Dos meses después…

Se encontraba tumbada en el sofá de su casa. Era sábado por la mañana y se había quedado en la cama hasta pasadas las once. Después de dar vueltas y más vueltas entre las sábanas blancas de su cama se levantó y descalza anduvo hasta la cocina, donde le esperaba un plato lleno de pastelitos.

Era finales marzo y el tiempo aún estaba un poco revuelto. Hacía frío, de ninguna forma se podía salir a la calle sin llevar una chaqueta o un jersey para abrigarse, pero los días no eran tan fríos como habían sido anteriormente. Daba ganas de salir a pasear por la cuidad o perderse todo un día entero por algún parque natural en las montañas. Un día estupendo para pasar el día fuera de casa, pero sin embargo, ella se acababa de levantar y en ese momento no tenía ganas de hacer nada.

Tomó dos pastelitos del plato y se bebió un vaso de leche casi de un trago. A esas horas el estómago ya le pedía algo de comer.

La casa estaba vacía, quiero decir, solo se encontraba ella y no tenía la menor idea de donde habían ido los demás. Podrían haber dejado una nota en la puerta del frigorífico pero no, en esa casa todo iba así. No había horarios ni compromisos. Podrías estar saliendo por la puerta y no haber dicho nada y nadie te preguntaría a donde ibas.

A sus padres nunca les había gustado seguir las reglas, pero cuando tuvieron a los niños, tuvieron que hacer las suyas propias. Aunque todo esto duró hasta que los hijos fueron mayores y "responsables" según ellos. Lo cierto es que ninguno de los dos, tanto como ella y su hermano, nunca habían sido malos estudiantes ni adolescentes rebeldes. No se habían metido nunca en líos y solían mantenerse al margen de los problemas que ocasionaran los demás a su alrededor.

En resumidas cuentas, aquella mañana no hizo nada. Aparte de la cama y su habitación estuvo esperando al resto de la familia tumbada en el sofá del salón. Cuando el reloj marcó la una del mediodía el timbre de la casa sonó. Miren, que así se llamaba ella, se levantó del asiento y fue arrastrando los pies hasta la entrada. No hizo falta mirar por la mirilla de la puerta, a esas horas lo más normal es que fuera su madre la que llegara a casa. Efectivamente, era su madre. Iba cargada con bolsas de la compra y venía sofocada después de la caminata que había hecho. Su hija la ayudó con unas cuantas bolsas y las llevó a la cocina, dejándolas sobre la mesa.

Su madre, de cincuenta años recién cumplidos, dejó las bolsas restantes junto a las demás y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa de madera. Buscó algo en su bolso mientras Miren tomaba asiento a su lado y miraba en el interior de las bolsas de plástico.

— Me he encontrado con Juan— hizo una pausa para mirar a su hija, quién la miró con indiferencia—. Sí, hija. Juan, el amigo de tu padre— pero ni con esa breve descripción logró captar la atención de la joven—. Da igual. Lo importante es que he estado hablando con él de tus estudios y me ha contado sobre unas becas que da el ayuntamiento para que los jóvenes estudien en el extranjero mientras trabajan en algo para practicar el idioma.

— Espera—le interrumpió la hija mientras intentaba descifrar lo que su madre le estaba explicando—. ¿Quieres que me apunte a esas becas para poder irme a vete saber qué país a trabajar?

— Sí, bueno, no exactamente. No es que quiera que vayas, solo quería que lo supieras, es algo que vale la pena. Además a ti se te dan muy bien los idiomas y podrías estudiar una carrera a la vez que practicas el idioma.

A Miren no le parecía mala idea, podría ser una buena opción, de todas formas aún no había decidido qué era lo que quería estudiar y viajar a otro país no le desagradaba. También porque nunca había salido de su país y aquello era como una aventura para ella.

— No hace falta que vayas si no quieres…

— ¿Dónde tengo que ir a por la beca?—interrumpió a su madre quien se quedó aturdida ante la respuesta—.

— Si preguntas en recepción te dirán. ¿Estás segura de quererte ir?

— Si lo que te preocupa es si estaré bien a dónde sea que vaya la respuesta es sí. Soy responsable y creo que nunca te he ocasionado ningún problema.

— Tienes razón. Supongo que tengo que confiar más en ti.

Miren le regaló una sonrisa sincera antes de levantarse y salir por la puerta de la cocina. Esa tarde iría a informarse. Otro país, otra gente, otra aventura.