Nota: dado el planteamiento del fic y para facilitar su lectura, he dejado los diálogos que se producen "en el espejo" marcados en cursiva. Espero que se entienda bien.
Vigilancia
Discusiones a parte, habíamos llegado a un pacto.
Gold estaba convencido de que lo mejor era olvidarnos del espejo. Siempre lo había calificado como peligroso, así que la sugerencia no me sorprendió. No obstante, no confiaba lo más mínimo en que yo fuera a entrar en razón. Y con franqueza... hacía bien. Iba a asegurarme de que allí no había nada que buscar.
Así que como solución pacífica me concedió un plazo de tres días. Si después de ese tiempo no sucedía nada, el asunto quedaría zanjado. Si había algo de interés, me permitiría observar más. Y para asegurarse de ello, pasó gran parte de la vigilancia conmigo. Quizá sólo por el trato. O tal vez porque viendo que su propia vida podía estar entrelazada con la mía, le preocupaba qué pudiera descubrir.
En cuanto al tema de compartir cama, preferimos obviar la cuestión. En el escaso instante en que habíamos comentado aquel hecho, habíamos concluido que habría sido un acontecimiento aislado. Yo tenía mis dudas y sospechaba que él también, pero era la explicación más simple.
Y así las horas pasaron con rapidez, hasta que llegó el atardecer del tercer día. Regina, la del espejo, caminaba despreocupadamente por una calle casi vacía. No sabíamos dónde iba, pero mi interés había decaído.
- Este es tu último día, y lamento comunicarte que...
- Lo sé, lo sé...
Acepté que era probable que todo fuese tan inútil como parecía.
Me quedé contemplando a la mujer del espejo preparándome para la despedida. Y justo cuando me disponía a cubrirlo, surgió la imagen de alguien de la nada. Gold. La empujó y la condujo hacia una calle estrecha y solitaria. Estaba cerca de su tienda.
- ¿Evitándome?
Me costó encajar al Gold que yo conocía en aquel hombre. No es que no pudiera ser agresivo de ser necesario, pero no era su proceder habitual. Él era más frío, más sutil, más calculador. Bueno, excepto cuando perdía por completo los estribos.
La espalda de ella quedó contra la pared de un edificio. Pese a que unos dedos rodeaban su garganta, se mantenía en relativa calma.
- Tenía que encargarme de algunos asuntos – respondió con tranquilidad.
- Ya sé cuáles eran tus asuntos – replicó él. Estaba furioso. - Sea lo que sea que vayas a hacer, déjalo...
- ¿O qué? - le desafió.
La reacción me sorprendió. Parecía realmente segura de que él no le haría daño, como si alguna fuerza misteriosa se lo fuera a impedir.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en Gold. La amenaza que cercaba su cuello, desapareció resbalando sobre su pecho hasta desaparecer de nuestro campo de visión. Luego, un extraño remanso de paz en el que se sostuvieron la mirada retándose. Hasta que inesperadamente, los brazos de ella se aferraron en sus hombros, sus piernas cedieron ligeramente, y algo se llevó su aliento.
Con un gesto ordené al espejo que se alejara. Su mano había viajado bajo su falda perdiéndose entre sus muslos. Ella intentaba desesperadamente mantener la compostura.
No entendía qué pasaba. Casi ni la había tocado.
- ¿Qué demonios...?
Gold, el de mi lado, agarró mi brazo sin previo aviso. Lo rodeó con su mano y sentí un ardor encenderse bajo mi piel, ascendiendo atropelladamente hasta mi hombro y diluirse en mi pecho. Pese a que Gold me soltó, la sensación perduró.
- Es como hacer fuego – explicó sin apartar la mirada del espejo. - Pero creas calor, no llamas...
Me encontré a mi misma con expresión de sorpresa. Por un instante, me volví a sentir como la aprendiz que escuchaba a su mentor. La sensación era entre odiosa, y confortablemente familiar.
- ¿Regina? - escuchamos preguntar con superioridad.
Era una forma muy particular de ¿castigo? No estaba segura de nada. Seguir su relación era tan complicado, como tratar de entender el hilo de una película que está a medias. Lo único cierto, era que la teoría del "acontecimiento aislado" se había venido abajo. Estaban juntos de un modo más continuado.
Su mano presionó un poco más entre sus muslos. Ella ahogó un gemido en su hombro. Intenté imaginar aquel calor palpitante intensificándose por mi vientre. Quemándome y derramándose por dentro sin poderlo aliviar. Avivándose con cada segundo de contacto...
- Bastardo... - susurró aún sin aliento. - Acordamos... nada de magia.
- ¿En serio?
En una réplica idéntica a sus iniciativas, ella deslizó su mano por su entrepierna. Él cerro los ojos y apretó los labios. Segundos más tarde, con voz desencajada y el pantalón más abultado, aceptó una tregua.
- Está bien, nada de magia - cedió. - Ya había olvidado lo rápido que aprendes...
Ambos apartaron sus manos del otro, sin alejarse. Ella le atrajo hacia sí. Devoraban sus labios con la mirada. Casi podía sentir su desazón por tocarse.
Se escucharon murmullos de gente que se aproximaba.
- Tenemos que hablar. Ven a la tienda – sentenció él. E inmediatamente después, se escabulló dirigiéndose hacia allí.
Ella esperó unos segundos para recuperar la compostura. Se disponía a seguirle, cuando se detuvo un instante quedándose pensativa. Miró de frente, y la línea de sus ojos coincidió casualmente con la mía.
Vi que sonrió. Luego retomó su camino, y nosotros nos quedamos con miles de preguntas, que esperábamos responder de inmediato.
