Holii!

Primero que nada, una disculpa a los que seguían este fic u3u estuve muy atareada por la escuela (exámenes, proyectos, prácticas, ¡es horrible cuando no tienes tiempo ni para dormir!), pero bueno, luego de más de un año *mátenme, hay chance*, subo el tercer cap. Es el más largo, así que ahí está mi disculpa :v *pueden volver a matarme, son como 500 palabras más que el 1 u3u*. ¡Juro, igual que Simon más adelante, que no tardaré tanto con el cuarto cap! Sólo debo arreglarlo, pero ya está casi listo.

Disclaimer de siempre: Adventure Time with Finn and Jake pertenece a Pen Ward.

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Simon Petrikov

[Brave New World: Satura]

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Simon Petrikov se sentía cansado, demasiado cansado. Era como si hubiera estado, además de sin probar bocado, caminando durante los últimos días sin descanso alguno.

(Aunque, a decir verdad, no recordabas haberlo hecho. En realidad, no recordabas nada.)

No estaba seguro de cuándo había llegado ahí, sin embargo ahí estaba. Miró a su alrededor a través de las gotas de lluvia que caían regular, pero insistentemente. No reconoció ninguna de las cosas que veía, pero el ambiente sí parecía familiar. Edificios destruidos, tanques militares maltrechos y uno que otro volteado sobre lo que, parecía, era la calle. Descartaba un estacionamiento, pero bien podía haber sido un parque o una plaza; ya no lo sabía. Era el escenario constante de todos los lugares en los que han estado.

(«¿Han?» ¿Tú y quién más, Simon? Era una niña, sí, de orejas puntiagudas... ¿Marianne?)

Inconscientemente, el anticuario roza la corona con sus dedos mientras un dolor de cabeza se va apoderando lentamente de él. Avanza hacia el cuarto o quinto tanque que divisa en su trayecto. Ya no los cuenta, pero han sido pocos, está seguro. Casi seguro. El tanque está tirado sobre su costado derecho. La parte superior, la entrada al vehículo del ejército, que ahora le da la cara, está sólo a un par de pasos de él, así que estira su mano y, al ver que está abierto, entra.

(Hay ruidos extraños a tu alrededor. Los charcos que se formaron en el suelo pudieron haberles hecho notar tu presencia pues, sin darte cuenta, no habías caminado hacia el tanque. Habías corrido.)

Con cuidado, cierra el tanque, se sienta y saca una linterna de su mochila y su álbum de fotos antes de abrazar sus piernas y hacerse un ovillo. Se intenta recargar en algo y se queda en esa posición, con su mochila aún en su espalda, escuchando los truenos en el exterior. ¿Una tormenta eléctrica? Debió haberlo sabido... Da gracias a Dios por haber encontrado ese lugar con suficiente espacio para él. No es muy grande, pero puede decir que es cómodo.

Enciende su linterna y la apunta al álbum, frunciendo el ceño al ver a las personas desconocidas en las fotos.

(Oh, y mira: la pequeña Margaret está ahí, sonriendo a la cámara. También Patty, la mujer de anteojos y cabello castaño que a veces ves en sueños con esa sonrisa tranquilizadora en su rostro, que te hace sentir que todo estará bien, está ahí, contigo.)

¿Margaret? ¿Patty? No, esos no eran los nombres. Trata, sin embargo su mente no le permite acordarse de ellos. Todo en su mente y en sus recuerdos es confuso y el dolor de cabeza continúa aumentando.

(Es mejor que te olvides de eso, Simon. Que te olvides de todo. ¿No lo crees? Al fin, son cosas sin sentido. Es mejor si sólo estás tú. La Corona y tú.)

Simon mueve su cabeza de un lado a otro y lleva una de sus manos a su frente. Se siente caliente y húmedo. No es raro, el lugar guarda altas temperaturas y el hombre se pregunta cómo es que los soldados soportan estar ahí en medio de una batalla.

Comienza a cabecear y decide que es mejor cerrar el álbum y apagar la linterna. Piensa en guardar ambos objetos aunque, por alguna razón, decide no hacerlo. Pronto se deja vencer por el sueño.

«Aguanta, Marcy. Eres muy fuerte, estarás bien. Estarás mejor sin mí... Oh, lo siento, Betty... Les fallé a las dos... »

Cuando despierta, está empapado en sudor y sus ojos no ven más que oscuridad. Se desespera un poco y cuando logra ubicar algún dispositivo que abra la puerta, sale del tanque con la mochila colgando en su espalda, y su libro y la linterna que tenía en las manos. Una vez afuera, observa con curiosidad el libro verde que tiene en su mano izquierda, sin ignorar el dolor que siente en el cuerpo. Se pregunta qué hay en el libro y, cuando lo abre luego de poner la linterna bajo su brazo, mira a las personas en las fotos. Varias personas en una fiesta, cuatro jóvenes y una muchacha con varios instrumentos musicales, una pareja…

Se encoge de hombros al no reconocer a nadie y guarda ambas cosas en la mochila. Decide que cuando llegue a un lugar más cómodo, le echará otra ojeada a las fotos. Esa pareja sale en muchas de ellas, tal vez halle sus nombres atrás de alguna foto.

No sabe qué hacía ahí, pero observa el piso mojado. «Seguro llovió», piensa, sin saber por qué razón no pudo buscar un lugar mejor para cubrirse, como, por ejemplo, alguna de esas casas que están a unas cuatro cuadras delante de donde pasó la noche (o la tarde, o sólo unas horas).

...

Luego de caminar un rato a través de lo que antaño fue una ciudad, encontró la entrada a un bosque no muy denso a los pies de una no tan larga cordillera. Examinó los árboles, tocó sus troncos como si fueran puertas, tomó algunas de las hojas y arrancó otras, viéndolas de cerca. No recordaba haber visto árboles con todas sus hojas en tonos rojizos, se veían curiosos, pero no le dio más importancia y se adentró en el bosque. No sabía que era, pero algo le hacía sentir muy bien. Como en casa.

Avanzó un buen tramo hasta que vio que los árboles estaban cada vez más lejos uno de otro y la pendiente del terreno por el que caminaba se hacía más grande. El clima lo refrescaba y lo hacía extrañamente feliz cada vez que el aire frío acariciaba su rostro. Y cuando vio que el sol se metía por el horizonte, bajó la velocidad. Pensó que debía pensar en un lugar donde pasar la noche, pues no tenía idea de qué animales podría encontrar y sonrió cuando, por suerte, al avanzar unos metros más, encontró una cabaña que se veía en buen estado.

Entró y cerró la puerta, dejando la mochila al lado. Observó a su alrededor. La cabaña era pequeña con una mesa de madera y dos sillas también de madera. Se acercó a la que se veía menos descompuesta. Se sentó. Se quitó la Corona de su cintura y la tomó con cuidado entre sus manos, sin ser consciente de la sonrisa que afloraba su rostro.

Pero, ¿cómo no estar feliz al poseerla? Con ese brillo, el rojo de sus gemas… no era físicamente ostentosa, pero no importaba. Su simpleza la hacía elegante, su presencia era magnífica. Era el objeto más importante que tenía. Está donde está ahora gracias a Ella.

(Espera… ¿poseerla? ¿Le hablas como si fuera un objeto? Que irrespetuoso eres, Simon. Así no puedes ser Rey…)

Rio suavemente. Abrazó a La Corona que tenía en sus manos. La risa que comenzó leve y en tono bajito, se convirtió en una risa larga e histérica.

—Estaremos siempre juntos, ¿no es cierto? —miró de nuevo a su Corona y besó sus gemas. Primero la del lado derecho, luego la del lado izquierdo y al final, luego de ponerse de pie y agachar su cabeza de modo solemne, besó la más grande, la del centro.

Y cuando se la puso, juraría por Cristo, Brahma, Zeus, Odín, Alá, Ra y Glob que la Corona le había respondido que sí. Que siempre estarían los dos juntos.

Se sentó de nueva cuenta y con esa afirmación en su cabeza, cerró sus ojos, y pareciera que su alegría lo cansaba, pues a pesar de tanta felicidad en su ser, se quedó dormido.

Varias horas después, aproximadamente a la una de la tarde del día siguiente, despertó a causa de un sueño que lo inquietó, donde una niña pequeña de cabello negro corría junto a él, escapando de rayos de hielo y humanoides de piel verdosa.

Talló sus ojos y cuando rascó su cabeza (o cuando quiso hacerlo), la adrenalina inundó en menos de tres segundos todas las venas de su cuerpo. ¿Cuánto tiempo tenía con la Corona puesta? Simon Petrikov miró a su alrededor sin reconocer el lugar en el que estaba, sin recordar cómo había llegado ahí. Su frenética mirada se encontró con su saco de dormir y su mochila al lado de la puerta y con algo de nieve debajo.

Dios. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Y dónde estaba Marcy?

Imaginó una pared de algún material más fuerte que la mejor aleación metálica conocida y se dio mentalmente contra ella. Fuerte. ¿Qué había hecho? ¿Hace cuánto se habían separado? En su desesperación, tomó la Corona y la lanzó contra la pared de la cabaña.

(Mal Simon. ¿Por qué la tratas así? No es su culpa que te olvidaras de la chiquilla demonio.)

Si quería encontrar a Marceline, debía salir de ahí rápido. Ubicar dónde se encontraba y, de ser posible, averiguar hace cuánto tiempo había llegado él ahí. Abrió la puerta y se quedó boquiabierto al ver que estaba completamente sólo y que había nieve alrededor. Cerró y con el corazón a punto de salirse de su pecho, abrió su mochila y sacó un mapa que tenía dentro. Tomó una pluma y marcó con un pequeño punto el lugar donde creía recordar haberla visto por última vez y siguió varias rutas, hasta donde pudiera haber nieve. Una montaña.

—No te asustes, Marcy, iré por ti —dijo para sí cuando encontró algo y lo marcó con un cuadrado. Regresó al punto de partida contando los kilómetros aproximados y cuando iba a guardar su pluma, vio de reojo otra zona café en el mapa no tan lejos de donde había marcado el cuadrado. Sintió su ánimo por los suelos y la culpa consumiendo lo que quedaba de su mente cuerda.

Oh, el mundo estaba cambiando tanto en los últimos meses. El mundo, casi todo, era nuevo por culpa de las bombas y él no lo conocía…

Debía encontrar referencias y pronto. Confiaba en que podría encontrar a Marcy, que la pequeña estaría bien. Era muy hábil y muy inteligente; sobreviviría hasta que Simon la encontrase.

Entre su palabrería mental, miró el mapa y la gran zona café: montañas. Pequeñas cordilleras no tan separadas unas de otras que bien podían estar o no nevadas. Eran unas siete marcas cafés, no sólo dos.

Su vista se nubló y no se dio cuenta cuando las lágrimas salieron de sus ojos.

Ya había perdido de vista a Marceline una vez unos… dos años atrás No, menos. ¿Un año, un año y medio? Se habían separado, como mucho, tres semanas, y cuando se encontraron, Simon se dio cuenta que no habían estado tan lejos uno del otro. Esta vez, era un caso completamente diferente. Podían estar en dos ciudades distintas, incluso. Sintió pánico.

«Pero recuerda, Simon. Estaremos juntos. Siempre, ¿recuerdas? Todo estará bien, no debes preocuparte. Confía en mí. Ambos estaremos bien, serás feliz. La nieve será tu amiga, tu fiel compañera. El hielo inquebrantable será tu guardián. Confía en mí…»

Y Simon confió.

...

—¡Ya, detente, niño!

—¡No, anciano!

Finn el humano le dio varias patadas más al Rey Helado y cuando éste se distrajo, Jake abrió las jaulas donde estaban la Princesa de Trapo, la Princesa Hot Dog, la Princesa Mora y la Princesa Slime.

—¡Vas a dejarlas en paz, Rey Helado! —Finn le dio una última patada antes de alejarse unos pasos hacia atrás, donde ya estaba Jake con las Princesas.

—¡Pero son mis princesas! ¡Ellas me adoran! —chilló el mago.

—Ya deja a éste chiflado, hermano —con una sonrisa, extendió una pata (gigante, como todo su cuerpo) hacia su hermano humano y salieron de ahí, dejando al Rey Helado llorando mientras dos de sus pingüinos lo ayudaban a levantarse.

Y Marceline, que había usado su poder de invisibilidad para mantenerse flotando oculta, había observado todo desde que el Rey Helado había ido a secuestrar algunas Princesas. Había hecho algunos videos de ellas, les leyó el prólogo de su nuevo fanfic sobre Fiona y Cake y había terminado por llevarles algo de comida («Pescado crudo, ¿es en serio, Simon?», pensó la Reina de los Vampiros) para cenar y cuando decidió irse al ser ya seguro para ella volar hasta su cueva, había visto a sus amigos llegar de improviso.

Cuando comenzaron a golpearlo, pensó en interferir, pero, ¿qué diría? «Sí, lo vi ir por ellas y me quedé viendo» no parecía una buena opción. Pero un «Es mi amigo, idiotas, ¿creen que voy a dejar que lo lastimen?» no sonaba mejor, definitivamente no.

Probablemente no entenderían y para hacerlos entender, seguramente sería necesario contarles porqué ella consideraba al Rey Helado su amigo. Y no estaba lista para eso; igual y nunca iba a estar lista.

Simon Petrikov era su amigo y él… bueno… era una historia que no se sentía con ganas de contarles a Finn y a Jake. No aún.


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Fertig!(?)

Para este cap, quise usar también una canción que recomiendo mucho: Brave New World, de Kings of Convenience. Y como se ve, la parte final es de antes. ¿Dónde podría ser ubicada? Entre la primera y segunda temporada, supongo. Incluso podría ser antes; cuando Marceline le dice al Rey Helado: "no te acerques, no me sigas", que se lo recuerda en I Remember You.

Gracias a los que han leído, dejen o no review :3 veo los reviews y es de "awwwn :3", pero veo la gráfica y es de "awwwn! x3!" (?) Ok no. Pero, sí, dejen uno~

Saludos:3

PS: ¿Confieso algo? Cómo me peleo aquí con el formato para el espaciado e_e... en fin u3u