a conseguir dinero si nadie quería contratarle? Le dio vueltas y más vueltas al problema, tratando de encontrar alguna solución: ¿Limpiabotas? No, necesitaría una de esas cajas especiales, y no tenía dinero para comprarla. ¿Hacer malabares en la calle? No, si le pillaba la poli se la cargaría con todo el equipo. Podían hasta retirarles su custodia a sus padres. Después de repasar durante horas todas las opciones que se le ocurrieron, el chico se rindió abatido. No había nada que hacer. Su amigo Tamotsu trataba de animarle como podía, pero sin resultados.
Al anochecer, cuando se dirigía hacia su casa (Tamotsu había insistido en acompañarle, preocupado por el estado de ánimo de su amigo, pero Shingo le había dicho que necesitaba estar solo un rato), pasó por su lado un hombre, corriendo lo más rápido que le permitían las piernas para alcanzar el autobús. Con una de las zancadas, su cartera se salió del bolsillo del pantalón y cayó a los pies de Shingo, que la recogió para devolvérsela, pero cuando intentó llamarlo, el hombre ya se había subido al colectivo. Cuando el chico abrió la cartera, buscando alguna identificación que le pudiese ayudar a devolverla, quedó literalmente deslumbrado. En esa billetera había más de lo que ganaba su madre en todo un mes de trabajo. Shingo cerró los ojos, tratando de pensar con claridad. No podía hacer eso, ese dinero no era suyo; ¡cogerlo sería robar! Pero no pudo evitar que la imagen del rostro de su madre, contraído de preocupación ante las cartas del banco, se instalase en su cabeza. Ya llevaban dos meses sin pagar la hipoteca, si se retrasaban más, el banco había amenazado con desahuciarlos, y entonces ¿dónde iban a vivir? ¿Y cómo iban a cuidar a su padre? La necesidad era tanta que Shingo acabó por hacer a un lado sus principios y cedió. Cogió los billetes, se los guardó en el bolsillo de la chaqueta, y tiró la cartera en la papelera más próxima.
Al día siguiente, Shingo Aoi comenzó a robar.
Primero fue en centros comerciales, estaciones, parques... Sitios así, donde, entre las prisas y el caos de la multitud, era más fácil que alguien se dejase olvidada alguna bolsa o maletín, que el chico recogía y examinaba solícitamente. Al cabo de unas semanas, cuando sus manos fueron adquiriendo agilidad, comenzó a sustraer carteras y monederos de los bolsillos de los viajeros del metro, aprovechando las horas puntas, en las que los vagones estaban a rebosar. Más tarde se atrevió a hacer lo mismo sin la protección de una masa de gente entre la que perderse y, a los cuatro meses del incidente del autobús, Shingo se había convertido en un experto carterista.
Por suerte, tanto Tamotsu como su familia se creyeron sin la más mínima sospecha la historia de que había conseguido un trabajo como repartidor a domicilio, y acogieron la buena nueva con alegría. Gracias al dinero que había encontrado en la cartera perdida (que apareció "casualmente" en el bolso de su madre), los Aoi pudieron pagar el primer plazo atrasado de la hipoteca, y el banco no les embargó la casa. Shingo, que no se daba cuenta de los estragos que le estaba provocando su nuevo ritmo de vida (como "trabajaba" durante toda la tarde tenía que estudiar por las noches. Lo que menos necesitaba en ese momento era que los del colegio empezaran a investigar por una repentina bajada en sus notas, pero por suerte Tamotsu le ayudaba mucho en ese aspecto), siguió despojando de sus carteras a los viandantes, esperando que su padre se curase cuanto antes, porque los tratamientos se hacían cada vez más caros y ni siquiera sus robos evitaban que la familia empezase a acumular deudas de nuevo.
Unas semanas después, el joven estaba prácticamente desesperado. Los últimos días había tenido una mala racha, y su madre se había quedado en el paro, por recortes de plantilla en la empresa donde trabajaba de secretaria, así que ya estaban otra vez con el agua al cuello. A pesar de que le vendría bien desahogarse, Shingo no había querido contarle nada a Tamotsu, porque su amigo ya se preocupaba mucho por él y, de todos modos ¿cómo iba a poder ayudarlo? No tenía sentido inquietarlo más de lo que ya estaba.
Para colmo de males, hoy no había conseguido más que unos billetes sueltos y un monedero vacío. Así que cuando, ese jueves por la tarde, vio como un chico de su edad (tendría a lo sumo dos años más que él) guardaba una jugosa cantidad de dinero en su cartera, y después la cartera en el bolsillo interior de la chaqueta, no se lo pensó dos veces. Caminó hacia él como quien no quiere la cosa, y al pasar a su lado, se chocó "accidentalmente" contra su hombro. La mayoría de las veces, agarraba la billetera, murmuraba unas disculpas por el choque, y seguía su camino sin que la víctima se diera ni cuenta. La mayoría de las veces.
Pero esta vez, su muñeca estaba firmemente sujeta por la mano izquierda del desconocido, y tenía el cañón de una pistola entre los ojos. El chico tragó saliva. "Maldita sea, Shingo Aoi." -se dijo, alzando la mirada- "Sólo a ti se te ocurre intentar robarle la cartera a un yakuza".
Tomeya Akai miró con furia a los ojos a aquella pequeña serpiente que se había atrevido a quitarle el billetero, mientras presionaba aún más el arma contra su piel. Normalmente, el frío del metal contra la frente del ratero era lo bastante intimidatorio como para que este se deshiciera en aterrorizadas disculpas y Akai lo dejara ir debatiéndose entre la lástima y el desprecio. Pero este chico era distinto. Cuando alzó los ojos, le sostuvo la mirada sin pestañear. Tomeya pudo ver miedo, pero también determinación, orgullo y una brillante chispa de valentía al fondo de esos ojos oscuros. La mirada del chaval le recordó a la suya propia, trocando el enfado de su rostro en interés y curiosidad. El chico tenía talento, eso era evidente, pero ¿cómo habría acabado alguien tan joven de carterista? Cierto que él era más pequeño cuando empezó, pero...
- ¿Por qué haces esto? -le espetó secamente. Que ya no estuviera enfadado no significaba que tuviera que ser amable.
- ¿Qué? -dijo Shingo estupefacto. Se esperaba cualquier cosa, absolutamente todo, todo menos una pregunta.
- Te estoy preguntando que por qué haces esto. -repitió Tomeya- ¿Por qué robas? ¿Te gusta el riesgo, es eso? ¿Es un juego para ti? -le preguntó, sin dejar de mirarlo a los ojos. Le sorprendió la furia que floreció en la mirada del chico ante sus palabras.
Shingo apretó los dientes, sintiendo que la rabia lo invadía. ¿Cómo se atrevía? ¡¿Cómo se atrevía ese tipo a juzgarle?! Antes de que pudiera pensar en lo poco sensato que resulta insultar a alguien que tiene una pistola apoyada contra tu cabeza, había empezado a gritarle a Tomeya, descargando inconscientemente toda su angustia y frustración en el joven que tenía frente a él.
- ¡Para mí no es ningún juego, gilipollas! -bramó- ¡Mi padre está enfermo, mi madre en paro, y los malditos cabrones del banco van a embargarnos la semana que viene como no consiga dinero! ¡¡Así que no te atrevas a decirme que robo por diversión, hijo de perra!! -ahora fue Tomeya el que se quedó de una pieza. Ese chico, o era muy valiente, o estaba loco de remate. "O quizás simplemente está desesperado" -pensó, mirando comprensivo las lágrimas de rabia que corrían por el rostro del chaval, aunque se notaba que éste estaba haciendo todo lo posible por retenerlas. Con una media sonrisa, retiró el arma de la frente de Shingo y le soltó la muñeca. La cartera cayó al suelo, y Tomeya se agachó para recogerla. Shingo empezó a frotarse la zona dolorida con la otra mano, mientras sus sollozos se iban calmando lentamente.
Cuando logró tranquilizarse, reprochándose por no haber sabido controlar mejor sus emociones, Shingo observó a Tomeya entre desconfiado y curioso. El yakuza parecía estarlo estudiando con la mirada, y aunque el chico no había olvidado que hacía escasos segundos, ese mismo tipo lo estaba apuntando con una pistola, no se alejó. Había algo en el rostro sereno de Tomeya le impulsaba a confiar en él. Shingo no sabía muy bien qué era, si su media sonrisa cálida y tranquilizadora o la mirada de sus ojos, que le recordaba tanto a la de su padre. Era una mirada determinada y segura, pero también amable, que, irónicamente, le hacía sentirse a salvo.
- Me llamo Tomeya Akai. –se presentó el otro, tendiéndole la mano. Tras dudar un momento, Shingo se la estrechó.
- Yo soy Shingo Aoi. -murmuró, tratando de no darle muchas vueltas a lo surrealista de la situación. Estrecharle la mano a un miembro de la mafia (armado, para más señas) a quien acabas de insultar después de intentar birlarle la cartera. Qué mundo de locos- ¿Qué quieres de mí? -le preguntó. Alguna razón habría para que no le hubiese metido aún una bala en la sesera. Tomeya permaneció en silencio unos minutos, como meditando su respuesta.
- Me parece que tienes talento, Shingo. Quieres.... ¿quieres unirte a la yakuza? -le preguntó el joven, eligiendo con cuidado las palabras, cuando por fin se decidió a hablar. Mientras formulaba la pregunta, Akai miraba la cara del muchacho, estudiando su reacción. Una cosa era robar carteras y otra muy distinta, formar parte de la mafia. Él había entrado, como muchos otros, obligado por las circunstancias, y no le agradaba en absoluto la idea de que ese chico que había tenido que crecer demasiado rápido se viese envuelto de por vida en una espiral de crimen y violencia, pero la idea de verlo perder su juventud y quien sabe cuántas cosas más en un reformatorio (dijeran lo que dijeran los políticos, él sabía de buena tinta que esos antros estaban hechos para encerrar, no para rehabilitar) le gustaba todavía menos. Si iba dedicarse a la vida delictiva, que por lo menos tuviera cerca a alguien que pudiera cuidar de él. Tomeya deseaba con toda su alma que el chico rechazase su propuesta, que aún le quedase alguna otra alternativa mejor, pero por la mirada, a la vez desesperada y decidida, que mostró la cara del muchacho al oírle, pudo ver que ese no iba a ser el caso.
Shingo reflexionó unos momentos, y supo que su decisión estaba tomada.
- Sí. -respondió, y se sintió como si acabase de firmar su propia condena. Pero no iba a echarse atrás. No podía echarse atrás.
Tomeya ya sabía que todos sus esfuerzos iban a ser inútiles, pero aún así trató de disuadirlo.
- Shingo, esto no es como en las películas; aquí no se van a limitar a cortarte el dedo meñique si la cagas. Si te equivocas, te matarán. Y tú también tendrás que matar. Muchas veces. -añadió, pero la resolución del chico no flaqueó. Tomeya entrecerró los ojos. Shingo estaba decidido, eso era evidente, pero quería asegurarse de que entendía todo el peligro que conllevaba aquel trabajo. Quería que tuviera la oportunidad de negarse. En el fondo de su corazón, deseaba que se negara. No quería arrastrar a ese chico a su mundo de oscuridad- ¿Estás seguro de que es eso lo que quieres? -le preguntó con seriedad.
- No. -respondió Shingo, sorprendiendo una vez más a su interlocutor- No es lo que quiero. Pero no tengo alternativa. -añadió resuelto. Tomeya cerró los ojos y asintió. No había querido arrastrarlo a su mundo de oscuridad, pero, ya que lo había hecho, sería mejor que se encargase de cuidar de él.
Así era como Tomeya y él se habían conocido. Esa misma tarde, Akai lo había llevado a un lujoso bloque de oficinas y le había presentado el chico a Sorimachi, su superior, que le había preguntado sus motivos para unirse al clan Hyuga y, aparentemente satisfecho por sus respuestas, le había dicho que lo arreglarían todo en un santiamén. Al día siguiente, el señor Kira se había presentado en su casa, y, menos de cuarenta y ocho horas después, Shingo estaba viviendo con Tomeya su nueva vida de yakuza.
Perdido en sus recuerdos como estaba, aquella mañana de hacía tres años Shingo no se había dado cuenta de que Tomeya le estaba hablando hasta que su amigo le pasó una mano por delante de los ojos, sacándolo de su ensimismamiento.
- ¿Eh? -preguntó el joven algo desorientado- Perdona, ¿qué decías?
- Decía que yo me tengo que ir ya. -repitió Akai pacientemente, apurando el café de un sorbo- Supongo que te veré en un par de días. -le dijo, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta.
- Que te vaya bien. -le respondió Shingo, volviendo a concentrarse en el dossier, su desayuno definitivamente olvidado.
- Gracias, igualmente. Adiós, Shingo. -de despidió Tomeya.
- Adiós.
Cuando se quedó solo, el joven abrió la carpeta que contenía los detalles del trabajo. Sacó varios folios de papel y los extendió sobre la mesa, apartando primero el plato de las tostadas y la taza para no mancharlos. La primera página del documento atrajo su atención. En ella se veía la fotografía de una niña sonriente, de unos diez u once años como mucho. Con curiosidad, Shingo se fijó en el nombre que aparecía bajo la imagen.
- Yoshiko Yamaoka... –leyó en voz baja.
Se fijó también en el resto de los documentos. El sobre con la carta, ya sellado, estaba al fondo de la carpeta, listo para echar al correo. Shingo miró la hora del secuestro: las 16:45, cuando la niña pasase por un descampado de camino a su casa. Sería mejor que mandase ya esa carta, así a la familia le llegaría un par de horas después del rapto.
Dentro de una anodina furgoneta de cristales tintados, el joven se ajustó el pasamontañas negro que le cubría por completo la cara. El descampado estaba desierto, pero Shingo no quería correr riesgos. Ligeramente nervioso, miró de nuevo su reloj. Eran las cinco menos diez; la chica se retrasaba.
Un par de minutos después, para alivio de Shingo, Yoshiko Yamaoka dobló la esquina y empezó a cruzar el descampado a paso vivo, sin reparar en el vehículo estacionado allí. Después de cerciorarse, echándole un rápido vistazo a la foto, de que era ella, Shingo abrió una botella y vertió un poco de cloroformo en un pañuelo, que escondió dentro de su puño cerrado. Sigilosamente, el joven bajó de la furgoneta y caminó hacia la niña, que no se percataba de nada, concentrada como estaba en el alegre pensamiento de que su hermano mayor volvería hoy pronto a casa.
Los ojitos negros de Yoshiko se abrieron de sorpresa y terror cuando sintió que alguien la aferraba con fuerza por el estómago. La pequeña abrió la boca para gritar, lo que facilitó que aspirase el cloroformo que empapaba el pañuelo que Shingo apretaba contra su cara. La niña alzó las manos hacia la de su captor, tratando de arañarla y así apartar la tela de su nariz y boca, pero el joven no cedió y, después de algunos forcejeos, Yoshiko se desplomó inconsciente entre sus brazos.
Cuando la niña dejó de resistirse, Shingo la cogió en brazos y, asegurándose de que nadie lo había visto, la llevó hasta la furgoneta y la depositó con cuidado en el asiento trasero. Los efectos del narcótico durarían un buen rato, así que no había peligro de que se despertase. El joven se subió al asiento del conductor, encendió el motor, y se puso en rumbo al local donde se retenía a los secuestrados hasta que sus superiores recibían el dinero.
Cuando por fin llegaron a la pequeña casa unifamiliar, la niña ya casi se había despertado. Rápidamente, Shingo metió el vehículo en el garaje y aparcó, bajándose de la furgoneta justo a tiempo para evitar que la pequeña (que acababa de recuperar el conocimiento e intentaba, tambaleante, salir por la puerta trasera) se diera de morros contra el suelo.
- Eh, eh, los efectos del cloroformo no desaparecen así como así. –le dijo, riñéndola suavemente mientras la sostenía- Podrías haberte hecho daño.
- Do… ¿Dónde estoy? –murmuró la niña desorientada, tratando de mantenerse en pie- Me duele la cabeza… -se quejó, sosteniéndose la frente. Dándose cuenta de que estaba bastante mareada, Shingo volvió a cogerla en brazos y salió con ella del garaje, decidiendo que las preguntas podían esperar.
- ¡Eh! –protestó la chica ante el brusco movimiento, pero su captor hizo caso omiso.
El joven subió las escaleras hasta el primer piso y entró en una sala sin ventanas, amueblada con una cama y un escritorio, y con un pequeño cuarto de baño adosado. Depositó suavemente a Yoshiko sobre el edredón, y se dirigió a echarle la llave a la puerta. La chiquilla aún estaba bajo los efectos de la droga, y Shingo no quería arriesgarse a que se abriese la cabeza contra los escalones por intentar escaparse.
El joven se sacó el pasamontañas con un suspiro de alivio, y se volvió hacia la niña, que se había sentado en la cama, los codos sobre las rodillas, y se sostenía la cabeza con ambas manos. Shingo la observó con curiosidad. En esa situación, cualquier niña de su edad estaría sollozando de miedo y temblando como una hoja, pensando que nunca volvería a ver a su familia, pero Yoshiko permanecía tranquila, demasiado tranquila para el gusto del joven.
- ¿Dónde estoy? -repitió la niña, ni un solo temblor asomando por entre sus palabras. El joven no entendía nada, su voz no sonaba asustada ni desesperada, ni siquiera resentida. Y sin embargo, hacía apenas cinco minutos había intentado escaparse, y se había debatido como una fiera cuando la atrapó (Shingo aún tenía unos cuantos arañazos en la mano). ¿Por qué ese cambio tan repentino?
- Estás secuestrada, Yoshiko. -respondió el chico, decidiendo dejar sus dudas para después- Vas a quedarte aquí unas cuantas horas, quizá un par de días, y después volverás a casa. -la niña simplemente asintió, la carita aún enterrada entre las manos.
- Me duele mucho la cabeza... -dijo, un poco vacilante al principio- ¿Me puedes dar algún calmante? ¿Una aspirina o algo así? -preguntó, dejando a Shingo patidifuso. ¡No sólo no le tenía miedo, sino que además se sentía con la confianza suficiente como para pedirle una aspirina! Definitivamente, esta chica no era como las demás.
- Ahora mismo, lo único que haría una aspirina sería bajarte la tensión más de lo que la tienes. -le explicó el joven cuando consiguió recuperarse un poco de su sorpresa- Lo siento, Yoshiko, pero contra ese dolor de cabeza lo único que funciona es la paciencia o una buena siesta. -Shingo decidió que, dada la aparente tranquilidad de la niña, no había ningún inconveniente en ser sincero- Oye, dime una cosa, ¿no te doy miedo? -le preguntó con franca curiosidad. Una chiquilla de once años debería tenerle miedo al hombre que la había alejado de su casa y su familia y traído a un lugar desconocido, ¿no?
- No. -respondió con sencillez la pequeña, levantando la cabeza. Su respuesta sorprendió una vez más a Shingo- Antes, cuando me cogiste por detrás, sí que tuve mucho miedo, por eso me debatí. Pero cuando llegamos, impediste que me cayera. Y después me llevaste en brazos porque no me tenía en pie. -enumeró Yoshiko, al parecer ajena al estupor del yakuza- No creo que quieras hacerme daño, así que, ¿por qué tendría que tenerte miedo? -concluyó, una angelical sonrisa floreciendo en sus labios. Podría decirse que su respuesta desarmó al chico por completo. Él no quería hacerle daño, pero ¿no se lo había hecho ya al raptarla y traerla a ese lugar? Bueno, en cualquier caso, la niña no parecía guardarle ningún rencor por eso, así que Shingo lo dejó estar.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó la niña de repente, con la dulce sonrisa aún presente en su cara. El joven se la devolvió, contento al notar que la cabeza parecía dolerle un poco menos.
- Me llamo Shingo. -se presentó. No creía que dar esa información fuera a traerle muchos problemas, pero por si acaso decidió no decirle su apellido.
- Shingo... -murmuró la pequeña, como si quisiera aprenderse el nombre. Después de un corto silencio, en el que pareció reflexionar lo que iba a decir a continuación, Yoshiko le preguntó a bocajarro- ¿Tú tienes hermanos?
Ante la inocente pregunta, Shingo no pudo evitar que los dolorosos recuerdos que trataba de reprimir en lo más hondo de su corazón aflorasen a su mente: la dulce sonrisa de Yuki, su hermana; el cariño de su madre, la fuerza y alegría de su padre cuando aún estaba sano. Pero sobre todo, no pudo evitar recordar a Tamotsu, su mejor amigo, su compañero de andaduras, su confidente incondicional, su conciencia, su apoyo... Su hermano, al había traicionado con todas sus mentiras, del que se alejaba más con cada uno de sus crímenes (por mucho que los llamasen "trabajos" o "encargos", Shingo sabía que su naturaleza no iba a cambiar: seguían siendo delitos, tuvieran el nombre que tuvieran). El chico cerró los ojos, tratando de alejar esas imágenes de su mente, y maldijo su suerte una vez más. Había tenido que renunciar a tanto por culpa de ese asqueroso cáncer... Pero Shingo no culpaba a nadie, no podía. Meterse en la yakuza había sido decisión suya, así como mantenerse alejado, por mucho que le doliera, de su familia y amigos. Era lo mejor para todos; así nadie saldría malparado. Si algo llegara a pasarle a Tamotsu o a su familia por culpa de su nuevo "trabajo", Shingo jamás podría perdonárselo. Sí, definitivamente era mejor así.
- ¿Shingo? -la vocecita de Yoshiko atrajo de nuevo su atención. Se había olvidado por completo de ella.
- No, Yoshiko, soy hijo único. -le mintió Shingo, tratando de aparentar tranquilidad. La curiosidad de los niños era proverbial; si le contaba que tenía tres hermanos (consideraba a Tamotsu y Tomeya como tales), empezaría una interminable serie de preguntas que le dolería demasiado responder, y el chico no estaba preparado para eso. Era mejor dejarlo así.
- Yo sí tengo, un hermano mayor. -le explicó la chiquilla, que al parecer no se había dado cuenta de la angustia de Shingo- Se llama Tarô Misaki. Debe de tener más o menos tu edad... -reflexionó mirando al joven, tratando de calcular cuántos años tenía- Y, ¿sabes? ¡Tarô es el mejor hermano del mundo! -exclamó ilusionada- Aunque nos llevamos ocho años, se porta muy bien conmigo, no me trata como si fuera una niña pequeña. -Shingo no pudo reprimir una sonrisa ante el entusiasmo de la muchachita; se notaba que adoraba a su hermano- Y cuando llega temprano de clase, va a recogerme al colegio, y volvemos charlando todo el camino. ¡Y además me lleva la mochila! -señaló Yoshiko contenta. La verdad, eran pocas las niñas que tenían un hermano mayor tan bueno como el suyo- Mira, -le dijo a Shingo, sacando de debajo de su camisa un pequeño medallón y abriéndolo, dejando a la vista las dos fotos que contenía- es éste de aquí. -y le señaló la fotografía de la izquierda, en la que se veía un joven bastante guapo, de sonrisa sincera y mirada cariñosa. Yoshiko iba a continuar hablándole de su hermano, pero en ese momento, el móvil del chico se puso a sonar.
- Disculpa un momento, Yoshiko. -le dijo Shingo, abriendo la puerta con la llave, y volviéndose hacia la niña antes de salir, al tiempo que le indicaba un botoncito negro que había, a modo de interruptor, junto a la cama- Si necesitas algo, pulsa ese botón. -dicho esto, el joven salió, cerró la puerta blindada desde fuera y bajó los escalones de tres en tres mientras descolgaba, atendiendo la llamada justo antes de que saltase el buzón de voz.
- ¿Sí, dígame? -preguntó con cortesía. La inconfundible voz de su jefe, ligeramente irritada, le llegó desde el otro extremo de la línea.
- No me gusta que me hagan esperar, Aoi. -dijo Kazuki Sorimachi, aparentemente despreocupado. Sin embargo, el chico pudo percibir la furia latente en su voz. Shingo se preguntó si algo habría salido mal.
- Lo lamento, señor Sorimachi, no volverá a ocurrir. -se disculpó rápidamente, no queriendo enfadar a su superior más de lo que ya estaba.
- Eso espero. -respondió secamente el otro- ¿Ha habido algún problema con el encargo? -ante la pregunta, Shingo frunció el ceño, extrañado y preocupado. ¿Su jefe lo había llamado sólo para preguntarle si todo había salido bien? No, allí había gato encerrado. Sorimachi jamás llamaba si no era por algo urgente.
- No, señor. -contestó, tratando de aparentar una seguridad que no sentía en ese momento- Todo ha salido a la perfección.
- Entonces, ¿tienes a la chica arriba? -preguntó Sorimachi.
- Sí, señor. -respondió Shingo, cada vez más mosqueado.
- Bien. Verás Aoi, ha habido un cambio de planes. -el helado tono de voz de Sorimachi hizo que Shingo se inquietase aún más.
- ¿Un cambio de planes? -se atrevió a preguntar, aunque no estaba seguro de que le fuese a gustar la respuesta.
- La familia ha avisado a la policía, hemos interceptado la llamada. -explicó Sorimachi- Ya conoces el protocolo. -Shingo sintió que el corazón se le detenía. Esto no podía estar pasando, no a él. Tenía que ser un error.
- ¿Señor? -preguntó de nuevo, y esta vez sí que no pudo ocultar el temblor de su voz.
- Quiero el cadáver de esa mocosa bajo el porche de su casa antes de que amanezca. -y tras decir esto, Sorimachi colgó.
Las palabras resonaron aún unos segundos en la mente de Shingo, como si de los últimos estertores de una explosión se tratara: Quiero el cadáver de esa mocosa bajo el porche de su casa antes de que amanezca, antes de que amanezca, antes de que amanezca...
Sin un ruido, el chico se dejó caer de rodillas en el suelo, mientras se aferraba la cabeza con las manos, tratando de pensar con claridad. Seguro que había una salida. ¡Tenía que haber una salida! Sólo de pensar en lastimar a esa niñita inocente, Shingo sentía que se le revolvían las tripas. No creo que quieras hacerme daño, así que, ¿por qué tendría que tenerte miedo? le había preguntado Yoshiko, con todo el candor del mundo. No, Shingo no podía matar un ser tan puro. Tenía que encontrar una salida como fuera.
Pero, ¿qué hacer? Tras cinco minutos de barajar posibles soluciones, el chico decidió llamar a Tomeya. Él sabría qué hacer. Con las manos temblorosas, Shingo marcó el número de su amigo, pulsó el botoncito verde y se llevó el teléfono a la oreja, a la espera de que Tomeya descolgase.
- ¿Sí? -la segura voz de Tomeya aplacó un poco los nervios de Shingo, que sintió que su pulso se normalizaba poco a poco. Sin embargo, aún le temblaba la voz cuando contestó:
- Tomeya, soy yo.
- ¿Shingo? -la voz de su amigo se tiñó de preocupación al detectar su agitación- ¿Qué ha pasado? ¿Ha salido algo mal?
- Es el señor Sorimachi, quiere que mate a Yoshiko. -empezó Shingo, tan rápido que a Tomeya le costaba trabajo entenderle- ¡Tienes que ayudarme, Tomeya! ¡No puedo matarla, simplemente no puedo! -Shingo no se había dado cuenta de que, entre los nervios, el miedo y la preocupación, había empezado a gritar.
- Espera, Shingo, cálmate. -lo interrumpió Tomeya, intentando tranquilizar a su amigo- Ve más despacio. Lo primero, ¿qué ha pasado? ¿Quién es Yoshiko? ¿Y por qué quiere Sorimachi que la mates? -le preguntó, y se sintió más aliviado cuando Shingo empezó a contarle la historia ordenadamente y sin correr, prueba de que ya estaba más tranquilo.
Por desgracia, ese alivio le duró poco. Cuando su amigo acabó de referirle lo ocurrido, Tomeya ya había adivinado lo que pretendía, y aunque él tampoco deseaba matar a la chiquilla, no veía qué otra cosa podían hacer. Una vez más, el joven se maldijo para sus adentros por haber arrastrado a Shingo a ese mundo oscuro y cruel. Cuando Shingo acabó su relato, Tomeya respiró hondo. Iba a necesitar todas sus fuerzas para decir eso, para pronunciar esas cuatro palabras que hundirían a su amigo un poco más en el fango.
- Tienes que matarla, Shingo. -dijo quedamente, sabedor del daño que le estaba haciendo al chico. Él, su único amigo allí, su único apoyo en ese maldito agujero, se veía obligado a darle la espalda por su propio bien.
- ¡¿QUÉ?! -gritó Shingo, sorprendido y enfadado- ¡¿Pero te has vuelto loco o qué, Tomeya?! ¡No puedo matar a sangre fría a una niña de once años! -exclamó- ¡Tenemos que salvarla! -esto último sonó más a ruego que a exigencia, pero Tomeya sabía que lo que ambos deseaban no era posible. Si ellos querían seguir vivos, Yoshiko tendría que morir. El mayor cerró los ojos y se preparó mentalmente para dar el golpe de gracia, para hacerle ver a Shingo que, una vez más, no tenían elección.
- Si no lo haces, Shingo, irán a por tu familia. -Tomeya se odió un poco más con cada palabra, y el silencio que le llegó desde el otro lado de la línea sólo sirvió para aumentar su malestar.
En Tokyo, Shingo se había quedado literalmente helado. Su familia. Su hermana, su madre, su padre... Tamotsu. Si les pasase algo, si alguno muriera... Shingo notó cómo las lágrimas le corrían, traicioneras, por la cara, al comprender que, de nuevo, no tenía alternativa.
- ¿Shingo? -le preguntó Tomeya con suavidad, preocupado por su silencio- ¿Estás ahí?
- Está bien, Tomeya, lo haré. -respondió Shingo con voz temblorosa, sintiendo que era otro el que pronunciaba sus palabras- Tengo que hacerlo. -finalizó con un murmullo, antes de colgar.
Mientras tanto, en algún lugar de Yokohama, un apuesto joven se preguntaba de nuevo por qué el mundo tenía que ser un lugar tan horrible.
Cuando Shingo entró en el cuarto, Yoshiko estaba sentada en la cama, mirando la foto de su hermano en el medallón. Al oírle entrar, la niña alzó la cabeza y le saludó con una sonrisa. Shingo cerró los ojos y se obligó a recordar una vez más por qué iba a hacer lo que estaba a punto de hacer, aferrando inconscientemente la pequeña caja que traía en la mano izquierda, hasta casi romperla.
- Yoshiko. -la llamó, sin saber muy bien qué decir a continuación. ¿Cómo se supone que se le explica a una niña de once años que tiene que morir?
- ¿Sí? -respondió la chiquilla con curiosidad, mirándolo a los ojos. Estaba un poco preocupada por la tristeza que parecía embargar al joven.
- ¿Sabes lo que es el cielo? -le preguntó Shingo. No hizo falta añadir más. Al oír la pregunta, los ojos de Yoshiko se llenaron de lágrimas, y se mordió el labio inferior en un intento de contenerlas.
- Creí que no me ibas a hacer daño. -lo acusó con voz trémula, mientras dos cuentas de cristal rebasaban sus pestañas y echaban a rodar por sus mejillas. Shingo no contestó.
Al ver que no tenía escapatoria, cualquier otra niña se habría resistido, habría tratado de escapar, pero la pequeña sorprendió a Shingo una vez más. Alzando los brazos hacia sus cuello, soltó el cierre del medallón y se lo tendió a Shingo, la valentía brillando en su mirada.
- Quiero que se lo des a mi hermano, Tarô Misaki. -le dijo, tratando de mantener la voz serena. Shingo, incapaz de decir nada, simplemente asintió y se guardó la joya en el bolsillo. Después, abrió la cajita que llevaba en la mano y sacó de ella un jeringuilla y una ampolla de líquido transparente. Pinchó la flexible membrana que cerraba el recipiente y absorbió el veneno con lentitud.
Cuando volvió a mirar a Yoshiko, la niña se había levantado valientemente la manga de la camisa, y sus ojos estaban llenos de desafío. "Vamos, hazlo si te atreves" parecía decir esa mirada. Súbitamente, el joven recordó lo que le había dicho Tomeya dos años atrás: Y jamás, jamás mires a los ojos a quien tengas que matar. "Cuánta razón tenía." -se dijo Shingo, comprendiendo que ya nunca sería capaz de olvidar esa mirada pura e inocente, tan valiente, empañada por las lágrimas que manaban de su traición. Cerró los ojos una vez más, para darse fuerzas, y avanzó hacia Yoshiko, que aguardaba desafiante el pinchazo letal.
Shingo jamás podría olvidar el peso del cuerpo aún cálido de la niña en sus brazos, cuando se desplomó sin un gemido momentos después de que el veneno penetrara en su torrente sanguíneo.
Tampoco podría olvidar el olor ni el tacto del papel en el que garabateó esas dos palabras que algún día juró no escribir jamás: Cosa Nostra.
En aquel apartamento de Tokyo en el que había vivido los últimos cinco años, Shingo seguía aferrado a las sábanas como si se le fuese la vida en ello. Las lágrimas rodaban por sus mejillas al compás de sus sollozos, mientras intentaba detener, sin éxito, el torrente de recuerdos que lo atravesaba sin piedad.
Después de depositar el cadáver de la niña suavemente bajo el porche, y tras asegurarse de que nadie lo había visto, Shingo se metió en la furgoneta y puso rumbo al piso que compartía con Tomeya. A pesar de estar todavía en estado de shock, logró llegar al apartamento sano y salvo. Después de dejar los zapatos en la entrada, corrió hacia el baño, incapaz de contener por más tiempo las arcadas que pugnaban por salir de su garganta. Cuando Tomeya llegó, al día siguiente, no encontró en casa a su amigo Shingo, el muchacho alegre y responsable que le hacía un poquito más llevadera su oscura existencia; sino a un maltrecho chaval de diecisiete años, atormentado y semiinconsciente entre botellines de cerveza.
Después de aquel fatídico día, Shingo entendió que no era más que un peligro para su familia, y tomó la decisión más difícil de su vida: fingir su muerte. Eso heriría en lo más hondo a su familia (sólo de pensar en la rabia e impotencia de Tamotsu, o en el dolor de su madre al enterarse de la "noticia", Shingo sentía que se le desgarraba el corazón por dentro), pero era lo mejor para todos. El chico sabía que no se marcharían dejándolo atrás, pero si se iba con ellos, los Hyuga los encontrarían tarde o temprano y los matarían a todos, y eso sí que no iba a permitirlo. Los Hyuga ya tenían su vida, no conseguirían las de su familia.
Tomeya lo había ayudado bastante con eso. La parte más difícil del plan era conseguir un cadáver que pudieran hacer pasar por el propio Shingo, pero por suerte su amigo tenía buenos contactos. El cuerpo no reclamado de un joven drogadicto, muerto por sobredosis, que yacía en una de las cámaras frigoríficas del Tanatorio de Chiba resultó ser perfecto para sus planes: el chico tenía la edad de Shingo, más o menos su altura, y una constitución bastante parecida a la del yakuza.
- Mitsuru Sano... -había murmurado Shingo cuando lo encontraron, leyendo la etiqueta que pendía inerte de la muñeca del cadáver.
Lo más duro fue, sin duda, cortarle la cabeza.
Una vez decapitado (Tomeya había intentado convencerle de que le dejase hacerlo a él, pero Shingo se mantuvo inflexible. No quería que su amigo se manchara las manos por su culpa), lo vistieron con ropa de Shingo, le metieron el billete y el pasaporte en un bolsillo de la chaqueta y lo abandonaron a la intemperie en un bosque de Saitama.
Y cuando, un par de semanas después, su familia estuvo instalada sana y salva en Italia, Shingo sintió que se le quitaba un peso de encima. Seguramente, Tamotsu seguiría su propio camino, y así nadie tendría que sufrir las consecuencias de sus errores.
Shingo oyó cómo la puerta de su dormitorio se habría, dejando paso a un Tomeya de cara preocupada y pelo chorreante, pero Shingo no tuvo fuerzas para volverse hacia él. No sentía las puntas de los dedos de la fuerza con la que aferraba las sábanas, y su cuerpo se convulsionaba en sollozos, que no lograba detener por mucho que lo intentaba. "Debo de resultar patético." -se dijo Shingo.
Pero no fue una burla lo que salió de los labios de Tomeya. En realidad, el joven no dijo nada, sino que se acercó a él y se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros para reconfortarlo.
- Sh, tranquilo, Shingo, tranquilo. -murmuró, estrechando a su amigo contra sí en un intento por calmarlo, mientras maldecía una vez más al jodido destino que transformaba a aquel chico alegre y honesto en un asesino inmisericorde 364 días al año, dejándole sólo el 11 de marzo para volver a ser persona- Tranquilo... -dijo quedamente, notando con apesadumbrado alivio cómo los sollozos se iban calmando lentamente.
Desde la mesilla de noche, entre el despertador y el calendario, la foto que una amable anciana les había hecho a Tamotsu y a la familia Aoi hacía seis años observaba la escena, condenada a reposar boca abajo el resto de su existencia, porque para Shingo era demasiado doloroso recordar días más felices.
