Bulma se despertó en su cama. No tenía idea de cómo había llegado hasta allí o de qué hora era. Dos golpes más en la puerta la levantaron de la cama. Apenas vestida con una blusa de tirantes y la ropa interior, abrió la puerta a cualquiera que la molestara. Se encontró con la cara sonriente de Yamcha justo delante de ella y todo volvió a ella.
—No había semillas con el maestro Karim —dijo dando un paso hacia el interior de la habitación.
—¿Cómo te fue en el entrenamiento? —preguntó Bulma fríamente, cortándole el paso para que no entrara a una habitación a la que ya no tenía derecho a entrar.
—Me fue bien. Siento que estoy haciendo muchos progresos.
Bulma no esperó más mentiras triviales para confirmar lo que ya sabía. Le cerró la puerta de la habitación en la cara. Se cubrió la cara y los ojos con las manos. En verdad estaba comenzando a llorar demasiado.
—¡Bulma! ¡¿Qué te pasa?! —gritó Yamcha del otro lado de la puerta.
¿Qué le pasaba? Ella también se lo preguntaba, y mucho, desde hacía tiempo. ¿Qué le pasaba alrededor de Vegeta? ¿Qué le pasaba alrededor de Yamcha? ¿Qué le pasaba que no podía concentrarse en la cumbre de tecnología a la que aún no se inscribía?
—¡Bulma! ¡Abre la puerta!
Bulma se enfureció por millonésima vez en el día. Bien, si el cretino infiel quería que le abriera la puerta; lo haría. Abrió la puerta con furia y sólo para enfrentarlo.
—¿Qué entrenamiento? ¡Te vi con otra chica, Yamcha! Estabas abrazado a ella y mintiéndome por teléfono.
—¡¿Me estabas siguiendo?! —se atrevió a sonar ofendido al responder.
—No, dejé de seguirte hace mucho tiempo —soltó ella fríamente.
Sintió la fuerza de Yamcha en los hombros cuando la sostuvo. Era fuerte… y estaba poniéndose agresivo. Su lógica lo comenzaba a abandonarlo para dejar sólo su cuerpo reaccionar, y era el cuerpo de un guerrero. Aún sabiendo que debería calmarlo, no podía contener la rabia y la humillación que ese le había causado.
—Todo esto es un malentendido —siguió él—. Es la hija de un maestro que me puede entrenar…
—¿Entrenar en qué? —preguntó sarcástica—. ¿A superar tu temor por las mujeres?
Bulma supo que se había pasado de la raya cuando Yamcha alzó la mano para golpearla.
—Oye —sonó la voz autoritaria de Vegeta. Ambos voltearon a verlo. ¿A quién le había hablado?—. Arregla la máquina de gravedad, y de paso aumenta su poder.
Bulma puso cara de no creérselo. En absoluto.
—¿Es que no vez que estoy a la mitad de algo?
—Yo estoy a la mitad de mi entrenamiento y no voy a permitir que tus ridículas peleas sentimentales lo arruinen.
—¿Ridículas? —dijo sin creérselo. Era lo peor que le había pasado en la vida y él… ¿lo llamaba ridículo?
Vegeta se quedó en su lugar, cruzó los brazos demandante y cómo si sólo esperara a que lo obedeciera, gruñó su insistencia.
—Si fueras la mitad de bueno a cómo crees ser, sabrías controlar tu fuerza y no destruirías la maquina cada semana —provocó para desquitarse.
—Si fueras la mitad de eso que te la pasas diciendo ser, la maquina duraría más de una semana —respondió.
Oh, eso la había ofendido en serio.
—No quería tener que decirte esto así —interrumpió Yamcha de mal humor—; pero me voy a un viaje para entrenar. Como intentaba decirte, ella es la hija de un maestro que me puede ayudar mucho. Si no confías en mi, tal vez deberíamos darnos este tiempo para… dejar que te calmes y podamos terminar esta conversación. Mi viaje va a ser un poco largo. Espero que estés calmada para entonces.
Bulma comprendió al fin lo que hacía, lo que siempre le hacía. Le echaba a ella la culpa de fallas que él cometía y ahora ¿él le proponía que se dieran un tiempo?
—Llévate tus cosas, Yamcha —dijo ficticiamente calmada—. Vas a necesitarlas para cuando regreses de tu viaje. Si lo necesitas también, te puedo presentar a un corredor de bienes raíces.
—¿Me estás corriendo? —preguntó incrédulo.
—Estoy terminando contigo —respondió fríamente.
—Pero que…
—¿En serio esperas que me crea tus excusas? ¿Qué excusas tienes para la mujer que me cree tu hermana?, ¿para las que me creen nadie? Y ¿para las otras?
—Bulma, te estás confundiendo…
—Vete a entrenar —interrumpió—, yo tengo una máquina que arreglar —terminó, se volteó a Vegeta y habló suavemente—. Vegeta, vamos a ver esa máquina, ¿quieres?
Bulma siguió a Vegeta, ambos en silencio, hasta llegar a la nave y de allí al mecanismo. Ella fue directamente a la caja de herramientas y la acercó a los controles de la consola. Desmontó el panel principal y siguió los cables con la mirada.
—¿Qué es lo que no funciona? —dijo tratando de controlar los sentimientos remanentes en su voz.
—400 de gravedad se sienten apenas como la mitad.
—¿No será que tu cuerpo se acostumbró ya a todas esas atmósferas de gravedad? —preguntó mientras metía la cabeza dentro de la máquina.
—La máquina está mal —repitió y tomó asiento en el piso de la nave viendo la consola con una orden silenciosa.
Bulma suspiró con fastidio. La "elocuencia" del simio la dejaba teniendo que revisar todo de la maquina; bueno, no todo, admitió para ella: la pantalla digital servía. Metió el cuerpo hasta la cintura entre los cables y comenzó a revisar cada unión, cada recubrimiento de cables, cada calibración.
Lo que parecieron horas después, apenas había encontrado suciedad en algunas partes y una necesidad mínima de mantenimiento general. Le faltaba revisar un 30% de los mecanismos, pero su espalda dolía por la posición en la que se había mantenido, los ojos le ardían con las lágrimas que había derramado sobre su trabajo y la furia había dejado paso a una recriminación silenciosa.
Tenía que cambiar el rumbo de sus pensamientos.
—¿Hace cuánto no estás con una mujer? —preguntó naturalmente con la cabeza metida aún en la máquina y bufó una risa que no tenía nada de diversión—. Acabo de terminar con mi novio y me siento como si no hubiera estado con un hombre en años.
Cuando Vegeta no le dijo "vulgar" ante su comentario sacó la cabeza y volteó a verlo extrañada. Se topó entonces con una mirada que jamás le había visto al sayajin. Y, esta vez, no tenía duda alguna de qué significaba esa mirada. Él deseaba una mujer. Tal vez incluso la deseara a ella.
Rió más nerviosa que feliz y volvió a prestar atención al trabajo. Cambió el tema de inmediato.
—Ya sé que no te importa, que soy ruidosa y que me comporto como un hombre —dijo con resentimiento—. Que sólo te importa el entrenamiento y —su voz se cortó con el llanto que creía haber superado—… y que… el arreglo tendrá que esperar hasta mañana. Pero quería darte las gracias. Sé que no nos interrumpiste para evitar que Yamcha me golpeara, pero tú evitaste que me golpeara. Gracias, Vegeta.
Bulma sacó al fin la cabeza del pequeño cubo que tenía todos los cables y circuitos del mecanismo y se sentó en el piso. Veía el panel del generador de gravedad contrariada sin saber si era que su mente no estaba concentrada en el trabajo en absoluto o si era la máquina la que no tenía nada, no podía encontrar el malfuncionamiento en ella. Quería que la maquina le dijera qué estaba mal con ella. Con cualquiera de las dos.
—No he encontrado qué está mal… ni siquiera con la máquina.
Cuando se iba a levantar del piso para irse a la cama, sintió los brazos de Vegeta a su alrededor. Se tensó de inmediato. El contacto humano era una de las cosas que más disfrutaba, pero jamás había sentido tanto de Vegeta. Ni de esta forma.
—¿Vegeta? —preguntó sorprendida con un hilo de voz.
A toda respuesta, Vegeta cubrió su boca con la mano y la recostó sobre su torso. Toda su espalda se sentía calentándose por el calor del cuerpo ajeno. Hasta ese momento se dio cuenta cuánto frío tenía, y enseguida recordó el cómo estaba vestida. Tras la pelea con Yamcha había olvidado siquiera ponerse pantalones.
De inmediato se sintió extremadamente consciente de su desnudez parcial y trató de cubrir algo de su cuerpo. Estaba segura que Vegeta le había permitido mover los brazos para lograrlo, porque jamás le ganaría en fuerza. Tal vez se lo había permitido por otra razón, pensó cuando sintió la mano derecha de Vegeta vagar por su cuerpo. La izquierda aún la sostenía en contra del torso masculino.
Se descubrió respirando profundamente y, cuando la mano de Vegeta llegó a sus piernas, permitiéndole un fácil acceso.
Sintió a Vegeta soltar una ínfima risa pegando sus labios a la piel del cuello. La sensación de su respiración en la piel le recordó aquella electricidad proveniente de su cuello y no pudo evitar curvar la espalda hacia él. El toque de su mano sobre sus piernas era firme pero delicado al mismo tiempo. Subía lentamente por los muslos sólo para detenerse a unas pulgadas de dónde deseaba que estuviera. Entonces trazaba el mismo camino una vez más, subiendo casi nada y dejándola desesperada por su toque. Cuando sintió que los labios de Vegeta rozaban la piel del cuello, soltó un débil gemido de gozo. Movió la cadera para apresurar la mano de Vegeta. En vez de lograr su objetivo, la zurda del guerrero tomó su cadera para mantenerla quieta.
Ella se quejó débilmente queriendo más de lo que él le estaba dando.
Vegeta reacomodó sus cuerpos sobre el piso sin despegar la piel de espalda y torso que los mantenía unidos. Subió la mano de sus piernas hasta el vientre, siempre evitando tocarla en dónde ella deseaba ser tocada, y llegó a su pecho. Rozó el pezón sobre la ropa y usó las uñas para raspar delicadamente la piel de su clavícula.
El hombre la torturaba. Y a ella le encantaba.
Bulma le devolvió el gesto en la piel al descubierto de su pierna. Si quería que el hombre llegara al nivel que ella ansiaba ya, tendría que provocarlo. Vegeta soltó su cadera y usó la mano que había liberado para amasar suavemente su pecho. Bulma se pegó más a él para darle acceso total a su cuerpo. Sintió que él jalaba aire mientras la acomodaba para quedar con las piernas abiertas sobre una de las de él. Él dobló la pierna y, con su muslo ejercitado, la tocó dónde antes deseaba su mano. Con ambas manos él tomó sus pechos y jugó con los pezones mientras el calor en su cuerpo se volvía nuclear.
—Vegeta, por favor —suplicó necesitada—. Te necesito ya.
—Sé dócil un poco más —dijo con una voz ronca e increíblemente… sexy.
Bulma casi se corrió al escuchar esa voz tan cerca de su oído. Se volvía loca por la necesidad de tocarse ella misma; pero Vegeta le había pedido algo… lo que fuera que esa voz hubiera dicho, significaba que esto no estaba ni cerca de terminar. Vegeta la tomó por la cadera y él marcó el movimiento con el que ésta se frotaba contra su muslo.
Su cuerpo estaba completamente electrizado por dentro y estaba al borde de llegar a un orgasmo cuando él paró el movimiento. Pareció que la dejaba descansar unos segundos o que evitaba su liberación justo cuando llevó su mano a dónde más lo deseaba. Sobre la fina tela de algodón la provocó con caricias delicadas. Ella gimió y su cadera comenzó a moverse al ritmo de las caricias de Vegeta; a buscar un contacto más profundo. Antes que tuviera tiempo de suplicar una vez más por lo que le ofrecía, Vegeta apartó la tela de la ropa interior y separó la piel de sus pliegues con cuidado. Recostó su cabeza en el hombro del guerrero justo cuando sintió el primer dedo invadiendo su privacidad.
—Vegeta —suspiró.
Y él se movió diestramente dentro de ella. Segundos después se corrió violentamente pero Vegeta no la dejó ir; insertó un segundo dedo en ella y la hizo gritar de placer.
Cuando su cuerpo quedó laxo, aún estaba con la espalda pegada al torso de Vegeta. Era el mejor orgasmo que podía recordar haber tenido, y la forma en la que cada musculo de su cuerpo se tensaba un momento para relajarse de nuevo, lo probaba.
Tardó minutos completos en darse cuenta que Vegeta no había obtenido nada de eso. Entre sus nalgas sentía la erección del sayajin. Con la mano derecha buscó el miembro erecto pero la mano de Vegeta fue más rápida al detenerla.
—No —dijo parcamente.
—Pero… debe dolerte; puedo…
—Soy un guerrero sayajin. Puedo soportarlo.
—Puedo hacerte sentir mejor.
Vegeta le cubrió la boca de nuevo en un gesto de haber terminado la discusión y con la otra mano la pegó más a su cuerpo.
Bulma se quedó dormida poco después, sintiendo la fortaleza del hombre alrededor de su cuerpo. Apenas podía comenzar a preguntarse cómo y por qué habían terminado así.
.
Aunque se había quedado dormida entre los brazos de Vegeta, Bulma despertó en su cama. Sola.
La luz de la mañana se colaba por la ventana iluminando la habitación desorganizada. Bulma se cubrió los ojos con la mano y deseó no sentirse con tanta energía y poder dormir más. Su despertador sonó con la canción que siempre la despertaba y ella bailó a su ritmo aún entre las cobijas. Tenía trabajo por hacer y, por primera vez en mucho tiempo, éste la emocionaba. La máquina de gravedad tenía que ser arreglada.
Entonces recordó la noche anterior.
Ligeramente cohibida por lo que había sucedido entre ellos se preguntó cómo debería comportarse frente al sayajin. Tal vez lo mejor fuera no mostrar alguna debilidad ante el orgulloso y arrogante guerrero, acordó con ella misma. Tenía que ser ella misma, tenía que ser natural… tenía que comportarse como si no hubiera pasado nada entre ellos. De lo contrario, él lo vería como debilidad y, después de la noche anterior, lo último que podría soportar era el desprecio del hombre al que se había rendido en tres caricias y una especie de abrazo de hierro.
Vistió con el overol de trabajo y se contuvo para no correr a la cámara de gravedad como si esperara ver a Vegeta. Cuando entró a la nave, y la vio vacía de extraterrestres, se decepcionó. Fue hasta la consola que aún estaba abierta y terminó el trabajo en menos tiempo de lo que habría creído posible. Al final fueron unos cables los que causaban el error en el funcionamiento. Reemplazó ambos, dejó el sistema haciendo un reconocimiento de programas y, para cuando terminó, el sayajin no había vuelto aún.
¿Dónde estaría? Se preguntó justo antes de recordarse que debía comportarse como si nada hubiera pasado entre ellos; y pensar en él cada cinco minutos era, definitivamente, lo contrario.
Dejando atrás las reparaciones hechas, fue a su laboratorio a seguir con el desarrollo de la tela y la armadura del alien.
El tejido de la ropa resultó ser una mezcla de algo parecido al kevlar, algo parecido al látex y algún tipo de pelo animal; la armadura tenía los primeros dos elementos y su tercer elemento era algo parecido al hueso: una estructura molecular con espacios entre éstas pero sujeciones muy fuertes.
Ahora, el problema, era emular ese desempeño con materiales de la Tierra.
Usó una de sus supercomputadoras para hacer proyecciones del comportamiento de las moléculas de varios materiales terrícolas, pero ninguno lograrse amalgamarse como lo estaban aquellos en la armadura de los soldados de Freeza… ¿Y si hacía una nave e iba a buscar esa tecnología a algún planeta del espacio? Después de todo Freeza ya estaba muerto, ¿no? ¿qué tan peligroso podía ser?
Pero la tecnología la tenía frente a ella, era la materia prima de aquella de la que carecía.
—Oye, Bulma —sonó la voz de su mamá por el intercomunicador—. ¿Vas a venir a cenar?
¿Cenar? Se preguntó sorprendida. ¿Cuánto tiempo había estado trabajando? Miró el reloj en la pared. Aún podía trabajar unas horas más.
—El guapo de Vegeta va a cenar con nosotros, deberías bajar a…
—No tengo hambre —interrumpió a su madre y terminó la comunicación.
No podía darse el lujo de distraerse en ese momento.
Materias primas. ¿Qué podría usar para reproducir esas ropas? Un polímero que se expandiera, un material térmico, uno con la fuerza del kevlar… salvo los símiles humanos —que ya había comprobado no se amalgamaban— no tenía más opción que crearlos ella misma.
Una semana después esperaba verse la mitad de mal de lo que se sentía. Había estado tan obsesionada con crear esos materiales que no había dormido más de 12 horas en toda la semana y hasta se había olvidado del sabor de cualquier comida que no fuera café.
El resultado: tenía las materias primas que necesitaba. Y, con suerte, la tecnología que presentaría en la cumbre a la que aún no se inscribía.
Dormiría primero y luego, en dos días, tendría el primer traje para ser probado. Entonces se inscribiría en la cumbre, registraría el invento como propiedad de la corporación Cápsula y… pondría increíbles armaduras al alcance de los humanos. Sin haber dormido, no podía decidir si aquello era bueno o malo.
También lo dejaría para después.
Una vez en su cama, no pudo dormir. En dos días tendría el primer traje para que Vegeta lo probara y la idea la emocionaba. Quería saber el resultado de su arduo trabajo. Tendría que preguntarle a Vegeta cómo se sentía aquel material en su cuerpo y si resistía tanto como el anterior, o mejor aún, más que aquel. La imagen de Vegeta vestido en ese ceñido traje azul —color que adquirían los materiales amalgamados y no un capricho de alguna tintura— le hizo recordar el calor de ese cuerpo, la fuerza de sus brazos, la profundidad de su voz cuando excitado.
Cansada como estaba, no tuvo fuerza de voluntad para detener sus manos. Comenzó a recorrer la piel que él había tocado.
Acarició sus labios como Vegeta no había hecho, y bajó las manos lentamente a la clavícula que había raspado con las uñas; al pecho que había atormentado con una delicadeza de la que no lo habría creído capaz. En seguida fueron sus piernas. En todo momento recordaba las sensaciones que había producido en su cuerpo. Incluso intentó emular la tortura a la que la había mantenido con su testaruda espera.
No tenía esa clase de sadismo en ella.
Llevó su mano al centro de su cuerpo y jadeó sorprendida por su propia respuesta. Nunca antes había sentido tanto cuando ella misma se tocaba. Cuando recordó la forma en que los dedos del guerrero la habían invadido deslizó uno propio en su intimidad. Suspiró su nombre justo antes de correrse.
Encorvó la espalda y subió la cadera como invitando a su amante imaginario a seguir dónde ella se había quedado.
—Oye, la nave… —dijo Vegeta abriendo la puerta de golpe y viendo justo en su dirección.
Bulma se aterró, se avergonzó y se enfureció; todo en el mismo segundo. Sólo el ver la cara del guerrero sorprendida y sin palabras calló su grito. Cuando la mirada de Vegeta se encendió, un instante después, quiso avergonzarlo también para desquitarse.
—¿Quieres continuar donde me quedé? —preguntó con un descaro teñido de coquetería.
Vegeta cerró los ojos y suspiró como si una vez más hubiera perdido la paciencia con ella. Bulma cerró las piernas y se recostó de costado. Vegeta cerró la puerta.
Ella no sabía decir si era enojo o deseo reprimido lo que Vegeta sentía mientras la presionó al colchón. A un palmo de su rostro, el del guerrero la veía desde arriba. Su cuerpo presionaba el de ella con lo que parecía ser apenas una fracción de tantos músculos.
—Eres una mujer tan vulgar —susurró a su oído con una nota de frustración y dos de deseo.
Bulma sonrió ante la diferencia que había entre las palabras que decía y las reacciones que mostraba. Rodeó la cadera de Vegeta con una pierna y, con ella, acarició el camino desde su cadera hasta la pierna y de regreso en una clara invitación.
—Lo dices como si te fuera irresistible —provocó ella.
Vegeta rasgó la ropa de Bulma en un movimiento y atacó el pezón derecho con la lengua. Lo mordió con cuidado y sopló aire frío sobre él. Torturó el izquierdo entre el índice y el pulgar y Bulma fue incapaz de seguir provocándolo. Con sus manos, libres de la sujeción que antes habían tenido, fue por la camisa horriblemente rosa que le había dado a Vegeta. Él la había conservado y, lo peor, aún la vestía de vez en cuando.
Sin más pensamiento a la ropa de cualquiera de ellos, Bulma le ayudó a quitarse la camisa. En los segundos que él no estuvo sobre su cuerpo, sus miradas se encontraron. La mirada de Vegeta se veía concentrada, como si estuviera en medio de una batalla. Bulma le pasó las manos primero por los hombros, recorriendo sus cicatrices. Eran tantas que no pudo más que entristecerse por todo el dolor que representaban. ¿Qué historias contarían esas marcas en el cuerpo de alguien? ¿Cómo…
Bulma no pudo terminar su propia pregunta cuando sintió a Vegeta bajar hasta su intimidad. Mientras aquella noche en la nave había tardado lo que quiso en llegar hasta allí, esta no la hacía esperar. Se apartó de él en cuanto sintió algo cálido entre sus pliegues. Empujó la cabeza de Vegeta para alejarlo de su centro pero surtió el efecto opuesto. Las manos de Vegeta fueron a su cadera y la sujetaron con fuerza. Su respiración se entrecortó como la de una mujer inexperta y sus brazos perdieron fuerza cuando sintió la lengua de Vegeta enterrarse profundo en ella.
Su cuerpo se estremeció con un espasmo mientras se acostumbraba a esa extraña sensación que el guerrero le daba. Dejó de empujar la cabeza de Vegeta para alejarlo y enterró los dedos entre su cabello, ahora para mantenerlo justo allí. Su lengua la recorría por dentro y por fuera mientras ella gritaba que se detuviera y que no parara. Una de las manos de Vegeta vagó por sus nalgas y jugó con la piel de éstas justo antes de subir hasta la espalda baja. Acarició la piel de la cadera justo en la espalda baja, presionó aquel punto ligeramente primero y, mientras su lengua se movía más dentro de ella, él presionó más la piel en la espalda baja.
Bulma se corrió por segunda vez, ahora en la boca de Vegeta.
Vegeta se limpió la boca con la mano y llevó esta a los labios de Bulma, hasta tocarlos. Bulma sacó la lengua para lamer su propio sabor. Vegeta sonrió con malicia.
—Creo que terminé lo que empezaste —dijo antes de dar media vuelta y marcharse tan rápido como había aparecido.
Bulma bostezó antes de poder enfadarse con él y se acomodó en la cama como un gatito después de tomar un tazón de leche caliente.
Durmió mejor que nunca.
.
—¡Vegeta! —gritó enfurecida a los corredores de la casa.
Llevaba horas buscando al guerrero. No había estado en la nave entrenando como el poseso que era; no había estado en el jardín interior de la casa ni en la habitación que le habían preparado dese el día 1. La cual, por cierto, no parecía haber sido usada. Sólo restaba buscar en un lugar y, si no lo encontraba, tendría que aceptar que el simio ese había volado a cualquier parte del planeta para entrenar… sin avisar a nadie.
Antes de rendirse por completo, buscó en la única habitación en la que no había buscado aún: la bodega de partes mecánicas.
Cuando abrió la puerta de aquella, recordó aquellas veces en las que lo había encontrado ahí. Allí lo había visto como un príncipe reinando sobre escombros de un planeta; allí lo había visto con miedo tras un golpe, allí lo había visto como hombre solitario que obedecía a un traidor manipulador; allí lo había visto como el instrumento de un psicópata que lo hacía pagar una deuda por comida y una celda.
—¡Vegeta! —gritó de nuevo buscándolo.
El silencio de la bodega le respondió. Lo buscó en el piso por si estuviera dormido de nuevo y entonces se enojó por no encontrarlo. ¿Es que había decidido comenzar a jugar al gato y al ratón?
Regresó por el pasillo sólo para encontrarlo en su puerta. Estaba recargado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y con un gesto de fastidio en la cara. El mismo que ella debería tener en la propia.
—Te necesito en el laboratorio de inmediato —gruñó ella.
—¿Dónde estás cuando necesito que arregles la máquina de gravedad? —gruñó él al mismo tiempo.
—Te estaba buscando —respondió ella—. ¿Sigues durmiendo en la bodega? —preguntó ofendida.
Vegeta lanzó uno de sus sonidos de fastidio —marca registrada— y se dio media vuelta en dirección a la bodega
—Vegeta —lo detuvo ella—. Ya sé qué quiero de ti. Dijiste que no te pedíamos nada a cambio de comida y una celda; ya sé qué quiero de ti.
Bulma notó de inmediato como él se tensaba ante las palabras. No había tratado de causar esa reacción; y ésta le decía que tenía que cuidar lo que saliera de su boca en el futuro próximo. El sayajin estaba más lastimado por dentro de lo que su cuerpo estaba lleno de cicatrices.
—Quiero que duermas en una habitación, esa bodega no es para que duerma un invitado —explicó.
—¿Invitado? —gruñó Vegeta aún dándole la espalda.
Bulma le sonrió.
—¿Ya se te olvidó que yo te invité a quedarte? Vegeta; no eres un prisionero. Y, aunque te la pases entrenando, mi casa no son barracas de ejército. Eres mi invitado y una bodega no es para que duerma mi invitado.
Tras un sonido gutural, Vegeta caminó en la dirección opuesta a la bodega. Sin dejar que la viera, ella sonrió.
—No te debo nada —gruñó mientras pasaba a su lado.
—Ni yo a ti —respondió naturalmente—. Así que, ¿dónde nos deja eso?
Por supuesto, Vegeta no respondió.
