¡Hola lectores! Ya sé que van a querer matarme por hacerlos esperar tanto por la continuación, pero aquí les traigo el siguiente cap lleno de emociones fuertes y embarazosas.

La verdad, me gustaría contarles un poco sobre mí, para explicarles porque me atraso tanto con los capítulos, y para que vayamos conociéndonos un poco mejor. En primer lugar, tengo 19 años y estudio la carrera de arquitectura, así que si alguien por aquí estudia lo mismo, me va a comprender cuando hablo de que NO TENGO NI UN PINCHE TIEMPO PARA MI MISMA… Me encanta el diseño tanto como me gusta leer y escribir, e intento en ambas cosas colocar mi marca personal. La verdad, comencé nuevamente con los fanfics, porque muchas personas me decían que tenía una manera interesante de contar las cosas, y ya que mi profesión será otra, pues al menos tenía que aprovechar esa "cualidad" en algo que me mantuviese entretenida. Normalmente escribo en las noches, porque es cuando mejor me viene la inspiración, o después de bañarme, porque tengo la extraña creencia de que las ideas me surgen "más frescas".

Bueno, por el momento eso es todo, más adelante les iré chismeando más sobre mí. De antemano les agradezco sus buenos comentarios sobre la historia. Su aceptación es uno de mis mayores motores para escribir.

En fin, espero disfruten este capítulo, gracias de antemano a los que van a seguir esta nueva historia, ¡los quiero!

Disclaimer: Los personajes de PoT no me pertenecen, pero la siguiente historia sí. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

El lado luminoso de la vida

Capítulo 3: La Visita

Sakuno se despertó con un insoportable dolor de cabeza. El olor a alcohol y desinfectante la hizo parpadear un par de veces, pues aún no caía en cuenta del lugar donde se encontraba. Se sentía débil y con la garganta seca. Se estiró en la cama donde estaba acostada y fue ahí cuando reaccionó. Estaba en el cuarto de un hospital. Se reincorporó de golpe, provocándole un estrepitoso mareo que la tumbó nuevamente en la cama.

‒hmp… Deberías quedarte quieta. –dijo uno voz gruesa desde una esquina de la habitación.

La ojirrubí se inclinó despacio, hasta que logró divisar una gorra blanca, con la letra "R" en la parte delantera.

‒ ¿Q-que, qué pasó conmigo? ¿Por qué…porque estoy a-aquí, en…en un hospital?

‒Te desmayaste en mi casa, tuvimos que traerte a este hospital porque no reaccionabas.

‒ ¿Tuvimos? –Preguntó de golpe, intentando recordar si habían estado con alguien más.

‒Sí, mi amigo Momoshiro condujo hasta aquí. –dijo, acomodándose la gorra, de manera que pudiese tapar su mirada.

Sakuno se sonrojo hasta las orejas, pensando que dos personas la habían visto en esa situación tan deplorable. En definitiva era la persona más patética de su ciudad.

‒Yo…etto…lo siento mucho, Ry…Ryoma-kun, solo he sido…una…una tonta carga para ti. –dijo con un nudo en la garganta, lo que más odiaba era sentirse vulnerable frente a otras personas.

‒Hmp… solo trata de no meterte en problemas. –musitó Ryoma, mirándola a los ojos, con su típica expresión fría y desinteresada.

Sakuno asintió con la cabeza, sus músculos comenzaron a relajarse, hasta sentir una leve incomodidad en uno de sus tobillos. Desplazó la vista hasta su pie y vio un pequeño bulto cubriendo parte de su pie y su tobillo. Intento moverlo y una punzada de dolor recorrió toda su pierna.

‒ ¡AUCH! –dijo en un pequeño gemido.

‒No deberías hacer eso, solo empeoraras tu pie –Le dijo el ambarino, con el ceño fruncido.

‒Yo, etto… lo…lo siento…es solo que…

Pero Ryoma ya se había dado la vuelta, como siempre, ignorando a las personas. Comenzó a caminar hacia la puerta, mientras metía sus manos a los bolsillos de su pantalón, buscando su celular, cosa que no encontró, solo la pulsera llamativa que se había encontrado en el parque. La tomó entre sus dedos para observarla, le parecía bastante bonita como para dársela a cualquier persona, pero antes de que pudiera seguir su camino, un pequeño grito por parte de Sakuno lo hizo girarse para ver que le ocurría. Su sorpresa fue verla con la boca abierta, las pupilas dilatadas y sus manos temblando.

‒ ¿De dónde sacaste eso? –le preguntó sin vacilar.

Ryoma quedó perplejo al ver su expresión. Frunció el ceño y la vio como si el objeto entre sus manos fuese la cosa más normal del mundo.

‒Lo encontré tirado en las canchas de tenis.

‒Pu…pues me pertenece a mí…Es…es mío. –dijo con la cara roja, y los ojos húmedos.

Ryoma parpadeó un par de veces, confuso con lo que acababa de escuchar. Hace unas horas ni siquiera sabía lo que iba a hacer con ese accesorio, y ahora hasta dueño tenia. Analizó la situación un momento, y comenzó a atar cabos: Sakuno había ido a las canchas buscando la pulsera y ahí se había topado con Atobe y Kintaro. Estaba a punto de decir algo, cuando la castaña lo interrumpió.

‒Fui a las canchas de tenis… solo para…buscar mi pulsera. No sabía que iba a causar tantos problemas. –cerró los ojos y suspiró, mientras una lágrima caía sobre su mejilla.

Sin saber por qué, al ver a Sakuno en ese estado, Ryoma sintió una especie de estremecimiento en su pecho, como si su corazón se encogiera. No supo cómo, pero caminó lentamente hasta Sakuno, tomó su mano y colocó la pulsera en su muñeca. En ese instante, sus miradas se encontraron, como dos imanes con cargas opuestas, Ryoma aún sostenía la mano de Sakuno, quien tenía las mejillas sonrosadas, sus respiraciones eran pausadas, mientras sus pupilas permanecían impávidas, sin parpadear.

‒ ¿Interrumpo algo? –dijo una voz varonil, con una sonrisa pícara y un cierto tono de burla.

En ese instante Ryoma apartó la mano de Sakuno, quien había inclinado su rostro, apenada por la extraña escena que había vivido, mientras que el ambarino acomodaba su gorra, para que esta tapase su rostro. "Hmp" fue lo único que salió de sus labios.

‒Bueno, tengo buenas y malas noticias para ti Sakuno. –Dijo Momoshiro, mientras se acercaba a la susodicha. ‒Lo bueno es que no te tendrás que quedar más en el hospital, hablé con los doctores y me dijeron que hoy mismo te puedes ir, pero la mala noticia es que tendrás que guardar reposo por dos semanas. Afortunadamente no te torciste ningún hueso, pero si tienes un esguince, y debes cuidar que no empeore. –Sonrió de manera amistosa, mientras le entregaba la orden de alta del doctor.

‒Gracias Momoshiro-san. –dijo haciendo una leve reverencia.

‒No hay de qué. Puedes llamarme Momo si quieres. Toda amiga del Ochibi es mi amiga también. –dijo desordenando el cabello del ambarino.

‒Etto…muchas gracias…pero...Ryo…Ryoma y yo… -Estaba tan avergonzada que las palabras no le salían de la boca.

‒Ella no es mi amiga. –musitó el ambarino de manera cortante, girándose para salir de la habitación. Se estaba sintiendo muy extraño en ese lugar.

‒Oye Ryoma, no tienes por qué ser tan cruel con Ryuzaki ¿Qué acaso no ves lo mal que se encuentra? –dijo con el ceño fruncido, a veces su amigo podía ser demasiado imbécil con las personas, especialmente con las chicas.

‒Hmp, como sea.

‒Etto…Momo-senpai… ¿Cómo sabes mi nombre? –pronunció la castaña, apenada porque nunca llegó a pensar que uno de los chicos más populares de su escuela la conociera.

‒ ¡Cómo no voy a conocerte Sakuno! Si eres mi vecina de en frente. –dijo Momo soltando una carcajada. Le parecía gracioso la inocencia de la chica. ‒ Por cierto, yo podría darte un aventón a tu casa, en caso de que nadie pueda venir a recogerte.

Sakuno dudó un segundo. Le apenaba muchísimo aceptar la propuesta de Momoshiro, pero no tenia de otra. Ninguno de sus padres podría llegar a recogerla y por sí sola no podría ni siquiera ponerse de pie.

‒Etto… pues... te lo agradecería mucho Momo.

‒ ¡No se diga más!... Ryoma es ho... –Momoshiro se sorprendió al no ver a Ryoma en la habitación. –Nunca va a cambiar. –dijo suspirando, mientras buscada una silla de ruedas con la que pudiese trasladar a Sakuno hasta el estacionamiento.

Sakuno y Momoshiro salieron del hospital, y se sorprendieron al ver a Ryoma recostado en el auto de su amigo, con cara de pocos amigos, como era de costumbre.

‒Pensé que te habías ido. –dijo con ironía su amigo, mientras que el ambarino solo se limitaba a lanzarle miradas de odio.

Mada mada dane. –fue lo único que salió de sus labios.

‒Deja de ser inmaduro y ayúdame a subir a Ryuzaki al auto. –dijo a punto de golpear a Ryoma. A veces el joven de cabellos verdosos podía ser un verdadero dolor de cabeza.

Ambos jóvenes tomaron de los hombros a Sakuno, y la ayudaron a subir al auto, de manera que su pie no se golpease con los asientos delanteros. Minutos después, se encontraban conduciendo por las calles nubladas de la ciudad, rumbo a la casa Ryuzaki. Nadie había pronunciado palabra alguna desde que habían salido del hospital. Por una parte Sakuno se sentía totalmente incómoda con la situación en la que se encontraba: había perdido su amuleto de buena suerte, unos matones tenistas la habían acribillado, causándole un esguince en su tobillo, el chico más popular de su escuela la había salvado de que le hicieran algo peor, la llevó a su casa, y por si fuera poco, hasta al hospital, y para hacer las cosas aún más dramáticas, Ryoma había encontrado su amuleto… ¿QUÉ CLASE DE MALDICIÓN HABIA CAIDO SOBRE ELLA?

Por otra parte, el joven de cabellos verdosos tampoco la estaba pasando de maravilla. Se sentía extrañamente inquieto, sus palpitaciones eran más agitadas de lo normal y hasta el hambre se le había quitado, cosa que no era común en él. Este día había sido uno de los más raros de toda su vida.

Ambos jóvenes salieron de su trance justo cuando Momoshiro detuvo el auto frente a la casa de Ryuzaki, a quien sacaron del auto haciendo todo un teatro, pues no sabían exactamente como tomar a la joven castaña sin lastimarla o tocarla en partes muy vergonzosas para ambos. Al final, nadie salió herido ni apenado, excepto Sakuno que se sonrojaba cada vez que su piel rozaba con la del ambarino. En ese momento se sentía como una chiquilla de 12 años. Mientras caminaban hacia la puerta, Sakuno se percató de la presencia del auto de su padre, estacionado a unos cuantos pasos de la entrada, pensó que tal vez se había tomado un momento para almorzar en casa, tal vez verla a ella y charlar… Que completa estupidez.

Estando ya en la puerta, y justo cuando Momoshiro se disponía a tocar el timbre, un fuerte portazo desde dentro de la casa retumbó en los oídos de los tres jóvenes, seguido de gritos y sollozos. De repente la puerta de entrada se abrió, dejando ver a un hombre de unos 46 años, con la mejilla izquierda enrojecida, cargando unas maletas pequeñas en ambas manos. El susodicho abrió los ojos al ver a los desconocidos, pero más al ver a su hija usando muletas, abrió la boca pero nada pudo salir de sus labios. Sakuno lo veía impávida, sorprendida por el aspecto de su padre, le parecía más viejo de lo que era, pero sobre todo, más cansado y meditabundo. Fueron tan solo unos segundos en los que padre e hija se dedicaron la primera mirada sincera en años, hasta que el contacto visual se detuvo, el señor Ryuzaki caminó lentamente hacia su auto, metió las valijas en el asiento trasero, se introdujo en el área del piloto y arrancó como si su vida dependiera de ello, produciendo las llantas un sonido estridente mientras se deslizaban en el pavimento, producto del agua de lluvia.

Segundos después apareció Sumire, con los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas. En cuanto vio a su nieta, soltó un pequeño grito de asombro, seguido de la típica verborrea de quien mira a alguien lastimado.

‒ Pero Sakuno… ¡Qué diablos pasó contigo!

‒Na…nada abuela… es solo qué… -En ese instante dudó si contar o no lo que había sucedido. Cómo le iba a explicar que casi es golpeada por una banda callejera de maniáticos, todo por haber perdido su pulsera favorita, y que gracias a que caminó bajo la lluvia hacia la casa de un muchacho (prácticamente desconocido) se refrió y tuvo que ir al hospital. Eso definitivamente era una historia de locos que preferiría mantener en secreto.

‒ Lo que sucedió fue que, Sakuno venia caminando hacia su casa y debido a la lluvia, pues no se percató de un charco y resbaló. Por suerte, mi amigo y yo íbamos pasando en el auto justo a la par de ella, y al ver que no se podía levantar, la llevamos con un doctor para que la revisara. Pero no se preocupe, no es nada grave. –dijo Momoshiro con una de sus mejores sonrisas, en su afán por tranquilizar a la señora, que ya se había puesto pálida.

Sakuno suspiró aliviada. Al menos esa historia era mejor que involucrar violencia y hablar con desconocidos.

‒Sakuno, ¿Eso es verdad? –preguntó Sumire, no muy convencida de la historia.

‒S-sí, abuela, tu sabes que a veces puedo ser bastante torpe. –dijo tratando de no tartamudear y sonar lo más convincente posible.

‒De acuerdo… Bueno, es mejor que entres a la casa, no quiero que te refríes aquí afuera. Gracias muchachos… ustedes son… -dijo Sumire, intentando saber el nombre de los salvadores de su nieta.

‒Momoshiro Takeshi, para servirle… Él es mi amigo Ryo…

Pero no pudo terminar la frase porque el ambarino ya no estaba. Tanto Sakuno como Momo, buscaron con la mirada a Ryoma, pero no lo encontraron, hasta que el pelinegro lo divisó dentro de su auto, profundamente dormido. Ryoma, tu nunca vas a cambiar, ¿no?...Fue lo que pensó, mientras se disculpaba con la anciana por los malos modales de su amigo, y se despedía de ambas, deseándole a Sakuno una pronta recuperación. Momoshiro estacionó su auto frente a la casa de los Ryuzaki y casi tuvo que cargar a Ryoma para bajarlo del auto y hacerlo entrar en su casa.

Mientras tanto, tres mujeres yacían silenciosas sentadas en la sala, de alguna manera esa se había vuelto la única manera de comunicación, el saber interpretar el silencio de cada quien. Sin embargo, uno decidió armarse de valor y desatar sus dudas.

‒ ¿Qué ha pasado con mi padre? –Preguntó la castaña, cabizbaja y con la voz quebrada. Su familia ya estaba rota desde el inicio, pero eso no significaba que ella se sintiera cómoda con ese estilo de vida.

‒ Se largó, nos abandonó, se fue y nos dejó aquí sumergidas en esta porquería de vida que tenemos. –dijo de manera tajante Sakura, esta vez no se iba a tragar nada, aunque eso lastimara los sentimientos de su hija.

‒ Creo que era innecesario decirlo de esa manera Sakura. –reclamó Sumire, estaba preocupada por como reaccionaria Sakuno ante todo esta situación.

‒ ¿Innecesario? ¡¿Sabe acaso cuántas veces yo quise largarme de esta maldita casa y no saber nada de su hijo?! ¿Sabe cuántas veces tuve la oportunidad de ser feliz con alguien que realmente me valorara? No, no sabe, porque usted solo sabe juzgar desde afuera, pero no sabe lo mal que la hemos pasado aquí, e indirectamente fue culpa de usted y de mis padres, por obligarnos a vivir una vida de mentira, una en la que debíamos ser la familia perfecta, donde yo me quedase en la casa, haciendo los quehaceres y cuidando a los niños, mientras él se iba a trabajar y regresaba puntual a las 7:30 para cenar. Pues no, esa no es la vida que yo quería… ¡Yo tenía una profesión! Y amaba lo que hacía, pero ustedes echaron a la basura mis sueños, y los de su hijo también, el problema es que él, justo cuando vio que el barco se hundía, escapó, a los brazos de otra mujer y de otra familia… ¡Sí! Otra familia, que él ya tenía desde hace mucho tiempo, una familia que él si quería... –Las lágrimas empapaban las mejillas de la madre de Sakuno, su voz ya estaba ronca y sus ojos enrojecidos de toda la rabia que llevaba acumulada en su corazón.

‒ Sa… Sakura… Yo no sabía… Él... –Sumire se encontraba boquiabierta, pues no tenía idea de que su hijo tenía una amante, y menos una segunda familia con esa mujer.

‒ Pues sí, así que por favor, no venga a reclamarme lo mala madre o esposa que he sido, si yo desde un principio no quería casarme con su hijo, mucho menos quería tener una hija con él.

Después de esa última oración, Sakuno no pudo contener un gemido de dolor, ya no podía negarle a sus ojos ni a su corazón las ganas de llorar. Ella siempre supo que no era precisamente una hija deseada por sus padres, pero escucharlo de esa manera tan fría, de la mujer que la trajo al mundo, eso sí era demasiado para ella. A como pudo, se levantó de su silla, y camino directo a las escaleras. Gracias a los medicamentos que le habían dado en el hospital, todavía se sentía adormecida y el dolor en el pie era casi imperceptible.

‒ ¡Sakuno espera!… -dijo Sumire en un intento por detenerla, no podía permitir que su nieta se quedase sola, con todo ese dolor reprimido.

‒ No abuela, yo no tengo por qué estar escuchando todo esto… Además, puedo subir las escaleras por mi propia cuenta, no soy tan débil como lo era cuando tenía ocho años.

Entonces, ha como pudo, subiendo escalón por escalón, llegó hasta su habitación, cerró con llave la puerta y lloró toda la noche. Maldiciéndose por haber nacido, por ser tan débil, por no ser la hija que sus padres hubiesen querido tener… Lloró por su mediocridad, pero sobre todo, lloró porque, aun sabiendo de antemano todo lo que su madre había confesado, aun después de tantos años le seguía doliendo, tanto como la primera vez que lo escuchó.

Por su parte, Sakura pensaba hacer lo mismo que su hija, para variar, tenía una migraña insoportable y lo único que quería hacer era dormir, pero la voz de su suegra la detuvo.

‒ Ahórrese el sermón suegrita, suficiente tengo con el dolor de cabeza como para que venga usted y…

Pero no pudo terminar la oración porque los brazos cálidos de la anciana la tenían rodeada en un abrazo. Hace mucho que nadie la abrazaba.

‒ Perdóname Sakura, por favor, perdóname a mí ya mi esposo, que en paz descanse, sé que cometimos muchos errores, sé que nunca nos tomamos la molestia de acercarnos a ustedes y preguntarles qué es lo que realmente querían hacer con sus vidas. No sabes cuánto me arrepiento de no haber sido una buena madre para mi hijo ni para ti, nunca te aconseje, solo me dediqué a criticar sus errores sin ver que nosotros éramos los causantes de eso.

La joven madre se desplomó en el suelo, la verdad, muy en el fondo, se encontraba rota en mil pedazos desde hace mucho tiempo, y realmente anhelaba esas palabras de apoyo. Ella nunca tuvo a una madre que pudiese ayudarla a tomar decisiones y saber que ahora Sumire la apoyaba la reconfortaba mucho.

‒ Gracias Sumire… De verdad aprecio mucho todo lo que intenta hacer por Sakuno, y aunque mis palabras hayan sido muy crueles, nunca he querido el mal para ella.

‒Lo sé… Por eso quiero proponerte un trato.

/

El día auguraba un clima cálido, con un cielo azul y pocas nubes en el firmamento. Pero en la habitación de una ojirrubí todo era gris y frío. Se despertó con tos y temperatura alta, lo que le hizo pensar a su abuela se había resfriado por la lluvia del día anterior, e indirectamente por haber llorado toda la noche. Así que decidió no mandarla a la escuela, se quedaría lo que fuese necesario cuidando a su nieta hasta que su malestar, físico y emocional, fuese menos pesado para su frágil corazón.

Tomó un delantal y se dispuso a limpiar la casa, que ha decir verdad lucia como un lugar abandonado desde hace mucho tiempo. Desde ahora las cosas serían diferentes, hoy empezaban una nueva vida para todo.

/

Mientras tanto, en Seigaku ya todos sabían en incidente de Ryoma Y Sakuno, gracias a un pelinegro demasiado extrovertido que se había encargado de difundir el rumor por toda la escuela. Ese día las miradas se posaban más constantes en el ambarino, que maldecía cada vez que podía a su amigo y a su gran bocota.

‒Oye Ryoma, ¿Si me torciera el tobillo, también me llevarías a tu casa y me cuidarías como a una niña pequeña? –decía una chica rubia, alta y esbelta, haciendo un puchero, mientras se sentaba a la par de Ryoma, quien se encontraba descansando de la práctica en las bancas frente a las canchas de tenis.

A lo lejos se escuchaban las risas de los demás titulares del equipo de tenis, quienes se carcajeaban por los comentarios incómodos que las féminas no habían parado de hacerle a su amigo. Que gran idea la de Momoshiro de difundir el rumor.

‒ Mada mada dane… -Fue lo único que pronunció, para luego levantarse e irse del lugar.

Este sí que había sido un día muy ajetreado para el joven tenista de cabello negro con reflejos verdosos. Primero todas las chicas se le habían pasado insinuando más de lo normal, su casillero estaba repleto de números telefónicos de chicas (y algunos chicos) con las direcciones de los mismos y notas como "ven a visitarme cuando quieras" "¿Si me enfermo vendrías a cuidarme a mi casa?" "La semana que viene mi casa estará sola" "Hay un chico que me molesta demasiado, ¿no quisieras darle una paliza también?" Pero el colmo habían sido las 18 llamadas de su exnovia (bueno en realidad nunca la consideró como una novia, más bien como alguien con quien había aceptado salir un par de veces) pidiéndole regresar… Definitivamente estaba harto de la secundaria, lo único que quería era irse a su casa y dormir hasta el día siguiente. Pero justo cuando estaba saliendo de la escuela, unos gritos ensordecedores le hicieron girarse para dedicarle una mirada endemoniada al dueño o dueña de semejantes chillidos.

‒ ¡Príncipe Ryoma! ¡Príncipe Ryoma! –gritaba una chica de coletas, mientras corría hacia el ambarino con un par de cuadernos y libretas en ambas manos. -¡Aaah! Gracias al cielo que te detuviste… Necesito pedirte un favor. –Dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

‒ ¿Tú quién eres? –dijo de la manera más arrogante posible. De seguro era alguna de esas locas que lo habían estado acosando todo el día.

‒ ¿Cómo no sabes mi nombre, príncipe Ryoma? Soy Tomoka, llevo las clases de Historia en tu mismo salón –Dijo la castaña frunciendo el ceño, imitando a alguien molesto ‒Como sea, al igual que toda la escuela, escuche los rumores de que ayer fuiste a la casa de mi mejor amiga Sakuno y pues, se supone que yo debía llevarle los trabajos que los maestros asignaron el día de hoy pero la práctica de las porristas se adelantó y no puedo faltar… ¿Podrías pasar por su casa y llevarle las tareas por mí? –Dijo haciendo un puchero, como método para convencerlo.

‒ No. Ese no es mi asunto, y ya déjame en paz.

Estaba a punto de retomar su camino pero la insistente joven se puso en frente de él y sin saber cómo le tiró los libros y cuaderno hacia la cara. Gracias a sus buenos reflejos pudo atraparlos todos sin que le cayeran encima. Cuando se incorporó, Tomoka estaba ya a unos pasos de distancia de él.

‒ ¡Te juro que te pagaré este favor Príncipe Ryoma, no me defraudes!

Y terminado esa oración, salió corriendo despavorida en dirección al gimnasio, donde eran las prácticas de las porristas.

‒ Maldición. –musitó el ambarino, acomodándose su típica gorra, y caminando en dirección a la casa de la ojirrubí. Este día todo había girado en torno a esa chica de la que ni siquiera podía recordar bien su nombre. –Como sea, solo le daré los estúpidos libros y me iré.

Para Ryoma, esa visita era una completa pérdida de tiempo, él solo quería llegar a su casa y dormir, luego comer, posteriormente entrenar un rato, y luego volver a dormir; no obstante, lo que el joven no sabía era que, estaba evitando a toda cosa relacionarse con la joven de ojos rubí, simplemente porque cuando estaba cerca de ella se sentía intranquilo, como si fuese la única persona en la faz del planeta. No le gustaba sentirse de esa manera.

Decidió distraer su mente pensando en sus nuevas tácticas de juego, en sus meses se llevarían a cabo los torneos intercolegiales de tenis, y si lograban clasificar y vencer a todos los de su distrito, podrían llegar a las nacionales, lo que le daría muy buenas referencias para la universidad a la que quería ingresar dentro de dos años. Este año no cometería los mismo errores de hace cuatro años, esta vez tenia lo necesario para llevar a Seigaku hasta las nacionales.

Iba tan inmerso en sus pensamientos que no se percató el momento exacto en el que llegó a la puerta de la casa de los Ryuzaki. Tocó el timbre, pero no recibió respuesta, lo volvió a tocar una, dos tres, cinco veces pero al parecer la casa estaba vacía. Estaba a punto de irse pero una voz desde dentro de la casa lo hizo reconsiderar la idea. Segundos después la puerta se abrió, mostrando a una Sakuno levemente sonrosada, con el cabello amarrado en una coleta de caballo y su flequillo tapándole la mitad de su ojo izquierdo, llevaba una muleta bajo su brazo, lo que podía explicar la tardanza. Ryoma no podía dejar de verla, se veía tan pequeña e indefensa, que casi inmediatamente un sentimiento de intranquilidad se apoderó de él. Se acomodó la gorra para que no se notase en su rostro lo inquieto que se sentía.

‒ ¿Ry...Ryoma? ¿Qué… qué ha-haces…aquí? –dijo con la extraña tartamudez que se apoderaba de ella cuando hablaba con el joven de mirada gatuna.

‒Tu amiga loca… Me pidió que te trajera esto. –musitó mostrándole los cuadernos y libros que Tomoka le había encomendado. Se supone que son tus deberes.

Sakuno parpadeó un par de veces, Tomoka no le había avisado ni nada de eso. Se sentía avergonzada, porque conociendo a su amiga, y lo poco que había podido ver a Ryoma, podría intuir que la joven de coletas le obligó a ir hasta su casa y darle esos libros. Eso la hacía sentir mal, puesto que últimamente solo era una carga para los demás, y desde ayer Ryoma había tenido que hacer cosas por ella, definitivamente era una tonta, debía encontrar una manera de agradecerle por haberle ayudado.

‒Bueno… Creo que ya me voy.

‒ ¡No, espera! –La castaña se armó de valor para no tartamudear demasiado con lo que iba a decir. –Estaba pensando…pues… es que, bueno, tu-tú me has ayudado mucho…y pues... pues… quizá quisieras quedarte a cenar …digo, solo….solo si quieres… es que…pues… -La cara de Sakuno estaba más roja que un tomate, nunca en su vida había invitado a un chico a su casa, y menos a comer. De seguro Ryoma pensaba que era una tonta.

Ryoma se iba a negar, la verdad esa extraña sensación en su interior seguía persistente y parecía no irse, pero su estómago lo delató, y soltó un pequeño "rugido", y para evitarse más vergüenzas, aceptó la invitación, además… Solo tenía que cenar e irse, no tenían por qué conversar o entablar alguna plática.

El interior de la casa de los Ryuzaki era muy acogedor, tenía un aire fresco, como en los primeros días de primavera. Se sentó en un sillón de la sala, la casa al parecer estaba vacía, porque no se escuchaba ningún ruido más que los pasos de Sakuno que parecía dar vueltas de un lado a otro. ¡Que chica más fastidiosa!, pensó el ambarino; a pesar de tener un esguince no paraba de caminar. Ryoma la veía serio, al parecer traía de la cocina una bandeja con aperitivos, observaba cada movimiento de la joven, los cuales eran torpes debido a su mal estado. De pronto, mientras se acercaba a Ryoma y le ofrecía un bocadillo, la joven castaña se tropezó con uno de los sillones, haciendo volar la bandeja por el aire, junto con unos panecillos, mientras caía, ante los ojos de Ryoma, en cámara lenta, quien no tardó ni dos segundos en levantarse para evitar que esta impactara contra el suelo, pero lo había hecho demasiado tarde, y no pudo mantener el equilibro, cayendo al suelo, amortiguando el golpe para Sakuno. La ojirrubí mantenía los ojos cerrados, esperando que apareciera algún dolor en su tobillo, pero nada, ni en su brazo, ni en su cabeza; no sentía ningún tipo de molestia. Abrió los ojos para encontrarse con la mirada penetrante de Ryoma, tan intensa que parecía un agujero negro a punto de tragársela. Las puntas de sus narices chocaban provocando un sonrojo cada vez más fuerte en sus mejillas, sentía los ojos húmedos de la vergüenza pues nuevamente había sido una molestia para Ryoma.

Mientras tanto, Ryoma solo la observaba, percatándose de lo fino que era su rostro. Quiso moverse un poco, pues la rodilla de Sakuno estaba lastimando su entrepierna, pero su movimiento lo único que hizo fue acercarlos más, al punto que sus labios estaban casi rozándose, sus respiraciones eran pausadas y sincronizadas, y Sakuno ya no sabía si su temperatura era a causa de la fiebre o del estado en el que se encontraba, definitivamente esta no era su idea de "cena" para agradecer a Echizen todo lo que había hecho por ella, sin embargo, lo que Sakuno no sabía era que Ryoma estaba disfrutando de la situación más de lo que ella imaginaba.

/

Continuará…

¿Qué les pareció? :D

No me pueden negar que esto último no les hizo al menos sentir cosquillas en el estómago, si yo, que lo estaba escribiendo no para de reír y llorar al mismo tiempo.

Ya sé que me dilate un poquiiito en actualizar el fic pero es que hasta ahorita pude liberarme de mi rutina universitaria. Les agradecería mucho que dejen un comentario, chiquito o grande, de cómo les pareció el capítulo, y pues también me gustaría saber su opinión sobre si quieren escenas Ryosaku así, más melosas, ya saben, muy románticas, o escenas un poco menos cursis, no sé. También me gustaría saber su opinión sobre la trama, si les parece aburrida o interesante, es que tengo muchas ideas pero me gustaría saber cómo lo ven hasta el momento.

Bueno, me despido, no sin antes desearles un lindo día (o noche), nos leemos en el próximo cap… Les quiere, Nad.