Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Bevarly Elizabeth.
Capítulo 2
Más avanzada la noche, Edward se encontraba tendido en su sofá contemplando la oscuridad que lo envolvía mientras esperaba a que volviera la luz y pensaba en Isabella Swan. Fuera, la lluvia y los truenos habían cedido, pero el viento todavía soplaba con furia. Se había quedado con Isabella y Simon hasta que había pasado lo peor de la tormenta mientras se engañaba a sí mismo con que sólo lo hacía para estar seguro de que se encontraban bien, aunque en el fondo sabía que lo hacía porque quería estar con ella.
Todavía no podía quitarse del todo la imagen de ella sentada bajo la luz de la vela amamantando a su hijo.
Su casa, como la de él, tenía cerca de setenta años y los papeles pintados y los muebles antiguos daban la impresión de haber estado allí desde que la habían construido. Tirada en el sofá, había una manta afgana hecha a mano y en medio de todo ello, Isabella tenía el aspecto de una madre consumada, ligada a su hijo de una forma que Edward nunca lograría comprender del todo. Era una faceta de ella que nunca había presenciado antes, una tan doméstica que no debería haberlo excitado sexualmente. Pero lo había hecho. Por completo y con fiereza.
Se volvió de lado y recordó por centésima vez sus palabras a través del monitor infantil, que él había conectado sin apenas darse cuenta.
«Edward Cullen no es el tipo de mamá. No, no lo es... Mami no está interesada. En absoluto...»
Aquellas palabras no le hacían tanto daño ahora como la primera vez que las había oído. Pero seguían doliendo. Si Edward hubiera necesitado la confirmación de que a Isabella no le importaba más que como amigo, que no la necesitaba, ahora sabía con seguridad que estaba por debajo de Alice y Rosalie en la lista de gente con la que ella quería estar.
Volvió a tumbarse de espaldas. Diablos, ahora que Simon había entrado en escena, probablemente también se encontraría por debajo de la señora Rogers y también de Bert y Ernie, por no mencionar a aquel maldito dinosaurio de color púrpura con aquella sonrisa desagradable.
Entonces escuchó por primera vez el crujido fuera de la casa. Edward apenas reaccionó pensando que se trataría de la tormenta azotando de nuevo, pero cuando fue seguido de otro crujido más intenso, se incorporó sobresaltado. Y cuando oyó el tercer crujido muy sonoro, saltó y salió corriendo hacia la puerta de atrás. La abrió de golpe y miró hacia arriba para ver que una gruesa rama del roble, la que se extendía ente la casa de Isabella y la suya, se había desgajado. Y lo que era peor, estaba caída en lo que había sido el porche trasero de Isabella, que ahora era una pila de madera rota, cristales y cemento.
—¡Bella! —gritó mientras salía corriendo descalzo.
Recorrió la corta distancia que había entre las dos casas y en segundos, estuvo frente a la puerta principal, que abrió sin llamar. Con vaguedad tomó nota mentalmente de ofrecerse a arreglarlo y después gritó su nombre con tono de pánico una vez más.
—Estoy aquí —le respondió ella desde la cocina con voz débil.
El grito de Simon llegó de la misma dirección y por un momento terrible, Edward estaba seguro de que los encontraría a los dos heridos.
¡Oh Dios! ¿Habrían estado allí dentro cuando había caído la rama? ¿Estarían heridos? ¿Muriéndose?
Cuando atravesó la puerta como una exhalación, vio a Isabella de pie en el lado opuesto de la habitación con el pequeño Simon apoyado contra su hombro. Incluso en la tenue luz que proporcionaban las velas, se veían sus ojos oscuros muy abiertos del miedo.
—¿Estás bien? —preguntó apenas capaz de controlar su propio miedo.
Ella asintió con rapidez.
—Estaba preparando una taza de chocolate caliente cuando escuché ese ruido tan fuerte. Alcé la vista y lo siguiente que sentí fue aquel crujido terrible y después estalló el cristal de la puerta cuando la rama cayó dentro.
—¿Y Simon? —preguntó Edward.
Isabella asintió de nuevo.
—Está bien. Sólo asustado.
—¿Y tú estás bien? —preguntó él sin convencerse todavía.
—Estoy bien, Edward. Sólo asustada como él. ¡Todo ha pasado tan rápido!
Edward alzó la vista hacia el techo. No parecía que hubiera peligro de que se derrumbara. La estructura de la casa de Isabella era casi idéntica a la suya y sabía que el porche trasero no contenía ninguna viga maestra. Sin embargo, no había forma de saber con seguridad el daño que habría causado la rama.
—Simon y tú os quedareis esta noche en mi casa —dijo sin preámbulos.
Isabella siguió la mirada de él con la suya. A ella le parecía que el techo estaba bien y que podría poner algún cartón en la puerta para resguardar la cocina de la lluvia. Abrió la boca para decirle a Edward que le agradecía el ofrecimiento, pero que no había ningún motivo para tener que pasar la noche en su casa. Entonces se acordó del bebé que llevaba en brazos. Si sólo tuviera que preocuparse de sí misma, no hubiera tenido ningún problema en decir que Edward estaba exagerando y que estaría bien en su propia casa. Pero no quería arriesgarse a la mínima posibilidad de peligro en lo referente a Simon. Era curioso, pensó, lo rápido que un bebé cambiaba la vida.
—De acuerdo. Déjame recoger unas cuantas cosas que voy a necesitar.
Edward asintió sorprendido de que hubiera aceptado con tanta rapidez. El había adoptado su tono de voz más autoritario a propósito, pero lo cierto es que no había creído que la afectara en lo más mínimo. Isabella era una mujer que simplemente no aguantaba que le dijeran lo que tenía que hacer. Sin embargo, esta vez, había cedido sin una sola discusión.
Simon, recordó a Edward al instante. Sólo había aceptado por la seguridad del bebé, no por la suya propia. Ah, bueno. Al menos podría descansar con tranquilidad sabiendo que ella se quedaría a salvo en su casa hasta que él hubiera reparado los daños del porche. Por supuesto que ahora él sería el que no estaría a salvo, sabiendo que Isabella estaría durmiendo tan cerca.
Suspiró. ¿Llegaría el momento en su vida en que lo que Isabella Swan hiciera no le afectara en lo más mínimo?
Isabella se despertó despacio a la mañana siguiente, sin estar segura de donde se encontraba. Cuando se había dormido la noche anterior, el viento ululaba, Simon se revolvía agitado y ella estaba acostada en la cama de Edward Cullen. Edward, por supuesto, se había acostado en el sofá de abajo. Aquella mañana no había rastro del tumultuoso clima del día anterior. El sol del amanecer se filtraba entre las persianillas dibujando brillantes franjas de luz sobre la cama y el suelo. Un pájaro cantaba contento en el exterior y el bebé gorgoriteaba contento en su cuna en la esquina de la habitación.
Se incorporó, se apartó un mechón de rizos de los ojos y de repente comprendió que ella y Simon no estaban solos. Edward estaba sentado en la mecedora que había insistido en llevar a la habitación la noche anterior y tenía la cabeza inclinada hacia la cuna mientras murmuraba sonidos dulces sin ningún significado. Isabella se estiró el tirante del camisón y salió de la cama.
—Buenos días —dijo con voz todavía ronca por el sueño
Edward esbozó una leve sonrisa y volvió la mirada hacia ella con un ardor indiscutible. Isabella se sintió de repente desnuda y buscó aprisa la bata. No era que Edward no la hubiera visto nunca en camisón, intentó tranquilizarse. En más de una ocasión, ella lo había saludado así vestida desde el porche trasero mientras regaba las plantas. Y sin embargo, supuso que despertarse en la casa de un hombre, o mejor dicho, en su cama, constituía un escenario más íntimo que un saludo al pasar por delante.
—Buenos días —replicó con los ojos verdes suaves bajo la tenue luz de la habitación—. Lo siento. Sé que no debería estar aquí, pero pasé por delante y oí al bebé.
Isabella le sonrió.
—¿Por qué no deberías estar aquí? Después de todo es tu habitación. Te disculpas demasiado, Edward.
El hombre se encogió de hombros, bajó la vista de nuevo hacia el niño y le rozó la manita con el dedo.
—Pero te mereces un poco de intimidad. Es que como todavía estabas dormida, pensé en entretener a Simon para que pudieras descansar más. No te ofendas, pero últimamente pareces un poco cansada, Bella.
Lo había hecho otra vez. Se había dirigido a ella con el diminutivo que sólo la gente muy cercana usaba con ella. En cualquier otra ocasión, se habría ofendido si un hombre lo hubiera utilizado, incluso aunque hubiera sido un amigo íntimo. Ni siquiera le había gustado que Tayler le llamara así, pero viniendo de Edward, el nombre le sonaba extrañamente natural, como si tuviera mucho más derecho que nadie a usarlo.
—No me he ofendido. Es verdad que estoy bastante cansada últimamente. Los recién nacidos agotan.
Edward estaba a punto de decir que se lo podía imaginar, pero se detuvo. El hecho era que ni siquiera podía imaginar cómo debía ser generar una nueva vida dentro del propio cuerpo. Pensar que Isabella acababa de hacerlo le dejó sorprendido y se fijó en las curvas lujuriosas de su cuerpo que eran consecuencia de la llegada de Simon. El albornoz blanco le colgaba abierto y el escote del camisón dejaba ver buena parte de sus senos inflamados. Era una madre lactante, por el amor de Dios, intentó recordarse a sí mismo. Entonces, ¿por qué no podía dejar de pensar en cómo sería hacer el amor con ella?
Se apartó la idea de la mente y dijo:
—Puedo hacer lo que quieras para ayudarte con Simon. Sólo tienes que pedirlo. Quiero decir.., no sé mucho acerca de bebés, pero... Bueno, la verdad es que no sé nada en absoluto acerca de bebés, pero si me necesitas... para lo que sea... aquí estoy.
Isabella sonrió.
—Gracias, Edward.
A él se le ocurrió otra idea.
—¿Cuánto tiempo tienes antes de incorporarte al trabajo?
—Cerca de once semanas más. He aprovechado al máximo la baja por maternidad.
Se levantó entonces de la cama y alzó los brazos muy por encima de su cabeza. El gesto, alzó el dobladillo muy por encima de sus muslos de forma peligrosa y Edward contuvo un gemido. Ella siguió inconsciente de su gesto.
—Me aseguraron doce semanas de baja en el hospital, por supuesto sin cobrar y además, pedí que me sumaran mis dos semanas de vacaciones.
—¿Y qué harás con Simon cuando tengas que volver?
Isabella fue a sentarse a su lado en el brazo de la hamaca y miró a su hijo por encima del hombro de él.
—Bueno —dijo inconsciente del aturdimiento de él—. Eso es lo bueno del Hospital de Seton. Tienen una guardería maravillosa. Es algo que los empleados han estado solicitando desde hace mucho tiempo y por fin se consiguió el año pasado, así que podré ver a Simon con frecuencia durante el día. Alice está también insistiendo que se quiere quedar con él dos días a la semana y como ella trabaja por las tardes, no le resultará difícil. Si todavía está dispuesta cuando me reincorpore al trabajo, por mí encantada de que Simon pase dos días por semana con su tía.
El bebé que estaba en brazos de Edward respondió al sonido de la voz de su madre, agitando los brazos y las piernas entre gritos. Al comprender que el niño necesitaba algo que él no podía proporcionarle, el desayuno, Edward se levantó de la hamaca y con todo cuidado lo puso en brazos de su madre, que enseguida empezó a desabrocharse el camisón.
—Bueno, si alguna vez necesitas que le cuide yo... —se ofreció Edward mientras se daba la vuelta—, estaré encantado de hacerlo.
Ya estaba casi saliendo por la puerta cuando Isabella le dio las gracias. Con un murmullo apenas audible, bajó a preparar el desayuno para los adultos. Después de desayunar, pensaba ir a la casa de al lado a comprobar el alcance de los daños. Porque cuanto antes consiguiera que ella y su hijo volvieran a su casa, pensó, antes recuperaría él la paz mental que tenía antes. Antes de verla otra vez acurrucada y encantadora en su propia cama. Antes de preguntarse cómo se sentiría si algún día tuviera un hijo él mismo. Antes de pensar de nuevo en lo perfecto que era estar los tres juntos una mañana soleada de domingo.
Isabella le observó alejarse con cierto alivio y se extrañó. Nunca antes había sentido la presencia de Edward sin otra cosa que comodidad. Desde que se había trasladado a la casa de al lado de la suya, dos años atrás, lo que había empezado como conversaciones superficiales de vecinos, se había ido transformando en una amistad muy íntima. A menudo acudían ambos al rescate del otro, cuando la amenaza en cuestión era un coche estropeado, un sótano inundado o un libro perdido. Ella confiaba en él cuando la vida parecía escapársele de lo planeado y aunque no tuviera un buen consejo que darla siempre se mostraba comprensivo. De alguna manera, siempre conseguía que ella se sintiera mejor.
Edward era su amigo, su confidente y su colega. Entonces, ¿por qué la mera idea de su presencia en la misma habitación le había hecho sentirse incómoda? ¿Por qué la miraba como si mereciera la pena? ¿Por qué habría tenido ella aquellos sueños tan eróticos la noche anterior, y todos centrados en su vecino?
Bajó la vista hacia el bebé, que seguía mamando con ansia y sonrió.
—Siento tener que decirte esto, nene, pero tu madre es una señora un poco loca —susurró.
Simon emitió un sonido de satisfacción y apretó los deditos de los pies y las manos.
Isabella le dio un beso en la cabeza antes de seguir:
—Mami parece no ser capaz de ver lo que tiene delante últimamente. Está empezando a pensar que el amigo Edward es algo que no es. Está empezando a pensar que es un bombón apetitoso. Y mami es más lista que eso, Simon.
Isabella nunca había tenido una relación con un hombre que no la hubiera dejado dolida al terminar. Nunca. Hasta Edward Cullen. Él era el primer hombre que nunca la había hecho sentirse inferior como persona, el primero que siempre la había hecho sentirse bien. Y la única razón que se le ocurría para explicar el fenómeno era que Edward era su amigo, no su amante. Enrollarse con alguien siempre parecía complicar las cosas, pensó. Y lo que compartía con Edward era demasiado bonito como para estropearlo, así que tendría que dejar sus sueños eróticos acerca de él en el desván.
—Demasiada actividad hormonal —le dijo a Simon cuando le cambió al otro pecho—. Ese es el problema de mami ahora mismo. Antes de que termine el año todo habrá vuelto a la normalidad, espera y verás. Tú comerás solito, las hormonas de mamá se estabilizaran y perderá todo ese peso que ha ganado por traerte al mundo y volverá a mirar a Edward sólo como a un amigo.
Isabella suspiró. En lo más profundo, sabía que con la llegada de Simon la palabra normal tendría un significado completamente diferente. Sin embargo, no había motivo para que cambiara su relación con Edward, ¿cierto? Lo que tenía con él era perfecto tal y como era. No pensaba estropear una relación amistosa perfecta por un interés sexual completamente infundado y pasajero.
Y eso debía ser muy fácil de cumplir, decidió con rapidez, al pensar en que Edward no tenía nada en común con los hombres con los que ella normalmente salía. Era demasiado tranquilo, calmado, asentado y agradable. No había ningún elemento de peligro en él, ningún riesgo. ¿Cuál era el reto de salir con un hombre como aquel? ¿Cuál era la diversión?
—Edward es el amigo de mami —repitió Isabella a su hijo—. Y los amigos son demasiado importantes como para perderlos, así que vamos los dos a hacer lo posible por mantener las cosas como están, ¿de acuerdo?
Simon se apartó de su pecho con un bostezo y agitó la cabeza de lado a lado. Si no le conociera mejor, hubiera asegurado que su hijo se estaba negando a seguir adelante con el plan. Por supuesto que sabía que era una idea ridícula. Su hijo apenas podía mantener la cabeza rígida y mucho menos negar. Sin embargo, parecía tener un curioso brillo en los ojos...
—¡Oh, no seas tonta! —se riñó a sí misma en voz alta.
Los daños en la casa de Isabella no eran tan malos como había supuesto Edward. Habría que reconstruir el porche trasero por completo, pero los cimientos estaban perfectos, o sea que sólo habría que levantar las paredes y el techo. Sin embargo, todas sus plantas estaban destrozadas, observó sacudiendo la cabeza con tristeza ante el espectáculo de tierra y verde desparramado por todas partes. Ni Isabella, con su buena mano para las plantas, podría hacer nada con aquello.
No pudo evitar el estremecimiento al pensar en qué más podría haberse perdido. Pero Isabella y el niño estaban bien, a salvo y en el sitio donde...
Se detuvo antes de concluir la idea. No, ninguno de los dos pertenecía a su casa, se dijo a sí mismo. Diablos, si apenas estaba habilitada para vivir él, cuanto menos para todas las necesidades de un recién nacido. La casa de Isabella era un entorno mucho más apropiado para criar a un niño. Era acogedora y amorosa, dos cosas que faltaban en la de él. Y después de ver el cambio que había sufrido su hogar aquella mañana sólo con la adición de una madre y de su hijo, se convenció de que se estaba engañando a sí mismo si creía que cualquier mejora física que pudiera hacer él, crearía el tipo de ambiente que acababa de presenciar.
Supuso que había estado engañándose con un montón de cosas.
—¿Cómo lo ves?
Se dio la vuelta para encontrar a Isabella cruzando el jardín. Agradeció en silencio comprobar que llevaba pantalones de chándal flojos y una enorme camiseta. Como siempre, llevaba a Simon en brazos y el bebé parpadeó ante el sol que ahora estaba bien alto en el cielo.
—Vas a tener que comprar unas gafas de sol para bebés —comentó Edward con una carcajada al ver la reacción del niño.
Isabella se rió también.
—Pues lo cierto es que ya las fabrican. Son de este tamaño —extendió la mano libre y dibujó con el índice y el pulgar la anchura de objeto—. Te sorprendería ver la cantidad de cosas que hacen para bebés. Todo en tamaño diminuto.
—Bueno, al menos no tendrás que preocuparte de comprarle una casa nueva. Vas a necesitar un nuevo porche, desde luego, pero el resto de la estructura no ha sufrido daños. El seguro te cubrirá el coste de las reparaciones.
Isabella dejó escapar un suspiro de alivio. No estaba segura de cómo se las habría arreglado si la rama hubiera ocasionado daños de importancia. Y no era por los gastos, porque estaba asegurada, pero, ¿dónde se hubiera quedado mientras duraran las obras? ¿En casa de Edward? De ninguna manera. Y menos con sus hormonas traicionándola a cada paso.
—¿Estás seguro de que me lo pagará el seguro?
—Sin problema. Puedo recomendarte a un chico que te lo podrá reconstruir entero. Trabaja barato para sus amigos y para los amigos de sus amigos.
Isabella sonrió.
—Parece que es el chico que me interesa.
—Estupendo. Puedo empezar el lunes.
La sonrisa de Isabella desapareció.
—¿Tú?
—Bueno, es el tipo de trabajo con el que me gano la vida, ¿no lo sabes?
—Ya lo sé, pero... ¿tendrás tiempo? Quiero decir, ¿no estabas en medio de un proyecto ahora mismo?
Edward sacudió la cabeza y el pelo de color trigo le cayó por la frente con el movimiento. Cuando se lo retiró, su mirada tenía un gesto de sospecha.
—La verdad es que siempre estoy con más de un trabajo, y este no llevará demasiado tiempo. Puedo dejar el porche como nuevo en pocas semanas. ¿Qué es lo que pasa, Bella? ¿No te fías de mí? Te puedo dar montones de referencias.
—No, no se trata de eso. Es que...
—¿Qué?
«¿Qué?», se preguntó Isabella a sí misma. Sabía que Edward era bueno en la carpintería y nunca estaba falto de trabajo a menos que él quisiera. Construiría su porche con cuidado porque se preocupaba por ella y por Simon e iba a cobrar un precio competitivo que su compañía de seguros estaría encantada de pagar. Entonces, ¿cuál era el problema?
—De acuerdo —acordó por fin sin saber por qué había sentido aquella reticencia.
—Si te parece bien, puedo empezar el lunes por la mañana. ¿Digamos que a las once?
Ella asintió todavía incómoda con el acuerdo.
—Siempre me levanto antes de las diez con Simon.
Edward echó un vistazo por encima de su hombro a la inmensa rama sobre los restos del porche.
—¿Tienes una sierra eléctrica?
Isabella sacudió la cabeza.
—No importa, yo tengo una. Si te parece bien, podría empezar a cortar la rama hoy mismo. Te guardaré los troncos en el garaje. Te vendrán bien este invierno.
Con aquellas palabras, Edward se dio la vuelta en dirección a su propia casa. Cuando volvió, llevaba la sierra en una mano y un par de guantes de seguridad en la otra. Posó lo más pesado en el porche y después se llevó la mano a la espalda para tirar de la camiseta. Isabella observó fascinada como la empujaba por encima de la cabeza para tirarla al suelo y después se ataba una cinta roja en la frente. Cuando se puso de pie delante de ella con el torso desnudo, sus botas y sus vaqueros, recordó de repente por qué el trato no iba a funcionar.
Edward Cullen, decidió en ese momento, era demasiado apetitoso para expresarlo en palabras.
Internet se esta normalizando en estos días, asi que espero poder subir con la misma regularidad que antes. Aviso con anticipación que es probable que el fin de semana no pueda actualizar mucho por cuestiones personales.
Espero sus reviews!
