Después de un par de días en que el joven vampiro y el ángel se dedicaban a hacerse mutua compañía -mientras el primero de ellos leía o a dormía, según la posición del sol- Sasuke decidió salir y mostrarle los alrededores a su invitado.

Se encontraban, pues, caminando con calma por los extensos jardines llenos de flores y fuentes, acompañados únicamente de la melodía que los grillos les regalaban en aquella noche de luna llena.

— ¿Y estas qué son?—preguntó Suishou al vampiro una vez más, señalando unas flores de un hermoso color violáceo.

—Son petunias, son flores de sombra, por eso están debajo del Sauce llorón—se limitó a responder con calma su interlocutor, sin poder reprimir una sonrisa. Durante todo el trayecto, el ángel se la había pasado preguntando por todas y cada una de las flores, plantas y árboles que veía.

— ¡Son muy bonitas!

—Sí, el jardinero hace muy buen trabajo manteniendo los jardines.

— ¿El señor que cuida las plantas?

—Sí, el mismo. Te lo expliqué hace unos minutos, ¿recuerdas?—la miró con infinita paciencia, enternecido ante la inocencia y evidente torpeza de Suishou.

—Ah, es verdad.

El ser celestial le dedicó una suave sonrisa, mientras seguía caminando. De repente, sintió algo extraño. Sus párpados pesaban y pugnaban por cerrarse por sí solos, y su cuerpo se sentía sin energías.

— ¿Es esto a lo que llaman… cansancio?—preguntó débilmente, mientras sus piernas flaqueaban y casi caía al suelo, si no fuese porque Sasuke la sostuvo entre sus brazos a tiempo.

— ¿Te sientes bien, Suishou?—preguntó éste con sincera preocupación, tomándola en brazos, con toda la intención de volver a la mansión de inmediato.

—No sé qué me pasa…— susurró, antes de quedarse totalmente dormida.

El vampiro se preocupó por un instante, antes de notar la suave y profunda respiración del ángel, por lo que lanzó un suspiro de claro alivio.

Se encaminó a la mansión, dirigiéndose directamente a la habitación donde él dormía, depositándola con delicadeza sobre el lecho.

Si antes parecía hermosa e indefensa –seguía imaginándose al ángel como una mujer-, en aquellos momentos aquellas cualidades se intensificaban enormemente. El sedoso y largo cabello estaba desparramado sobre el colchón, formando ondas exóticas alrededor de ella; sus largas y abundantes pestañas acariciaban con total armonía sus mejillas, ligeramente sonrojadas y de un pálido color, inmaculada y fresca; y aquellos labios rosados y entreabiertos que suspiraban de vez en cuando. Sasuke tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no inclinarse y besarla. Lanzando un sonoro suspiro de frustración se obligó a sí mismo a dar la vuelta y salir de la habitación.

Suishou estaba sentado en las ramas del árbol que estaba a orillas del lago donde se incubaban los huevos de ángel. Cantaba una hermosa melodía, sintiéndose inmensamente feliz y sereno, como siempre lo había sido, aunque sentía un extraño vacío en su corazón.

De pronto, sonaron las trompetas que anunciaban la presencia de Dios en el lugar, por lo que ella calló y bajó del árbol, sintiendo la clara molestia del ser.

— ¿Qué lo ha traído por aquí, Mi Señor?—preguntó con una suave sonrisa.

—Suishou, tu indemnización ha sido delimitada… ¿estás dispuesto a cumplir esta tarea para ser perdonado y ser de nuevo bienvenido en el cielo?—preguntó con voz atronadora y omnipotente.

— ¿Cuál es mi tarea?—preguntó a modo de respuesta, viendo hacia donde se sentía la presencia de su creador con ojos decididos.

—La tarea que se te ha encomendado es la de curar corazones. Sin embargo, será tu alter-ego la que cumpla la misión en tu lugar. Hanato Kobato, una niña humana que comparte tu alma en el mundo de los humanos, realizará la tarea mientras tú descansas en su interior, curando temporalmente su cuerpo enfermo. Cuando ambas hayan cumplido su deber, tú serás acogida de vuelta en el cielo, y Kobato morirá.

— ¿Kobato morirá?—preguntó sorprendido el ángel, mirando con extrañeza hacia la deidad— ¿Por qué ha de tener ella un destino tan triste?

—Sabrás todo en su momento, ángel Suishou… la paciencia siempre será una virtud.

—Comprendo, Mi Señor… Confiaré en usted, y en que hará lo mejor para ella.

—Entonces, Suishou, te veré en cuanto tu misión haya sido cumplida… llegará al lado de Kobato un instructor que le ayudará y la guiará, cuya indemnización será justamente esa. Hasta entonces, Ángel Suishou.

Una luz blanca envolvió al ángel en su inconsciente, mientras en el mundo de los humanos, su figura depositada sobre la cama de Sasuke se desvanecía en la misma luz, justamente cuando el vampiro entraba a su recámara para revisar el estado del ser celestial.

— ¡Suishou!—exclamó, mientras corría hacía la cama, sólo para extender las manos hacia las últimas partículas brillantes de lo que alguna vez había sido el inocente ángel. Cerró los puños en señal de impotencia, mientras notaba que un objeto ya casi olvidado por el paso del tiempo brillaba con fuerza en uno de los estantes del otro lado de la estancia.

Se apresuró a caminar hacia la fuente del extraño fenómeno, sorprendiéndose enormemente al ver lo que era. Un collar de oro, cuyo dije de forma extraña y antigua brillaba con intensidad: un oráculo.