Capítulo Tres:
"Knock, knock"

A pesar de sus fanfarronadas, la triste realidad del hombre es que no puede escoger su triunfo. Sólo puede escoger cómo se comportará cuando el destino llame a su puerta. Con la esperanza de que tendrá el valor de abrirla.

POV: Audrey Hanson

Ya había llegado a Nueva York. La última vez que había estado en "La Ciudad", mi principal sospechoso perdió la tapa de los sesos en un supuesto accidente de tráfico. Ted Sprague había muerto a manos del verdadero Sylar. Pero las autoridades decidieron atribuir su muerte debido a que la furgoneta del FBI volcó. Ahora me importaba un pimiento. Hablaría con ese tipo, ese tal Mohinder, para descubrir cómo demonios obtuvo la información. Quién del departamento había filtrado esos nombres.

Después cerraría el caso de una vez por todas.

No solo era la presión de mis superiores, para que cerrase el caso. Si no que todo había perdido sentido. Sylar había sido una verdadera incógnita como asesino en serie. Sus víctimas no guardaban ninguna relación. Ni de edad, ni de profesión, nada en común. Y la manera en que habían muerto muchas de ellas no guardaba tampoco sentido alguno. Algunas de sus víctimas parecían haber muerto por razones tan absurdas como robar un coche. O dormir en una habitación de motel.

Y además, según las pistas que teníamos, había actuado en más de dos docenas de estados diferentes, lo cual lo habría catapultado al puesto número uno de los asesinos en serie. Pero a diferencia de la mayoría de estos, Sylar deseaba pasar desapercibido. De hecho, habríamos desconocido su nombre, su alias, si no hubiese sido por el testimonio de mi anterior compañero en el FBI antes de morir. Las últimas palabras suyas habían dado el nombre de su verdugo, pero nunca supimos qué fue lo que vio para decir ese nombre.

En la mayoría de los casos de asesinos en serie, siempre se está a la espera de la siguiente víctima. Una espera morbosa, pero necesaria, pues cada víctima es una posibilidad más de que cometa un fallo el delincuente. Pero Sylar no fallaba y cada víctima era una espina clavada. Y la pesadilla de todo investigador en esta clase de casos, era que el asesino consiguiera dejar de matar. Si acababa su carrera de asesinatos, era casi seguro que ya no pudiese encontrar el rastro. Las pistas se borraban y los recuerdos se volvían más inseguros.

Pero en el FBI teníamos delincuentes y asesinos para regalar. De hecho, una vez terminase este caso me metería de lleno en la investigación del magnate Linderman. Un mafioso que estaba siendo investigado por el FBI desde hacia dos años. Y que era sospechoso de mandar asesinar a dos agentes federales en uno de sus hoteles que poseía en Las Vegas. Cogí un taxi desde el aeropuerto, para dirigirme a la dirección de este testigo. Que pondría fin a seis meses de infierno.

POV: Mohinder Suresh

Miré el reloj de la mesa del despacho por octava vez, o bien había conseguido echar atrás el tiempo como Hiro Nakamura, o este reloj iba muy lento, porque los minutos me parecían horas. Apenas faltaban diez minutos para las ocho de la mañana. Molly se acababa de despertar, y por suerte todavía eran las vacaciones de navidad, por lo que no tenía que preocuparme de llevarla al colegio.

Mi única preocupación en aquel momento era la visita del agente del FBI. Tenía bastantes razones para estar nervioso. Sin contar que estaba cuidando a una niña de diez años, que era testigo federal, sin tener la custodia legal. Había cometido bastantes tropiezos con la justicia. Había conducido a Sylar, sin quererlo, hasta dos de sus víctimas.

Dalia Smither e Isaac Méndez.

Había encubierto la muerte de Peter Petrelli pero aquello era agua pasada porque (¡Gracias a todos los dioses del panteón Hindú!) aún seguía vivo. También había encubierto el asesinato del hombre de la compañía, ese tal Thompson. En parte también creía que era responsable de la muerte de Eden McCain, es decir de Sara Ellis. Y creo que no se me olvidaba ningún crimen que hubiese ocultado. Tenía la sensación de tener escrito en la frente, con un letrero luminoso y parpadeante, la palabra "ENCUBRIDOR". Y que mi armario estaba a rebosar de esqueletos.

Intentaba repasar los detalles de mi declaración anterior. Tal vez el FBI había dejado de considerarme un testigo y había decidido ascenderme a la categoría de sospechoso. Según los periódicos en los cuales había salido a la luz el caso Sylar, el FBI carecía de pistas que condujesen al asesino.

—La agente del FBI está viniendo para acá. Está subiendo en el ascensor. —dijo Molly restregándose los ojos y me giré en redondo intentando entender lo extraño de la situación.

—¿Conoces a esa mujer? —le pregunté. Ella asintió, y yo me encontraba con el estomago aun más revuelto que antes.

«¡Aquello era estupendo!» pensé con ironía. Solo faltaba que encontrase a Molly y acabaría directamente con los huesos en la cárcel.

—Escóndete en tu habitación —le dije tranquilamente, aunque la voz se me quebró—. No hagas ningún ruido. Y no escuches.

Me arrepentí inmediatamente de haber dicho la última frase.

Pedir a un niño que refrene su curiosidad es algo imposible. Molly ya estaba en su habitación cuando el timbre de la puerta sonó. Aunque ya sabía de su llegada con antelación, eso no impidió que mi corazón empezara a latir con mayor rapidez. Abrí la puerta y observé a la recién llegada. Tal vez había sido por mis temores, o por la impresión que me había llevado con su llamada por teléfono. Pero en mi mente me la había imaginado, más bien como un ogro. En cambio era atractiva, más de lo que me esperaba. Rubia con el pelo corto, ojos oscuros, y la cara salpicada de pequeñas pecas. En cambio la imagen de una celda cerrándose, borró de mi mente aquella agradable impresión.

—Supongo, que usted es el señor Suresh. ¿Cierto? —preguntó la mujer al tiempo que enseñaba su identificación del FBI antes de cruzar la puerta. Al parecer estaba empezando a parecerse al ogro que había esperado.

—Si… soy el Señor Suresh… esto Mohinder Suresh —dije medio tartamudeando.

«Tranquilízate, Mohinder» me decía a mí mismo. La agente entró echando un vistazo al apartamento, me pareció que su gesto no era nada casual, sino que se fijaba en cada detalle que componía mi despacho. Se giró en redondo y me miró a los ojos, mientras yo me sentía como un insecto examinado por un entomólogo a través de una lupa.

Le ofrecí un asiento y algo de té de manera educada. Pero ella rechazó la bebida al tiempo que se sentaba en el sillón y sacaba un bloc de notas.

POV: Audrey Hanson

—Según parece hizo una llamada al FBI el doce de octubre del año pasado, asegurando que un tal Sylar había asesinado a seis personas de esta lista —dije mientras le entregaba una fotocopia de la lista. Mohinder asintió con la cabeza y tragó saliva.

—Sí, es cierto. Seis personas de esta lista murieron a manos de Sylar —contestó—. Aunque en aquel entonces el FBI no parecía saber nada de este psicópata —exclamó con un tono cortante, casi acusador.

—Bueno, eso es porque el nombre del asesino no se divulgó por todas las oficinas del FBI. Si los detalles del caso se divulgaban públicamente, podían aparecer imitadores indeseados —le expliqué inmediatamente, aunque no percibió el doble sentido de aquella afirmación. Suresh parecía estar nervioso por algo, removiéndose continuamente en su sillón, intentando tomar una postura relajada sin ningún éxito.

—¿De donde obtuvo el nombre de Sylar? —pregunté al tiempo, que me disponía a anotar sus palabras.

—Sylar, fue el objeto de investigación de mi padre, en su teoría de la evolución —empezó a decir aunque la garganta se le secó a media frase. Y tuvo que echar un sorbo de té. Yo le miré con cara interrogativa, intentando entender qué demonios quería decir—. Verá mi padre, al igual que yo, era genetista en la India. Desarrollo una teoría sobre la evolución humana —se paró para comprobar si yo tenía alguna pregunta.

—Continúe, por favor —respondí, empezaba a sospechar qué vendría a continuación. Eran más que sospechas, certeza.

—Detectó un rasgo genético especial, una aptitud mejor dicho, en el ADN de determinados individuos, gracias al Proyecto Genoma Humano.

—¿Una aptitud? —pregunté aunque ya apenas tenía dudas de lo que significaba.

—Bueno… sí, verá… mi padre creía que dichas alteraciones de ADN permitirían realizar logros extraordinarios —se paró a media frase, intentando coger aire para dar un salto al vacío. Un gran salto de fe—. Logros tales como la levitación, la telekinesis, la regeneración rápida de tejidos… —su voz se fue apagando a medida que hablaba. Y se me quedó mirando con el rostro expectante y a la vez suplicante. Yo había dejado de anotar pero seguía escuchando atentamente lo que decía.

—Ya veo… no me cree —dijo posando los ojos sobre la libreta.

—Le creo Señor Suresh —exclamé en un tono aséptico—. Le creo, porque he visto tales cosas.

No pensaba anotar nada de esto en el informe. El rostro de Suresh parecía estar tener un rictus entre la alegría, el recelo y la incredulidad.

POV: Claire Bennet

—¿Del futuro? —pregunté asombrada.

Aquello sí que no me lo había esperado. De todas las cosas no-normales que había temido que apareciesen en California, en mi nueva vida. Aquello, sí era inesperado. La mujer asintió con la cabeza. Y se dirigió hacia mí. Yo retrocedí unos pasos cuando se me acercó tanto.

—Te tengo que poner a salvo. Recoge cualquier cosa que necesites y algo de ropa. Tengo una furg… —comenzó a decir aquella mujer.

—¿A salvo? ¿Irme? ¿A dónde? —le interrumpí saliendo de mi estado de estupefacción—. No pienso irme a ningún lado.

—Escucha —dijo con voz firme y algo me impulsó a obedecer, a escuchar cada una de sus palabras con total atención—. Estás en peligro. No sé cuanto tiempo me he adelantado a él. Pero sospecho que no es mucho. Haz rápido una mochila y te vienes conmigo.

—¿Por qué estoy en peligro? —pregunté, aunque me temía la respuesta. Al parecer la razón por la que aquella mujer estaba tan nerviosa, era debido a la llegada de alguien aquí.

—No tengo tiempo para tonte… —empezó a decir y se volvió hacia mí, mirándome de arriba abajo—… Duérmete. —mandó con la misma voz firme de antes y de pronto todo se volvió oscuro.