CAPÍTULO 3: CONOCIENDO A LOS ENEMIGOS

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De los lujosos platos brotó la comida; en los jarros, el refresco. Había una infinidad de cosas: pavo asado, carne asada, pollo asado, carne de cordero al horno, chuletas de cerdo, salchichas, patatas asadas, fritas y cocidas, tocino, filetes, jugo de carne, de tomate, pastel de Yorkshire, papas hervidas, arvejas y zanahorias y un sinfín de ensaladas más. En unos pequeños pocillos había unos bombones de menta, quizá porqué.

La comida de Polly, su elfina, no era mala, pero tenía demasiado que envidiarle a la de Hogwarts.

Severus entusiasmado agarró el tenedor y empezó a servirse de todo en el plato. Con muchas ganas empezó a comer. Por lo menos, el principio del primer año en Hogwarts no estaba nada de mal.

— Hola —saludó un muchacho que estaba al frente de él y de Lucius —, me llamo Federic Zabini...

Mientras comían siguieron conversando de sus vidas. Severus tuvo que hablar de su padre, y eso no le hacía mucha gracia. También Lucius pudo entablar algo de conversación con unas chicas que estaban más allá, Narcisa Black y Bellatrix Black, una muchacha de párpados caídos, de pelo negro y morena.

Eran hermanas, y según ellas que también eran primas del niño con cara de sentirse superior a los demás, Sirius Black.

En un momento, aparecieron millones de fantasmas, y hubo uno que se paseo como si nada delante de la mesa de Slytherin, era excepcionalmente serio y la ropa la llevaba cubierta de sangre.

— Ése es el barón Sanguinario —dijo Narcisa mirándolo con recelo —. Nadie sabe como se cubrió de sangre...

Cuando todos los platos, copas, pocillos y jarros quedaron sin ningún rastro de comida, Albus Dumbledore se paró y pidió silencio con las manos.

— Ahora que todos están bien comidos, les daré unos avisos para que los tengan en cuenta en este año.

"Los alumnos deben recordar que el bosque que tenemos en los terrenos del castillo, está prohibido para cualquier tipo de paseo, hasta el más inocente.

"Nuestro conserje, Apollyon Pringle, me ha pedido que también les advierta de que no se puede andar corriendo en las escaleras, ya que podrían tener un accidente.

"Refiriéndonos al Quidditch, las pruebas de selección se realizarán, como todos los años, la segunda semana del trimestre. Los interesados (sólo de segundo año en adelante) para jugar en el equipo de sus casas deberán presentarse a la profesora Bonnie Rickman.

"¡Ahora que ya están informados, debemos el himno del colegio! ¡Que cada uno elija la melodía que quiera!

Dumbledore sacó su varita y la agitó, de ésta salió un rayo dorado que se posó delante de los alumnos y profesores para que todos lo pudieran ver, y después de unos segundos se transformaron en palabras.

— ¡Y uno, dos y tres! —exclamó contento el director.

Varios carraspearon y luego el Gran Comedor entero cantó:

Hogwarts, Hogwarts, Hoggy Warty Hogwarts,
enséñenos algo, por favor,
ya sea que seamos viejos y pelados
o jóvenes con rodillas roñosas,
nuestras mentes pueden ser llenadas
con algunas materias interesantes,
porque ahora están vacías y llenas de aire,
pulgas muertas y un poco de pelusa;
así que enséñennos algo que valga la pena saber,
hagan que recordemos lo que olvidamos,
simplemente hagan lo mejor, nosotros haremos el resto,
y aprenderemos hasta que nuestros cerebros se consuman.

Varios alumnos acabaron la canción en tiempos diferentes. Todos aplaudieron con entusiasmo.

— La música es bella... una de las magias más hermosas —dijo Dumbledore en tono soñador —. Ahora, que los prefectos de las casas dirijan a los alumnos a las salas comunes, buenas noches, ¡a dormir!

— La música es bella... una de las magias más hermosas —dijo Dumbledore en tono soñador —. Ahora, que los prefectos de las casas dirijan a los alumnos a las salas comunes, buenas noches, ¡a dormir!

Severus se paró junto con Lucius y siguieron a un chico y a una chica de sexto curso que decía "Sígannos, por aquí, por favor".

Todos juntos salieron del Gran Comedor y doblaron por un pasillo lleno de retratos, donde los retratados se movían de aquí y allá saludando a los estudiantes con entusiasmo.

Bajaron a un subterráneo húmedo y lúgubre, que estaba iluminado por grandes antorchas que producían un aire tétrico.

Llegaron a un trecho de muro descubierto.

— ¡Tenébricus! — dijo el prefecto y se abrió una puerta.

Entraron algo apretujados. Era una sala grande, larga, con el techo y muro de piedras. Del techo colgaban varias lámparas que iluminaban con un resplandor verdoso.

Había unos cinco sillones de piel de dragón y cerca de allí crepitaba una gran chimenea.

A Severus le fascinó el lugar. No sabía porqué, pero él pensaba que pertenecía allí. Avanzó, mirando cada rincón de la sala con anhelo y emoción.

— Por el lado derecho está la habitación de hombres —indicó la prefecta de Slytherin —, y por el izquierdo está el de damas. Así que ahora a la cama.

Sólo los de segundo hacia arriba hicieron caso, pero los de primer curso estaban ensimismados observando su sala común.

— ¡He dicho a la cama! —voceó algo ofendida la muchacha.

Severus se resistió a echarle el último vistazo al lugar, pero cuando subieron una escalera serpenteante que los llevó a su cuarto que decía "Primer año" se limitó a decirle a Lucius:

— Es el lugar más acogedor en el que he estado.

La habitación era amplia, tenía cinco camas con dosel de terciopelo verde, cinco pequeños armarios para colocar las cosas que desearan, y en una puerta se hallaba un baño para ellos solamente.

— Ya ves que puedo ser feliz, esto es lo mejor que me ha pasado— pensó Severus sintiendo un profundo odio hacia su padre, mientras se colocaba el pijama. Se acostó y sin querer hacerlo, se puso a pensar en su madre. Ya no sentía pena, pero le habría encantado de que ella estuviera viva, aunque siendo un poco más optimista volvió a pensar: — Pero mi mamá estaría feliz de verme aquí, porque estoy contento

— ¿Y tú, Severus? —preguntó alguien que hizo que despertara de sus pensamientos.

— ¡Ah! ¿Ah? ¿Yo qué? —preguntó desorientado mirando a Federic Zabini, Stuart Crabbe, Michael Goyle y a Lucius Malfoy uno por uno.

— Si tienes hermanos que hayan estado en Hogwarts —volvió a repetir Federic.

Una repentina melancolía lo invadió de pronto pensando en su hermana que nunca tuvo.

— Este... no, no... No, no tengo hermanos, soy hijo único.

— Yo sí tuve un hermano pequeño —dijo Michael, hablando torpemente —, pero el muy tonto se cayó de la escalera, rodando, y cuando lo vimos con mis padres, ya era demasiado tarde — siguió, como sin importarle.

Esto animó un poco más a Severus, no era el único que sufría tragedias. Siguió conversando más alegremente durante una hora más, hasta que ya a los cinco les entró sueño, apagaron las velas pronunciando un "hasta mañana", y se durmieron.

Severus durmió muy bien, aunque no tuvo un sueño muy complaciente.

Soñó que al día siguiente James Potter y Sirius Black (ambos de Gryffindor) lo molestaban, y que de pronto aparecía su padre y decía: "Eres detestable, maldita basura, regresarás a casa, ya que eres un inútil en el colegio".

Cuando eran las 8 de la mañana se levantó, se vistió y bajó a desayunar con Lucius. El Gran Comedor estaba casi repleto por alegres alumnos que comentaban las clases que comenzarían. Un niño de segundo curso les hizo entrega de los horarios a los de primero. Severus mientras se tomaba una taza de leche leía el horario. De pronto se atragantó, y el asustado Lucius le dio una tan fuerte palmada en la espalda, que la tos con el alarido produjeron un sonido muy extraño que no se pudo distinguir.

— Lo siento Severus, ¿qué pasa?

— ¡Defensa Contra las Artes Oscuras! — vociferó indignado — ¡Yo pensé que las profundizarían!

— ¡¿Qué?! — exclamó Lucius como si sus oídos no dieran crédito a esas palabras— ¡Mi padre jamás me dijo eso! Si lo hubiera sabido, habría preferido que me enviaran a Dumstrang...

— ¿Dumstrang? —preguntó Severus desconcertado — ¿Dónde queda? Que yo sepa en Gran Bretaña sólo esta Hogwarts como colegio para magos.

— Creo que está ubicado en el norte de Bulgaria...

Severus miró asqueado al horario.

— Quizá en Pociones nos enseñen filtros Tenebrosos o algo así — murmuró pensando en la pócima de la muerte que le había dado a beber su padre a Florence.

— Ojalá tengas razón, pero Pociones nos toca el día miércoles — reclamó Lucius con el ceño fruncido.

— Sí... bueno, tenemos que ser pacientes, pero por mientras, recuerda que tenemos mis libros — Lucius sonrió, conforme.

Terminaron de desayunar, pero Severus pensó en darse otro gustito más comiéndose otro de los sabrosos pasteles de chocolate y crema, pero al mirar su reloj desistió.

— ¡Diablos, son diez para las nueve, tenemos que pasar a buscar el libro de Transformaciones! —dijo temiendo a llegar tarde a su primera clase.

Corrieron con frenesí a su cuarto y hurgaron en sus equipajes. Severus por desgracia dejó todo desmoronado su baúl, que con tanto esfuerzo había ordenado el día antes de la entrada a Hogwarts, porque tenía todos los otros grandes volúmenes de Tenebrismo encima del libro de Transformaciones.

Cuando llegaron al aula eran dos para las nueve de la mañana. En esos momentos ya estaban todos los de primer año de Slytherin acomodándose en los pupitres. Aliviados, se sentaron en dos puestos que estaban justo al frente del escritorio de la profesora McGonagall, quien era la que impartía esa clase.

Cuando el reloj marcó las nueve, aún no llegaba la profesora, pero en vez de ella, se representó un gato atigrado que se puso delante de toda la clase, mirando desafiante al alumnado.

— ¿A alguien se le ha perdido ese gatito? — preguntó Fiona Kloves, quien estaba sentada atrás de Severus y al lado derecho de Michael.

De repente ocurrió algo inesperado, y la pregunta de Fiona no necesitó respuesta. En el lugar donde antes había estado el gato con pelaje de tigre, apareció la profesora McGonagall.

— ¡Wooow! — exclamó asombrada la clase entera con sonrisas de satisfacción.

— ¡Usted es una Animaga! —dijo Severus, recordando que hace tan sólo hace un año, en un libro que había robado de la biblioteca de su casa, leyó algo sobre aquello.

— Buenos días a todos –dijo la profesora McGonagall orgullosa —. Exactamente, señor Snape —sonrió cordialmente y prosiguió –. Para los que no lo saben, un Animago es un mago que se puede transformar en un animal —varios sonrieron entusiasmados — pero claro, que antes de eso, hay que registrarse en el Ministerio de Magia — dijo seriamente —, y solamente se puede hacer cuando salgan del colegio —agregó al ver que los alumnos se miraban emocionados.

"Pero ahora no es el momento indicado para hablar de eso, porque se los enseñaré en tercer año.

— Uuuh... –abucheó abatida Julie Seghatchian.

— Como sabrán, las Transformaciones es una de las clases y Artes más difíciles que enfrentarán mientras estén en Hogwarts. Necesito mentes aptas y seguras para esto. Cuando la transformación se lleva acabo de forma incorrecta, puede ser muy peligroso.

"Para que se enteren más sobre mi método de trabajo, no acepto a la gente que está conversando cuando lo hago yo, y me gusta que pongan atención. ¿Entendido?

Los niños y niñas asintieron con la cabeza.

— Ahora, como lección del día, practicaremos con un mondadientes y un sencillo encantamiento. Pero antes tomen nota de lo que les explicaré.

Todos sacaron un cuaderno donde tomar apuntes, pluma y tinta.

Cuando la maestra comenzó a dictar, sólo se oyó el rasgueo de las plumas y uno que otro carraspeo.

Tuvieron que transformar el mondadientes, que les hizo entrega Bellatrix Black en un alfiler, pero no todos lo pudieron conseguir. Severus, Lucius y Fiona lo lograron; en cambio, a algunos, en sus mondadientes aparecía una pequeña cabeza, o sino, quedaban mitad alfiler, mitad mondadientes. No obstante, los logros fueron valorados y ganaron 5 puntos cada uno.

— ¿Qué nos toca ahora? —preguntó Severus a Lucius.

— Este... – balbuceó presionando los ojos para acordarse — Encantamientos.

— Ah, sí, vamos a buscar las cosas, así aprovecho de ordenar mi baúl...

Fueron tranquilamente, conversando sobre lo interesante que les había resultado la asignatura de Transformaciones, y si Encantamientos sería tan emocionante como la anterior.

Una vez más, Severus, con la ayuda de Lucius lograron que el baúl quedara listo y radiante en ocho minutos, y, por lo tanto, nuevamente salieron disparados a la siguiente clase, de Encantamientos.

El aula estaba vacía todavía, pero cuando empezó a llenarse, se llevó una sorpresa bastante insatisfactoria, o quizá, fuera un error.

Alumnos de Gryffindor empezaron a sentarse en los pupitres que estaban al otro lado de un estrecho pasillo.

— ¿Qué demonios hacen estos acá? —dijo malhumorado Federic a los cuatro muchachos que observaban al igual que él la escena.

— Tenemos clases compartidas, o sea, encantamientos nos toca con Gryffindor... —respondió Stuart.

— ¿Qué? ¡Lo que me faltaba! —dijo con rabia Severus.

— Esa chusma de Gryffindor... —reprobó Lucius.

— Ese tal Potter... —murmuró con rabia Severus a su grupo mientras le dirigía una mirada de desdén a James Potter— no me gusta nada.

En esos instantes un profesor pequeñísimo y de pelo negro apareció, y para que sus alumnos lo lograran ver, subió a un montón de libros amontonados que estaban encima de su escritorio con un hechizo un hechizo levitador. Varios miraron sorprendidos.

— ¡Hola, hola! —saludó con una alegre y chillona voz aguda — Soy su profesor Flitwick. ¿Alguien me podría decir cuál es el conjuro que utilicé para subir a mi mesa?

La mayoría de la clase negó con la cabeza, pero la mano de alguien de Gryffindor se alzó en medio del aire.

— ¿Dígame, señorita Evans?

Severus miró a la colorina de ojos verdes con desprecio, mientras abría la boca para responder.

— Se llama Wingardium Leviosa —respondió con educación — y como usted nos lo mostró, hace levitar las cosas.

— ¡Excelente! — chilló Flitwick — Cinco puntos para Gryffindor. — ¿Y alguien puede decirme cómo se llama el movimiento de varita que se utiliza para hacer correctamente el hechizo?

La mano de Evans nuevamente quedó suspendida en el aire. El profesor Flitwick hizo un ademán para darle la palabra.

— Suich y Flytt.

— ¡Cinco puntos más para Gryffindor! — dijo aplaudiendo el profesor – Ese es el hechizo que ensayaremos hoy, saquen sus varitas.

— Qué se cree Evans… —dijo por lo bajo Severus a Lucius, mientras tanto sacaba la varita de su bolsillo — ¿Es una sabelotodo o qué?

— Antes de que yo atravesara el muro del andén nueve y tres cuartos —susurró Lucius — la vi con muggles. Es una sangre sucia.

Severus se limitó a dirigirle a la niña una mirada de asco. El profesor le entregó a cada uno una pluma, y antes de practicar el hechizo, les enseñó el movimiento y la perfecta pronunciación del conjuro.

La sala se llenó de: "¡Windardium Leviosa!" pronunciado por los niños.

— ¡Wingardium Leviosa! —decía enojado Severus al ver que su pluma se levantaba unos centímetros y volvía a caer. Decidió mirar a sus compañeros y vio que ninguno lo estaba logrando. Miró a Potter que también lo miraba a él. El chico puso los ojos bizcos como aquella vez en la tienda de Madam Malkin, Severus soltó un bufido de ira y volvió a mirar su pluma.

— ¡Eso es, señorita Evans! Diez puntos para la casa Gryffindor.

Todos los de Slytherin y Gryffindor miraron a Lily Evans que hacía volar la pluma por toda el aula para demostrar que era capaz.

—Presumida — dijo Snape.

— Los sangre sucia nunca triunfan —dijo en tono malicioso Lucius a Severus.

La clase terminó y los cinco compañeros de Slytherin se fueron a almorzar juntos. Todos parecían furiosos porque Flitwick no les había concedido ningún punto a Slytherin; todo por culpa de Evans.

— Bueno —suspiró Severus, mientras regresaba a la sala común con los otros cuatro compañeros —, no estuvo tan mal, pero sería mejor si partieran de inmediato con las Maldiciones Imperdonables.

Ninguno dijo nada. No sabían lo que eran las maldiciones imperdonables pero tampoco querían demostrar que no tenían idea, porque Severus los podría considerar un cuarteto de ignorantes.

Pasó, entonces, cerca de un mes y medio, totalmente dificultoso para los de primero. En las clases los profesores les exigían mucho más, sobretodo McGonagall, que al menor ruido o interrupción, quitaba puntos. Ya habían avanzado en las Transformaciones: ahora ensayaban con una ampolleta y tenían que transformarla en una pequeña pelota de fútbol. Severus y Fiona Kloves eran los únicos que lo habían logrado hasta el momento, sin embargo eso ponía furiosa a la profesora porque de nueve alumnos sólo dos lo podían hacer.

— ¡Tienen que esforzarse más! Recién es el comienzo, después tendrán que transformar bichos y animales, ¡concéntrense! —gritaba enojada la profesora McGonagall a los de Slytherin.

Mientras tanto, Severus ya consideraba un gran amigo a Lucius. Le había contado toda su historia de infancia y qué era lo que pretendía con su padre. Su amigo lo apoyó y prometió ayudarlo en su venganza en el momento que fuese. Michael, Stuart y Federic también eran buenos amigos, y cuando se trataba de defenderse ante otra persona, ellos resultaban de buena utilidad para Severus.

Las relaciones de Slytherin y Gryffindor iban de mal en peor. En las clases de Encantamientos y en las de Pociones se habían conocido lo suficiente Severus con Potter como para odiarse. Cada vez que los fríos ojos de Severus se cruzaban con los marrones ojos de Potter ninguno de los dos se resistía a la tentación de molestarse. Los insultos iban de acá para allá y viceversa. Potter se juntaba con Black, Lupin y Pettigrew, un muchacho robusto y con cara de estúpido. En cambio la banda de Severus era mucho mejor: tenía a Michael y a Stuart que eran grandes, a Federic que era alto, y por su puesto a Lucius y a él mismo, que eran los más inteligentes de los cinco. Pero al igual que en los hombres, había enemistad y odio en las mujeres, como por ejemplo, Narcisa y Bellatrix se burlaban a cada momento de Evans y Ulrich, y ellas igual se defendían.

— ¡Eh, sangre sucia! —vociferaba Bellatrix a Lilian Evans — ¡Deberías ir con un trapero para ir limpiando los pasos que dejas en el suelo, porque después, si yo paso por ahí, me puedo infectar!

Narcisa rió, al igual que la pandilla de Severus que pasaba por ahí en esos instantes. Evans se volteó enojada y dijo:

— ¡Cuidado con lo que dices! ¡Y también estate atenta porque cualquier día voy a confundir tus enormes ojos con huevos, y los voy a freír y me los comeré!

Alice también rió con ganas. En ese preciso momento salía Potter de un aula con sus amiguitos.

— ¿Quién grita? —dijo desorientado.

— ¡Ah! Pero si es don Cabeza de Aceite —dijo Sirius Black apuntando a Severus.

Severus sintió que la sangre le hervía. Se metió la mano al bolsillo para tener lista su varita. Lucius había hecho lo mismo.

— Deberías cuidarte más Black, porque el que va a salir perdiendo serás tú —dijo fríamente Severus esbozando una sonrisa maliciosa con sus finos labios.

— ¿Eso crees? —dijo Potter irónicamente.

— Nadie pidió tu palabra, Potter.

Sirius sacó su varita, pero Remus Lupin se lo impidió.

— No lo hagas, Sirius, mejor que pelee él solo, nosotros no nos metamos en problemas.

— Qué poco hombre — dijo Lucius en tono reprobador.

— ¿Qué dices, Malfoy? ¿Dices que soy cobarde? —gruño Potter — ¡Te voy a demostrar aho...!

— ¡Black, no lo hagas! —interrumpió Evans, afligida – O nos restarán puntos si los pillan.

Potter se dio vuelta enojado y fulminó a Evans con la mirada.

— ¡Deja de preocuparte sólo por los puntos! —le espetó. Ella no dijo nada, tomó a su amiga Alice por el brazo y se fue rápidamente.

— Bueno, cabeza aceitosa... ¿quieres un duelo? ¿Quieres demostrar tu habilidad de las Artes Oscuras? Así comprobaremos si es todo verdad... eso de que te sabes no sé cuántos conjuros Tenebrosos, no te la creo...

— Entonces Black ¿quieres comprobarlo por ti mismo? —dijo gélidamente Snape levantando la varita.

— Pettigrew... ¿Pe-pero qué está pasando aquí?

La profesora McGonagall acababa de llegar, llevaba unos libros en los brazos y tenía una expresión intensamente severa. Nadie dio respuesta a la pregunta de la profesora.

— ¡He dicho que qué está sucediendo aquí! — exclamó con los ojos llenos de rabia.

— Sólo conversábamos, profesora —respondió Severus aparentando tranquilidad.

— ¿Eso es cierto? —preguntó a los demás incrédula.

Todos asintieron con la cabeza, excepto Potter y Black que parecían profundamente iracundos.

— ¡Pues bien, vayan a sus salas comunes! Y tú Pettigrew, tú no, tengo que hablar contigo, sígueme — voceó. Juntos obedecieron, pero antes de separarse, Potter y Severus se lanzaron una mirada de odio.

No obstante, no fue la única vez en que riñeron, hubo muchas más y peores, como cuando James y Severus se encontraron camino a una clase doble y se invadieron de maldiciones, aunque eso equivalió a unos cuantos puntos de cada casa. Nunca perdían la oportunidad de atacarse, solos o acompañados, unas cuantas otras ocasiones se agarraron a golpes ambos bandos, dejándolos en la enfermería, pero también se ganaron un buen castigo, como el de limpiar los inodoros de los baños masculinos.

Los insultos y palabrotas de parte de los Slytherin y Gryffindor iban de ahí acá a una velocidad impresionante. Los jefes de las casas ya casi no sabían que hacer para mejorar la situación.

Evans también era otra enemiga de los chicos. Era una muchacha demasiado entrometida y antipática, sabelotodo e insufrible. Se lucía porque sabía las respuestas de las tareas más difíciles, nunca tenía bajas calificaciones, y le prohibía cosas a todo el mundo como si fuera una prefecta.

Por suerte, para las vacaciones de Navidad no tuvo que ver a Potter y los suyos, porque todos fueron a sus casas para pasarla con sus padres y otros familiares. Severus, en cambio, prefirió quedarse en el castillo. No creía poder aguantar a su padre un par de semanas y no quería pasar rabias ni perder el control (en algunos casos si algún mago se desequilibra puede hacer magia accidentalmente). No estuvo del todo solo, Federic también se quedó ahí ya que sus padres viajaban a Finlandia.

El invierno arrasó en el castillo. Los terrenos de Hogwarts estaban cubiertos de nieve blanquísima y resplandeciente, las chimeneas día y noche permanecían prendidas con un acogedor y confortante fuego, el lago estaba congelado y los alumnos lo usaban como cancha de patinaje; jugaban a lanzarse bolas de nieve y a hacer monos de nieve.

Los profesores igualmente se habían preocupado de que los niños y niñas lo pasaran bien en Noche Buena, y quien fuese, preparó el más exquisito de los banquetes. Todo el castillo estaba adornado con muérdago y otras decoraciones; y en medio del vestíbulo había un enorme pino de Navidad ornamentado con esferas de todos los colores.

Después de todas las celebraciones, todo volvió a la normalidad, las clases se reanudaron con total regularidad, y los maestros siguieron siendo tan pesados y estrictos como siempre.

Las peleas entre las casas se reanudaron al igual que las burlas.

— ¿Y qué hiciste, Severus? —le preguntaba Lucius cuando desayunaban el día en que los otros habían llegado al castillo.

— No lo pasé mal —dijo este en tono conformista — pero podría haber sido mejor.

— Eso sí, el banquete fue lo mejor —corroboró Federic con los ojos iluminados.

— Vaya, eso me lo suponía —dijo Michael con lamentación —mi madre me dijo que acá siempre sirven comida demasiado buena en ocasiones especiales.

Cuando acabaron fueron a la clase doble de Defensa Contra las Artes oscuras con los Gryffindor. El profesor Lars Hemingway se dedicó a pasarle hechizos de defensa pero todavía no los pondrían en práctica hasta el próximo año.

— Aún no están bien preparados —explicaba— pero seguiremos con los animales-demonio de tierra y agua pequeños. Ahora, escriban lo de la pizarra y luego ensayaremos los movimientos y pronunciaciones.

Mientras toda la clase escribía, Potter le hizo llegar un papel a Severus. De muy mala gana lo leyó.

Supe que te quedaste pasando las navidades en el colegio, ¿Acaso tus padres no te quieren en casa? ¡Qué lástima!

Por un par de segundos sintió enrojecer de ira y la cara la tenía hirviendo. Arrojó el papel a la basura.

Cuando terminó la clase le contó a sus amigos lo que Potter le escribió en el trozo de pergamino.

— Ustedes, preocúpense de los otros tres, que yo me voy a encargar de Potty —susurró con frialdad —ahora vamos...

Salieron del aula con la mochila al hombro y siguieron con sigilo a James y a los otros. Cuando se hallaron en un pasillo totalmente abarrotado de gente pero sin profesores, Severus hizo el llamado:

— ¡Eh, Potter!

El niño de pelo revoltoso se volteó con sus amigos.

— ¿Te gustó mi mensaje, Snape? —preguntó con una sonrisa de antipatía.

— Me encantó, Potter, ¡Desorbitate!

De la varita de Severus aparecieron dos hilos púrpuras que atravesaron las gafas de Potter.

Los ojos del muchacho empezaron a salirse de las órbitas y comenzaron a crecer de manera alarmante. Se tuvo que sacar los lentes. Todos reían menos Black, Lupin y Pettigrew que estaban totalmente asustados. Agarraron a James por los brazos y corrieron a la enfermería.

Severus simplemente se desquitó. No podía haber guardado la furia de lo que había mencionado Potter y también su odio. Su madre... claro que lo quería, lo amaba, aunque estuviera muerta, eso fue lo que ella escribió en la carta de despedida, que aún él conservaba en una libreta negra en que guardaba fotos y recuerdos. Su padre, según una vez su madre, sí lo quería, pero Severus no estaba seguro de eso, y tampoco lo iba a reconocer delante de un cuarteto de estúpidos como lo son James, Sirius, Remus y Peter.

Pasaron dos días, Potter ya debía estar curado y lo debería haber acusado a la profesora McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, pero no fue así. Quizá estuviesen tramando algo, o simplemente no tenían derecho a acusarlos porque ellos también se meterían en problemas, y ambas casas saldrían perdiendo.

Llegó abril y el ambiente era totalmente diferente, hacía frío pero el sol era radiante, los árboles habían florecido y el pasto estaba de un verde esmeralda que, a Severus, le agradaba.

— ¡Oye, Severus! ¡Te tengo una buena noticia! —gritó una voz a su oído.

— Shit... déjame dormir... am...

— ¡No, no, espera! Despierta, vamos —repitió Lucius saltando en su cama.

— Grr, ¡qué quieres! —dijo malhumorado Severus, sentándose, con una cara espantosa de sueño puro.

— Recién llegó un mensaje de mi padre diciéndome que el próximo año haré cambio con estudiantes de Dumstrang por los años restantes, y si es que yo quería, podía decirle a mis amigos para que todos nos vayamos juntos de este maldito colegio, ¿quieres?

— Este... sería genial, en realidad...

— Entonces envíale una carta a tu padre Espera, les diré a los otros que están en la sala común — y dicho esto se fue del dormitorio a toda prisa y emocionado.

Las palabras de Lucius revoloteaban por el cerebro de Severus, sabía que Roderick luchaba por la infelicidad de su hijo, y que no permitiría que se fuera a un colegio donde profundizaban las Artes Tenebrosas, y menos si sabía que tenía buenos amigos. ¿Y si hacía el intento de preguntarle? No. Mejor no, podría resultar mal, y no quería defraudar a sus amigos...

— Oye, Lucius, sabes, le preguntaré a mi papá en las vacaciones sobre Dumstrang, porque ahora que me acuerdo, está en Dinamarca con el Ministro de Magia de allá... ellos también tienen un Departamento de Misterios, entonces quieren que descubra algo —mintió más tarde, para no decir que le tenía miedo a Roderick.

— ¡Ah! No hay problema, no te preocupes, después me mandas la respuesta —respondió Lucius con toda sinceridad.

— Nosotros acabamos de mandarles las cartas a nuestros padres — agregó Stuart después de tomar un trago de jugo de calabaza.

— Mmm... genial — dijo Severus apesadumbrado.

Se sentía verdaderamente mal. Ellos irían a un buen colegio, en cambio él, se quedaría en Hogwarts, sin amigos... los amigos que con tanto esfuerzo había logrado encontrar, se iban a Bulgaria, pero él, siempre él tenía que pasar por lo peor, él se iba a quedar como prisionero en el castillo de un colegio de cobardes, él tendría que soportar a Potter y a Black, él tendría que sufrir las molestias de otros alumnos que también lo odiaban, él tenía el peor padre del universo, él había quedado huérfano de parte de madre, él era el que no tenía hermanos, él era el malo, el estúpido, el idiota... Estaba harto, lo único que quería era desquitarse con todos los malditos que los han hecho sufrir, su vida era un fracaso, lo único que le devolvía el sentido de vivir eran los libros de Ciencias Oscuras. Ojalá fuera grande, porque así se iría a vivir a otro lugar, trataría de enseñar a personas particularmente la Ciencia de la Oscuridad... él les enseñaría a vengarse y protegerse, a conquistar el mundo...

Pero esos eran sueños. Sueños que le costarían mucho alcanzar sin ayuda, necesitaba alguien que le diera conocimiento superior... pero él mismo era el mejor del colegio en Tenebrismo, y no podía recibir ayuda de otro mejor, si él lo era.

Lo único que le quedaba por hacer era rogar para que a sus amigos no los dejaran ir a Bulgaria, y rezar por sí mismo para que su padre se le diera permiso. Pasó cerca de una semana de plegarias, Severus, todas las noches, rezaba para que lo que había pensado antes se cumpliera, porque sabía que, mientras estuviera solo ahí, en Hogwarts, sin amigos, sería presa de todos, y quizá hasta los de su misma casa, y para peor, llegarían cuatro niños búlgaros nuevos, que hablaban su idioma, y que no lo tomarían en cuenta.

— Pero recuerda —se susurró a él mismo una noche, desesperado — queda casi medio año, disfruta con Lucius, Stuart, Michael y Federic, golpeando a Potter y a sus seguidores...

Trató de calmarse pensando en que mañana sería un día bueno y se durmió.

Cuando se levantó a la mañana siguiente, todo parecía decir que sería el día perfecto. Se vistió y salió junto a su mejor amigo, y sus otros tres amigos. Se sentaron a desayunar. Conversaron alegremente unos minutos hasta que la de la bandada de lechuzas entró en el gran comedor para hacer entrega los paquetes y cartas a los destinatarios. Tres lechuzas distintas se posaron delante de Michael, Stuart y Federic, dejándoles una carta a cada uno. Los muchachos leyeron con rapidez.

— ¡Me dejaron! —gritó emocionado Federic — ¡Mi padre se contactará con el tuyo, Lucius!

— ¡A mí igual! —exclamó Stuart.

— ¡Y a mí! —terció Michael —Será genial, ¡Vamos, Severus, sólo faltas tú!

— Lo sé —dijo con sarcasmo, aunque los otros no lo notaron.

¡Lo que le faltaba! Los ruegos no le sirvieron de nada ¡de nada! Ahora sí que estaba frito, no tenía salida, ellos se irían, y su padre se negaría a darle la felicidad a su propio y detestado hijo.

— Lo siento, tengo que ir un momento a la biblioteca —dijo como excusa para desaparecer de la vista de sus amigos.

Los otros intercambiaron miradas de desconcierto ante la repentina actitud de su amigo.

— Pero Sev, si aún no tenemos tareas... —dijo Michael, pero ya era tarde, se había ido como un rayo del Gran Comedor.

Mientras corría tropezó varias veces, porque estaba corriendo de manera muy floja y poco entusiasta. Se dirigió al último piso del castillo que permanecía la mayoría de las veces solitario. Claramente no quería ser encontrado por nadie. Hizo aparecer una silla y se sentó enfrente de la ventana. Sentía que debía pensar en muchísimas cosas.