Capítulo 2
EL PASILLO del hospital era estrecho y largo. Candy se detuvo delante del mostrador de in formación para preguntar dónde estaba la uni dad de cuidados intensivos; pero antes de formular la pregunta, vio a William Andley apoyado contra una pared al fondo del pasillo y se dirigió hacia él.
Will levantó la cabeza cuando ella estaba a unos siete metros de él. Candy se paró momentáneamente al ver el cambio en el aspecto físico de él; le había visto tres semanas atrás al encontrarse accidentalmente con Will en la tienda de comestibles.
Will era tan alto como sus hijos, pero ahora estaba encorvado y su piel, siempre pálida, parecía de cera. El se la quedó mirando con esos ojos azul oscuro que sus hijos habían heredado de él, unos ojos que podían ser como los del bebé que ella llevaba en el vientre. Ahora, esos ojos estaban cegados por las lá grimas.
Candy le tomó las manos en las suyas y se miraron en silencio, sin hablar. El sufrimiento de Will era tan gible. A Candy le daba miedo preguntar por Anthony; por fin, tras una larga pausa, susurró:
—Siento mucho lo de Albert.
Él asintió mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Candy lloró con él.
Pauna salió por unas puertas de cristal opaco, que cerró cuidadosamente. Cuando vio a Candy, perdió la compostura.
—¡Sabía que vendrías! —gimió Pauna abrazando a Candy .
— Anthony... ¿está...? —murmuró Candy.
Pauna rompió el abrazo y, con ojos enrojecidos por el llanto, miró a Candy. Sus oscuros cabellos salpica dos de canas estaban despeinados y la boca le tembló al murmurar:
—Todavía está en coma.
—Ya verás como se pone bien —dijo Candy. Pauna se mordió los labios.
—La doctora ha dicho que se recuperará, pero no sabe cuándo. Vas a quedarte aquí con él, ¿verdad? Ya se lo he dicho a las enfermeras, les he dicho que su no via es de la familia. Sé que tenerte a su lado le va a ayudar enormemente.
—Ya no estamos prometidos —dijo Candy con todo el cariño que pudo.
—Ya sé que solo estuvisteis prometidos unos días y que luego rompisteis —dijo Pauna—, pero también sé que estabais tratando de volver juntos otra vez.
Candy se preguntó si no debía confesarles la ver dad; pero en ese momento, Pauna abrió la mano y le en señó la rosa roja que, el día anterior, Anthony le pasara por la mejilla.
—La han encontrado en el bolsillo de Anthony —dijo Pauna con los ojos llenos de lágrimas—. Oh, Dios mío, no sé qué haríamos si lo perdiéramos a él también.
Mientras Will reconfortaba a su esposa, Candy se quedó mirando la maltrecha flor que, en cierto sentido, parecía un cómplice en aquella tragedia. Todo podría haber sido diferente si ella hubiera esperado a que Anthony estuviera sobrio para anunciarle que iba a ser pa dre.
Ahora, Candy sabía que haría lo que Pauna y Will le pidieran hasta que Anthony saliera del estado de coma. Pero su corazón también lloraba la muerte de Albert. "Albert porqué no te conocí antes, parecías ser tan diferente a Anthony… "
Él abrió los ojos despacio y sintió los labios secos. Se llevó una mano temblorosa al lado izquierdo del rostro. ¿Un vendaje?
«¿Dónde estoy?».
La habitación era blanca, escasamente amueblada, limpia... una habitación de hospital. Suero en el brazo. Las persianas estaban abiertas y el cielo gris. Sintió dolor en las sienes.
Se había despertado antes, pero brevemente. Medio despierto, medio hombre.
Sintió un sudor frío y lanzó un gruñido.
Unas manos frías le tocaron el brazo y, al mirar, vio a una mujer con ojos tan verdes como esmeraldas.
—No te preocupes, Anthony, vas a ponerte bien —le dijo ella con voz suave.
Él se pasó la lengua por los labios.
—¿Quieres beber algo?
Él consiguió asentir. Ella le sujetó la cabeza mien tras le daba agua. Había visto antes a esa mujer, la pri mera vez que se despertó, y ella estaba dormida en un sillón al lado de la cama. De repente, se dio cuenta de que ella debía conocerlo, por lo que él debería recono cerla también.
Pero no era así. No la había visto nunca. Nunca.
Era una mujer bastante bonita. Tenía la piel suave, ojos enormes, y nariz y boca delicadas; cabellos rubios como la miel, bastante revueltos. Llevaba una camisa azul marino bastante amplia y con las mangas subidas hasta los codos; era una camisa de hombre, pero no conseguía ocultar su feminidad. Él estaba convencido de que no era una enfermera, igual que sabía que no era la clase de mujer que él podía olvidar.
—Voy a avisar a tus padres —dijo ella. Sus padres. De repente, él sintió pánico. No recor daba a sus padres.
Ella frunció el ceño y se mordió los labios.
—No te preocupes, Anthony, no volveré si no quieres... ahora que sé que estás bien. Él le agarró la mano.
—No, quédate.
Tras unos momentos de vacilación, ella asintió. Cuando él cerró los párpados, se concentró en el calor de aquella mano y pronto empezó a perder la consciencia de nuevo.
¿Quién era Anthony?
Candy se quedó de pie, agarrada a la mano de Anthony. Por lo que ella sabía, era la primera vez que Anthony había abierto los ojos en las tres largas semanas que ha bía pasado en coma. Deseó salir corriendo para avisar a la doctora y darles la buena noticia a Will y a Pauna.
Pero no se movió. Anthony le había pedido que se quedara. Tampoco pudo soltarse de su mano. Con el pie, agarró la pata de la silla y la corrió hacia la cama para sentarse.
Aquello era una locura. Debía avisar a la doctora y a los padres de Anthony. Y también tenía que prepararse para cuando Anthony recobrara completamente la consciencia y se diera cuenta de que no la quería allí con él.
Sin embargo, permaneció donde estaba. Llevaba tres semanas sentada al lado de aquella cama de hospi tal, y durante ese tiempo no había cesado de decirse a sí misma que desaparecería de allí tan pronto como Anthony abriera los ojos, que quería ir a su casa Springfield fin de prepararse para el nacimiento de su hijo, y que estaba ahí solo para ayudar a los padres de Anthony.
Pero ahora se daba cuenta de que eso no era del todo verdad. También estaba allí por sí misma, por sí misma y por su hijo. La noche anterior, con la espe ranza de darles a Pauna y a Will una nueva ilusión para aliviar su sufrimiento, les confesó que llevaba en su vientre al hijo de Anthony. La noticia había sido recibida con júbilo.
¿Había hecho bien en decírselo? ¿Debería haberlo mantenido en secreto? ¿Se lo había dicho porque tenía miedo de que Anthony nunca saliera del coma? Y ahora que lo peor parecía haber pasado y había llegado la hora de marcharse, ¿les daría otro motivo de sufrimiento?
En fin, Anthony se enteraría pronto de lo que ella ha bía hecho y se sentiría acorralado.
No obstante, Candy continuó con la mano de Anthony en la suya. Había amado a ese hombre y él le había pedido que se quedara. ¿Por qué?
La puerta chirrió y, cuando Candy volvió la ca beza, vio a un desconocido. Era un hombre alto de unos cuarenta y tantos años, de cabello encanecido y penetrante mirada oscura. Era delgado, llevaba un traje gris marengo y zapatos negros. La sonrisa que lanzó a Candy fue forzada y nada amistosa.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó Candy, pensando que el hombre debía haberse equivocado de habita ción.
—Estoy buscando a Anthony Andley —respondió el hombre con voz áspera al tiempo que señalaba a Anthony —. ¿Es él?
Inesperadamente, Candy sintió un súbito paternalismo.
—¿Le importaría decirme quién es usted?
El hombre se abrió la chaqueta y le mostró una placa metálica.
—Detective Hill del Departamento de Policía de Seaport.
— Anthony ha estado en coma tres semanas —dijo Candy, decidiendo en ese momento no confesar que había abierto los ojos hacía cinco minutos—. Evidentemente, no puede hablar con usted ni con nadie.
—Estoy investigando la muerte de Albert Andley —dijo el detective implacablemente—. Necesito hablar con él.
Un súbito miedo se agarró al estómago de Candy. Sobresaltada, se dio cuenta de que había esperado que ocurriera algo así. Desde el accidente, había temido que, en algún momento, la policía interviniera. Era de esperar que hubieran hecho análisis de sangre a ambos hermanos cuando los llevaron a la clínica; por lo tanto, debían saber que Anthony estaba conduciendo ebrio cuando tuvieron el accidente.
—Lo avisaremos cuando salga del coma —dijo Candy con voz temblorosa. ¿Por qué no se marchaba ese policía?—. Si no me cree, hable con los médicos. Com probará que Anthony no está en condiciones de hablar con nadie.
—Ya he hablado con los médicos —dijo el policía—. Quería comprobarlo por mí mismo.
—Pues ya lo ha comprobado —respondió Candy, re zando por que Anthony no abriera los ojos. El detective la miró incisivamente.
—¿Y usted quién es?
—Me llamo Candy White y soy... la novia de Anthony.
El detective asintió, dando motivos para pensar que ya había oído ese nombre.
—¿No querrá decir la ex novia?
—¿Quién le ha dicho eso?
El policía, mirando el rostro impasible de Anthony, contestó:
—He hablado con algunos de sus amigos.
—Hemos solucionado nuestros problemas y estamos juntos otra vez. Supongo que sus amigos no lo saben aún.
—No, supongo que no. Bien, señorita White, ¿sabía que su novio estaba bebido cuando condujo el coche, con su hermano al lado, la noche del accidente?
Candy se mordió los labios y guardó silencio.
—Lo sabe todo el mundo —añadió el policía.
Candy enderezó los hombros. El desagrado que le había producido ese hombre al principio se hizo más profundo.
—Si insiste en hablar, a pesar de lo que le he dicho, le sugiero que salgamos al pasillo.
—¿Por qué? ¿No está en coma? No puede oírnos.
—¿Cómo sabe usted si puede oírnos o no? —le espetó ella—. El hecho de que esté en coma no quiere decir que no se entere de lo que pasa a su alrededor. Nume rosos estudios han demostrado que...
Hill la interrumpió.
—No es con usted con quien quiero hablar, sino con él.
Ella guardó silencio.
—Está bien, volveré dentro de un par de días —dijo el policía en tono de advertencia.
Candy volvió a sentarse cuando el detective Hill se hubo marchado y miró a Anthony.
¿Qué le pasaría cuando se enterara de que era res ponsable de la muerte de su hermano y de que la poli cía quería hablar con él? El sentimiento de culpa sería horrible, ya que Candy creía firmemente que debajo del egoísmo superficial de Anthony había una persona decente que quería salir a la luz. Pero si lo condena ban...
En fin, ese no era problema suyo, Anthony no querría que se involucrase en sus asuntos. Sin embargo, al verlo tan vulnerable, le resultaba difícil no sentirse in volucrada. Además, había que pensar en Will y Pauna, que habían perdido a Albert por la irresponsabilidad de Anthony. ¿Qué sería de ellos si Anthony acababa en la cár cel?
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió . Will y Pauna aparecieron.
—Gracias a Dios que estáis aquí —dijo Candy con gran alivio.
Pauna cruzó la habitación rápidamente y le dio a Candy una palmada en el brazo.
—¿Cómo se siente nuestra futura madre?
—Bien, me encuentro bien.
Candy decidió no comentarles la visita de la poli cía, pero sí les dio la buena noticia.
—Se ha despertado —anunció Candy mirándoles a los rostros.
Los dos le devolvieron la mirada como si no hubie ran entendido lo que les había dicho.
— Anthony ha abierto los ojos —añadió Candy—. ¡Me ha hablado!
Pauna juntó las manos y lanzó un quedo grito.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Will.
—No mucho. Parecía... confuso. Solo se ha desper tado durante uno o dos minutos.
—¿Lo saben los médicos?
—No he tenido ocasión de decírselo aún.
Will asintió brevemente y salió de la habitación para hablar con los médicos. Pauna rodeó la cama donde estaba su hijo para colocarse al otro lado; enton ces, bajó la cabeza y lo besó en la frente.
Candy se miró las manos. Había llegado el mo mento de marcharse. Sin embargo, a pesar de que ha bía pensado mucho en ello, aún no sabía cómo dar la noticia.
En ese momento, Will entró en la habitación con la doctora O'Brien. Era una mujer de mediana edad con cabello corto gris y ojos tiernos. Unas gafas colgaban de una cadena y descansaban en su amplio pecho. Candy la había visto en numerosas ocasiones y le te nía aprecio.
—¿Que se ha recuperado la consciencia? —preguntó la doctora ocupando la silla que Candy dejó libre.
—Sí. Y ha bebido un sorbo de agua.
La doctora O' Brien examinó los ojos de Anthony con una pequeña linterna y pronunció su nombre con voz suave. A Candy le sorprendió verle abrir los ojos.
La doctora miró a Will y a Pauna, y sonrió. Después, volvió a mirar a Anthony, que la observaba con expresión confusa.
—¿Cómo te encuentras, Anthony?
Él se humedeció los labios con la lengua.
—Me duele la cabeza —murmuró Anthony por fin.
—Es normal, has sufrido una contusión. Pero te re cuperarás —la doctora se incorporó y retrocedió unos pasos—. Tienes visita.
Pauna, todo sonrisas, dijo:
—Hola, cariño.
La expresión confusa de Anthony se hizo más pronun ciada. Despacio, miró a su madre y luego a su padre, que sonreía también; después, clavó los ojos en Candy. Cuando la vio, dijo:
—Tú...
Candy lo interpretó como una acusación. Dio un paso atrás, hacia la puerta. Había sabido que ocurriría, pero ahora se sentía humillada y fuera de lugar.
Anthony le sonrió. Era la sonrisa que, al principio, ha bía atraído a Candy; una sonrisa que encendía sus ojos e iluminaba la habitación. Una sonrisa que la hizo de tenerse.
—Yo... te conozco.
—Naturalmente...
—Estabas aquí antes.
—Sí.
Anthony asintió. Después, volvió a mirar a Pauna y luego a Will.
—A vosotros no os conozco —dijo Anthony. Will lanzó una queda carcajada.
—Siempre bromeando, así es mi hijo. Pero Pauna se acercó a Anthony y lo miró a los ojos. Después, volvió la cabeza y le dijo a su marido:
—Me parece que Anthony no está bromeando.
—Estos son tus padres —dijo la doctora—. ¿No los co noces?
Anthony volvió a humedecerse los labios antes de contestar.
—A la chica la he visto antes, cuando me desperté; pero a los demás no los he visto nunca.
Pauna se llevó una mano a la boca para ahogar un gemido.
—¿Sabes dónde estás? —le preguntó la doctora. Él se la quedó mirando. Candy notó que estaba tra tando de recordar.
—Todos me llamáis Anthony, pero ese nombre no sig nifica nada para mí.
Will estaba blanco como la cera. Por fin, dijo:
—Hijo, ¿no sabes quién soy?
Anthony, compungido, murmuró:
—No. Lo siento, pero no.
Anthony hizo un esfuerzo por incorporarse, la doctora le subió las almohadas.
—¿Te acuerdas del accidente de coche?
De nuevo, Anthony pareció hacer un esfuerzo por re cordar.
—No, doctora, no recuerdo nada. No me acuerdo ab solutamente de nada.
—Cálmate, no es extraño que una conmoción provo que una amnesia temporal —dijo la doctora.
—Amnesia —murmuró Will.
Pauna, con las manos en el pecho, preguntó:
—¿No te acuerdas del accidente, Anthony? ¿De nada?
La doctora lanzó a Pauna una mirada de advertencia. Pauna miró a Candy con una expresión que parecía de cir: «¡No se acuerda tampoco de su hermano! ¿Qué va mos a hacer ahora?».
Candy trató de mostrarse positiva.
—¿Temporal, amnesia temporal?
—Sí, casi seguro —respondió la doctora—. Lo más probable es que recupere la memoria en uno o dos días. Y, por favor, ahora no le hablen de los detalles del accidente.
En otras palabras, pensó Candy, Anthony no debía enterarse de que había causado la muerte de su her mano por conducir ebrio.
Pauna parpadeó en un esfuerzo por contener las lá grimas.
—¿Así que cree que dentro de un par de días sabrá quiénes somos? ¿Que volvería a ser el de siempre? La doctora asintió.
—Entre tanto, voy a decirle al doctor Martin que venga a verte —dijo la doctora dando una palmada en la rodi lla de Anthony —, Es psicólogo, ya verás como te cae bien.
Anthony asintió. Después, miró a Candy y esta se dio cuenta de que, para Anthony, ella era la única persona que le resultaba familiar.
Con gesto vacilante, ella le sonrió.
CONTINUARÁ...
HOLA! HOLA! ESPERO QUE ESTÉN DISFRUTANDO DE UN HERMOSO FIN DE SEMANA. GRACIAS POR ACOMPAÑARME EN ESTA NUEVA HISTORIA.
SALUDOS A:
PATTY CASTILLO, PATTY A.,SAYURI,SARAH LISA, LAILA
NOEMI CULLEN, NADIA M. ANDREW,LADY SUSI, ALEJANDRA.
UN ABRAZO EN LA DISTANCIA
LIZVET.
