Bueno, después de un tiempo vuelvo con el segundo capitulo de esta historia.

Espero que os guste.

Dislaimer: Los personajes de Magic Kaito y Detective Conan no me pertenecen.


Capitulo 2: Corazón roto.

Habían pasado doce años desde que aquellos inocentes niños se conocieron. Aquel fue el primero de muchos encuentros.

Ahora aquellos pequeños tienen diecisiete años y, como todos los domingos desde que se conocieron ambos estaban allí, en aquel claro, esperando por el otro.

Ambos habían cambiado físicamente después de tanto tiempo, pero no sus sentimientos.

Aoko era bastante más alta, pero aún conservaba ese pelo alborotado, aunque algo más largo, pasándole los hombros para ser más concretos. Vestía un hermoso vestido azulado que por delante le llegaba a las rodillas, mientras que por detrás arrastraba. Como decoración, la zona superior del pecho era de color amarillo, también llevaba unas botas sueltas del mismo azul que el vestido. Sus alas habían crecido un poco, pero seguían siendo igual de blancas.

Kaito también había crecido bastante. Ahora le sacaba una cabeza a la chica. Su pelo alborotado seguía igual. Vestía una camisa negra y unos vaqueros del mismo color. Sus alas eran bastante más grandes y, también mucho más negras.

Aún así, a pesar de los años ellos no habían dejado de verse nunca, a sabiendas que las relaciones entre sus especies estaban totalmente prohibidas.

La que se llevaría la peor parte si llegaran a ser descubiertos sería Aoko, por ello era mucho más disimulada a la hora de salir de su reino.

Esto era sabido por Kaito, el cual para protegerla de la ira de los suyos seguía ocultando sus alas cuando estaban juntos.

Ese instinto de protección había ido creciendo durante esos años. Él lo sabía, que ese instinto no era meramente amistoso…Eso era amor.

Lo sintió cuando la vio y, como consecuencia ese rojo subió por sus mejillas. Y lo confirmó al pasar los años, cuando se dio cuenta de que ese dolor en el pecho cuando ella no estaba no era una simple enfermedad, era tristeza por no poder estar con ella, no poder estar con su ángel y, por ello se prometió que algún día el se declararía, para poder saber sus sentimientos y, si fuera correspondido huir juntos.

Y para suerte o desgracia ese día había llegado.

Sentía los nervios a flor de piel y, la sonrisa que ella le dedicaba no ayudaba mucho.

Llevaban ahí un par de horas. Ella como de costumbre estaba apoyada en su hombro con los ojos cerrados y con una sonrisa adornando su rostro, disfrutando de estar con su amigo, su primer y más querido amigo.

Él por el contrario se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer, dándose ánimos.

De repente ella abrió los ojos, para seguidamente levantarse.

— Bueno ya es la hora Kaito. He de volver a casa. — dijo con una sonrisa triste por la despedida.

— Esto…si…ya es tarde. — corroboró con la voz entrecortada.

— Kaito, ¿te ocurre algo? Te veo muy rojo, ¿no tendrás fiebre? — preguntó poniéndose de puntillas acercando su frente a la de él para notar su temperatura.

Kaito estaba paralizado al tenerla tan cerca. Quiso acercarse a sus labios y besarla, pero se contuvo. No podía hacerlo sin su aprobación. Por ello armándose de valor la separó de él para volverla a acercar, esta vez abrazándola por la cintura y, colocando su cabeza en su hombro, expulsando su aliento agitado por los nervios contra su cuello. Desde ahí pudo sentir como ella temblaba levemente, eso significaba que ella también estaba nerviosa.

— Kaito…¿qué estas haciendo? — cuestionó con nerviosismo en su voz, no esperaba ese acto tan espontáneo del chico.

— Algo que llevo queriendo hacer desde hace años. — contestó con voz dulce, separándose de su cuello para poder encararla sin romper el abrazo.

— ¿Qué quieres decir? — interrogó cada vez más nerviosa. Sentía que su corazón latía con fuerza y, como su pulso aceleraba.

— Llevo años sintiendo por ti algo más que amistad, llevo años queriendo decirte…que te amo, que estoy loco por ti y, que deseo estar todo el tiempo por el que vivamos junto a ti. Tener una familia contigo…

Aoko a cada palabra sentía que un calor se apoderaba de sus mejillas, como si toda la sangre de su cuerpo se hubiera agolpado en sus pómulos.

No sabía que hacer, su cerebro no reaccionaba, solo podía escuchar las palabras que ese demonio al cual amaba decía solo para sus oídos y, ella seguía paralizada, queriendo decir todo, pero a la vez nada.

Ella sabía que no podía decir aquello que ambos deseaban, porque eso significaría que serían duramente castigados, ya que los demonios no podían enamorarse de los ángeles. Y para su desgracia ella era uno. Así que tragándose todos sus sentimientos y, sabiendo que ella misma estaba acabando con su felicidad decidió hablar con una voz fría y dura unas palabras que se clavarían en los corazones de ambos como puñales.

Se alejó de él con la cabeza bajada para que no viera sus ojos, ya que ellos la delatarían.

Kaito al verla temió por su respuesta más de lo que ya lo hacía, temió que ella se alejara de él y por ello la volvió a abrazar aún más fuerte intentando sentir su calor, el cual ya había desaparecido y sido sustituido por un frío tan gélido como el hielo. Eso significaba que ella estaba triste o enfadada. Sabía esto gracias a un libro que había leído sobre los ángeles.

Recordaba como todos sus amigos lo llamaron raro al querer saber cosas sobre esos seres `` repugnantes ´´.

En ese momento deseó no haber leído tal cosa.

— Suéltame — demandó ella aún con la cabeza baja y, con un tono por el que el más valiente de los demonios huiría despavorido.

— No te vayas, por favor. Da igual si no sientes lo mismo, es más te entiendo, ¿quién podría querer a un despreciable demonio como yo? — expresó abrazándola aún más fuerte, si es que eso era posible.

— Nadie — respondió ella en un todo todavía más frío, intentado que ninguna de sus lágrimas contenidas cayeran. — Nadie en su sano juicio podría querer algo contigo, jamás, mucho menos un ángel como yo que tiene pretendientes en cada parte de su reino y, que además tienen hermosas alas blancas y no negras.

Esas palabras fueron demasiado duras para el joven demonio que soltó a la joven y, empezó a dejar caer gotas saladas que resbalaron por sus mejillas para terminar cayendo de la barbilla al suelo, excepto una que fue a parar a la mano de Aoko.

A la muchacha le rompía el corazón verlo así, pero sabía que eso sería lo mejor para él.

Necesitaba olvidarla y enamorarse de una de su propia raza para conseguir ser feliz, aunque eso a ella le doliera más que nada, ya que ella sabía que jamás estaría con alguien que no fuera el chico al que acababa de hacer llorar.

Con el corazón en el puño se dio la vuelta y se fue volando rápidamente para que él no oyera sus lamentos ni viera la humedad en sus ojos, lo que reflejaba lo que realmente sentía.

El joven sin embargo se quedo en la misma posición, totalmente quieto.

En un momento dado levantó su cabeza mirando la dirección por donde el ángel se había ido.

Una mirada de odio sustituyó a los tristes ojos llorosos, mientras que sus alas se elevaban y, un aura negra rodeaba su cuerpo.

"Como pude ser tan imbécil. ¿Enserio creí que ella me querría? Le he dado mi corazón y ella lo ha roto sin miramiento alguno".

Esa frase se repetía una y otra vez en su cabeza, pero aún así no podía sentir odio hacia Aoko, y sabía porque, claro que lo sabía estaba loco por ella, loco por esa mujer que le había demostrado que había un mundo más allá de las creencias de sus especies. Pero sus palabras seguían en su mente, esas palabras tan duras y crueles que habían conseguido hacerlo llorar por primera vez.

Era una traición hacia su pueblo, pero el la seguía amando. Todo ese odio por su rechazo fue atribuido hacía los ángeles, los cuales crearon esa ley y, obligaron a los suyos a aceptarla con mentiras, y encima se supone que ellos eran los buenos.

Con esos pensamientos en mente marchó hacia su hogar, jurando venganza hacia aquellos por los cuales la chica le había rechazado. Y prometió olvidarse de ella, estar con otras, pero en su interior sabía que no podría hacerlo jamás.

Fin 2