Frente A Mi Tumba
Capitulo III
En una blanca y pulcra habitación, un niño de tres años dormía pacíficamente. Su pequeño y delicado cuerpo de tersa piel blanca similar a la nieve, reposaba sobre una amplía cama cubierta con el neutro color de la paz.
Sus ojos se abrieron repentinamente observando con curiosidad todo lo que lo rodeaba.
Se había despertado de su magnífico y placentero sueño, no precisamente porque los ósculos del sol estuvieran acariciando tenuemente su pálido rostro. Se despertó porque un desgarrador gritó logró sacarlo de su mundo mágico.
Sus parpados volvieron a abrirse de nuevo, dejando ver el penetrante color que poseían sus irises, sin embargo no brillaban. Por alguna razón sus ojitos no reflejaban vida alguna.
Aspiró aire de una forma lenta, intentando recordar vagamente como había terminado en aquel lugar.
Sus irises de un cálido color carmesí recorrieron rápidamente la estancia. Luego de una fugaz inspección sus orbes se detuvieron sobre sus pequeñas y frías manos, las cuales eran presas de un diminuto, pero incomodo dolor punzante causado por la aguja que traspasaba su cuerpo.
-Seto – susurró con cuidado.
Hacia eco en su mente.
-Seto – llamó de forma baja – Hermano, tengo miedo – dijo tenuemente. Mientras que otro grito de dolor rasgaba el silencio del aire.
Movido por aquella incógnita, el niño de extraordinarios ocelos se sentó en la cama. Con ayuda de su mano derecha removió la aguja que penetraba en su muñeca izquierda y con algo de dificultad posó sus piececitos en la gélida baldosa. Caminaba bajo cero. Descalzo.
Otro desgarrador gemido de dolor y angustia llegó a sus tímpanos y le hizo voltear instintivamente la cabeza hacia donde se hallaba el portón de madera y barniz blanco. Caminó hacia ésta y giró con temblorosas manos la perilla de color plateado. Miedo era lo que lo embargaba, pero a la vez sentía una gran alegría por lo que encontraría fuera de aquellas paredes.
Su expresión estupefacta fue la única respuesta que pudo dar ante lo que el mundo le develaba.
En la sala de espera de aquel hospital se encontraban varios niños de su misma edad tal vez, sin embargo todos tenían algo en común. Y a la vez todo era tan confuso.
Siguió su caminata por el lugar. Sus pasitos eran lentos e inseguros, sus debiluchas piernas tremolaban por el tiempo en que no las había usado. Y la temperatura parecía estar fuera de control en aquel manicomio. Su mente no podía interpretarlo de otra manera.
-Sangre – susurró para sí mismo.
Otro grito lo puso en alerta. El infante se dejó guiar por el quejido casi extinto. Dio vuelta en una de las tantas esquinas del hogar al cual asistían muchas personas enfermas. Allí vio la peor horrorosidad de su corta y efímera existencia.
Frente a los afilados ojos del chico se mostraba la aterradora película que jamás imagino pudiese ser real.
Un hombre de gran tamaño y de gran grosor corporal enterraba y sacaba un cuchillo carnicero del esbelto cuerpo de una auxiliar de enfermería. Cuando el pequeño se dio cuenta el atroz mundo que lo rodeaba, alguien ya se había fijado que había presenciado aquel acto de maldad innata.
Aquellos ojos verdes se posaron sobre el pequeño, observando fríamente al único sobreviviente que quedaba de la carpeta G2c. Dejó sobre un charco de sangre a su anterior victima para dirigirse a donde se hallaba el inocente testigo. Su cuerpo se levantó del piso y con pasos decididos se acercó al muchachito de ojos carmesí, quien lo miraba con mucho temor.
-¿Con que aún tenemos un sobreviviente de la subdivisión 2spm, no? – dijo aquello con burla en sus palabras, a la vez que miraba de forma despectiva al pequeño - ¡¿Qué te parece si te mueres?! – gritó con rabia, mientras la afilada navaja creaba una abertura en el brazo del niño.
Su mano se levantó en el aire listo para terminar con la vida del Sexto Elemento.
Una suave mano le detuvo su golpe en el aire, tomándolo por la muñeca. Volteó su rostro y se topó con una mujer de cabellos chocolates claros y ojos azules.
-¡Suéltame la mano Remilia! – exclamó de la rabia que le había provocado la acción por parte de la señora de tez pálida. Aquel acto lo hizo empujarla.
La mujer se golpeó contra la pared pintada de un color crema. Caminó hacia donde ella se encontraba y empezó a apuñalarla en varias partes de su cuerpo.
-¡Nunca Rick! – le habló igualando su tono el tono de voz que había usado su cuñado – No dejare que le hagas daño a mi pequeño – su expresión facial era sería y pensaba cumplir cada una de ellas. Pero sus palabras fueron calladas.
El niño veía aterrorizado como su propio amigo introducía aquella arma blanca en el ensangrentado cuerpo de su adorada madre adoptiva. Una lágrima silenciosa bajó por su mejilla hasta desaparecer en su quijada. La tristeza era tanta que el dolor que sentía en su brazo no se comparaba con el pesar que le ocasionó aquella escena.
De la boca de Remilia comenzaron a salir chorros de sangre. El dolor punzante le atravesaba el alma, sin embargo todo estaría bien. Sus pequeños hijos adoptivos jamás se hallarían solos – Yo siempre estaré con ustedes mis angelitos – con las pocas fuerzas que le quedaban tomó el cuchillo entre sus manos y lo clavó con mucha dificultad en el pecho de su contrincante.
Sus ojos se llenaron de espesas y penosas lágrimas. Se sentía triste al ver como la mujer que se había convertido en su mamá a falta de su madre biológica se había ido para siempre. Su mente se nubló por el dolor, la ira y el rencor que sentía en aquellos momentos. Su sangre hervía dentro de sus venas y sus ojos adoptaron un color único. Rojo sangre, brillando bajo una lámpara blanca.
Sus pupilas ahora se hallaban en el lugar que minutos atrás se hallaban ocupados por sus rubíes irises. Aquel agujero era semejante al vacío espiritual, un negro abismo. Igual que su alma en aquellos instantes.
El hombre de orbes glaucos, aun notando el drástico cambio que habían adoptado los irises del muchacho, se había abalanzado sobre él y haciendo uso de su mano derecha lo tomó por el cuello. Su mano izquierda levantaba el cuchillo para tajar la cabeza de su contrincante. En unos cuantos minutos aquel mocoso se convertiría en un charco de sangre más.
El niño lo miró por algunos instantes, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios rojizos, su alma parecía no sentir nada en aquellos momentos. Sus ojos brillaban de maldad pura, a la vez que alimentaba aquella sensación en lo más profundo de su corazón.
La navaja que sostenía el hombre de ojos verdes y cabellos negros comenzó a incendiarse entre sus gruesas manos, causándole una grave herida en esta. Soltó al pequeño niño que sostenía con su otra mano. Cayó al piso tomándose su mano lastimada y mordiéndose el labio inferior para no gritar de dolor.
Su espalda tocó ásperamente el suelo, pero se puso en pie a la misma velocidad en que cayó. Su mirada estaba cubierta por la sombra que creaban sus mechones de cabellos rubios sobre sus parpados y su semblante adoptó una seriedad única.
Las cosas que se encontraban en la habitación comenzaban a levitar, incluso las decenas de cadáveres que se hallaban a su alrededor.
Un bisturí que se hallaba en un estante de metal se alzó tres metros sobre el la cabeza del más grande que se hallaba en la estancia. Vivo.
-No podrás contra mi Atem – expresó el herido – Yo y tu hermano te creamos y yo conozco cada una de tus debilidades Yami Atem Moto – exclamó aquello en un chillido desesperado.
-Eso cree usted Rick – la fría voz de su interior hablaba calmamente. Ya no existía su corazón o algún sentimiento que este pudiera albergar, solo le quedaba el rencor movido fielmente por el acongojante dolor. Él no sería la próxima presa de Ricardo Van Houser.
El bisturí que se hallaba detrás del cuerpo de aquel hombre mayor, se dirigieron velozmente hacia el delgado y bien formado cuerpo de aquel asesino, quien aparte de ser científico, también era su creador.
Ricardo oponía resistencia contra la filosa navaja que se hallaba sobre su cabeza, sin embargo no sabía que más podía hacer en aquellos instantes. Ambos tenían el mismo virus inyectado en sus venas. Ambos eran portadores de la alteración genética G2c, pero él se hallaba perdiendo frente a un mocoso que desconocía el potencial del virus que llevaba en su cuerpo.
-¿Qué pasa Rick? – preguntó el niño con cinismo fingido - ¿No puedes contra mí? – volvió a inquirir el niño. Rick lo miró – Creí que conocías cada una de mis debilidades – retó el jovencito de ojos rojizos.
-Eres tan engreído como tu hermano – dijo el hombre. Su mano se hallaba haciendo fuerza contra la navaja que se hallaba bajando. El niño deseaba degollarlo.
-Por algo llevo sus genes – dijo el niño - ¿No piensas como yo? – esa vocecita angelical. No podía ser verdad. Una sonrisa macabra surcando su pequeño rostro.
El hombre seguía observándolo con aquella mirada llena de rencor.
Las filosas navajas se dirigían de nueva cuenta al lastimado cuerpo de uno de los colegas de su hermano mayor, sin embargo y a pesar de la oposición del mayor, las armas blancas lograron incrustarse en su cuerpo.
Lo atravesaban lentamente. Yami deseaba con todas sus fuerzas que aquel mercenario sintiera en cada una de sus fibras, sus músculos y sus venas el mismo dolor sangriento que él había experimentado no minutos antes, sino hace muchos años. Cuando él lo había obligado a presenciar aquella tortura en aquel cuerpo.
Las lancetas que eran controladas por la mente del joven se detuvieron un momento. Por segundos pensó en las personas que se hallaban allí aquel día. En las mazmorras de Leeuwen Corporation.
Aquellas paredes que albergaban en su interior historias de sangre y dolor. Los ángeles que nunca encontraron la felicidad por estar atados a las cadenas del suplicio marca Ricardo Van Houser.
Ricardo tomó entre sus ensangrentadas manos uno de los tantos bisturís que se hallaba clavado en su pecho y lo envió a un punto en específico del cuerpo del enano que se hallaba frente a él, sin embargo se había equivocado. Su pequeño experimento era sangre pura de la familia Moto y con lo que había desarrollado el enfermo mental de Gozaburo Kaiba aquello era aún más difícil. Y Atem había demostrado ser legítimo invento de Kaiba corp.
El niño de fríos ojos debía pagar los errores de sus padres. En especial el de su padre.
Sus ojos se abrieron rápidamente, y miró delante de sus pies. Todo estaba normal, tal como cuando se había acostado a dormir. Con ambas manos talló sus ojos, removiendo algún rastro de sueño de ellos.
Se sentó en la cama de aspecto victoriano. Sus ojos carmesí ahora centrados en la ventana, se hallaban iluminados por la luz de la luna la cual los hacía lucir de un color plateado rojizo con un pequeño arito negro bordeándolos.
Se preguntaba que significaba aquel sueño. Aquellos actos no tenían espacio en su vida según lo que el adolescente podía recordar. Según su memoria esos sucesos jamás sucedieron. ¿Por qué soñaba con ellos?
Su mente se perdía en el laberinto de las conclusiones y las mentiras, hasta el punto de no saber cuál era la verdad.
Estaba atrapado en el peor vecindario de todos. Su cabeza.
-¿Quién será aquel niño? – cuestionó a la oscuridad de su alcoba, y esta le respondió con un ahogador silencio – Seto – el nombre de su hermano llegó a su mente como un lucero. Pero descarto que hubiese sido Seto – Yugi? – cuestionó a la nada.
El empresario era siete años más grande que él. Y Seto no tenía cabellos dorados, sino chocolates.
Dejó que su espalda cayera pesadamente en la reconfortante y amplía cama estilo victoriana sobre la que se hallaba. Desde donde estaba seguía contemplando la luna. Deseaba saber cuál era el secreto que ocultaba su hermano mayor. Después de todo él tenía derecho a saberlo. Pero no.
Los minutos seguían transcurriendo en un letal silencio y eso comenzaba a desesperar al joven de cabellos tricolor. Aquellos minutos se transformaron en horas. No podía seguir así un segundo más. Necesitaba una respuesta y estaba dispuesto a buscarla, aunque tuviera que buscarla debajo de las piedras.
Se levantó de la cama y empezó a caminar en la oscuridad de la habitación. Las ganas de salir de allí lo invadieron por completo.
Abrió la puerta que se hallaba delante de él y salió de allí. Vagaba como un alma en pena por los pasillos de la amplia casa de la familia Moto. Mirando todo lo que se hallaba en ella. Y allí estaba, tomando su dulce venganza a pesar de los años.
o-O.o.O. . o-O.o.O. .
Hola, pues aquí les dejo el cap tres. Lamento la demora y lamento si está corto también. Este cap se lo dedico especialmente a DarkYami Motou mi linda prima. Y a todos aquellos que leen esta locura. Se les quiere mucho. Cualquier cosa pues me hacen saber en los rr y listo. Gracias a: azula1991, , DarkYami Moto. Nos vemos!
Miley Atem
