CAPITULO III- EMPRENDIENDO LA MARCHA

Como había indicado su padre, Tauriel se encontraba ensillando a dos caballos.

Al verla no pudo evitar sonreír, hasta hacía poco ella había sido su única amiga. Y sentía una gran estimación hacia ella.

Se acercó a Tauriel sigilosamente. Esta se encontraba de espaldas a él, y cuando estuvo a una distancia precaria le dio un susto.

Tauriel dio un gritito ahogado de sorpresa mientras se giraba sobre sus talones a una velocidad de vértigo.

Legolas reía mientras la elfa, que ya se había recuperado del sobresalto, lo miraba con recelo.

-¿Te parece gracioso asustar a una dama?-Inquirió Tauriel intentando que su tono de voz sonara serio.

-Perdone mi lady, me dejé llevar por el impulso. Es usted toda una tentación para un hombre, ¿lo sabía?-Dijo guiñándole un ojo.

Ella sonrió ampliamente.

-No sabes lo que te he echado de menos. –Respondió mientras se lanzaba a los brazos del elfo, fundiéndose en un significativo abrazo.

-Yo también te he extrañado – Dijo el elfo en su oído, sin dejar de abrazarla.

Una vez se hubieron separado, la cara de la elfa se tiñó de preocupación.

-No tienes buen aspecto, no has dormido apenas… ¿cierto?

-¿Acaso importa?

-A mí me importa– Dijo Tauriel poniendo mala cara.

-Bien, pues eres a la única, a mi padre por lo visto no-Dijo el elfo compungido.

-Ya le conoces, dudo que tus horas de sueño conformen la mayor de sus preocupaciones…

-Sí, lo sé – Se lamentó Legolas.

-Podemos partir más tarde-Propuso Tauriel.

-No creo que eso fuera bueno idea… no me gustaría que nos retrasáramos.

-Oh vamos, no puedes presentarte en el concilio con estas fachas- Rió la elfa.

-¿Está intentando decirme algo señorita?-Espetó Legolas con una sonrisa de lado, y ambos estallaron en joviales carcajadas.

-No te vendría mal un baño, y apuesto a que un sueño sería más que reparador.

-Tal vez tengas razón… partiremos al medio día.-Sentenció con una sonrisa.

La elfa asintió devolviéndole la sonrisa, y juntos volvieron a introducir los caballos en el interior de sus respectivos establos.

Pocas horas más tarde, después de un merecido baño en las aguas del lago, ambos se tumbaron en la hierba mullida. Quedando sumidos en un profundo sueño. Ella apoyada en el pecho de él, como tantas veces habían hecho desde esa tierna edad que siempre perduraría en sus memorias.

Legolas abrió los ojos cuando el sol descansaba en lo alto del firmamento. A su lado, Tauriel seguía dormida. Tenía un aspecto angelical, una cálida sonrisa bailaba en su rostro. ¿Era capaz de despertar a un ángel? Debo hacerlo, se dijo con pesar, acariciando el pelo de la elfa.

-Despierta bella durmiente-le susurró al oído, y depositó un pequeño beso en su frente.

-¿Cuánto hemos dormido?-Susurró adormecida unos instantes después.

-Yo diría que lo suficiente para partir- Dijo Legolas con una gran sonrisa. A lo que ella asintió y el elfo le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

-Aún no ha llegado el día en el que no me pueda levantar sola-Dijo Tauriel rechazando la mano tendida hacia ella.

Legolas rió –No era mi intención ofenderla.

Los dos rieron mientras se dirigían de vuelta a los establos, donde se apresuraron a montar en sus respectivas monturas.

Ambos tenían un largo viaje por delante. Se apresuraron a partir por el sendero principal que cruzaba el bosque, el cuál conocían como la palma de su mano. Se habían criado juntos en estos parajes y habían aprendido el arte de las armas simultáneamente. Esto último fue gracias a la reina, ya que Thranduil no consentía que su hijo tratara con la primogénita de unos soldados. Pero así fue y ambos, Legolas y Tauriel, establecieron un gran vínculo basado en la amistad y en la mutua confianza.

-¿Sabes el tema del concilio?- Preguntó Tauriel cuando llevaban ya largo rato galopando.

-Mi padre no lo recuerda, o eso me ha dicho-Contestó Legolas mirando a su compañera fugazmente. A lo que ella asintió con un gesto de cabeza.

-No recuerda o no quiere recordar muchas cosas… ¿Crees que será importante?

-Thranduil ha dejado de prestar atención a todos los asuntos exteriores a sus territorios-Argumentó el elfo- Y estoy seguro de que lo es… Si no fuera importante no lo habrían convocado a él personalmente-Corroboró.

-¿Crees que Lord Elrond se tomará a mal que seamos nosotros quienes nos presentemos en su lugar?-Tauriel parecía preocupada.

-Si es a mi padre a quien requería, no sé cómo reaccionará ante nuestra aparición-Dijo Legolas en un tono pensativo.

-De todas formas, estoy segura de que de alguna manera Elrond sabía que Thranduil no se presentaría-Se apresuró a decir Tauriel.

-Sí, de eso estoy convencido. Lord Elrond se sorprendería más si fuera Thranduil quien se presentara y no nosotros- Rió Legolas. Y Tauriel lo hizo también, invadiendo el claro con sus risas musicales.

El tiempo pasó más deprisa de lo que les gustaría, y la tarde calló, dejando paso a la creciente oscuridad, precedida por un cielo estrellado de finales de verano.

-¿Tienes sueño?- Rompió el inalterado silencio el elfo- ¿Quieres que paremos a descansar? Yo haré guardia esta noche, si me lo permites.

Tauriel negó con la cabeza. -No deberíamos parar hasta llegar al Viejo Vado.

Legolas asintió conforme, tras pensar en diferentes inconvenientes.

-De acuerdo, tienes razón. Debemos recuperar el tiempo perdido, y sinceramente, el Bosque Negro no es un buen sitio para pasar la noche. No me encontraría a gusto durmiendo a la intemperie en este lugar.

-No, no lo es, es todo menos seguro por la noche, aunque antaño era mucho peor, pasar la noche aquí por aquel entonces era impensable.-Declaró la elfa intranquila por la creciente oscuridad.

Legolas, quién iba cabalgando detrás de la elfa se adelantó, colocándose a su lado para poderla mirar a la cara.

-¿Es miedo lo que refleja tu rostro?-Dijo entonces, algo sorprendido.

Ella lo miró dubitativa-¿Acaso tú no sientes una presencia? El aire está muy cargado. Noto peligro, un peligro al que no podemos enfrentarnos... Es extraño, nunca había sentido algo así.

Él la miró sin comprender, tratando de aguzar sus sentidos. Pero fue en vano, no sintió nada fuera de lo común.

-Apresuremos el paso-Insistió la elfa.

Y sin decir nada más, ambos espolearon con fuerza a sus caballos y siguieron recorriendo el camino que los separaba del vado a gran velocidad.

No aflojaron el paso hasta llegar a los lindes del bosque, donde se abría paso una gran pradera.

-Si seguimos a este ritmo llegaremos al Viejo Vado al alba- Informó Tauriel.

-Los caballos no resistirán- Dijo Legolas con pesadez.

-Llegarán –Afirmó Tauriel con una sonrisa consoladora.

De mala gana el elfo volvió a expoliar a su caballo albino, el cual relinchó con pesar y se puso en marcha sin pausar su carrera.

Tauriel lo siguió de cerca al instante, dándole una eficaz sacudida a su caballo, quien sin quejarse acató las órdenes de su dueña.

Los dos animales, uno blanco leonado y el otro negro azabache, se movían con distinguida elegancia por el camino terroso, elevando una capa de polvo tras ellos.

A medida que la noche crecía, la luna se alzaba en el firmamento como un faro en la creciente oscuridad, acechante a cualquier peligro, protegiendo al mundo de todas las sombras que se escondían tras el oscuro manto de la negrura.

Los dos jinetes de capas ondeantes cabalgaron durante el decurso de la noche. Sin pausa, sin descanso, llegando al vado antes de que los primeros rayos de sol despuntasen sobre la vigente oscuridad.

-Hemos llegado antes de lo planeado-Anunció el elfo.

-Hacía mucho que no cabalgaba. Thranduil me ha mantenido ocupada en otros asuntos- Comenzó Tauriel- Volver a hacerlo, a montar… es liberarte.-Terminó la frase sonriendo como una niña pequeña que ha conseguido lo que anhela.

-Lo es-Corroboró Legolas sonriendo a su vez-Descansemos por el momento.

Los dos estuvieron de acuerdo con la idea, por lo que desmontaron de sus monturas, atándolas a un pequeño árbol en las cercanías del río Anduin. Donde se encontraban.

El río borbotaba ruidosamente, creando una melodía singular e irregular que llenaba el ambiente.

Los dos elfos se tumbaron en la hierba húmeda de la orilla de las brillantes aguas, y mientras Legolas hacía guardia bajo el amparo de la noche, Tauriel era arrastrada al mundo de los sueños.

Los primeros rayos de sol llegaron hasta la pareja una hora más tarde, postrando ante su yugo a las sombras. Haciéndolas desaparecer, viéndolas dispersarse a medida que el brillante astro se hacía camino entre el cielo.

Legolas estaba sentado junto a la elfa, quien se hallaba sumergida en un profundo trance. Acarició su pelo rojizo dulcemente, para seguir deslizando sus dedos por sus mejillas, las cuales se encontraban coloradas. Y seguir su camino hasta sus labios, poseedores de un tono rosáceo que quitaba el aliento. Los rozó con la yema de los dedos, con gran delicadeza. De repente un ferviente deseo se apoderó de él, y sin pensarlo se inclinó hacia ella, cerrando los ojos, colocando una mano en su mejilla y juntando los labios a los suyos. Depositando en ellos un corto, pero dulce beso.

Tauriel despertó, y sus ojos se encontraron con los de él, los cuales se habían abierto de golpe.

Dos esferas azules la miraban, evaluando su reacción. La elfa no se movió, pero una pequeña sonrisa bailó en sus labios. Eso fue suficiente para que el elfo volviera a besarla, lentamente. Sus labios se movían coordinados, deslizándose sobre la superficie del otro, disfrutando el momento, profundizando el beso.

Tauriel pasó una mano por el pelo del elfo, acariciándolo, y luego la otra alrededor de su cuello. Haciendo que el beso abandonara su ritmo lento, transformándose en un beso salvaje, desenfrenado. Sus respiraciones acompasadas. Sus corazones desbocados clamando por más.

Todo sucedió muy deprisa, y tras unos segundos más Legolas se separó de la elfa, tumbándose a su lado en la hierba.

-Lo siento- Murmuró en un susurro- No sé qué ha pasado…

Tauriel asintió en silencio, sintiendo un gran peso oprimiendo su pecho. Repitiendo en su cabeza las palabras que acababa de pronunciar el elfo. ¿Eran ciertas?

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