Disclaimer: Solo me pertenece la idea y los recursos para llevarla al papel, en este caso, al documento.

Después de no recibir un solo RR, traigo el 3º capitulo, y ya sí que no subo más de este fic hasta terminar Ilusiones o Recuerdos de un Corazón Roto xD


El Baúl de los Recuerdos


Cuando consiguió que el dolor de cabeza pasase lo suficiente como para tener el valor de hacer empanadas, no tenía ganas de hacerlas. Se apoyó en el mostrador, mirando aburrida la calle, la cual estaba distorsionada por la mugre. Suspiró, de nuevo, el Sr. Todd había estado todo el santo día mascullando, revoloteando y tirando cosas de un lado a otro de la barberia sin descanso. En ese momento se preguntó qué demonios le había llevado a fijarse en él de entre todos los hombres posibles.

En ese momento, un chico joven entró en la tienda cargando una bolsa de cuero.

-¡Un cliente! –gritó-. ¡Ey! ¿Dónde vas? ¡Tanta prisa! ¡Qué susto que me… -cogió aire-, dio! ¡Pensé que era un ladrón! –salió del mostrador y cogiéndolo de los hombros le sentó-. ¡Un minuto, siéntese, por favor! ¡Sí…!

-Sra. Lovett –llamó una voz grave desde la puerta, ella se dio la vuelta enfadada. No le gustaba dar a los escurridizos clientes (más que los gatos) el chance de irse-. Creo que el cartero no ha venido por un pastel –daba la impresión de que se burlaba de ella, lo cual era escalofriante.

-S-sí, así es, señora. Solo quería traerle esta carta –se la dio en mano y salió corriendo. Ella resopló.

-Era un posible cliente –regañó al barbero. Miró el remite y si abrirla siquiera, la tiró al pequeño horno.

-¿De quién era? –preguntó. No le gustaba la idea de que la Sra. Lovett tuviese cartas, eso significaba que tenía contactos. Y si tenía contactos, él podría ser descubierto fácilmente.

-A usted no le importa –cortó de mala leche.

-Sra. Lovett…

-¡De mi hermana, pesado! –chilló-. Ahora váyase a su habitación a rumiar como toda la mañana mientras yo hago la comida –dijo enfurecida y roja de la rabia. Él se fue.

Cualquier día lo agarro por el cuello y le doy cinco vueltas a la cabeza –pensó ella, haciendo lo propio con la bolsa de la harina. Y apenas llevaban dos días.

Después de hacer una sopa –que tenía pinta de todo menos de sopa-, subió con dos platos a la habitación, la cual el Sr. Todd estaba restaurando (no se sabe muy bien para qué).

-Le traigo la comida, Sr. Todd –dijo ella, entrando por la puerta.

-A partir de ahora –dijo él-, llame a la puerta antes de entrar.

-Sí, señor –contestó ella, dejando el plato en el tocador.

-¿Por qué trae dos platos? –inquirió él.

-Bueno, pensé que tal vez le agradaría un poco de compañía a la hora de…

-No. Como solo. Váyase.

-Sí, Sr. Todd –dijo, comiéndose las ganas de decirle que aquella era su casa. La casa de ella.

Bajó de nuevo al emporio y allí empezó a comer.

Tal vez era cierto. Tal vez no era más que una temeraria adolescente con ganas de evadirse de la realidad. Al fin y al cabo, estaba enamorada de un hombre 16 años mayor que ella, (que además podría ser su padre) y que estaba obcecado en vengarse del hombre más poderoso de toda Londres. Se mordió los labios. ¿Y si se lo decía? Tal vez la apreciase aún más, o tal vez la repudiase… Podría poner de escusa que ella no confiaba lo suficiente en él como para decírselo… No, imposible. Estaba segura de que la mataría sin vacilar.

Con otro suspiro de remordimiento, cogió el plato y lo metió en el balde de los platos sucios. Pensó que sería buena idea echarle una "ojeada" al baúl de los recuerdos. Entró en la habitación paralela a la del Sr. Todd –no sin esperar que no la escuchase entrar- y echó un rápido vistacillo.

Estaba todo oscuro, lleno de polvo y con la mayoría de los muebles roídos por el tiempo y los ratones. Escuchó el correteo de uno que le indicaba que no se había equivocado de animal.

Encendió una vela y miró alrededor. En aquella habitación no había ventanas, así que olía mucho a viejo, a cerrado y a humedad. Dejó el candelabro en un tocador y se acercó al escritorio. Abrió el primer cajón. Estaba lleno de cartas y papeles, pero lo que le llamó la atención fue el viejo portarretratos que se ocultaba al fondo. Quien quiera que hubiese estado allí no había tenido el suficiente tiempo de esconderlo lo bastante para que pasase desapercibido.

Quitó el polvo con un soplido –y el polvo se le metió en los ojos- y abrió el portarretratos frotándose los ojos.

Allí, en aquellas dos fotos, había una mujer rubia con un bebé en brazos. En las pequeñas chapas de abajo se podía leer:

Lucy y Johanna Barker

Recorrió el polvoriento cristal con sus dedos.

-Así que así eras, vieja loca… -susurró, mirando a Lucy.

-¿¡Qué hace aquí!? –gritó una voz a su espalda.

-¡Sr. Todd! –exclamó, cerrando de golpe el portarretratos y escondiéndolo en su espalda-. ¡Me ha asustado!

Avanzó rápidamente por la habitación y le quitó el portarretratos. Se había enfadado mucho y ella pudo notarlo.

-No. Vuelva. A. Entrar. Aquí –advirtió, señalándola con el dedo en cada palabra. Se estaba conteniendo las ganas de matarla allí mismo-. Tenga un respeto por los muertos. Fuera.

-Yo solo…

-¡He dicho que se vaya!-gritó, ella se fue corriendo.

¿Qué mal había hecho entrando allí? Solo había mirado un viejo portarretratos y revuelto algunos cajones…

Frustrada y aburrida, se sentó en la sala y cogió un vaso de ginebra (¿Cómo no?) y empezó a beber. Quedó inconsciente después de la segunda botella.

Frustrado y cansado por la sobreexplotación que había inundado su mente, decidió bajar a disculparse con la Sra. Lovett. Al fin y al cabo, ella no tenía la culpa de ser una adolescente-y-casi-adulta mujer con las hormonas alteradas que le hacían cometer locuras. Y al fin y al cabo, aquella era su casa, no la de él, ella tenía todo el derecho de ir a donde le placiese. De todos modos, había decidido quedarse el portarretratos, la cual era otra razón para bajar y pedirle permiso –esperando no molestarla-.

Entró en la sala y se sorprendió –aunque no debería- de verla tumbada en el sofá. Pero lo que le escamó fue que no se moviese apenas un milímetro. Un poco asustado se acercó a tomarle el pulso, aunque no fue necesario porque enseguida vio la botella tirada al lado. Suspiró y la cogió en brazos. Apenas las 3 de la tarde y ya inconsciente. ¿Pero qué tenía esta mujer en mente?

La llevó lentamente hacia su habitación en el segundo piso y la dejó en la cama. Luego salió y bajó las escaleras a la sala, para cruzarla e irse a su propia habitación.

Adultas con hormonas revueltas…